La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerta; aquella primavera llegó temprano a Castilla, era apenas finales de marzo y la nieve ya se había derretido. Sabía que el frío regresaría, pero mientras el sol animaba el aire, Ana salió al jardín, remendó la valla caída, arregló el cobertizo… Pensaba en comprar gallinas, un cerdito, un perro y un gato. “Basta, ya he salido suficiente,” se sonreía a sí misma. Deseaba arar el huerto cuanto antes, preparar los bancales, respirar el aroma de la tierra natal, como cuando era niña, correr descalza sobre el suelo labrado, hundiéndose hasta los tobillos en la tierra húmeda y tibia como un plumón. “Ya viviremos más”, musitó Ana a nadie en particular. “Buenas tardes.” Ana se sobresaltó: en la verja estaba una niña, apenas adolescente, vestida con un abrigo gris, de esos que entregan en los institutos de formación profesional de la región, zapatos frágiles, medias translúcidas color carne. “No es época aún para presumir de esas medias”, pensó Ana, “es jovencísima, se va a resfriar; los zapatos, malos, la suela de cartón, una birria.” La chica movía nerviosamente sus piernecitas. “Hola,” saludó Ana con sequedad. “Perdone, ¿podría usar su baño?” “Vaya… sí, pasa. Al fondo, luego giras.” Ana observaba a la muchacha correr. “Gracias, me ha salvado. Busco un piso; ¿no alquila usted por casualidad una habitación?” “No pensaba, ¿para qué la quieres?” “Quería alquilar, no quiero residencia, allí fuman, beben… Los chicos no paran.” “¿Y cuánto piensas pagar?” “Cinco euros… no tengo más.” “Entra en casa, venga, venga.” “Perdón, ¿puedo ir otra vez al baño?” “Corre…” “¿Cómo te llamas?” preguntó Ana mientras la guiaba por la casa. “Oli, O-li,” chilló la chica como un ratón. “Oli, ¿a qué has venido?” Mirándola a los ojos. “Yo… la habitación…” “No me mientas… Oli… ¿A qué has venido, de verdad?” “¿Puedo ir otra vez al baño?” “Pero, ¿qué te pasa?” “No sé,” sollozó la joven, “no aguanto… duele.” “Ve…” Ana la siguió fuera. “¿Sigues yendo al baño? ¿Es pipí?” “Sólo pipí, me duele todo…” “Ya hablaremos, di la verdad: ¿venías a robar? Aquí no hay nada, ¿quién te envió?” “Nadie, yo sola. ¿Usted es Ana Paulova Samoilova?” “¿Yo? Sí…” “No me reconoce… ¿mamá? Soy yo, Oli… tu hija.” Ana se quedó sentada, la espalda rígida, la cara ajada por los vientos sin un músculo temblar. “Oli…”, susurró, “hija… Oli…” “Sí, mamá… Soy yo… No me dieron tu dirección en el internado, decían que no está permitido… Pero mi profe del instituto, Anastasia Serrano, tan buena… me ayudó a buscarte, y aquí estoy.” Las lágrimas corrían por las mejillas de Ana. “Oli, hija mía…”, llamaba, abrazándola torpemente. “Llevaba tanto buscándote, mamá… Todos decían que me abandonaste, que me diste como a un objeto. Pero yo siempre creí, mamá, siempre…” Sentadas, abrazadas, no hacían falta palabras. Después Ana recuerda todo lo que su abuela enseñó, corretea preparando agua caliente, infusiones… Hijita, razón de mi vida. Ya tengo para qué vivir… Dios se apiadó de mí, no todo está perdido… El huerto, remendar el abrigo, le queda algo de dinero guardado. Iba a dejarse morir, y de pronto, la hija… *** “Mamá…”, “¿Eh?” “Mamita…” “¿Qué pasa, pequeña?” Oli coge un pastel de la mesa. Mamá la viste como una muñeca y ambas rejuvenecen. “Mamitaaa…” “¿Sí, cuqui?” “Mamá, estoy enamorada.” “¡Vaya sorpresa!” “Sí. Se llama Iván, ¡quiere conocerte!” “No sé si…” Y pensó: “Se acabaron los días felices, Dios da y Dios quita.” “Mamá, ¿qué te pasa…?” “Nada, hija, sólo que has crecido tan rápido… No aproveché, no me dio tiempo… Perdóname, Oli.” “Mamá, ¿cómo puedes decir eso? Si te queremos…” La presentación fue bien. Iván, un muchacho del pueblo, responsable y sensato, gustó a Ana. Corren tiempos difíciles; muchos pasan hambre y otros cuidan mejor a sus perros que a un vecino. Pero Ana con Oli e Iván, aunque la fábrica cerró, encontró trabajo cosiendo en una cooperativa, vistió a su hija y a su yerno. Iván no era de estar quieto: arregló la valla, cambió las maderas del porche, restauró el cobertizo… La casa revivió más todavía con la llegada de Oli, la hija, la joya recuperada. El corazón de Ana, derretido; quería vivir con el triple de ganas, años tragados por la vergüenza pasada que intenta olvidar; sólo a veces, de noche, el llanto la asfixia. “Mamá, ¿te duele?” “No, cariño, duerme, duerme tranquila…” “Mamá, ¿puedo acostarme contigo?” “Claro,” Ana se acurruca, deja sitio, para que su hija se meta en la cama. Mi pequeña, mi niña, me desborda el amor. Así es el amor de madre, gracias Señor, gracias por dejarme sentirlo. Celebraron la boda; los jóvenes siguieron viviendo con Ana. Hasta sus compañeros notaban la felicidad: la siempre seria Ana Paulova no puede reprimir la sonrisa: “Voy a tener un nieto… o nieta”, susurraba a sus amigas, “¡qué ilusión!” “La hija de Ana Paulova sí que es feliz… la quiere con locura.” ¡Un nieto! ¡Antón! Por la abuela de Oli, severa pero justa, decía Ana. Nunca tuvo bebés en brazos después de perder a su hija… Ahora sí, el corazón le late con fuerza: ahí está, la dicha. Todo para Antón, el nieto. Y también para la abuela. Iván emprendió la obra de una casa grande; fundó con sus hermanos una empresa de construcción. Todo va bien… Y una buena noticia más: una nietecita en camino. Ana cose sin parar para su nieta Marina; trajes nuevos cada semana. La risa infantil llena la casa. Todo marcha, pero Ana empieza a sufrir dolores en el pecho… “Mamá, ¿dónde te duele?” “Todo bien, cariño, no te preocupes…” *** “Es tarde, no podemos hacer nada”. “Doctor, ¿cómo que no… era mi madre?” “Lo siento de verdad.” *** “Oli, hija… ya me voy, perdona, he vivido de más. Hace tiempo que dejaron de pensar en mí, pero tú me salvaste aquel día, cuando viniste…” “Mamá, no digas eso…” “Déjame acabar, cariño… Oli, no soy tu verdadera madre. Perdóname…” “¡Nunca se lo digas a nadie! Eres mi madre, sólo tú. ¿Entiendes?” “Sí, hija… en la mesita tienes mi cuaderno, mi diario. Perdóname, Oli, te quiero…” “Y yo, mamá. Mamá…” *** “Oli, ¿comes algo?” “Sí, Iván… ahora… Anda, ve tú.” Oli leía el diario de Ana en su habitación: allí estaba toda su vida, dura, torcida, amarga y alegre a la vez. Madre estricta, padre muerto en la guerra. Ana se enamoró de un ladrón… y se lanzó al abismo. Él desapareció en prisión; Ana se quedó sola, su único hijo enfermó en la nieve ayudando a su amado a huir. Perdió su esencia de mujer, ni hijos ni gatos. La casa materna, el silencio, médicos sin esperanza. Peregrinó a la iglesia, pidió perdón. Y al final, llegó la señal en forma de hija ajena, la felicidad que no le correspondía. Quiso ser madre aunque fuera un tiempo. Oli, luz de su vida, nunca imaginó vivir tanto. Así la dicha. Oli era todo, también le mejoró la salud. Al principio temía que Oli descubriese la verdad; después no le importó, empezó a vivir la sencilla vida de cualquier madre. Perdóname, hija, por robarte a tu madre; éste es mi amor, mi felicidad robada… “Mamá”, lloraba Oli, “te quiero… Espero que me oigas. Lo supe enseguida, me dijeron tu segundo apellido era otro, busqué a mi madre biológica. Me rechazó; se casó, tenía nueva familia. Me ofreció dinero, le estorbaba. Huí de ella, caí enferma pero Dios me dio otra madre, tú. Gracias a Dios; me alegro de aquel error en los papeles, o quizás no fue error, sino el destino. ¿Cómo voy a vivir sin ti otra vez… mamá?” “Oli…” “Iván, déjame llorar, que acaba de perder a su madre…” *** “Abuela, ¿era buena la abuela Ana?” “Mucho, hija.” “¿Y era guapa?” “La más guapa, Ana.” “¿Quién la llamó así?” “No lo sé, tu abuelo o tu bisabuela.” “¿Tú me pusiste el nombre de mi bisabuela?” “Sí, papá y yo; él la quería mucho.” “¿Y ella me ve desde allí?” “Claro que sí, siempre te cuida.” “Yo también te quiero, bisabuela Ana”, murmura la niña, dejando una corona de margaritas en la tumba. “Y yo a ti, pequeña,” deja que susurre el viento entre los álamos, “y nosotros también, repite la brisa.”

La felicidad ajena

Hace ya muchos años, recuerdo cómo Antonia se afanaba en su pequeña finca cerca de Segovia, cuando una primavera temprana sorprendió al pueblo con el deshielo a finales de marzo. Pese a saber que los últimos fríos volverían, el sol templado animó a Antonia a salir para enderezar la cerca vencida por el invierno y arreglar el cobertizo de la leña. Se prometía a sí misma que pronto llegaría el momento de traer algunas gallinas y un cerdito, quizás también un perro y un gato para hacerle compañía.

Ya has tenido bastante soledad, Antonia, se decía con una sonrisa irónica, es suficiente. Le urgía remover la tierra de la huerta, plantar las primeras semillas y, como en su niñez, descalzarse y corretear por el surco fresco, sintiendo la materia húmeda y blanda bajo sus pies.

Todavía queda vida por vivir murmuró Antonia al aire, sintiendo la tibieza del sol en sus mejillas curtidas.

Buenos días

Se sobresaltó. En la entrada, tras la verja de hierro oxidada, estaba una muchacha, poco más que una niña, enfundada en un gabán gris de los que entregaban en el instituto local de la capital. Llevaba zapatos desgastados y medias color carne, poco apropiadas para el frío que aún se filtraba en abril.

Acabará resfriándose, esta chiquilla tan joven y ya medio tiritando, pensó Antonia, mientras observaba cómo la muchacha alternaba de pie a pie con nerviosismo.

Buenos días respondió Antonia, seca.

Perdón, ¿podría pasar a su baño?

Venga, tira recto, ahí detrás de la casa.

Antonia siguió con la mirada a la joven, que corría ansiosa.

Gracias, me ha salvado agradeció la chica al volver. Busco una habitación, ¿no tendrá usted una para alquilar?

No, hija, nunca me lo planteé. ¿Y para qué la necesitas?

Pues eso, quería una. No quiero vivir en la residencia, ahí todo el mundo fuma, discute y se meten chicos en los cuartos…

¿Y cuánto piensas pagar?

Cincuenta duros no tengo más.

Pasa dentro, mujer, anda.

¿Puedo ir de nuevo al baño, por favor? pidió cohibida.

Ve tranquila…

¿Cómo te llamas? le preguntó Antonia cuando la moza volvió.

Marina susurró como un ratón asustado.

Y, dime Marina, ¿qué te trae de aquí, en realidad?

Yo… la habitación…

No me engañes… Marina, dime la verdad. ¿Por qué has venido?

Es que… necesito ir de nuevo al baño…

Pero hija, ¿te pasa algo?

No sé señora, no aguanto más sollozó Marina.

Ve, anda…

Antonia la acompañó. Cuando Marina salió, la interrogó de nuevo.

¿Te duele? ¿Es lo del baño, pequeña?

Sí… arde todo dentro…

Ya veremos qué es, pero ahora dime la verdad: ¿por qué has venido?

La chica dudó, contuvo el llanto.

¿Quién te manda?

Nadie, he venido por mí misma. ¿Usted es Antonia Martín Gómez?

Sí, ¿por qué?

¿No me reconoce, madre? Soy yo, Marina… su hija.

Antonia se quedó rígida como una estatua. Ni un solo músculo de su rostro marcado por el sol y los inviernos tembló.

Marinasusurróhija… mi Marinita…

Sí, mamá… Soy yo… En el hospicio nunca me quisieron dar tu dirección, imagínate, decían que no se podía, mamá… Pero mi profesora, doña Sofía, me ayudó a buscar en los registros y, después de investigar, conseguimos tu nombre completo y el pueblo… y aquí estoy.

Las lágrimas descendían por el rostro de Antonia.

Marina, hija mía…

Mami, cuánto te he buscado, madre gritó la muchacha colgándose del cuello de Antonia. Yo escribía cartas, pero se reían y decían que me habías dado de lado como a una cosa… Pero yo nunca dejé de creer, mamá.

Antonia, torpemente, abrazó a Marina; sus manos rústicas se aferraban a la rebeca gruesa de la muchacha. Se quedaron así, calladas y unidas, sin querer romper el momento con palabras.

Después, cuando el asombro dejó paso a la realidad, Antonia fue recordando los consejos de su abuela y empezó a cuidar a su hija como sólo una madre sabe: le preparó manzanilla, la envolvió en mantas calientes, la arropó entre rezos y amor.

Marinita, hija mía, razón de mi existir.

Ahora tenía por quién vivir otra vez. Dios se apiadó, ¿no todo está perdido entonces? Había que plantar la huerta, criar al cerdito, remendarle el abrigo a la hija. Todavía tenía algunos ahorros. Y pensar que hacía poco estaba convencida de que la vida se le acababa, y ahora

***

Mamá…

¿Qué pasa, hija?

Mamá… me he enamorado.

¿Cómo dices?

Eso, mamá, él se llama Juanito. Quiere conocerte…

Ay, hija, no sé…

En el fondo, Antonia presintió que su dicha estaba llegando a su fin, que la vida, generosa, quizá pronto le reclamara la felicidad prestada.

¿Mamá, qué te pasa?

Nada, nenita… Has crecido tan deprisa, que no me ha dado tiempo a disfrutar de ti. Perdóname, Marinita…

Pero, mamá si yo te quiero, ¿cómo puedes decirme eso? Juanito y yo te daremos nietos, no llores, mamá. Has sido mi familia, mi vida…

La presentación fue estupenda. Juan era un chico de campo, responsable y de buen corazón. Para Antonia, no había mejor yerno. Eran tiempos duros en la España de la escasez: algunos pasaban hambre, mientras otros mimaban más al perro que a sus hijos. Pero en aquella casa, gracias al trabajo incansable de Antonia como costurera, no faltaba lo justo y Marina y Juan vestían bien.

Juan no se quedaba quieto: levantó una valla nueva, cambió los travesaños podridos de la casona con ayuda de sus hermanos, arregló la cuadra para el cerdito y la casa recobró vida como nunca desde que Marina llegó.

El corazón de Antonia se ablandó, quería vivir ahora con más fuerza que nunca y compensar los años pasados y las noches en vela, cuando el remordimiento la ahogaba.

¿Mamá, te duele algo?

No, hija, duérmete, mi amor…

¿Puedo quedarme contigo?

Por supuesto, cielo y Antonia se arrimaba a la pared, dejando que su niña se recostara a su lado.

Pequeña mía, hija adorada, cuánto amor cabe en un corazón. Así es este amor de madre, gracias, Dios mío, por hacerlo posible.

Los jóvenes celebraron la boda y se quedaron a vivir con Antonia, que rejuveneció como una amapola. Hasta en el trabajo lo comentaban: A Antonia nunca la hemos visto así de dulce.

Viene una criatura, lo presiento susurró excitada a sus compañeras. No paro de darle vueltas…

La criada se sentía dichosa y las vecinas la envidiaban por el amor que derrochaba a su hija.

¡Nieto! Cuando nació Antonio, el nietecito a quien llamaron así en honor a la abuela de Antonia, la alegría fue inmensa.

Jamás había tenido un bebé en brazos, pensaba Antonia, no desde Marina, hacía ya tantos años. Ahora al sostener al pequeñín, era como sostener la felicidad.

Después, Juan inició la ampliación de la casa: allí siempre habría un sitio para la abuela Antonia, como debía ser.

Hicieron próspera la empresa de construcción y abrieron una ferretería en Segovia. Vivían tranquilos. Pronto otra esperanza: una nieta en camino, Marianita.

Qué ropitas le cosió su abuela, qué vestidos, cuántos lazos. Y la casa, repleta de risas infantiles.

Pero apenas en medio de tanta dicha, comenzó a arderle el pecho con frecuencia. Un dolor profundo.

Mamá, ¿dónde te duele?

No es nada, cariño, no te preocupes…

***

Ya es tarde, no hay nada que hacer.

Doctor… ¿cómo así? Es mi madre

Lo siento, de verdad.

***

Marina hija me tengo que marchar, perdóname, ya he vivido suficiente, hace años que contaba los días, pero tú me salvaste, apareciste

No digas eso, mamá, no me digas

Espera, tengo que confesarte algo Perdóname, pero no soy tu verdadera madre, Marina.

¡Mamá! Nunca más vuelvas a decir eso, nunca, ¿me oyes? Tú eres mi madre y me da igual lo demás. Ni se te ocurra

Sí, sí hija mía, mi vida Ahí está mi diario… Perdona, Marinita, te quiero tanto.

Y yo a ti, mamá. Te quiero, mamá mamá

***

Marina, come algo

Ahora, Juan… Tú ve.

Marina se quedó en la habitación de su madre, acariciando el cuaderno de tapas ajadas donde Antonia dejó escrita su vida: dura, a veces mísera, pero también vital.

Su madre, Antonina, una mujer estricta; el padre, muerto en el frente. Antoñita de niña, coqueta y alegre, se dejó liar por un rufián.

Vida peligrosa, intensa. Se fue tras él… y todo se torció.

El amor la arrastró, años de sacrificio, soledad y una enfermedad que la dejó estéril. Nada le quedó más que la casa vieja y el recuerdo amargo.

Los médicos le aconsejaron resignación o fe y así, tras una oración desesperada en la iglesia del pueblo, recibió la gracia inesperada: la llegada de Marina.

Quería aprovechar la oportunidad, aunque fuese por poco tiempo, para ser mamá, para sentirlo aunque fuera prestado.

Marina fue su luz. Ni las enfermedades lograron apartar aquella dicha. Pedía a Dios una prórroga para cuidar de la hija, para ver crecer a los nietos.

Al principio, el miedo la devoraba, temía que alguna vez Marina descubriese que fue un error en los papeles, solo una coincidencia de nombre, pero acabó por perder el miedo y empezó a vivir de verdad, porque supo que, aunque esa felicidad fuera robada, ella también merecía su trozo.

Perdóname, hija mía, por haberte robado a tu madre de sangre. Así fue mi dicha prestada…

Mamá lloraba Marina, mamita querida. Espero que me escuches.

Yo lo supe, casi desde el principio. Cuando viví aquí, me advirtieron de que había confusión en los registros, tú eras Martin Gómez, pero la madre biológica era Martín Hernández. Fui a conocerla y me rechazó, tenía otra familia, no le importé me empujó con dinero, se avergonzaba.

Me marché, huí, madre.

¿Recuerdas que enfermé tanto? Gracias a ti lo superé. Es Dios quien nos puso juntas, para que yo supiera lo que era el amor de madre. Nunca fui tan feliz como contigo, madre querida. Quizá no fue un error, quizá allá arriba sabían a quién necesitaba cada una.

¿Cómo viviré ahora sin ti?

Marina, hija…

Déjala llorar, Juan, es normal, ha enterrado a su madre…

***

Abuela, ¿la abuela Antonia era buena?

La mejor, niña mía.

¿Y guapa?

La más guapa, Antonieta.

¿Quién le puso ese nombre?

Sería su madre o su padre, hija.

¿Como tú me pusiste el de tu madre?

Sí, y tu padre quiso, él adoraba a su abuela.

¿Crees que me ve?

Por supuesto, siempre estará contigo.

Te quiero, bisabuela Antonia y la niña colocó una coronita de margaritas en la tumba de la abuela.

Y yo a ti, pequeña susurró el álamo, y el viento llevó sus palabras hasta el cielo.

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La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerta; aquella primavera llegó temprano a Castilla, era apenas finales de marzo y la nieve ya se había derretido. Sabía que el frío regresaría, pero mientras el sol animaba el aire, Ana salió al jardín, remendó la valla caída, arregló el cobertizo… Pensaba en comprar gallinas, un cerdito, un perro y un gato. “Basta, ya he salido suficiente,” se sonreía a sí misma. Deseaba arar el huerto cuanto antes, preparar los bancales, respirar el aroma de la tierra natal, como cuando era niña, correr descalza sobre el suelo labrado, hundiéndose hasta los tobillos en la tierra húmeda y tibia como un plumón. “Ya viviremos más”, musitó Ana a nadie en particular. “Buenas tardes.” Ana se sobresaltó: en la verja estaba una niña, apenas adolescente, vestida con un abrigo gris, de esos que entregan en los institutos de formación profesional de la región, zapatos frágiles, medias translúcidas color carne. “No es época aún para presumir de esas medias”, pensó Ana, “es jovencísima, se va a resfriar; los zapatos, malos, la suela de cartón, una birria.” La chica movía nerviosamente sus piernecitas. “Hola,” saludó Ana con sequedad. “Perdone, ¿podría usar su baño?” “Vaya… sí, pasa. Al fondo, luego giras.” Ana observaba a la muchacha correr. “Gracias, me ha salvado. Busco un piso; ¿no alquila usted por casualidad una habitación?” “No pensaba, ¿para qué la quieres?” “Quería alquilar, no quiero residencia, allí fuman, beben… Los chicos no paran.” “¿Y cuánto piensas pagar?” “Cinco euros… no tengo más.” “Entra en casa, venga, venga.” “Perdón, ¿puedo ir otra vez al baño?” “Corre…” “¿Cómo te llamas?” preguntó Ana mientras la guiaba por la casa. “Oli, O-li,” chilló la chica como un ratón. “Oli, ¿a qué has venido?” Mirándola a los ojos. “Yo… la habitación…” “No me mientas… Oli… ¿A qué has venido, de verdad?” “¿Puedo ir otra vez al baño?” “Pero, ¿qué te pasa?” “No sé,” sollozó la joven, “no aguanto… duele.” “Ve…” Ana la siguió fuera. “¿Sigues yendo al baño? ¿Es pipí?” “Sólo pipí, me duele todo…” “Ya hablaremos, di la verdad: ¿venías a robar? Aquí no hay nada, ¿quién te envió?” “Nadie, yo sola. ¿Usted es Ana Paulova Samoilova?” “¿Yo? Sí…” “No me reconoce… ¿mamá? Soy yo, Oli… tu hija.” Ana se quedó sentada, la espalda rígida, la cara ajada por los vientos sin un músculo temblar. “Oli…”, susurró, “hija… Oli…” “Sí, mamá… Soy yo… No me dieron tu dirección en el internado, decían que no está permitido… Pero mi profe del instituto, Anastasia Serrano, tan buena… me ayudó a buscarte, y aquí estoy.” Las lágrimas corrían por las mejillas de Ana. “Oli, hija mía…”, llamaba, abrazándola torpemente. “Llevaba tanto buscándote, mamá… Todos decían que me abandonaste, que me diste como a un objeto. Pero yo siempre creí, mamá, siempre…” Sentadas, abrazadas, no hacían falta palabras. Después Ana recuerda todo lo que su abuela enseñó, corretea preparando agua caliente, infusiones… Hijita, razón de mi vida. Ya tengo para qué vivir… Dios se apiadó de mí, no todo está perdido… El huerto, remendar el abrigo, le queda algo de dinero guardado. Iba a dejarse morir, y de pronto, la hija… *** “Mamá…”, “¿Eh?” “Mamita…” “¿Qué pasa, pequeña?” Oli coge un pastel de la mesa. Mamá la viste como una muñeca y ambas rejuvenecen. “Mamitaaa…” “¿Sí, cuqui?” “Mamá, estoy enamorada.” “¡Vaya sorpresa!” “Sí. Se llama Iván, ¡quiere conocerte!” “No sé si…” Y pensó: “Se acabaron los días felices, Dios da y Dios quita.” “Mamá, ¿qué te pasa…?” “Nada, hija, sólo que has crecido tan rápido… No aproveché, no me dio tiempo… Perdóname, Oli.” “Mamá, ¿cómo puedes decir eso? Si te queremos…” La presentación fue bien. Iván, un muchacho del pueblo, responsable y sensato, gustó a Ana. Corren tiempos difíciles; muchos pasan hambre y otros cuidan mejor a sus perros que a un vecino. Pero Ana con Oli e Iván, aunque la fábrica cerró, encontró trabajo cosiendo en una cooperativa, vistió a su hija y a su yerno. Iván no era de estar quieto: arregló la valla, cambió las maderas del porche, restauró el cobertizo… La casa revivió más todavía con la llegada de Oli, la hija, la joya recuperada. El corazón de Ana, derretido; quería vivir con el triple de ganas, años tragados por la vergüenza pasada que intenta olvidar; sólo a veces, de noche, el llanto la asfixia. “Mamá, ¿te duele?” “No, cariño, duerme, duerme tranquila…” “Mamá, ¿puedo acostarme contigo?” “Claro,” Ana se acurruca, deja sitio, para que su hija se meta en la cama. Mi pequeña, mi niña, me desborda el amor. Así es el amor de madre, gracias Señor, gracias por dejarme sentirlo. Celebraron la boda; los jóvenes siguieron viviendo con Ana. Hasta sus compañeros notaban la felicidad: la siempre seria Ana Paulova no puede reprimir la sonrisa: “Voy a tener un nieto… o nieta”, susurraba a sus amigas, “¡qué ilusión!” “La hija de Ana Paulova sí que es feliz… la quiere con locura.” ¡Un nieto! ¡Antón! Por la abuela de Oli, severa pero justa, decía Ana. Nunca tuvo bebés en brazos después de perder a su hija… Ahora sí, el corazón le late con fuerza: ahí está, la dicha. Todo para Antón, el nieto. Y también para la abuela. Iván emprendió la obra de una casa grande; fundó con sus hermanos una empresa de construcción. Todo va bien… Y una buena noticia más: una nietecita en camino. Ana cose sin parar para su nieta Marina; trajes nuevos cada semana. La risa infantil llena la casa. Todo marcha, pero Ana empieza a sufrir dolores en el pecho… “Mamá, ¿dónde te duele?” “Todo bien, cariño, no te preocupes…” *** “Es tarde, no podemos hacer nada”. “Doctor, ¿cómo que no… era mi madre?” “Lo siento de verdad.” *** “Oli, hija… ya me voy, perdona, he vivido de más. Hace tiempo que dejaron de pensar en mí, pero tú me salvaste aquel día, cuando viniste…” “Mamá, no digas eso…” “Déjame acabar, cariño… Oli, no soy tu verdadera madre. Perdóname…” “¡Nunca se lo digas a nadie! Eres mi madre, sólo tú. ¿Entiendes?” “Sí, hija… en la mesita tienes mi cuaderno, mi diario. Perdóname, Oli, te quiero…” “Y yo, mamá. Mamá…” *** “Oli, ¿comes algo?” “Sí, Iván… ahora… Anda, ve tú.” Oli leía el diario de Ana en su habitación: allí estaba toda su vida, dura, torcida, amarga y alegre a la vez. Madre estricta, padre muerto en la guerra. Ana se enamoró de un ladrón… y se lanzó al abismo. Él desapareció en prisión; Ana se quedó sola, su único hijo enfermó en la nieve ayudando a su amado a huir. Perdió su esencia de mujer, ni hijos ni gatos. La casa materna, el silencio, médicos sin esperanza. Peregrinó a la iglesia, pidió perdón. Y al final, llegó la señal en forma de hija ajena, la felicidad que no le correspondía. Quiso ser madre aunque fuera un tiempo. Oli, luz de su vida, nunca imaginó vivir tanto. Así la dicha. Oli era todo, también le mejoró la salud. Al principio temía que Oli descubriese la verdad; después no le importó, empezó a vivir la sencilla vida de cualquier madre. Perdóname, hija, por robarte a tu madre; éste es mi amor, mi felicidad robada… “Mamá”, lloraba Oli, “te quiero… Espero que me oigas. Lo supe enseguida, me dijeron tu segundo apellido era otro, busqué a mi madre biológica. Me rechazó; se casó, tenía nueva familia. Me ofreció dinero, le estorbaba. Huí de ella, caí enferma pero Dios me dio otra madre, tú. Gracias a Dios; me alegro de aquel error en los papeles, o quizás no fue error, sino el destino. ¿Cómo voy a vivir sin ti otra vez… mamá?” “Oli…” “Iván, déjame llorar, que acaba de perder a su madre…” *** “Abuela, ¿era buena la abuela Ana?” “Mucho, hija.” “¿Y era guapa?” “La más guapa, Ana.” “¿Quién la llamó así?” “No lo sé, tu abuelo o tu bisabuela.” “¿Tú me pusiste el nombre de mi bisabuela?” “Sí, papá y yo; él la quería mucho.” “¿Y ella me ve desde allí?” “Claro que sí, siempre te cuida.” “Yo también te quiero, bisabuela Ana”, murmura la niña, dejando una corona de margaritas en la tumba. “Y yo a ti, pequeña,” deja que susurre el viento entre los álamos, “y nosotros también, repite la brisa.”
¡Pues ahora mismo llamo a mi marido!