Veinte años sin regalos para ella: una convivencia en armonía

Dos décadas sin regalos para ella: una convivencia armoniosa
Joaquín Álvarez jamás le había regalado nada a su esposa, con la que llevaba veinte años juntos sin un solo tropiezo. No es que fuera tacaño, pero nunca se había dado la ocasión. Con Aurora, todo había ido deprisa: al mes de conocerse ya estaban casados.
Sus citas tampoco fueron adornadas con regalos. Él iba a verla al pueblecito donde ella vivía, silbaba bajo su balcón y Aurora salía corriendo. Se sentaban entonces en el banco junto a la verja, apenas hablaban, hasta la medianoche.
El primer beso se lo robó Joaquín el día de su compromiso. Después llegó la boda, la vida con sus rutinas y preocupaciones. Joaquín demostró tener buen ojo para los negocios, haciendo prosperar su granja de cerdos. Aurora, por su parte, trabajaba duro, y su huerto era la envidia de todas las vecinas. Vinieron luego los hijos, los pañales, los vestidos con lazos, los catarros de los pequeños ¿Regalos? Ni pensarlo: no había tiempo. Las celebraciones eran sencillas, alrededor de una buena comida. Así transcurría su vida, sin grandes alegrías ni adornos, pero tranquila y laboriosa.
Un día, Joaquín fue con su vecino al mercado en Salamanca a vender patatas y jamón, justo antes del ocho de marzo. Había vaciado su despensa, ordenado las patatas y decidido deshacerse del excedente. El jamón mejor venderlo antes de sacrificar al siguiente cerdo. Así se plantó en el mercado. Hacía un frío agradable, con aire a primavera. Para su sorpresa, lo vendió todo en un suspiro. El jamón voló, las patatas se agotaron enseguida. No está nada mal, pensó Joaquín, satisfecho. Aurora se va a poner contenta.
Guardó los sacos en la furgoneta de su vecino y fue a hacer unos recados. Aurora le había dado su lista de costumbre. Por mera tradición, empezó parando en el bar de la esquina para celebrar el buen negocio. No era bebedor, pero estaba convencido de que saltarse el brindis traería mala suerte para la próxima venta. Después de su copa de vino, salió andando ligero, mirando los escaparates y el bullicio. Fue entonces cuando, casi por azar, se topó con una escena inesperada.
Frente a una tienda, una pareja joven miraba embelesada un vestido expuesto en un maniquí. La chica, tan fresca como una amapola, exclamaba:
Carmen, venga, vamos, ¿vas a quedarte ahí toda la tarde?
Mira, Pablo, ¡es precioso! Me quedaría de maravilla.
Bah, si sólo es un trapo.
¡No digas tonterías! ¡Es lo último, estilo retro! ¿Por qué no me lo regalas por el Día de la Madre, anda?
Carmen, sabes que estamos sin blanca. Si lo compro, a comer macarrones hasta final de mes
Ya nos apañaremos, cariño. Me gustaría tanto Lleva un año que estamos casados y nunca me has hecho un regalo, ni siquiera en Navidad.
Carmen, me vuelves loco
Te quiero, mi amor susurró ella antes de besarlo con ternura y arrastrarlo dentro de la tienda.
Al notar la mirada de Joaquín, Pablo encogió los hombros con media sonrisa, como diciendo: Ya sabes cómo son las mujeres. Al poco, salieron, Carmen riendo feliz y abrazada al misterio de su bolsa. Joaquín se quedó mirando la vitrina. El vestido era bonito, sencillo, con flores, igual que el que Aurora solía llevar cuando quedaban en el banco. Sintió una emoción olvidada, quizá nostalgia por su juventud, o por aquello que, juntos, habían sido. De pronto, un pensamiento lo asaltó: Nunca le he regalado nada a Aurora. Demasiado trabajo. Y siempre pensé que era una tontería. Pero ese chaval sería capaz de pasar penalidades por ver contenta a su mujer. Por amor. ¿Y yo, todavía quiero a Aurora? Estaba tan seguro antes de casarnos luego, la rutina se lo llevó todo. Una vida de trabajo, sin apenas recuerdos… ¡Qué dura es la vida!
Aquel instante de felicidad ajena le pellizcó el pecho. Quiso sentir él lo mismo.
Con paso decidido, entró en la tienda. Se le acercó una dependienta, sonriendo:
¿Le ayudo en algo?
Sí, hija. Quiero el vestido del escaparate.
Excelente elección, es lo último en seda, muy vintage. A su hija le encantará.
No es para mi hija, es para mi mujer gruñó Joaquín.
¡Qué suerte la suya! gorjeó la dependienta mientras lo envolvía.
¿Cuánto es, por favor?
Cuando dijo el precio, Joaquín se quedó sin aire. Una pequeña fortuna en euros, pensó.
¿Por qué tan caro? rezongó.
Es de diseñador, es exclusivo le explicó la vendedora con paciencia.
Joaquín dudó. Pero volvió a recordar la cara de Carmen y tomó una decisión.
Me lo llevo.
Pagó, salió del comercio y se sintió orgulloso de su arrebato. Su vecino ya le esperaba. El viaje de vuelta fue alegre. El vecino presumía de sus ganancias.
¿Y tú, qué tal?
¿El qué?
¿Saliste ganando?
¿Ahora vas a contar el dinero de los demás? saltó Joaquín, algo picado.
Vale, vale gruñó el vecino, sorprendido por su mal humor.
Al llegar, Aurora no había vuelto de la granja. Joaquín cuidó de los animales, limpió el corral, alimentó a los cerdos. Pero pese a su gesto, algo le oprimía el pecho. ¿Por qué esa zozobra? Encogió los hombros, entró en casa y se tomó un vaso de vino. Luego otro. Así se calmó un poco.
La puerta resonó. Entró Aurora con la cara seria, como siempre.
¿Ya has llegado? ¿Cómo fue el mercado?
Bien. Aquí tienes el dinero.
Aurora contó los billetes.
Falta algo. ¿Vendiste mal?
No, sólo que lo demás está aquí, en la bolsa.
Aurora sacó el vestido con recelo.
¿Para quién es esto? ¿Para Teresa? Es muy grande para ella. Has malgastado el dinero
Es para ti balbuceó, tímido. Por el Día de la Madre.
Silencio.
¿Para mí? preguntó ella, sin creerlo. ¿De verdad?
¡Claro que sí! se atrevió él, aliviado de que no saltara. ¿Para quién iba a ser?
Pero Aurora rompió a llorar y se fue a la habitación. Volvió al cabo de diez minutos, los ojos enrojecidos.
Ya no me cabe. He engordado mucho.
¿Cómo? susurró él. Me acuerdo que tenías uno igual cuando nos sentábamos en el banco
Pero, hombre suspiró ella con una risa entrecortada, ¡han pasado veinte años! Las cosas cambian.
Joaquín la miró a los ojos.
¿Y si, tras todos estos años, el mejor regalo no es este vestido, sino volver a encontrarnos, simplemente, como el primer día?
A veces la vida se compone de pequeños gestos, no de grandes presentes; y al final, lo más valioso es no perder de vista a quien camina a tu lado.

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Veinte años sin regalos para ella: una convivencia en armonía
Un día me llamó mi tía lejana y me invitó a la boda de su hija — mi prima lejana, a la que no veía desde que tenía 6 años. Desde que ella tenía 6 años, quiero decir. No es que haya heredado un especial apego familiar, pero esta vez no pude escabullirme. — Al menos una vez cada 20 años podemos vernos, como no aparezcas te enteras — me dijo mi tía, tajante. Y llegó la invitación con palomas y rositas de parte de Lucía y Antonio, y hasta me lo recordaron un par de días antes, así que no hubo escapatoria. Vale, piensa que ya he perdido el sábado, pero ¿qué le voy a hacer? Así que allí voy, con mi ramo de flores, un humor de perros y muchas ganas de escaquearme a la primera de cambio. Llego al restaurante, entro al salón del banquete, y me sientan con un grupo de jóvenes muy animados — amigos del novio, que después de un par de copas empiezan a elogiar lo estupenda que es la tía de la novia, que si de tía nada y que a ver si nos conocemos mejor, y acabamos todos, claro, montando una buena juerga. Por supuesto, no reconocí a la novia: de ratona morena ha pasado a rubia voluptuosa con mucho pecho. Me gustaba más como ratoncilla. El ambiente general era un pelín lúgubre: un montón de señoras con mala leche y maridos aburridos, el novio con cara de no saber dónde meterse, la novia flipando con su propio cuerpazo y, si no fuera por nuestro grupo, aquello parecía un velatorio. Las señoras nos miraban con mucho, pero que mucho, desdén. Me perdí el primer brindis, pero justo empezó el segundo. Tocaba a mí. El maestro de ceremonias, al saber quién era, lo anunció entusiasmado: — Y ahora, unas palabras de la joven y guapísima tía de la novia. Así que lancé mi discurso: — Queridos Lucía y Antonio… La boda ya era poco animada, pero de repente reinó un silencio de granito y, en ese instante, me doy cuenta de que mi tía no está por ninguna parte, y difícilmente habría cambiado tanto como para no reconocerla. — La novia se llama Teresa — me susurró feroz una señora de rosa enfrente—. Y el novio es Javier. — ¿Cómo que Teresa? ¿Qué Javier? — Estos vienen a las celebraciones ajenas a hartarse de canapés y beber a costa ajena — añadió la señora—. A nosotros en la despedida de un sobrino nos pasó igual, costó echarle. No hay vergüenza ya. Entonces sí que entendí que la fiesta iba a ser animada. Los asistentes aguzaron las uñas, relampagueaban los ojos, algunos casi se ponen en pie. Las mangas aún no las habían remangado, pero todo llegaría. — ¡Pero si aquí tengo mi invitación! — grité yo, blandiendo la dichosa tarjeta—. ¡Aquí lo pone: Lucía y Antonio, restaurante tal, salón de banquetes! Me salvó un camarero: — Señora — me dijo—, tenemos otro salón en la planta de arriba, ¿quizás era allí? — Sí, sí, cómo no, allí — terció la de rosa—. Quiere cenar por el morro. Marca aquí, y luego sube a por doble ración. ¿Cómo aguanta la tierra a tanta cara dura? ¡Aventurera! — La cara dura, Inés, siempre es una virtud — intervino otra, de verde lima, aún más borde. Que conste: no tengo pinta de buscavidas ni de ladrona de maridos. Aunque ya se sabe, desde fuera… Los amigos del novio salieron en mi defensa y la señora de lila les despachó: — ¡Mírala, ya encandiló a los chicos! Y la de rosa remató: — Así empezó la que le robó el marido a la jefa de contabilidad; como te descuides, te quedas sin pareja. Nunca me he llevado a ningún marido ajeno, pero en ese momento me sentí la rompecorazones number one. Total, que hasta eché un ojo a los maridos a ver si alguno merecía la pena, ya puestos a delinquir. Por suerte, el camarero fue a buscar a mi tía, que bajó, vio el percal y juró a todo el mundo que sí, que me conocía, mientras me guiñaba el ojo de tal forma que parecía decir que lo mío era cosa de siempre. Total, que me evacuaron al otro salón, donde de verdad estaban la morena Lucía y el tal Antonio, que ya no me acuerdo del apellido, y donde me dieron de beber para el susto. Menos mal que no había dado el regalo todavía. Eso sí: mis compañeros de despedida fueron los amigos del primer novio, de la primera boda.