Mira, tengo que contarte algo que me ha removido mucho. El otro día estaba en la iglesia de San Cayetano, esa chiquitita cerca de la Plaza Mayor, y veo a Celia, sí, la Celia del tercero derecha, llorando en un banco, y no te exagero, llevaba un buen rato así. Me quedé flipando. Te juro que pensé: ¿Qué hace aquí esta pija? Vamos, jamás habría apostado por cruzármela en misa.
A Celia yo no la conocía personalmente, pero la veía mil veces en el barrio. Vivimos en el mismo bloque y vamos al mismo parque. Yo con mis cuatro peques a cuestas, y ella siempre con sus tres perros, que si Pipo, que si Duna, que si Tronco…
El caso es que te digo la verdad: todas en el barrio la señalábamos. Nosotras, el equipo de madres con críos, las abuelas sentadas al sol arreglando el mundo, los vecinos de toda la vida y yo creo que hasta los turistas que pasaban. Celia es esa que siempre va perfecta, vestida de estreno y con pinta de ir sobradísima y de pasar de todo.
Mira, otra vez se ha cambiado de novio murmuraba la señora Asunción desde su banco bajo el portal.
Y ya va por el tercero le respondía la señora Carmen, mirando de reojo cómo Celia subía a un cochazo alemán con otro maromo diferente. Carmen, que sepas, tiene un hijo de 45 años que todavía no ha reunido para comprarse ni un Seat Panda de segunda mano.
Mejor que se diera prisa y tuviera algún niño, que el reloj no espera remataba el abuelo Paco, que nunca coincide con las abuelas en nada, menos en esto: criticar a Celia era deporte comunitario.
Meses después todas cuchicheábamos que este último novio de Celia también se le había esfumado, y claro, la conclusión de siempre: ¡Claro! ¡Demasiadas ínfulas! Y seguro que en su casa hay un peste a perro que no se aguanta.
Pero, mira, con diferencia, las que peor la teníamos éramos nosotras, las madres de las criaturas. Porque, vamos a ver, mientras andábamos arrastrándonos por el tobogán, el columpio, los matorrales o hasta la papelera detrás de nuestros hijos que mira que tienen arte para meterse por sitios ella paseaba dignamente con sus canes y siempre con esa sonrisilla, como diciendo: Miraos, con tanto crío, sin un minuto de paz. Yo sí que sé vivir. Nosotras ahí, echando cuentas de si este mes habrá para las zapatillas nuevas de Irene o si toca heredar las de la mayor, y ella, tan fresca.
Si es que se sabe de lejos que es de esas, de no-niños me soltó mi amiga Rosa, que tiene tres varones que no paran ni dormidos.
Lo de siempre: las que tienen pelas se dedican a perros, gatos y hámsters dijo Almudena, embarazada de mellizos y sacando a la mayor de debajo de un arbusto.
Qué va, es una egoísta que no quiere complicarse la vida, solo viajar por ahí y gastar dinero. Yo hace siete años que no piso la playa añadió Silvia, la de los cinco hijos.
Pues sí, sí, sí y yo, claro, dándole la razón a todas y tirando para levantar a Julia que se había caído y berreaba a lo grande.
Y siempre, pero siempre, salía alguna abuela con el comentario:
Con tantos chuchos, más le valía tener un hijo soltó una muy alto un día.
¡Eso no le incumbe! le plantó Celia de repente, muy digna. Se quedó a punto de añadir algo pero se calló y siguió paseando con sus perros.
¡Menuda maleducada!, gritó la abuela a sus espaldas.
Bueno, yo todavía la veía llorar en la iglesia y, te lo juro, se me hizo un nudo en la garganta. Salí para darle su espacio, y de repente escucho detrás:
Espera, por favor ¿Puedes pararte un momento?
Me gira y ahí viene Celia, medio temblando, por el atrio.
¿Eres tú la que siempre va con cuatro niñas al parque?
Sí… Y tú con tres perros le solté así, medio tensa.
Eso me dice. ¿Puedo hablar contigo? Es que quería decirte siempre os veo a ti y a tus hijas, o al resto de mamás, y me parecéis increíbles.
Ella se puso roja y yo me quedé turulata, porque pensé justo lo contrario: ¿Tú, admirarnos? Si hasta ahora pensaba que nos mirabas por encima del hombro
Nos sentamos en un banco y Celia se desahogó. La pobre no paraba de hablar ni de llorar, necesitaba soltarlo.
Resulta que Celia creció en una familia muy unida, siempre soñó con tener un montón de niños. Se casó por amor, pero tras dos abortos retenidos horrorosos y un diagnóstico de infertilidad el marido se fue volando. El segundo, igual. Y encima, casi se muere con un embarazo ectópico. Luego llegó el tercero, pero este se largó nada más oler la posibilidad de un niño. Lo único que le gustaba era el coche y que Celia gana muy bien. Lo de ser padre no era para él.
Yo hubiera dado lo que fuera por ser madre acabó diciéndome.
Yo pensaba que a ti solo te interesaban los perros le dije yo, no sé por qué, casi pidiendo perdón.
Me encantan, sí sonrió un poco. Pero que quiera perros no quita que adoro a los niños.
Para estar menos sola adoptó a Pipo. Luego, unos amigos le dejaron a Duna mientras reformaban el piso, y se quedó. Y a Tronco, un cachorro que recogió en invierno tirado por la calle.
No-niños decía la abuela. El reloj no espera, le soltaba don Paco. Y mira, los años van pasando, que Celia ya tiene 41, aunque parece de treinta.
Ella quiere adoptar. Le da igual la edad. Se enamoró de un crío de seis años, Pablo. Bueno, en realidad, él se acercó y le preguntó: ¿Vas a ser mi mamá? ¡Claro!, contestó Celia al momento. Pero no pudo ser porque su madre biológica, que sufría una esquizofrenia tremenda, no había perdido los derechos. Un drama.
Pero después conoció a Lucía, de cuatro años, una niña que ya habían adoptado dos veces y dos veces habían devuelto. Dicen que la última vez, cuando la segunda familia la devolvía, la peque se arrastraba de rodillas agarrada a la falda y gritaba: ¡Mamá, no me dejes, por favor! ¡No lo volveré a hacer!
Cuando Celia le conoció, la niña fue directa: ¿Tú también me vas a devolver? Y Celia, con lágrimas, le prometió: Jamás.
Pero entonces surgieron más problemas legales. Celia no me contó los detalles, pero dijo convencida: Es mi hija, y voy a pelear por ella.
Aquel día fue la primera vez que Celia entraba a una iglesia en su vida. No tenía a dónde más ir, me confesó. Estuvo hablando mucho rato con el cura, salió más serena y el padre le dio ánimo: Todo saldrá bien, con la ayuda de Dios.
Caminamos juntas de vuelta a casa. Me dijo:
Seguramente pensáis que soy soberbia. Pero estoy cansada de explicarme, ya no tengo fuerzas
Yo preferí no decir nada.
Al final, antes de irse, Celia me invitó a que fuéramos un día a su casa, todas juntas, para jugar con los perros. Yo le dije que sí, que iremos. Y sí, iré. Pero antes tengo que quitarme la vergüenza.
Es que no paro de preguntarme: ¿por qué somos tan crueles? ¿Por qué enseguida pensamos lo peor de alguien? Es que lo llevamos dentro, hasta yo, y me amarga reconocerlo.
Solo te digo una cosa: ojalá Celia, esa mujer tan especial a la que todas hemos criticado alguna vez, acabe feliz. Ojalá Lucía la abrace y le diga mamá sabiendo que nunca nadie la dejará. Que corran los perros como locos por el parque. Y si hay suerte, que Celia encuentre a un buen hombre y, quién sabe, que Lucía tenga un hermanito o una hermanita. Sí, estas cosas pasan, ¿verdad?
Y sobre todo, que no vuelva a escuchar nunca nada malo, ni ella ni Lucía, ni los perros, ni nadie. Eso sí que lo deseo de corazón.







