¡Pues ahora mismo llamo a mi marido!

¡Pues ahora mismo llamo a mi marido!

En cualquier otra circunstancia, Eugenia jamás se habría atrevido a llamar a su exmarido.

Llevaban casi dos años sin verse, y dudaba mucho que él se alegrara de oír su voz. Pero en ese momento no le quedaba otra opción.

Solo Daniel podía ayudarla. Siempre había sabido resolver cualquier problema.
En fin, Eugenia tenía la esperanza, aunque fuera por los viejos tiempos, de que él la auxiliara.

Lanzó una última mirada a la anciana, que la seguía mirando con esa sorna tan propia de una abuela de pueblo sí, abueleta, como diríamos en Castilla, no abuelita cariñosa o jubilada respetable, después sacó el móvil del bolso, abrió la agenda y empezó a buscar el número de Daniel.

Hacía dos años largos pensó en borrarlo, pero cada vez que iba a hacerlo, algo la detenía.

Quizá tenía la esperanza de que algún día podría necesitarlo.

Y mira, hoy sí que le había venido bien…

Miró de nuevo a la abuela, que ya ni escondía su burla, y decidió pulsar en Llamar.

*****

¿Así que no te vienes conmigo? Eugenia miró a Daniel como si acabara de traicionarla. Aunque, en realidad, ella era la que dudaba entre quedarse o dejarle.

Eugenia, ya compramos el terreno aquí, vamos a construir la casa… ¿Para qué irnos?

Pues para empezar de nuevo, Daniel. Te lo he contado mil veces, ¿cuál es el sentido de repetirte lo mismo?

Daniel la observó serio, negando con la cabeza.

Eugenia, ¿de verdad crees que fuera la vida es distinta? Es igual que aquí.

De pequeña siempre soñé con vivir en el extranjero, respondió Eugenia. Cuando mi padre me llevó a su primer viaje fuera, monté una rabieta en el aeropuerto porque no quería volver. Me encantaba cómo era todo.

Ya…

Y ahora, que tengo la oportunidad de irme para siempre, ¿vas a estropearlo?

No, no quiero fastidiarlo. Yo simplemente no quiero irme. No necesito otro sitio; me gusta vivir aquí, en mi tierra. Tengo mi pequeño negocio, crece poco a poco, pero estoy seguro de que irá mejor.

Tú tienes trabajo aquí, y yo ofertas allí alzó la voz Eugenia, señalando la ventana hacia el oeste. Buen trabajo, salario mucho más alto y más futuro. ¿No lo comprendes, Daniel?

Ese día discutieron hasta desgastarse, pero nadie le dio la razón al otro. Ambos mantenían sus ideas firmes.

No había motivos claros para el divorcio, y aun así, Eugenia obligó a Daniel a ir al juzgado a presentar los papeles.

Todos quedaron en shock: su madre (el padre ya no estaba), los padres de Daniel.

Incluso sus amigos en común. Nadie lo había visto venir; todos juraban que lo suyo era para toda la vida.

Eugenia, ¿lo has pensado bien? le preguntaba su amiga. No vas a encontrar otro como Daniel. Te adora, te lo da todo.

Eso son bonitas palabras reía Eugenia. De poco sirve si no me sigue adonde yo quiero ir. Si me amara de verdad, vendría conmigo.

Pero mudarse fuera no es fácil. Daniel tiene todo aquí.

Pues que se quede, yo tengo otros planes.

Realmente, Eugenia ya no podía vivir junto a quien no compartía sus inquietudes.

Guardó su amor hacia Daniel en el rincón más recóndito de su corazón y partió. Al mes, con el certificado de divorcio, subió a un avión: le ofrecían no solo un buen sueldo, sino ayuda con la nacionalidad. Era su sueño y lo apostó todo.

Pero ya se dice en Castilla: No siempre lo mejor está donde no estamos. Año y medio después, Eugenia volvió.

No se había adaptado. Y la gente allí, quizá, era aún más arisca.

Una compañera la envidió tanto que acabó por perder el trabajo que tanto le había costado conseguir. Nadie le creyó cuando intentó defenderse; ese contrato arruinado le costó los amigos, la familia, y a sí misma.

De pura necesidad, repartió folletos a diario bajo el frío. Soñaba con obtener los papeles, encontrar un empleo decente, pero nunca llegó. Y fue entendiendo, poco a poco, que se había equivocado.

Le avergonzaba, sobre todo, con Daniel. Él no tenía culpa; fue ella quien le dejó. Qué tonta he sido, se reprochaba.

Ya no ansiaba ropa nueva, ni lujos, ni cenas. Decidió regresar a casa, a España.

Necesitaba recomponerse. Tras unos días con su madre, se fue de retiro al pueblo de su abuela unos días.

Descansó y, poco a poco, volvió a la vida.

Eugenia regresó a la ciudad. No quería volver al antiguo empleo. Ni siquiera trabajar en lo suyo, si era sincera. Así que, mirando anuncios, se lanzó como agente inmobiliaria.

Pasó la entrevista, la formación, y enseguida empezó a destacar en la agencia.

La vida volvió a rodar.

A veces pensaba en Daniel, pero no se atrevía a llamarle.

Lo creía imposible, no lo merecía.

Tampoco mantenía ya relación con sus viejos amigos. Por su propia torpeza había perdido todo, y le tocaba recomenzar.

*****

Un día, Eugenia tuvo que vender una propiedad en un pueblo a cuarenta kilómetros.

No encontraba comprador hasta que una pareja de jubilados, Tomás y María, se interesaron: querían retirarse al campo.

Normal; con el precio de las casas subiendo, la gente buscaba tranquilidad.

Los llevó en su propio coche, y, al llegar, dejaron el vehículo junto a la tienda para pasear por el pueblo y notar el ambiente, disfrutar de los detalles rurales.

Eugenia enseguida vio que los dos lo meditaban bien. Normal, las casas ya no están para bromas y no conviene invertir tanto dinero a ciegas.

Al acercarse a la casa, un perro grande del vecino asomó la cabeza por la verja, serio, inspeccionando a los extraños. Después se fijó en Eugenia, le lamió el hocico y movió el rabo, hasta alegre. Ni ladró.

La pareja se relajó, y Eugenia, sin poder contenerse, le acarició la cabeza junto a la verja, mostrando a los clientes que aquí hasta los perros eran amables.

Durante una hora, Tomás y María vieron cada rincón, preguntaron dudas, Eugenia les respondió y les mostró puntos fuertes… y flacos.

¿Entonces, os ha convencido? preguntó Eugenia cuando acabaron. ¿Qué os parece?

Pues nos gusta, querida, pero queremos pensarlo bien y te llamamos mañana mismo, ¿vale?

Perfecto. Tenéis mi número. Llamad cuando decidáis, sonrió Eugenia.

Aunque en el fondo, sabía que eso solía ser una negativa. Cuando realmente interesa, la emoción se ve en los ojos. En esta ocasión, faltaba el brillo.

Bueno, pensó Eugenia. Si no estos, otros.

Al volver, Eugenia vio cómo, junto a aquella casa de la que tanto temían al perro, la dueña, una abueleta seca, salía con una cuerda y, arrastrando al perro, lo ataba al poste del cableado.

El animal no se quejaba, ni ladraba ni se resistía. Pero Eugenia percibió una tristeza extraña en sus ojos, como si supiera lo que venía.

Llegando al cruce, Eugenia se giró hacia María:

Disculpa, ¿puedes esperar un minuto? Necesito hablar con esa señora

Por supuesto, hija contestó amable María.

Eugenia corrió al poste donde la abueleta ya ataba al perro.

La culpa es tuya, Trueno. No sirves para nada, la gente ni te teme, regañaba con voz dura.

Perdón, quería preguntarle… ¿Por qué ata así al perro al poste?

¿A ti qué te importa? Lo ato porque me da la gana. ¿Lo quieres tú acaso?

Bueno, yo

Nadie quiere a este perro, no sirve. No ladra nunca, solo mueve el rabo. ¿Para qué lo quiero yo así?

Eugenia quiso responder, pero la mujer la cortó.

Tú eres la que lo acarició antes. Sí, te vi. Si lo has visto, ya sabes: un perro que no ladra no es perro. No le pienso dar de comer más ni tenerlo en mi patio.

¿Y lo va a dejar aquí? ¿Y si llueve?

La abueleta no gustaba nada a Eugenia. Se contenía para no levantarle la voz.

Recordó entonces a Lince, el perro mestizo que conoció en casa de su abuela. Un perro listo, bueno, que la acompañaba cuando lloraba y le alegraba los días. Desde entonces, había aprendido a querer a los perros.

Por eso no podía mirar para otro lado al ver que dejaban atado a Trueno.

¿De veras va a dejarlo aquí, tirado?

Déjame en paz, forastera. Vuelve a la ciudad. Yo hago con mi perro lo que quiero. Aquí esperará su turno, y después, una inyección y adiós.

¿Cómo dice? ¿Qué turno, qué inyección?

La de dormirlo, claro responde la abuela sin mirar. Que venga el veterinario, y con una botella me lo hace barato. Dije que me mordió, y listo.

Eugenia tuvo que tragarse una réplica amarga. Pero su pensamiento estaba en el pobre animal.

¿Y si el veterinario le cree? El perro no tiene maldad.

En ese instante, la voz de María llegó desde la distancia.

Eugenia, ¿te vienes o no? Tenemos que volver a la ciudad.

¡Qué hacer! Si lo soltaba, la abuela lo ataba de nuevo. No podía llevarlo en taxi, no tenía coche. Y al piso de su madre no podía llevarlo por la alergia. En la oficina tampoco.

¿Entonces vienes o no? insistió Tomás, ya con tono impaciente.

No Perdonadme, no puedo irme ahora mismo. Salió un asunto urgente. Vuelvan ustedes tranquilos, yo iré luego a la ciudad.

La pareja, extrañada, se encogió de hombros y se fue.

Eugenia se quedó vigilando a Trueno, que la miraba curioso y confiado.

¿Y ahora qué vas a hacer? rió la vieja.

Le exijo que lo suelte ya. No es forma de tratar a un animal así.

Dilo más alto, igual me asusto. Es MI perro; si no te vas, llamo a mi hijo. Y no te va a gustar que venga.

Pues ahora mismo ahora mismo llamo a mi marido soltó Eugenia lo primero que se le ocurrió.

¿Aún tienes marido? Pobre hombre. Pero mira, llámale, si quieres; a mí no me asusta nadie.

En cualquier otra ocasión, Eugenia no se hubiera atrevido. Llevaba años sin noticias de Daniel, y dudaba se alegrase de su llamada.

Pero ahora no tenía más remedio. Solo él podría hacer algo.

Con el corazón encogido, pulsó Llamar.

Por favor, contesta, rogaba con el pensamiento.

¿Diga?

Hola, Daniel Soy Eugenia. ¿Me reconoces?

Vaya sorpresa. Claro que sí. No pensaba que llamarías. ¿Pasa algo?

Eugenia titubeó, sintiendo cómo al oírle la voz se estremecía, igual de cálida que siempre.

¿Eugenia, estás ahí?

Sí, sí. Perdona. ¿Cómo sabes que pasa algo?

Te tiembla la voz. Siempre te pasa cuando estás nerviosa.

Eugenia le explicó el asunto, segura de que no le dejarían irse con el perro sin más.

Espera ahí. Envíame la ubicación.

Daniel tardó poco más de veinte minutos. Sin duda, voló por los caminos.

La abuela había ido a despertar al angelito de su hijo, para poner orden. Daniel ató a Trueno en el coche, y cuando los gritos comenzaron en la casa de enfrente, ya estaban saliendo del pueblo.

Voces, platos, portazos y amenazas: Daniel ni se inmutó, conducía firme, seguro.

*****

¿Así que al final construiste la casa? se extrañó Eugenia.

Sí. También era mi sueño.

Mientras hablaban, Trueno ya corría feliz por el nuevo patio. Un perro noble, no para custodiar, sino para acompañar. Y hacen falta amigos en esta vida.

¿Llevas mucho aquí? preguntó Daniel. Me dijeron que habías vuelto a España; pensé que llamarías.

¿Por? sorprendida.

No somos extraños, Eugenia.

No

No me casé. Te sigo queriendo, eres la única Y, a propósito, el perro.

Daniel, torpe, cambió de tema a propósito.

Si quieres, que se quede conmigo. Me viene bien un compañero, además, aquí está mejor que nadie y le hace falta cariño.

Así, gracias al corazón atento de Eugenia, Trueno encontró hogar y familia.

Daniel enseguida se encariñó con él, y Eugenia también. El perro, de cuando en cuando, los miraba de reojo, preguntándose por qué no estaban juntos esos dos que tan bien casaban.

Pero el tiempo arregló lo que la vida había deshecho. Volvieron a verse, a hablar, a recuperar la confianza.

Eugenia traía higos y pan para Trueno, pretextando visitarle, pero era Daniel a quien de verdad quería ver.

Los sentimientos no se olvidan: con el roce y los meses, volvieron a encenderse.

Y a los seis meses, Daniel se arrodilló ante Eugenia, torpe, y le ofreció un anillo: ¿Te casas conmigo?

Eugenia sonreía, pensando en lo tonto que parecía, y respondió: Sí.

Trueno observaba, moviendo el rabo, como si pensara: ¡Por fin!, parecía obvio que se querían. Qué raros son estos humanos.

Y así terminó la historia. Solo faltaba añadir un par de hijos y un gato en la casa para la felicidad completa. Algo me dice que tampoco les costaría conseguirlo. Todo les iría bien.

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