Sin derecho a decir que no —Estaré en casa antes de las doce, cien por cien —dijo él, apretándose el cinturón y mirando a su mujer—. Máximo nueve, diez… Echaré un par de horas y ya. Su mujer, en silencio, arregló las servilletas sobre la mesa y desplazó el cuenco de ensalada. El hijo estaba con el móvil, un auricular puesto, el otro pendiente a medias de la conversación. —Eso lo dijiste el año pasado —le recordó ella—. Y el anterior. —Este año las tarifas están por las nubes —intentó bromear él—. Es un pecado no salir. Tenemos que seguir pagando la hipoteca. —¿Y quién paga la fiesta? —preguntó ella, casi en un susurro. El hijo levantó la vista. —Papá, en serio. Este año al menos no estoy con la abuela ni en un campamento. Estoy en casa. ¿Podrías ahorrarte lo de “enseguida vuelvo”? Él hizo una mueca. A sus cuarenta y cinco ya sabía cómo era la decepción en la mirada de los suyos. Sabía lo que era pasar una semana entera caminando por la casa intentando compensar la culpa. —No será toda la noche —dijo más suave—. La tarifa tope es hasta las nueve o diez, luego baja. A las once estoy seguro. Ponemos el presidente, el champán, todo como debe ser. —Tú no eres como los demás —sonrió sin alegría su mujer—. Eres como la aplicación. Quiso protestar, pero guardó silencio. Se fue al recibidor, se puso el abrigo. En el espejo, una cara cansada, barba de dos días, ojeras. Un conductor con 4,93 de valoración y la sensación constante de que todo el mundo anda descontento. —Coge gorro —dijo su mujer desde la habitación—. Y no cojas borrachos. Otra vez vas a contarme cómo te vomitaron en el asiento. —Tengo el filtro puesto —refunfuñó él. El hijo se acercó a la puerta, apoyado en el marco. —Papá, hagamos un trato. Si no llegas antes de las doce, simplemente avisa. Sin eso de “ahora llego”. ¿Vale? Él asintió. El hijo le ofreció el puño. Chocaron. —Llegaré —insistió él, terco. En el patio ya resonaban los primeros petardos. La gente apurada con bolsas, las ventanas parpadeaban con luces. Abrió su viejo Skoda, se sentó, puso el contacto. Parpadearon los testigos en el salpicadero, el móvil en el soporte mostró la interfaz de la aplicación. En la esquina ya colgaba un aviso: “31 de diciembre. Alta demanda. Coeficiente hasta 2,8”. Suspiró y abrió turno. Llegó enseguida el primer servicio. —Pues allá vamos —se dijo en voz baja. El primer viaje tenía coeficiente 2,5, recogida en tres minutos. Salió del patio, esquivó el tráfico, pilló un semáforo en verde. Por el chat la clienta ya escribía: “Por favor, rápido. Es muy urgente”. Sin emoticonos. En el patio de un viejo bloque le esperaban. Un hombre con la chaqueta abierta de un lado a otro en la nieve, revisando atrás. A su lado una mujer apoyada en la barandilla, con la mano en la tripa. Era grande y se notaba, incluso con abrigo. Frenó en seco, saltó del coche. —¿Ha llamado usted? —Sí, sí —el hombre se abalanzó y abrió la puerta trasera—. A la maternidad, como puse. ¿Puede ir rápido? Tiene contracciones. La mujer subió con cuidado, hizo una mueca. —Sin pánico —musitaba al marido—. No es aún… ay… Se sentó al volante, miró el GPS. El hospital estaba al otro lado del barrio, veinte minutos en línea recta, en un día normal. El navegador… treinta y cinco. —Abróchense —dijo—. Haré lo posible. El hombre se sentó al lado, sin apartar la vista de la mujer reflejada en el retrovisor. —Tercer hijo —dijo, como disculpándose—. Pensamos que sería como las otras veces. Pero esto ha ido… rápido. —Todo saldrá bien —respondió, aunque dentro sentía la inquietud brotar—. Ahora salimos a la avenida y volamos. En la avenida, por supuesto, nadie volaba. Los coches avanzaban como tortugas. Más adelante, estallaban fuegos artificiales reflejados en los cristales. Se coló entre un bus y un todoterreno, aprovechó el hueco y se metió en el carril bus. El radar parpadeó en el retrovisor. —Me va a caer multa —murmuró. —Yo la pago —saltó el hombre—. Pero lléguenos. La mujer volvió a jadear, aferrada a la manilla. —¿Cuánto queda? —preguntó. Miró el navegador. Veinte minutos. —Quince-veinte —respondió—. Saco todo lo que puedo. Exprimió el coche. Rebasó autos, maldijo mentalmente a los parados. “Si pasa algo aquí, ¿de quién será culpa? ¿mía? ¿del marido? ¿de la app?” En un semáforo sonó el móvil. Mensaje de su esposa: “Todo listo aquí. ¿Para cuándo?” No contestó. Demasiado a la vez: carretera, contracciones traseras, marido que respiraba como si pariera él. —Venga, respiren como les enseñaron —dijo, con la mirada fija adelante—. Inspiren… exhalen… —¿Usted también parió? —preguntó la mujer, entre dientes. —A mi mujer la llevé tres veces —respondió él—. Casi soy comadrón. El marido se rio nervioso. —¿Y llegaban siempre? —Dos sí, uno no —sincero—. Pero al final todo bien. Recordó aquella noche. Su mujer atrás, pánico, gritos. Entonces aún no era taxista, trabajaba en la fábrica y el coche era de empresa. No llegaron, su hijo nació en admisión. Luego ella recordaba cómo él gritaba a los atascos, como si los coches se fuesen a apartar por orden suya. Llegaron al hospital en diecisiete minutos. Paró junto a la barrera, el guardia salió, se indignó, pero al ver a la mujer levantó la mano. —Ya estamos —dijo. El hombre abrió la puerta de golpe. La mujer intentó levantarse y de nuevo se dobló. —Mucha suerte —deseó él—. Y parto fácil. —Gracias —dijo ella, exhausta—. Feliz año. El hombre le metió billetes en la mano, además del pago de la app. Él quiso rechazarlo, pero sus dedos lo agarraron solos. —Por la multa —dijo el marido—. Y… gracias por no negarse. Asintió, mirando cómo entraban tambaleantes en urgencias. El móvil vibró: “¡Viaje excelente! El cliente ha dejado propina”. Otro más: “Alta demanda en tu zona. No desconectes para no perder ingresos”. Miró la hora. Las nueve menos veinte. Tres horas para medianoche. De momento, el plan sobrevivía. Escribió a su mujer: “Sigo. Como mucho hasta las diez. Primer viaje, a la maternidad, no podía negarme.” Puso un emoticono, lo borró. Envío sin más. Respondió ella al minuto: “Lo entiendo. Pero acuérdate de nosotros.” Suspiró y presionó “Libre”. El segundo pedido llegó enseguida. Adolescente, recogida en el centro comercial junto al metro. Coeficiente 2,8, cinco minutos. —Por lo menos no es una parturienta —murmuró. El centro comercial estaba lleno de gente con bolsas, alguien descorchando champán en la calle. En un banco esperaba un chico flaco, chaqueta fina, sin gorro. Móvil en mano, una mochila deportiva a su lado. Miraba a todas partes. —¿Esperabas tú? —preguntó él, bajando la ventanilla. —Sí —se acercó el chico—. ¿Puedes esperar un minuto? Llamo a mi madre pero no responde. Miró el contador de espera, la multitud, el chaval. —Súbete —dijo—. La llamas en el camino. El chico subió atrás, abrochó el cinturón, apretó el móvil en la mano. El GPS marcaba un barrio cercano, un patio cualquiera. Pero en el comentario ponía: “Viaja solo. Por favor, llame a la madre al llegar”. Frunció el ceño. Este tipo de viajes no le gustaban. Siempre miedo: si pasa algo, ¿de quién es la culpa? —¿Cuántos años tienes? —preguntó saliendo. —Catorce —contestó—. Casi quince. —¿Solo por qué? —Mi madre está de turno. Dijo que vendría pero no la soltaron. Así que vine yo, y me pidió taxi. Hoy es… bueno, un día especial. Sonó el móvil del chico. Miró la pantalla. —Es ella —dijo, contestó—. Ya, estoy dentro. Sí, voy. Sí… Ahora el conductor te habla. Le entregó el móvil. —Es para ti. Cogió el teléfono. —Hola. —Hola, buenas —voz de mujer rápida, ruido de fondo, alguien gritaba—. ¿Es usted el conductor? ¿Lo lleva? ¿Todo bien? —Sí, ya va conmigo, vamos. Veinte minutos si no hay atasco. —Por favor, déjelo en el portal, no lo deje solo. Las llaves están con la vecina, él sabe. Sólo que… —la voz titubeó—. Estoy de turno, no llego, le prometí… —Tranquila, se lo dejo—dijo él—. También soy padre. Se sorprendió de haberlo dicho de nuevo, como si fuera garantía. —Muchas gracias. Y… feliz año —añadió ella. Devolvió el móvil. —¿Tu madre trabaja? —En el Día —suspiró—. Hoy hasta las diez. Luego viene, si pilla el bus. —¿Y qué celebráis? —Pues… —dudó—. Este año he terminado sin suspensos. Y además… prometió que esta noche estaríamos en casa, no con mi tía. Bueno, los tres, con el gato. Pero la jefa le dijo que o cubría el turno o la sacaban del cuadrante. Así fue. Asintió. Eso le sonaba demasiado. Sólo que en vez de “jefa” él tenía “aplicación” y “coeficiente”. Silencio en el coche. Fuera, lucecitas, fuegos, a veces una explosión lejana. En el semáforo, otro mensaje de la esposa: “Sashka y yo haciendo ensalada. Dice que si no llegas, te banea en la app”. Sonrió y tecleó: “Dile que tengo mejor rating que sus notas.” Luego borró “sus notas” y escribió: “Estoy haciendo lo posible. Todo según lo previsto.” —¿Tienes familia en casa? —preguntó el chico. —Mujer e hijo. Como tú. —¿Y vas de turno? —se sorprendió. —Claro. Es fiesta —dijo—. Todo el mundo se mueve y el dinero entra. —Mi madre también lo dice —resopló chico—. Pero luego duerme todo el día y yo con el gato. No supo qué responder. Por un segundo quiso cambiar el rumbo y dejarlo no en su casa, sino en el Día, con su madre. Pero habría sido demasiado. Entraron en el patio sin problemas. Casa corriente, muchos portales. El chico señaló el suyo. —Aquí —dijo—. ¿Puede esperar hasta que entre? Por si acaso. —Claro. Salió, ajustó la mochila. Llamó al telefonillo para que le abriera la vecina. Salió una señora en bata, móvil en mano. Intercambiaron unas palabras y ella saludó al conductor. Él asintió, marcó “Terminar viaje”. Inmediatamente la app: “¡Viaje excelente! No desconectes para ganar más”. Hora: 21:50. Poco más de dos horas para medianoche. El móvil vibró. Su esposa. —¿Qué? —preguntó en cuanto contestó. —¿Sigues vivo? —Vivo. Voy para allá —dijo—. Un viajecito corto más y ya. Ya estoy por el barrio. —¿Tú mismo te lo crees? —respondió tranquila. Calló. —No me enfado —siguió ella—. Sólo quiero saber. Ya está todo listo, Sashka y las luces de Navidad luchando. Hace como que le da igual, pero yo lo veo. —Llegaré —insistió de nuevo—. Lo prometo. —Vale. Pero si ves que no, avisa. No desaparezcas. Asintió, aunque ella no podía verlo, y colgó. Por dentro todo se apretó. Sabía cómo era: “Sólo uno corto”, “un poco más”, y de repente son las once cuarenta y cinco y estás en la M-30 con un grupo de borrachos cantando “En el bosque nació una estrellita”. Abrió la lista de pedidos. El botón “Sin derecho a rechazar” brillaba en rojo. Eran los servicios prioritarios: hospitales, niños, servicios sociales. No siempre pagaban más, pero no podías negarte si habilitabas el modo. Lo activó hacía un año, cuando aún le quedaban ilusiones de ser útil. Desde entonces, de vez en cuando, acababa en historias tras las que una semana iba por casa vacío. El móvil brilló. Nuevo encargo. “Sin derecho a rechazar”. Siete minutos. Dirección: ambulatorio en la avenida. Comentario: “Hombre mayor. Recoger en farmacia y llevar a casa. Urgente”. —Joder —murmuró. Sabía que si pinchaba “Salir de turno”, pasaría a otro. Pero ese otro igual estaba lejos. O no querría. Y el abuelo con medicamentos, frío, Nochevieja, farmacias ya cerradas. Recordó a su padre, una noche igual, sentado con fiebre esperando a que el hijo volviera del curro con las medicinas. Aquella vez también llegó tarde. Su padre decía luego que sobrevivió por fastidiar. —Venga, —se animó—. Un solo abuelo no es atasco en la M-30. Aceptó. La farmacia estaba junto al mismo ambulatorio donde de pequeño pasaba horas en colas. Un hombre bajito, abrigo viejo, bolsa cruzada. En la mano la compra y el reloj, mirado todo el rato. —¿Es usted?—preguntó acercándose. —Sí —asintió el hombre mayor y se acomodó en el asiento delantero—. ¿Puedo delante? La pierna… —Claro, abróchese. Miró el GPS. La casa del cliente estaba en el barrio de al lado, no lejos. La app decía veinticinco minutos. Diez y veinte. —Llegamos, —musitó. —¿Decía algo? —preguntó el hombre. —La carretera está bastante libre. Llegaremos pronto. —A mí no me corre prisa —suspiró—. Sólo quiero llegar. Sonrió de lado. —Llegaremos. Empezaron a andar. El abuelo callaba, hasta que de repente habló: —Hoy pensaba que me libraba de complicaciones. Y va mi tensión, se dispara. El corazón a mil. Mi hija en pánico, que llame a una ambulancia. Pero hoy están hasta arriba, dije. Me acerco a la farmacia. Fui, pero volver… ya no pude. Por eso llamaron el taxi. —¿Vive con su hija? —preguntó por cortesía. —Sí. Se le murió el marido, los hijos se fueron, quedamos los dos. Ella ahora está en casa, preocupada. Tiene eso que dicen ahora… ansiedad. Siempre teme que me pase algo. Asintió. Él lo conocía. Su mujer también siempre temía que le ocurriera algo. Un accidente, un cliente borracho, cualquier historia. —¿Y usted trabajando esta noche? —preguntó el abuelo—. ¿Su familia no se enfada? —Se enfada, —confesó—. Pero la hipoteca no se paga sola. —Todos tenemos hipoteca, —suspiró—. Yo también me veía a vuestra edad plantando tomates en la casa del pueblo. Y al final… Dejó la frase en el aire, solo movió la mano. El móvil vibró de nuevo. Ahora era su hijo. —Papá, —dijo en cuanto contestó—. ¿Dónde andas? —Llevo a un abuelo con medicinas, luego a casa. —¿Cuánto “luego”? —el tono de su hijo era plano, pero tenso. —Media hora a ida y media de vuelta. Llego. —¿Seguro? Miró el GPS. Por delante, un atasco, rojo como un adorno de árbol. —Bueno… —vaciló—. Lo intentaré. —Sólo di la verdad —le cortó el hijo—. ¿Otra vez vas a estar en el coche cuando den las campanadas? —No quiero, —suspiró—. Pero… —Ya —interrumpió su hijo—. Le digo a mamá que estás ocupado. Abrimos el champán sin alcohol. Y brindo por ti. —Sash… Pero ya había colgado. Sintió un nudo dentro, punzante. Quería dar la vuelta allí mismo, dejar al abuelo en el metro y salir corriendo a casa. Pero miró al hombre: sujetaba la bolsa de medicamentos como un salvavidas. —¿Todo bien? —preguntó el señor. —Sí, —mintió—. Sólo que me esperan en casa. —Tener quien te espere es bueno —dijo el mayor—. Mi mujer murió en Nochevieja. Todo preparado, las ensaladas, el champán. Fue a la cocina y… Se calló. —Perdón, no quiero agriarle la noche. Solo… si le esperan, disfrútelo. Incluso aunque llegue tarde. No supo qué responder. La marcha era lenta, casi sin avanzar por el atasco. Alguien disparaba fuegos en mitad de la vía, los coches parados. Miró a la gente grabando con los móviles, el tiempo corriendo. Abrió el otro navegador, tanteó desvíos. Podía meterse por patios, pero nieve, coches mal aparcados, riesgo de atascarse. —Vamos por el patio, —sugirió el abuelo—. Si gira aquí, yo me sé el camino. —No estará limpio. —Salimos adelante. Yo he sido conductor de bus. Conozco estos sitios. Suspiró y giró. El abuelo tenía razón. Los patios estaban atestados, pero alguno dejaba paso. Crujieron los bajos en un bache, pero salieron. El navegador redujo diez minutos. —¿Ve? —orgulloso el hombre—. Las rutas viejas, siempre ayudan. —Gracias —le dijo sincero. Llegaron a la casa sin quince las once. El abuelo buscó largo rato en los bolsillos para pagar. —No hace falta, —se negó—. Tiene medicinas que comprar. —No es por la medicina, —insistió él—. Es porque no me ha dejado tirado. Tome. Aceptó. Le ayudó a subir la escalera. En el primer piso abrió una mujer de cuarenta y tantos en camiseta. —¡Papá! —exclamó—. Ya pensé que te habías caído. —Caído, no. El conductor era majo. La mujer miró al taxista. —Muchas gracias —dijo—. Y… felices fiestas. Asintió y corrió al coche. Eran las once y tres minutos. Veinte minutos para casa. Si los semáforos querían. Subió, puso el contacto. La app alegrísima: “Estás en la zona de máxima demanda. ¡No salgas del turno!” Botón “Finalizar turno”, gris. “Libre”, en verde. “Sin derecho a rechazar”, seguía rojo. Fue a salir y la pantalla refulgió: nuevo “sin derecho a rechazar”. Tres minutos. Dirección: dos manzanas más allá. Comentario: “Niña perdida. Llevar a la comisaría”. Se quedó helado. Escuchó la voz de su hijo: “Di la verdad”. La de su mujer: “Todo listo aquí”. La del abuelo: “Si te esperan, aunque llegues tarde”. Si aceptaba, ni de lejos llegaba a medianoche. Llevar una niña al comisaría, aunque cerca, mínimo cuarenta minutos más. Entre protocolos, esperar a los padres. Si se complicaba… Si pulsaba “Rechazar”, otro lo cogería. Igual estaba lejos. O la niña esperando sola en un portal ajeno. Tenía las palmas sudadas. A los cuarenta y cinco creía que ya sabía decidir. Pero ahí estaba, un adulto en el coche, mirando el móvil incapaz de apretar ningún botón. Tres segundos. Dos. Uno. La app aceptó el viaje sola. Modo automático de “sin derecho a rechazar”. —Al diablo, —soltó. Aún podía cancelar, pero eso bajaría el rating, le quitaría prioridad. Aunque, sobre todo, algo dentro le lo impedía. Como si rechazar fuese algo más grave. No porque “toca”, sino porque ese día ya había llevado a una parturienta, un chaval con mochila y un abuelo con medicinas. —Vamos —se dijo—. A salvar a alguien más. La niña sería de unos ocho. Sentada en un banco, abrazada a un peluche, una mujer junto a ella hablando por móvil. —¿Viene por ella? —preguntó al verle—. ¿La lleva a comisaría? —Sí. ¿Qué pasó? —Estábamos con invitados, salió con el perro y se perdió. La encontramos en otra calle. Los padres van dirección a la comisaría en el coche de una amiga. Me dijeron que llamara un taxi para no esperar a los municipales. ¿Le importa? Quiso decir que sí le importaba. Que tenía familia, tiempo contado, ya había salvado muchos por hoy. Pero la niña le miró. Ojos grandes, asustados, los párpados enrojecidos. —¿Te animas? —preguntó él. Ella asintió apretando el peluche. —Yo voy con ustedes —dijo la mujer—. Yo la encontré. Los padres ya están en comisaría. Él asintió. Mejor así. Montaron. Miró la hora: once y diez. La comisaría a diez minutos, si no hay atascos y fuegos en la calle. —¿Cómo te llamas? —preguntó arrancando. —Vika —susurró ella. —No te preocupes, ahora vamos con mamá y papá. Ya están esperando. —No tuve miedo —corrigió, orgullosa—. Sólo no sabía dónde ir. La mujer suspiró trasero. —En el patio hay obras, todo patas arriba, se perdió. Yo la vi dar vueltas y le pregunté. Menos mal que llevaba la dirección escrita en el bolsillo. Asintió. Su madre también le metía el papel con la dirección cuando de niño salía al parque. Por si acaso. En aquel entonces parecía una tontería. Ahora ya no. Sonó el móvil. Su mujer. Contestó sin mirar la carretera. —¿Vienes a casa? —preguntó sin saludo. —Llevo a una niña a la comisaría. Se perdió. Silencio. —Claro —dijo ella al fin—. ¿Quién si no tú? —No puedo dejarla, —musitó—. Sus padres… —Ya —le interrumpió—. Ya lo entiendo. Sólo que… Escuchó un estruendo y reía el hijo. —Aquí ya están con los fuegos —contó—. Nosotros… pues empezamos sin ti. Sal a salvar más si quieres. —Intentaré llegar para las doce, —mintió él. —No lo prometas —susurró ella—. No prometas lo que no puedes. Quiso contestar, pero la llamada se cortó. Sintió algo romperse por dentro. Sin ruido. Como si una pieza más cediera. —¿Le molesta que le retrasemos? —preguntó la mujer atrás. —Ahora, sí —respondió sinceramente—. Pero no es culpa suya. Ella no replicó. Llegaron en quince minutos. Vika callada, absorbiendo mocos. Ya estaban los padres en la puerta, la madre corrió al coche. —¡Vikucha! —gritó. La niña abrió la puerta y se lanzó a ella. El padre, despistado, con bolsas en la mano. —Muchas gracias, de verdad de verdad —le dijo el hombre, mientras la mujer explicaba a los padres—. Si no llega usted… —Era él, no yo —aclaró la señora y señaló al conductor. Los padres le miraron. La madre tenía los ojos llenos de lágrimas. —Gracias —dijo—. Feliz año. —Igualmente, —respondió. Miró el reloj. Once y veintiocho. A casa: quince minutos por la recta. Si no hay luces, ni fuegos, ni sorpresas. GPS: veintidós minutos. —Por supuesto —ironizó. La app pitó: “Zona de máxima demanda. ¡Obtenga hasta tres veces más ingresos!” Pulsó “Finalizar turno”. La app: “¿Seguro que desea salir? Zona de alta demanda.” Pulsó “Sí”. —Tarde —dijo en voz alta—. Pero por lo menos. El regreso a casa fue como un sueño. Coches pitando, gente cruzando donde da la gana, fuegos. En cada semáforo grupos con botella, algunos saludando, otros pidiendo que pare, otros sólo chillando. Miró el reloj. Once y treinta y cinco. Cuarenta. Cuarenta y cinco. Un bus paró delante para dejar pasar peatones. Otro semáforo, otra cola. La música en la radio cada vez más solemne, los presentadores deseaban a todos pasar la fiesta en familia. —Sí, sí, —refunfuñó—. Cuéntamelo. A las once y cincuenta entró en su calle. En el patio estallaban fuegos, niños chillando. Aparcó donde pudo, salió corriendo del coche. La escalera se hizo eterna. En cada rellano alguien con móvil, otros fumando, otros con bolsas. Subió al tercer piso jadeando. La puerta de casa entreabierta. Dentro, sonaba la voz del presidente en su discurso. Entró. Las luces colgaban del techo, la mesa puesta con ensaladas, ruso, bacalao, mandarinas. Su mujer sentada, brazos cruzados, su hijo en la ventana con el vaso de refresco. Se giraron hacia él. —Bueno —intentó sonreír—. Ya os dije que llegaría. El hijo miró el reloj de pared. Tres minutos para las doce. —Casi —dijo. La esposa se levantó, cogió una copa, la llenó de champán. —Anda —dijo—. Nos quedan dos minutos para fingir que somos una familia normal. Se acercó, cogió la copa. Las manos aún temblaban. En la tele, el presidente hablaba de las dificultades del año y de la familia. De la ayuda mutua. —Qué simbólico —ironizó su esposa. —¿Estás enfadada? —quiso saber. —Estoy cansada —contestó ella—. Es otra cosa. El hijo se acercó y le ofreció su vaso. —Vamos ya —dijo—. Enseguida dan las campanadas. Se agruparon junto a la mesa. La habitación olía a mandarinas y a comida frita. Desde el balcón llegaban gritos de “¡Feliz año!” Empezaron las campanadas. Él miraba a su mujer, a su hijo, sintiendo un nudo en la garganta. Quería decir mil cosas: explicarse, justificarse, prometer que todo cambiaría. Pero recordó el ruego de ella: no prometer lo que no puede cumplir. —Feliz año —dijo en voz baja, cuando acabó. —Feliz año —repitió ella. El hijo brindó con él. —Mira, papá —sonrió—. Al menos este año no estabas dentro del coche. Él esbozaba una sonrisa. —Progreso. Bebieron. El champán estaba tibio, pero ya no importaba. Tras los primeros brindis, la tele sonaba de fondo. Comían casi en silencio. Su mujer preguntaba a ratos al hijo por sus planes de vacaciones, respondía en monosílabos. Él sentía en el ambiente lo no dicho. En un momento, el hijo se levantó. —Vamos —le dijo al padre. —¿Adónde? —A la habitación. Enséñame tus aventuras de hoy. Se quedó descolocado. —¿Qué aventuras? —Llevas cámara en el coche —dijo el hijo—. Quiero ver cómo salvaste el mundo hoy. La mujer se rió, pero no replicó. Fueron al minúsculo despacho, a la vez trastero. Conectó la cámara al portátil. El hijo se sentó a su lado, con las piernas encogidas. —No hay nada especial —advirtió—. Lo de siempre. —¿Siempre? —repitió el hijo—. Embarazada, abuelo, niño perdido. Día de taxista, como por encargo. Sintió una punzada de culpa. Vieron las grabaciones. Apareció la embarazada, el marido corriendo. El hijo sonrió. —Soltaste un taco en la cámara —observó. —Era contra el atasco, no contra ellos —protestó. —El atasco no escucha. Después el chaval de la mochila mirando por la ventana. El hijo permaneció callado viéndolo. —¿Ese es? —dijo. —¿Quién? —El que viajaba solo. —Sí. —Me recuerda a mí en quinto. Sólo que mi mochila era de superhéroes. Sonrió. —Tú también ibas solo una vez —le recordó—. Aquel día no llegué a recogerte del taller porque tuve turno. Te las apañaste. El hijo frunció el ceño. —Ya. Mamá me llamó treinta veces. Pensé que el móvil le explotaba. —Yo también lo recuerdo —dijo él—. Todavía. Cambiaron la grabación. Ahora el abuelo, con su bolsa de la farmacia. El hijo observaba cómo subía al coche, se ajustaba el cinturón. —Se parece al abuelo —susurró. —Pensé lo mismo. —Cuando le ayudabas por la escalera tenías cara de… no sé… —¿De abuelo? —intentó bromear él. —De miedo de que le pasara algo —corrigió el hijo. No respondió. En la pantalla se le veía tenso, casi asustado. —¿Te arrepientes de haber hecho esos servicios?—preguntó el hijo. Reflexionó. Era más difícil de lo que sonaba. —Me arrepiento de no saber estar en dos sitios a la vez —admitió por fin—. De no haber encontrado manera de que no estuvierais esperando. Pero si hubiese dado a “rechazar” entonces… Me lo habría echado en cara siempre. —¿Y si me pasa algo a mí en ese rato?—replicó el hijo. Él se sobresaltó. —No pasó. —Pero pudo. Calló. También el hijo. —No sé… —dijo tras un rato—. No sé elegir para que todos estén bien. Tengo miedo de decir “no” al desconocido y sentirme peor. O decirte “no” a ti y sentirme igual. —¿Un mal padre? —le ayudó el hijo. —Más o menos. El hijo suspiró. —Papá —le dijo—. No eres un superhéroe. Relájate. Él se sorprendió. —¿Eso es bueno o malo? —Es la verdad. No tienes obligación de salvar a todos. Pero… —titubeó—. Pero me alegro de que no dejaste sola a esa niña. Ni al otro chaval, ni al abuelo. Sólo… la próxima vez podrías avisarnos honestamente si no llegarás. Así no estaríamos esperando como tontos a la puerta. Asintió. Duro de oír, pero cierto. —Me dan miedo esas cosas —confesó—. Como si avisar fuera admitir que soy mal padre. Prefiero creer que cambiaré el mundo y convenceros a vosotros. —Y luego no hacerlo —sumó su hijo. —Y luego no hacerlo —repitió. El hijo se recolocó. —Mira —dijo—. La próxima vez que veas que no llegas, avisa. O llama. Di: “No llegaré a las doce”. Yo me enfadaré, mamá también, pero prefiero eso y saberlo. Lo miró. Su hijo lo decía con naturalidad, sin grandes palabras. —Vale —dijo él—. Lo intentaré. —Ya es algo —aprobó el hijo. La mujer, desde la cocina: —¿Qué hacéis, veis una peli? Venid, que el roscón se enfría. El hijo se levantó. —Venga, superhéroe. Aún quedan cohetes fuera. Cerró el portátil. Se quedó un segundo ante la pantalla en negro. Revivió todos los rostros: la embarazada, el chico de mochila, el abuelo, Vika con su peluche, y dos más: su esposa y su hijo, ante las campanadas. Entendió que no habría equilibrio perfecto. Siempre alguien esperaría. Siempre alguien decepcionado. Siempre esa sensación de no dar a basto. Pero igual dejaba de mentirse y de prometer. Entró en la sala. Su mujer servía té y el roscón. Ella lo miró, cansada pero sin acritud. —Bueno, taxista —dijo—. Este año al menos has salido en la foto del brindis. —El año que viene intentaré estar antes —replicó. —No lo prometas —le recordó. —Haré lo posible —corrigió. El hijo resopló. —Eso ya es un progreso. Alguien disparó un cohete que hizo temblar los cristales. Los tres se asomaron a la ventana para ver luces en el cielo. Él les sintió cerca, oyó su aliento. En la cocina parpadeó un aviso de la “app”, pero no fue a mirar. Esa noche el turno estaba cerrado. Al menos, por esta única noche.

Sin derecho a rechazar

Antes de las doce estoy en casa, seguro dijo él, apretándose el cinturón y mirando a su mujer. Como mucho, nueve, diez… Un par de horas, nada más.

La esposa, en silencio, recogió unas servilletas sobre la mesa y apartó el bol de ensaladilla. El hijo estaba embobado en el móvil, un solo auricular puesto, el otro pendiente a medias de la conversación.

Eso dijiste el año pasado le recordó ella. Y el anterior también.

Este año las tarifas son de locos intentó bromear. Ya sería pecado no salir a currar. Que hay que seguir pagando la hipoteca.

¿Y lo de la fiesta quién lo va a sostener? susurró ella, bajando la cabeza.

El hijo levantó la vista.

Papá, en serio. Este año no estoy con la abuela, ni en el campamento, por fin en casa. ¿Podrías dejarte de esas historias de ahora vuelvo, por favor?

Él hizo una mueca. A los cuarenta y cinco ya sabía demasiado bien cómo era el brillo de la decepción en los ojos de la familia. Y también lo que era pasar una semana en casa intentando compensarlo, de mala manera.

No voy a estar toda la noche, lo prometo dijo más suave. El precio sube hasta nueve-diez, luego baja. A las once como muy tarde estaré en casa. Abrimos el cava después del discurso del Rey, como todo el mundo.

Tú no eres todo el mundo respondió su mujer, sin rastro de alegría. Eres como una aplicación.

Él quiso replicar, pero se calló. Fue al recibidor y se puso su anorak. En el espejo se reflejaba su cara cansada, la barba de tres días, las ojeras. Un conductor con valoración 4,93 y la sensación constante de no estar a la altura para nadie.

Llévate la bufanda oyó desde el pasillo. Y no recojas borrachos. Luego me cuentas que te han dejado el coche perdido.

Tengo el filtro puesto masculló.

Su hijo se acercó a la puerta y se recostó contra el marco.

Papá, mira. Si no llegas antes de las doce, avisa. Nada de esos estoy en nada. ¿Vale?

Él asintió. El hijo le tendió el puño; él chocó el suyo.

Que llegarás insistió tozudo.

Ya en la calle resonaban algunos petardos. La gente iba de un lado a otro cargada de bolsas, las luces navideñas centelleaban en las ventanas. Abrió su viejo Seat Toledo, se sentó, encendió el motor. Los testigos parpadearon, el móvil mostró ya la app abierta. En la esquina, el aviso: 31 de diciembre. Alta demanda. Coeficiente hasta 2,8.

Suspiró y abrió turno. Saltó el primer servicio casi de inmediato.

Vamos allá dijo para sí.

El primer viaje, con coeficiente 2,5, recogida en tres minutos. Salió del barrio, sorteó los coches, pescó un semáforo en verde. La clienta escribió por el chat: Por favor, rápido. Es urgente. Sin emoticonos.

Frente a un bloque antiguo de cinco plantas ya lo esperaban. Un hombre con el abrigo abierto daba vueltas por la acera buscando a alguien. A su lado, una mujer apenas podía estar de pie, sujetándose el vientre. Incluso con el anorak abrochado, era evidente el embarazo.

Frenó de golpe, salió deprisa del coche.

¿Eran ustedes los que llamaron?

Sí, sí el hombre corrió a abrir la puerta trasera. Al hospital, como pide el servicio. Por favor, lo más rápido que pueda. Le han empezado las contracciones.

La mujer se sentó con cuidado, la cara crispada.

No te pongas nervioso murmuró ella a su pareja. Que aún ay

Él se sentó al volante y miró la ruta. El hospital estaba al otro extremo del distrito, veinte minutos en día normal; el navegador marcaba treinta y cinco.

Abróchense los cinturones dijo. Haré lo que pueda.

El hombre, tenso, se sentó delante y no perdió de vista a su esposa a través del retrovisor.

Es el tercer hijo dijo casi excusándose. Pensábamos que sería como antes. Pero esto ha ido rápido.

Todo irá bien mintió él, aunque por dentro sentía cómo subía la alarma. Ahora en cuanto salga a la avenida, aceleramos.

Pero en la avenida, los coches avanzaban como caracoles. Los petardos rebotaban en los parabrisas.

Se coló entre un autobús y un todoterreno negro; aprovechó un hueco y fue por el carril bus. La cámara de tráfico parpadeó en el retrovisor.

Multa me va a caer refunfuñó.

La pago yo soltó enseguida el hombre. ¡Sólo llévela rápido!

La mujer se aferró a la manija de la puerta.

¿Cuánto falta? preguntó.

Miró el GPS.

Quince, veinte minutos como mucho respondió. Voy todo lo rápido que puedo.

Exprimió cada instante, colándose por donde pudo, maldiciendo por lo bajo a quienes bloqueaban el paso. Se le cruzó un pensamiento: Si pasa algo en el coche ahora ¿de quién será la culpa? ¿Mía? ¿Del marido? ¿De la app?

Se paró en un semáforo; entró un mensaje de su mujer: Todo preparado aquí. ¿Cuándo llegas?

No contestó. Demasiadas cosas a la vez: la carretera, los jadeos en el asiento trasero, el marido que respiraba como si fuera él quien iba a parir.

Venga, tal y como os enseñaron Inhala exhala

¿Usted también ha parido? preguntó la mujer entre dientes.

Tres veces he llevado a mi mujer al hospital contestó. Casi soy comadrón.

El marido soltó una risa nerviosa.

¿Y llegasteis a tiempo?

Dos veces sí, una no admitió. Pero acabó bien.

Recordó aquella noche: su mujer gritando, él desesperado, no trabajaba aún de taxista y conducía el coche de empresa. No llegaron al hospital, el hijo nació en urgencias. Luego, su esposa recordaba cómo gritaba a los coches, como si el tráfico pudiera abrirse a su mandato.

Llegaron al hospital en diecisiete minutos. Paró justo frente a la entrada, el guardia salió indignado, pero, al ver a la mujer, les dejó pasar.

Ya hemos llegado anunció.

El marido abrió la puerta apresurado. La mujer intentó levantarse y volvió a doblarse de dolor.

Que vaya bien les deseó. Que sea un parto fácil.

Gracias alcanzó a decir ella. Feliz año.

El hombre le dio unos billetes por encima del pago en la app. Quiso negarse, pero los dedos se le cerraron solos.

Para la multa dijo el marido. Y… gracias por no negarse.

Asintió mirando cómo entraban, titubeando, en el hospital. El móvil vibró: ¡Viaje excelente! El cliente le ha dejado propina. Y acto seguido: Alta demanda en su zona. No apague la aplicación para no perder ganancias.

Miró el reloj. Eran las ocho y cuarenta. Quedaban más de tres horas para la medianoche. Por ahora, el plan aguantaba.

Escribió a su esposa: Sigo, fino hasta las diez máximo. El primer servicio, al hospital; no podía rechazarlo. Puso una carita sonriente, luego la borró. Envío el mensaje sin adorno.

La respuesta no tardó: Lo entiendo. Sólo recuerda que estamos aquí.

Respiró hondo y pulsó Disponible.

El siguiente servicio apareció enseguida. Adolescente, recogida en el centro comercial de Metro. Coeficiente 2,8, cinco minutos hasta allí.

Al menos no será una parturienta murmuró.

Frente al centro comercial, la gente con bolsas, algunos abriendo ya el cava en la calle. En un banco, frente a la entrada, un chaval flaco, sin gorra y con una cazadora fina. El móvil en la mano, una mochila deportiva a su lado, miraba a todos lados.

¿Has pedido tú el taxi? preguntó bajando un poco la ventanilla.

Sí se acercó el chaval. ¿Puede esperar un minuto? Estoy llamando a mi madre y no me coge.

Miró el cronómetro de la app, la multitud y al muchacho.

Sube, ya la llamarás de camino.

El chico se sentó detrás, se abrochó el cinturón y sujetó el móvil entre las manos.

La ruta: otro barrio, un bloque normal. Nada especial. Pero en los comentarios de la app ponía: Menor viajando solo. Por favor, llamen a la madre en la recogida.

Frunció el ceño. No le gustaban esos servicios. Siempre temía que ocurriera algo; ¿y entonces de quién sería la responsabilidad?

¿Cuántos años tienes? preguntó al salir de la plaza de aparcamiento.

Catorce, bueno, casi quince respondió el muchacho.

¿Por qué vas solo?

Mi madre está de turno. Tenía que venir, pero no la dejaron salir. Yo me vine solo, y ella pidió el taxi. Hoy es hizo una pausa. Bueno, una especie de fiesta.

El móvil del chico sonó. Miró la pantalla.

Es ella dijo, luego contestó. Sí, ya he subido. Sí, voy. Sí… Ahora el conductor hablará contigo.

Le tendió el móvil adelante.

Es para usted.

Dígame.

Buenas tardes voz femenina rápida, bullicio de fondo, alguien gritando. ¿Es usted el conductor? ¿Lo ha recogido? ¿Todo bien?

Sí, ya va conmigo. En veinte minutos estamos, si no hay atasco.

Por favor, déjele en la puerta; le dejé las llaves a la vecina, él sabe. Simplemente que la voz tembló. Estoy de turno, no llego… y se lo había prometido.

Lo llevaré, tranquila dijo. Yo también soy padre.

Se sorprendió pensándolo: como si eso garantizara algo.

Muchas gracias. Y que pase buena noche.

Devolvió el móvil al muchacho.

¿Tu madre trabaja?

En el Día suspiró él. Hoy abren hasta las diez. Luego vendrá, si tiene suerte con el bus.

¿Qué celebráis?

Bueno el chico dudó. Este año aprobé todo. Y ella prometió que esta vez no iríamos con la tía, sino en casa, los dos. Bueno, tres con el gato. Pero la jefa le dijo que si no venía, la sacaba de los turnos. Eso.

Asintió. Demasiado similar a su propia situación: cambiando jefa por aplicación y coeficiente.

El coche quedó en silencio. Por la ventanilla, árboles de Navidad, luces en las ventanas, fuegos artificiales dispersos. En un semáforo, otro mensaje de su mujer: Sergio y yo estamos preparando la ensaladilla. Dice que si no llegas, te va a bloquear en la app.

Sonrió y tecleó: Dile que tengo más puntuación que él en el boletín. Luego borró en el boletín y puso: Estoy en ello. Por ahora según lo planeado.

¿Tienes familia en casa? preguntó el chico.

Mujer e hijo. Mi hijo se parece a ti en edad.

¿Y también trabajas hoy?

Ya ves. Es la noche, la gente se mueve, dinero fácil.

Mi madre dice lo mismo susurró él. Pero luego duerme todo el día y me quedo solo con el gato.

No supo qué decirle. Por un instante tuvo el impulso de girar y llevar al chico al Día directamente con su madre. Pero tampoco era plan.

En el barrio, el chaval indicó el portal.

Aquí. ¿Podrías esperar a que llegue a la puerta? Por si acaso.

Por supuesto.

Se bajó, ajustó la mochila. La puerta estaba cerrada con portero automático; marcó un número, esperó. Una mujer en bata apareció al minuto con el móvil en la mano, seguramente la vecina. Dialogaron, ella asintió y saludó al conductor con la mano.

Él respondió y pulsó Finalizar viaje. Enseguida: Viaje excelente. No apague la app para ganar más.

Eran las nueve menos diez. Quedaban apenas dos horas para el nuevo año.

El móvil vibró; era su mujer.

¿Qué tal? preguntó en cuanto contestó. ¿Sigues vivo?

Vivo. Ya vuelvo. Haré un último servicio corto y listo. Ya estoy en el barrio.

¿De verdad te lo crees tú solo? preguntó ella con calma.

Él calló.

No me quejo prosiguió ella. Sólo quiero saber. Aquí está todo preparado, Sergio peleando con las luces. Finge que le da igual, pero yo sé.

Llegaré, lo juro.

Vale. Pero si ves que no, avisa. No desaparezcas.

Él asintió, aunque ella no podía verle, y colgó.

Por dentro, todo se le encogió. Sabía lo que era: un último servicio corto, un momento más, y de repente las once y cuarenta y cinco, y tú en la M-30 con un grupo de borrachos cantando Ay del chiquichiqui.

Abrió la lista de pedidos. El botón Sin derecho a rechazar brillaba en rojo. Eran servicios prioritarios: hospitales, niños, emergencias sociales. No siempre mejor pagados, pero si pulsabas ese modo, tenías que aceptarlos sí o sí. Lo activó el año pasado, queriendo sentirse útil. Desde entonces, a veces vivía semanas extenuado después.

La pantalla parpadeó. Nueva llamada: Sin derecho a rechazar. Siete minutos de llegada. Policlínica en el Paseo. Hombre mayor. Recoger en la farmacia y llevar a casa. Urgente.

Hay que ver suspiró.

Sabía que si ahora cerraba el turno ese viaje iría para otro. Pero igual el otro estaba lejos. O igual nadie recogía. Un abuelo, con medicina y frío, Nochevieja, farmacias cerradas.

Recordó a su padre, aquel año en una noche parecida, con fiebre, esperando a que su hijo volviera del trabajo con los medicamentos. Llegó tarde. Después su padre solía bromear: Sobreviví por llevarte la contraria.

Está bien dijo en voz alta. Un abuelo no es una caravana en la M-30.

Aceptó el servicio.

La farmacia era la de la policlínica, la de su infancia, esperando media vida en colas. Un anciano pequeño, con abrigo raído y una bolsa cruzada, sostenía una bolsa con el logo de la farmacia, consultando nervioso el reloj.

¿Es usted? preguntó al acercarse.

Yo mismo asintió él. ¿Puedo ir delante? Me tira la pierna.

Claro. Abróchese.

Miró la trayectoria. El abuelo vivía en un barrio cercano, no demasiado lejos. GPS: veinticinco minutos. Eran las diez y veinte.

Llegaremos se dijo.

¿Decía? preguntó el abuelo.

Que la carretera está bastante libre. Llegaremos bien.

La prisa no me hace gracia suspiró. Con llegar, basta.

Él esbozó una sonrisa floja.

Salieron. El abuelo callaba, luego rompió el silencio:

Esta noche pensaba que no pasaría nada Y me subió la tensión, el corazón se aceleró. Mi hija quería llamar a urgencias. Le dije, con la de trabajo que tienen hoy, no es plan. Vine a la farmacia solo, pero luego no podía con las piernas. Así que le tocó llamarle a usted.

¿Su hija vive con usted?

Sí. Su marido falleció, los hijos están fuera. Así que estamos los dos. Ella, en casa, esperando, nerviosa. Tiene… ¿cómo se dice? Ansiedad. Siempre cree que me va a pasar algo.

Asintió. También conocía esa angustia; su propia esposa esperando cada noche, temiendo un accidente, un cliente borracho, cualquier cosa.

¿Y usted por qué working today? preguntó de pronto el abuelo. ¿No le riñen en casa?

Claro que sí admitió. Pero la hipoteca no se paga sola.

Todos tenemos hipoteca suspiró el abuelo. Yo de joven pensaba que en la jubilación me iría al pueblo, a la huerta. Y ya ve…

No acabó; agitó la mano.

Sonó el teléfono; esta vez era Sergio.

Papá entró en cuanto descolgó. ¿Por dónde andas?

Llevo a un señor mayor con la medicación. Luego voy directo.

¿Cuánto es luego? en la voz del hijo había, debajo de la neutralidad, tensión.

Media hora ida y vuelta. Llego, de verdad.

¿Seguro?

El GPS mostraba una retención luminosa, roja como una bola de Navidad.

Bueno lo intentaré.

Dilo claro, papá pidió el hijo. ¿Te van a pillar las campanadas en el coche otra vez?

No quiero susurró. Pero

Ya entiendo le cortó el hijo. Le diré a mamá que sigues trabajando. Hemos abierto el champín sin ti. Te serviré también a ti.

Sergio…

Ya solo oía el tono. Sintió algo apretándosele en el pecho. Por un momento pensó en dar la vuelta, dejar al abuelo en la boca del metro y salir pitando a casa. Pero miró al anciano, que sujetaba sus medicinas como un salvavidas.

¿Está bien? preguntó el hombre, al ver el silencio tenso.

Sí mintió. Es que me esperan en casa.

Eso es bueno, tener a alguien que nos espere dijo suavemente el abuelo. Mi mujer murió un día como hoy. Había ensaladilla, cava, todo listo. Fue a la cocina y…

Se calló.

Perdón, no quiero aguarle la noche. Pero si tiene quien le espere, aunque llegue tarde, es bueno.

No supo contestar.

La circulación era lenta. Una ráfaga de petardos en plena calle detuvo la caravana. Observaba a la gente filmando con el móvil, notaba el tictac. Buscó en el GPS una ruta alternativa.

Vayamos por los patios interiores sugirió de pronto el abuelo. Si gira aquí, existe un atajo.

Estará sin limpiar.

Pasamos. Yo fui conductor de bus. Esto me lo conozco de memoria.

Suspiró, giró. El abuelo tenía razón: entre los coches aparcados había huecos, aunque el hielo amenazaba. Salvaron los baches, y el GPS recortó la ruta diez minutos.

¿Ve? Las rutas viejas también valen dijo triunfante el abuelo.

Gracias, de corazón.

Llegaron al portal a las diez y cincuenta y cinco. El abuelo rebuscó monedas.

No hace falta intentó.

No pago por el viaje, sino por no dejarme tirado insistió el hombre. Acéptelo.

Aceptó, y le ayudó a subir el primer escalón. Se abrió la puerta y apareció una mujer de unos cuarenta y pocos, camiseta de estar por casa.

¡Papá! exclamó. Creí que te había pasado algo.

Nada, que me ha tocado un buen conductor.

Ella le miró, agradecida.

Muchas gracias Y feliz año.

Respondió con un gesto y volvió al coche.

Eran las once y tres. Veinte minutos en línea recta a casa. Si tenía suerte con los semáforos, aún llegaría.

Encendió el coche. La app insistía: Zona de alta demanda. No deje el turno.

Botón Cerrar turno, en gris. Disponible, en verde. Sin derecho a rechazar, rojo.

Luego, nuevo viaje. De nuevo sin derecho a rechazar. Tres minutos de llegada. Dirección: a dos manzanas. Niña perdida. Llevar a comisaría.

Se quedó congelado.

Resonó la voz de su hijo: Dilo claro. La de su esposa: Aquí lo tenemos todo listo. El abuelo: Que te esperen, aunque llegues tarde, es bueno.

Sabía que si aceptaba, no llegaría a tiempo. Llevar a una niña perdida a comisaría era, como poco, cuarenta minutos. Formularios, los padres, espera. Si surgía algún lío, más.

Si rechazaba iría a otro conductor, quizás lejano. La niña podía esperar en un portal desconocido. Quizá no pasara nada; quizá sí.

Las manos le sudaban. A los cuarenta y cinco, pensaba que sabría tomar decisiones. Pero estaba allí, sin poder pulsar un botón.

Tres segundos. Dos. Uno.

La app aceptó el viaje sola, modo automático.

Maldita sea… soltó.

Podía aún cancelar, pero el sistema le penalizaría, le quitaría prioridad. Pero más que nada, algo dentro le lo prohibía; tras lo de la parturienta, el chaval y el abuelo, ahora ¿iba a dejar tirada a una niña?

Bueno a salvar a alguien más.

La niña era muy pequeña, unos ocho años, sentada en un banco apretando un peluche. Una mujer con gorro hablaba por el móvil.

¿Viene usted a por ella? preguntó al verle. Estaba con el perro y se perdió. La encontramos aquí, cerca. Los padres esperan ya en comisaría, me dijeron que un taxi la acercaría antes de que llegara la policía. ¿No le da problema?

Quiso decir que sí, que tenía la familia, las uvas a la vuelta de la esquina, que ya ese día había rescatado suficiente gente. Pero la niña le miró con ojos enormes, asustados y rojizos de tanto llorar.

¿Te vienes conmigo? preguntó.

Ella asintió y abrazó más fuerte el peluche.

Yo también la acompaño dijo la mujer. Los padres van ya en coche de un amigo y la esperan allí.

Él asintió, mejor así.

Se sentaron; la niña y la mujer detrás. Era las once y diez.

La comisaría estaba cerca, pero para Nochevieja eso no significa nada. Coches, fuegos, gente por todas partes.

¿Cómo te llamas? preguntó mientras salía del barrio.

Aurora susurró.

Aurora, no tengas miedo. Ya vas camino de ver a mamá y papá.

No tenía miedo dijo dolida. Sólo no sabía dónde estaba.

La mujer a su lado suspiró.

Han levantado toda la calle para obras, la pobre se ha perdido. Menos mal que llevaba la dirección escrita en un papel.

Asintió. Su propia madre hacía igual cuando él salía de pequeño, y entonces le hacía gracia. Ahora no tanto.

Sonó el móvil. Su esposa.

¿Vienes para casa? preguntó sin saludar siquiera.

Llevo a una niña perdida a comisaría. Sus padres esperan allí.

Un silencio.

Ya ¿Y quién, si no, iba a hacerlo?

No puedo dejarla. Allí los padres

Lo entiendo le interrumpió. De verdad que sí. Sólo que

De fondo se oyó estruendo, risas del hijo.

Ya están con los petardos dijo ella. Empezaremos sin ti. Tú sigue salvando el mundo.

Intentaré llegar antes de las doce dijo, sin creérselo.

No prometas dijo ella. Por favor, no prometas lo que no es cierto.

Quiso decir algo, pero la llamada se cortó.

Sintió un chasquido por dentro, silencioso, como si una última cuerda se destensara.

Siento el retraso dijo la mujer.

No es asunto suyo respondió sinceramente. Es de antes.

No insistió.

Llegaron a comisaría en quince minutos. Aurora callaba, sorbiendo la nariz de cuando en cuando. Cuando pararon, padre y madre esperaban fuera. La madre corrió al coche en cuanto le vio.

¡Aurora! gritó.

La niña saltó al verlos y se abrazó a su madre. El padre, visiblemente alterado, sostenía unas bolsas.

Muchísimas gracias dijo agradecido cuando la mujer que encontró a la niña les explicó la situación. Si no fuera por vosotros

Todo mérito del conductor dijo señalándole.

Los padres le miraron con lágrimas en los ojos.

Gracias… Feliz año.

Igualmente.

Miró el reloj. Eran las once y veintiocho.

A casa, quince minutos en línea recta. Si todo va como debe. El GPS, prudente: veintidós minutos.

Cómo no resopló.

La app pitó: Zona de máxima demanda. Gane hasta el triple.

Pulsó Cerrar turno.

El sistema: ¿Seguro que quiere salir? Zona de alta demanda.

Pulsó Sí.

Tarde, pero al menos voy.

El camino de vuelta fue irreal. Coches tocando el claxon, gente cruzando por cualquier lado, fuegos artificiales brotando donde menos lo esperabas. En cada cruce, grupos bebiendo. Algunos le saludaban, otros intentaban parar el taxi, otros simplemente gritaban algo incomprensible.

Hora: once treinta y cinco. Cuarenta. Cuarenta y cinco. Atorado tras un autobús que cedía paso a los peatones. Otro semáforo. Otra retención. En la radio, la música y la algarabía de los presentadores deseando a todos celebrar el año con los suyos.

Sí, sí masculló. Decídmelo a la cara.

A las once cincuenta por fin dobló hacia su calle. El barrio era puro estallido, petardos desde cada patio, niños chillando, adultos bebiendo. Aparcó deprisa, ni siquiera en su plaza, apagó el motor y subió corriendo.

Las escaleras parecían eternas. En cada rellano alguien estaba con el móvil o fumando, otros bajando con bolsas. Llegó al tercero, jadeando.

La puerta de casa estaba entreabierta. Dentro ya se oía la voz del Rey, el discurso empezado.

Entró.

En el salón brillaban las luces, el tablero rebosaba de ensaladilla rusa, jamón, uvas, turrones. Su mujer, sentada en la mesa. Su hijo, con la copa de refresco, de pie en la ventana.

Le miraron los dos.

Ya ves… lo conseguí intentó sonreír.

El hijo consultó el reloj. Eran las once cincuenta y siete.

Casi dijo él.

La esposa se incorporó, tomó una copa vacía y le sirvió cava.

Venga, nos quedan dos minutos para fingir que somos una familia normal dijo.

Se acercó y cogió la copa. Las manos aún le temblaban.

En la televisión el Rey hablaba de desafíos y la fuerza de la familia y la solidaridad.

Muy apropiado murmuró ella.

¿Estás enfadada? preguntó él.

Estoy cansada dijo. Que es distinto.

El hijo se acercó, levantó su copa.

Venga, papá. Ahora empiezan las campanadas.

Los tres se quedaron junto a la mesa. Olía a turrón y a frito. En el balcón alguien gritaba “¡Feliz año!”

Las campanadas comenzaron. Él miraba a su mujer y su hijo, la garganta cerrada de emoción. Quiso decir mil cosas, disculparse, prometer que todo sería distinto. Pero recordó lo que ella dijo: que no prometiera nada que no pudiera cumplir.

Feliz año susurró apenas se apagó el último tañido.

Feliz año contestó ella.

El hijo chocó la copa con la suya.

Esta vez, papá, por lo menos estabas aquí, no en el coche dijo, sonriendo irónico.

Él también sonrió.

Algo es algo.

Bebieron. El cava estaba tibio, pero daba igual.

El televisor se quedó como ruido de fondo. Comieron en silencio, de vez en cuando la madre preguntaba al hijo por sus planes. Las palabras flotaban, el ambiente aún denso.

En un momento, el hijo se levantó.

Vamos, papá.

¿Dónde?

A tu despacho. Enséñame tus aventuras de hoy.

Se quedó sorprendido.

¿Qué aventuras?

Si tienes la dashcam, deja ver cómo salvaste España hoy.

La esposa sonrió, pero no dijo nada.

Fueron al pequeño despacho que era almacén y oficina. Puso el USB de la cámara en el portátil. El hijo, en la silla, con las piernas encogidas.

Pero no hay nada del otro mundo advirtió. Trabajo normal.

Normal… Una parturienta, un abuelo, una niña perdida. Manual del taxista.

Recorrieron los vídeos. Apareció la mujer embarazada, el marido de los nervios. El hijo sonrió.

Juraste en cámara apuntó.

Era al atasco, no a ellos.

Al atasco le da igual.

Después, el chaval con la mochila, mirando por la ventana. El hijo miró durante un buen rato.

¿Ese es él? preguntó.

¿Quién?

El que iba solo a casa.

Sí.

Se parece a mí en quinto. Aunque mi mochila era de superhéroes.

Sonrió.

También fuiste solo a casa, ¿lo recuerdas? Aquel día que me pilló turno y no llegué a recogerte. Llegaste tú por tu cuenta.

El hijo hizo una mueca.

Lo recuerdo. Mamá me llamó como treinta veces. Pensé que le iba a explotar el móvil.

Yo también lo recuerdo. Mucho.

En el vídeo apareció el abuelo. El hijo fijó la vista en la pantalla.

Se parece a tu padre.

Yo también lo pensé.

Cuando subías con él al portal, tu cara era como…

Como si yo fuera el abuelo intentó bromear.

Como si temieras que le ocurriera algo dijo el chico, serio.

No dijo nada. En la grabación, efectivamente parecía agobiado y tenso.

Y entonces ¿te arrepientes de haberlos llevado? preguntó su hijo.

Tardó en responder.

Me arrepiento de no poder estar en dos sitios. De dejaros esperando. Pero si hubiera pulsado rechazar hoy, no me lo hubiera perdonado después.

¿Y si a mí me hubiera pasado algo mientras? dijo el hijo.

Se sobresaltó.

Pero no ha pasado.

Podría.

De nuevo, silencio.

No sé decidir confesó. No sé elegir sin dejar a alguien enfadado. Siempre creo que, si digo no a otros, seré… malo. Pero si os lo digo a vosotros también…

¿Malo? apuntó el chico.

Más o menos.

Suspiró el hijo.

Papá, no eres un superhéroe. Perdónalo ya.

Le miró sorprendido.

¿Eso es un cumplido?

Es la verdad. Eres normal. No tienes que salvar a todos. Pero el hijo dudó. Me alegro de que no dejases a esa niña. Ni al chico. Ni al abuelo. Sólo… podías avisarnos antes de que no ibas a llegar, ¿sabes? Así no estaríamos esperando la puerta como tontos.

Asintió. Duro de oír, pero cierto.

Me da miedo decirlo confesó. Es como si admitirlo fuera ser un mal padre. Más fácil es creer que voy a todo y convenceros.

Y luego no llegar añadió su hijo.

Y luego no llegar.

El hijo se removió.

Hazme un favor pidió. La próxima vez que veas que no llegas, escribe o llama. Di: No estoy a las doce. Yo me enfadaré, mamá igual, pero será verdad. ¿Me lo prometes?

Le miró. Hablaba tranquilo, sin dramatismos.

Lo intentaré.

Eso ya es algo.

La voz de la madre llegó desde el salón:

¿Qué hacéis, viendo una película? ¡Venid, se enfría la tarta!

El hijo se levantó.

Anda, superhéroe, que tenemos petardos.

Apagó el ordenador, se detuvo mirando la pantalla negra. Le vinieron a la mente las caras de la parturienta, el chaval, el abuelo, Aurora con el peluche y las de su mujer y su hijo, en la mesa, bajo las campanadas.

Entendió que el equilibrio perfecto no existe. Alguien te espera, siempre alguien se enfada, y esa sensación de no llegar a todo nunca desaparece.

Pero, quizá, al menos esa noche, dejaría de mentirse.

Volvió al salón. La mujer ya servía el té y la tarta.

Bueno, taxista dijo ella. Este año, por lo menos, has llegado cuando daban las campanadas.

El próximo intento llegar antes contestó él.

Pero no prometas le recordó.

Lo intentaré corrigió él.

Su hijo resopló.

Otro avance dijo.

Desde el patio, un petardo atronó el cristal. Los tres se asomaron a la ventana: las luces de los fuegos artificiales pintaban el barrio.

Juntos, notó sus hombros y su aliento. El móvil vibró en la cocina, un nuevo aviso de la aplicación; no fue a mirarlo.

Cerró turno. Al menos por una noche.

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eighteen − 1 =

Sin derecho a decir que no —Estaré en casa antes de las doce, cien por cien —dijo él, apretándose el cinturón y mirando a su mujer—. Máximo nueve, diez… Echaré un par de horas y ya. Su mujer, en silencio, arregló las servilletas sobre la mesa y desplazó el cuenco de ensalada. El hijo estaba con el móvil, un auricular puesto, el otro pendiente a medias de la conversación. —Eso lo dijiste el año pasado —le recordó ella—. Y el anterior. —Este año las tarifas están por las nubes —intentó bromear él—. Es un pecado no salir. Tenemos que seguir pagando la hipoteca. —¿Y quién paga la fiesta? —preguntó ella, casi en un susurro. El hijo levantó la vista. —Papá, en serio. Este año al menos no estoy con la abuela ni en un campamento. Estoy en casa. ¿Podrías ahorrarte lo de “enseguida vuelvo”? Él hizo una mueca. A sus cuarenta y cinco ya sabía cómo era la decepción en la mirada de los suyos. Sabía lo que era pasar una semana entera caminando por la casa intentando compensar la culpa. —No será toda la noche —dijo más suave—. La tarifa tope es hasta las nueve o diez, luego baja. A las once estoy seguro. Ponemos el presidente, el champán, todo como debe ser. —Tú no eres como los demás —sonrió sin alegría su mujer—. Eres como la aplicación. Quiso protestar, pero guardó silencio. Se fue al recibidor, se puso el abrigo. En el espejo, una cara cansada, barba de dos días, ojeras. Un conductor con 4,93 de valoración y la sensación constante de que todo el mundo anda descontento. —Coge gorro —dijo su mujer desde la habitación—. Y no cojas borrachos. Otra vez vas a contarme cómo te vomitaron en el asiento. —Tengo el filtro puesto —refunfuñó él. El hijo se acercó a la puerta, apoyado en el marco. —Papá, hagamos un trato. Si no llegas antes de las doce, simplemente avisa. Sin eso de “ahora llego”. ¿Vale? Él asintió. El hijo le ofreció el puño. Chocaron. —Llegaré —insistió él, terco. En el patio ya resonaban los primeros petardos. La gente apurada con bolsas, las ventanas parpadeaban con luces. Abrió su viejo Skoda, se sentó, puso el contacto. Parpadearon los testigos en el salpicadero, el móvil en el soporte mostró la interfaz de la aplicación. En la esquina ya colgaba un aviso: “31 de diciembre. Alta demanda. Coeficiente hasta 2,8”. Suspiró y abrió turno. Llegó enseguida el primer servicio. —Pues allá vamos —se dijo en voz baja. El primer viaje tenía coeficiente 2,5, recogida en tres minutos. Salió del patio, esquivó el tráfico, pilló un semáforo en verde. Por el chat la clienta ya escribía: “Por favor, rápido. Es muy urgente”. Sin emoticonos. En el patio de un viejo bloque le esperaban. Un hombre con la chaqueta abierta de un lado a otro en la nieve, revisando atrás. A su lado una mujer apoyada en la barandilla, con la mano en la tripa. Era grande y se notaba, incluso con abrigo. Frenó en seco, saltó del coche. —¿Ha llamado usted? —Sí, sí —el hombre se abalanzó y abrió la puerta trasera—. A la maternidad, como puse. ¿Puede ir rápido? Tiene contracciones. La mujer subió con cuidado, hizo una mueca. —Sin pánico —musitaba al marido—. No es aún… ay… Se sentó al volante, miró el GPS. El hospital estaba al otro lado del barrio, veinte minutos en línea recta, en un día normal. El navegador… treinta y cinco. —Abróchense —dijo—. Haré lo posible. El hombre se sentó al lado, sin apartar la vista de la mujer reflejada en el retrovisor. —Tercer hijo —dijo, como disculpándose—. Pensamos que sería como las otras veces. Pero esto ha ido… rápido. —Todo saldrá bien —respondió, aunque dentro sentía la inquietud brotar—. Ahora salimos a la avenida y volamos. En la avenida, por supuesto, nadie volaba. Los coches avanzaban como tortugas. Más adelante, estallaban fuegos artificiales reflejados en los cristales. Se coló entre un bus y un todoterreno, aprovechó el hueco y se metió en el carril bus. El radar parpadeó en el retrovisor. —Me va a caer multa —murmuró. —Yo la pago —saltó el hombre—. Pero lléguenos. La mujer volvió a jadear, aferrada a la manilla. —¿Cuánto queda? —preguntó. Miró el navegador. Veinte minutos. —Quince-veinte —respondió—. Saco todo lo que puedo. Exprimió el coche. Rebasó autos, maldijo mentalmente a los parados. “Si pasa algo aquí, ¿de quién será culpa? ¿mía? ¿del marido? ¿de la app?” En un semáforo sonó el móvil. Mensaje de su esposa: “Todo listo aquí. ¿Para cuándo?” No contestó. Demasiado a la vez: carretera, contracciones traseras, marido que respiraba como si pariera él. —Venga, respiren como les enseñaron —dijo, con la mirada fija adelante—. Inspiren… exhalen… —¿Usted también parió? —preguntó la mujer, entre dientes. —A mi mujer la llevé tres veces —respondió él—. Casi soy comadrón. El marido se rio nervioso. —¿Y llegaban siempre? —Dos sí, uno no —sincero—. Pero al final todo bien. Recordó aquella noche. Su mujer atrás, pánico, gritos. Entonces aún no era taxista, trabajaba en la fábrica y el coche era de empresa. No llegaron, su hijo nació en admisión. Luego ella recordaba cómo él gritaba a los atascos, como si los coches se fuesen a apartar por orden suya. Llegaron al hospital en diecisiete minutos. Paró junto a la barrera, el guardia salió, se indignó, pero al ver a la mujer levantó la mano. —Ya estamos —dijo. El hombre abrió la puerta de golpe. La mujer intentó levantarse y de nuevo se dobló. —Mucha suerte —deseó él—. Y parto fácil. —Gracias —dijo ella, exhausta—. Feliz año. El hombre le metió billetes en la mano, además del pago de la app. Él quiso rechazarlo, pero sus dedos lo agarraron solos. —Por la multa —dijo el marido—. Y… gracias por no negarse. Asintió, mirando cómo entraban tambaleantes en urgencias. El móvil vibró: “¡Viaje excelente! El cliente ha dejado propina”. Otro más: “Alta demanda en tu zona. No desconectes para no perder ingresos”. Miró la hora. Las nueve menos veinte. Tres horas para medianoche. De momento, el plan sobrevivía. Escribió a su mujer: “Sigo. Como mucho hasta las diez. Primer viaje, a la maternidad, no podía negarme.” Puso un emoticono, lo borró. Envío sin más. Respondió ella al minuto: “Lo entiendo. Pero acuérdate de nosotros.” Suspiró y presionó “Libre”. El segundo pedido llegó enseguida. Adolescente, recogida en el centro comercial junto al metro. Coeficiente 2,8, cinco minutos. —Por lo menos no es una parturienta —murmuró. El centro comercial estaba lleno de gente con bolsas, alguien descorchando champán en la calle. En un banco esperaba un chico flaco, chaqueta fina, sin gorro. Móvil en mano, una mochila deportiva a su lado. Miraba a todas partes. —¿Esperabas tú? —preguntó él, bajando la ventanilla. —Sí —se acercó el chico—. ¿Puedes esperar un minuto? Llamo a mi madre pero no responde. Miró el contador de espera, la multitud, el chaval. —Súbete —dijo—. La llamas en el camino. El chico subió atrás, abrochó el cinturón, apretó el móvil en la mano. El GPS marcaba un barrio cercano, un patio cualquiera. Pero en el comentario ponía: “Viaja solo. Por favor, llame a la madre al llegar”. Frunció el ceño. Este tipo de viajes no le gustaban. Siempre miedo: si pasa algo, ¿de quién es la culpa? —¿Cuántos años tienes? —preguntó saliendo. —Catorce —contestó—. Casi quince. —¿Solo por qué? —Mi madre está de turno. Dijo que vendría pero no la soltaron. Así que vine yo, y me pidió taxi. Hoy es… bueno, un día especial. Sonó el móvil del chico. Miró la pantalla. —Es ella —dijo, contestó—. Ya, estoy dentro. Sí, voy. Sí… Ahora el conductor te habla. Le entregó el móvil. —Es para ti. Cogió el teléfono. —Hola. —Hola, buenas —voz de mujer rápida, ruido de fondo, alguien gritaba—. ¿Es usted el conductor? ¿Lo lleva? ¿Todo bien? —Sí, ya va conmigo, vamos. Veinte minutos si no hay atasco. —Por favor, déjelo en el portal, no lo deje solo. Las llaves están con la vecina, él sabe. Sólo que… —la voz titubeó—. Estoy de turno, no llego, le prometí… —Tranquila, se lo dejo—dijo él—. También soy padre. Se sorprendió de haberlo dicho de nuevo, como si fuera garantía. —Muchas gracias. Y… feliz año —añadió ella. Devolvió el móvil. —¿Tu madre trabaja? —En el Día —suspiró—. Hoy hasta las diez. Luego viene, si pilla el bus. —¿Y qué celebráis? —Pues… —dudó—. Este año he terminado sin suspensos. Y además… prometió que esta noche estaríamos en casa, no con mi tía. Bueno, los tres, con el gato. Pero la jefa le dijo que o cubría el turno o la sacaban del cuadrante. Así fue. Asintió. Eso le sonaba demasiado. Sólo que en vez de “jefa” él tenía “aplicación” y “coeficiente”. Silencio en el coche. Fuera, lucecitas, fuegos, a veces una explosión lejana. En el semáforo, otro mensaje de la esposa: “Sashka y yo haciendo ensalada. Dice que si no llegas, te banea en la app”. Sonrió y tecleó: “Dile que tengo mejor rating que sus notas.” Luego borró “sus notas” y escribió: “Estoy haciendo lo posible. Todo según lo previsto.” —¿Tienes familia en casa? —preguntó el chico. —Mujer e hijo. Como tú. —¿Y vas de turno? —se sorprendió. —Claro. Es fiesta —dijo—. Todo el mundo se mueve y el dinero entra. —Mi madre también lo dice —resopló chico—. Pero luego duerme todo el día y yo con el gato. No supo qué responder. Por un segundo quiso cambiar el rumbo y dejarlo no en su casa, sino en el Día, con su madre. Pero habría sido demasiado. Entraron en el patio sin problemas. Casa corriente, muchos portales. El chico señaló el suyo. —Aquí —dijo—. ¿Puede esperar hasta que entre? Por si acaso. —Claro. Salió, ajustó la mochila. Llamó al telefonillo para que le abriera la vecina. Salió una señora en bata, móvil en mano. Intercambiaron unas palabras y ella saludó al conductor. Él asintió, marcó “Terminar viaje”. Inmediatamente la app: “¡Viaje excelente! No desconectes para ganar más”. Hora: 21:50. Poco más de dos horas para medianoche. El móvil vibró. Su esposa. —¿Qué? —preguntó en cuanto contestó. —¿Sigues vivo? —Vivo. Voy para allá —dijo—. Un viajecito corto más y ya. Ya estoy por el barrio. —¿Tú mismo te lo crees? —respondió tranquila. Calló. —No me enfado —siguió ella—. Sólo quiero saber. Ya está todo listo, Sashka y las luces de Navidad luchando. Hace como que le da igual, pero yo lo veo. —Llegaré —insistió de nuevo—. Lo prometo. —Vale. Pero si ves que no, avisa. No desaparezcas. Asintió, aunque ella no podía verlo, y colgó. Por dentro todo se apretó. Sabía cómo era: “Sólo uno corto”, “un poco más”, y de repente son las once cuarenta y cinco y estás en la M-30 con un grupo de borrachos cantando “En el bosque nació una estrellita”. Abrió la lista de pedidos. El botón “Sin derecho a rechazar” brillaba en rojo. Eran los servicios prioritarios: hospitales, niños, servicios sociales. No siempre pagaban más, pero no podías negarte si habilitabas el modo. Lo activó hacía un año, cuando aún le quedaban ilusiones de ser útil. Desde entonces, de vez en cuando, acababa en historias tras las que una semana iba por casa vacío. El móvil brilló. Nuevo encargo. “Sin derecho a rechazar”. Siete minutos. Dirección: ambulatorio en la avenida. Comentario: “Hombre mayor. Recoger en farmacia y llevar a casa. Urgente”. —Joder —murmuró. Sabía que si pinchaba “Salir de turno”, pasaría a otro. Pero ese otro igual estaba lejos. O no querría. Y el abuelo con medicamentos, frío, Nochevieja, farmacias ya cerradas. Recordó a su padre, una noche igual, sentado con fiebre esperando a que el hijo volviera del curro con las medicinas. Aquella vez también llegó tarde. Su padre decía luego que sobrevivió por fastidiar. —Venga, —se animó—. Un solo abuelo no es atasco en la M-30. Aceptó. La farmacia estaba junto al mismo ambulatorio donde de pequeño pasaba horas en colas. Un hombre bajito, abrigo viejo, bolsa cruzada. En la mano la compra y el reloj, mirado todo el rato. —¿Es usted?—preguntó acercándose. —Sí —asintió el hombre mayor y se acomodó en el asiento delantero—. ¿Puedo delante? La pierna… —Claro, abróchese. Miró el GPS. La casa del cliente estaba en el barrio de al lado, no lejos. La app decía veinticinco minutos. Diez y veinte. —Llegamos, —musitó. —¿Decía algo? —preguntó el hombre. —La carretera está bastante libre. Llegaremos pronto. —A mí no me corre prisa —suspiró—. Sólo quiero llegar. Sonrió de lado. —Llegaremos. Empezaron a andar. El abuelo callaba, hasta que de repente habló: —Hoy pensaba que me libraba de complicaciones. Y va mi tensión, se dispara. El corazón a mil. Mi hija en pánico, que llame a una ambulancia. Pero hoy están hasta arriba, dije. Me acerco a la farmacia. Fui, pero volver… ya no pude. Por eso llamaron el taxi. —¿Vive con su hija? —preguntó por cortesía. —Sí. Se le murió el marido, los hijos se fueron, quedamos los dos. Ella ahora está en casa, preocupada. Tiene eso que dicen ahora… ansiedad. Siempre teme que me pase algo. Asintió. Él lo conocía. Su mujer también siempre temía que le ocurriera algo. Un accidente, un cliente borracho, cualquier historia. —¿Y usted trabajando esta noche? —preguntó el abuelo—. ¿Su familia no se enfada? —Se enfada, —confesó—. Pero la hipoteca no se paga sola. —Todos tenemos hipoteca, —suspiró—. Yo también me veía a vuestra edad plantando tomates en la casa del pueblo. Y al final… Dejó la frase en el aire, solo movió la mano. El móvil vibró de nuevo. Ahora era su hijo. —Papá, —dijo en cuanto contestó—. ¿Dónde andas? —Llevo a un abuelo con medicinas, luego a casa. —¿Cuánto “luego”? —el tono de su hijo era plano, pero tenso. —Media hora a ida y media de vuelta. Llego. —¿Seguro? Miró el GPS. Por delante, un atasco, rojo como un adorno de árbol. —Bueno… —vaciló—. Lo intentaré. —Sólo di la verdad —le cortó el hijo—. ¿Otra vez vas a estar en el coche cuando den las campanadas? —No quiero, —suspiró—. Pero… —Ya —interrumpió su hijo—. Le digo a mamá que estás ocupado. Abrimos el champán sin alcohol. Y brindo por ti. —Sash… Pero ya había colgado. Sintió un nudo dentro, punzante. Quería dar la vuelta allí mismo, dejar al abuelo en el metro y salir corriendo a casa. Pero miró al hombre: sujetaba la bolsa de medicamentos como un salvavidas. —¿Todo bien? —preguntó el señor. —Sí, —mintió—. Sólo que me esperan en casa. —Tener quien te espere es bueno —dijo el mayor—. Mi mujer murió en Nochevieja. Todo preparado, las ensaladas, el champán. Fue a la cocina y… Se calló. —Perdón, no quiero agriarle la noche. Solo… si le esperan, disfrútelo. Incluso aunque llegue tarde. No supo qué responder. La marcha era lenta, casi sin avanzar por el atasco. Alguien disparaba fuegos en mitad de la vía, los coches parados. Miró a la gente grabando con los móviles, el tiempo corriendo. Abrió el otro navegador, tanteó desvíos. Podía meterse por patios, pero nieve, coches mal aparcados, riesgo de atascarse. —Vamos por el patio, —sugirió el abuelo—. Si gira aquí, yo me sé el camino. —No estará limpio. —Salimos adelante. Yo he sido conductor de bus. Conozco estos sitios. Suspiró y giró. El abuelo tenía razón. Los patios estaban atestados, pero alguno dejaba paso. Crujieron los bajos en un bache, pero salieron. El navegador redujo diez minutos. —¿Ve? —orgulloso el hombre—. Las rutas viejas, siempre ayudan. —Gracias —le dijo sincero. Llegaron a la casa sin quince las once. El abuelo buscó largo rato en los bolsillos para pagar. —No hace falta, —se negó—. Tiene medicinas que comprar. —No es por la medicina, —insistió él—. Es porque no me ha dejado tirado. Tome. Aceptó. Le ayudó a subir la escalera. En el primer piso abrió una mujer de cuarenta y tantos en camiseta. —¡Papá! —exclamó—. Ya pensé que te habías caído. —Caído, no. El conductor era majo. La mujer miró al taxista. —Muchas gracias —dijo—. Y… felices fiestas. Asintió y corrió al coche. Eran las once y tres minutos. Veinte minutos para casa. Si los semáforos querían. Subió, puso el contacto. La app alegrísima: “Estás en la zona de máxima demanda. ¡No salgas del turno!” Botón “Finalizar turno”, gris. “Libre”, en verde. “Sin derecho a rechazar”, seguía rojo. Fue a salir y la pantalla refulgió: nuevo “sin derecho a rechazar”. Tres minutos. Dirección: dos manzanas más allá. Comentario: “Niña perdida. Llevar a la comisaría”. Se quedó helado. Escuchó la voz de su hijo: “Di la verdad”. La de su mujer: “Todo listo aquí”. La del abuelo: “Si te esperan, aunque llegues tarde”. Si aceptaba, ni de lejos llegaba a medianoche. Llevar una niña al comisaría, aunque cerca, mínimo cuarenta minutos más. Entre protocolos, esperar a los padres. Si se complicaba… Si pulsaba “Rechazar”, otro lo cogería. Igual estaba lejos. O la niña esperando sola en un portal ajeno. Tenía las palmas sudadas. A los cuarenta y cinco creía que ya sabía decidir. Pero ahí estaba, un adulto en el coche, mirando el móvil incapaz de apretar ningún botón. Tres segundos. Dos. Uno. La app aceptó el viaje sola. Modo automático de “sin derecho a rechazar”. —Al diablo, —soltó. Aún podía cancelar, pero eso bajaría el rating, le quitaría prioridad. Aunque, sobre todo, algo dentro le lo impedía. Como si rechazar fuese algo más grave. No porque “toca”, sino porque ese día ya había llevado a una parturienta, un chaval con mochila y un abuelo con medicinas. —Vamos —se dijo—. A salvar a alguien más. La niña sería de unos ocho. Sentada en un banco, abrazada a un peluche, una mujer junto a ella hablando por móvil. —¿Viene por ella? —preguntó al verle—. ¿La lleva a comisaría? —Sí. ¿Qué pasó? —Estábamos con invitados, salió con el perro y se perdió. La encontramos en otra calle. Los padres van dirección a la comisaría en el coche de una amiga. Me dijeron que llamara un taxi para no esperar a los municipales. ¿Le importa? Quiso decir que sí le importaba. Que tenía familia, tiempo contado, ya había salvado muchos por hoy. Pero la niña le miró. Ojos grandes, asustados, los párpados enrojecidos. —¿Te animas? —preguntó él. Ella asintió apretando el peluche. —Yo voy con ustedes —dijo la mujer—. Yo la encontré. Los padres ya están en comisaría. Él asintió. Mejor así. Montaron. Miró la hora: once y diez. La comisaría a diez minutos, si no hay atascos y fuegos en la calle. —¿Cómo te llamas? —preguntó arrancando. —Vika —susurró ella. —No te preocupes, ahora vamos con mamá y papá. Ya están esperando. —No tuve miedo —corrigió, orgullosa—. Sólo no sabía dónde ir. La mujer suspiró trasero. —En el patio hay obras, todo patas arriba, se perdió. Yo la vi dar vueltas y le pregunté. Menos mal que llevaba la dirección escrita en el bolsillo. Asintió. Su madre también le metía el papel con la dirección cuando de niño salía al parque. Por si acaso. En aquel entonces parecía una tontería. Ahora ya no. Sonó el móvil. Su mujer. Contestó sin mirar la carretera. —¿Vienes a casa? —preguntó sin saludo. —Llevo a una niña a la comisaría. Se perdió. Silencio. —Claro —dijo ella al fin—. ¿Quién si no tú? —No puedo dejarla, —musitó—. Sus padres… —Ya —le interrumpió—. Ya lo entiendo. Sólo que… Escuchó un estruendo y reía el hijo. —Aquí ya están con los fuegos —contó—. Nosotros… pues empezamos sin ti. Sal a salvar más si quieres. —Intentaré llegar para las doce, —mintió él. —No lo prometas —susurró ella—. No prometas lo que no puedes. Quiso contestar, pero la llamada se cortó. Sintió algo romperse por dentro. Sin ruido. Como si una pieza más cediera. —¿Le molesta que le retrasemos? —preguntó la mujer atrás. —Ahora, sí —respondió sinceramente—. Pero no es culpa suya. Ella no replicó. Llegaron en quince minutos. Vika callada, absorbiendo mocos. Ya estaban los padres en la puerta, la madre corrió al coche. —¡Vikucha! —gritó. La niña abrió la puerta y se lanzó a ella. El padre, despistado, con bolsas en la mano. —Muchas gracias, de verdad de verdad —le dijo el hombre, mientras la mujer explicaba a los padres—. Si no llega usted… —Era él, no yo —aclaró la señora y señaló al conductor. Los padres le miraron. La madre tenía los ojos llenos de lágrimas. —Gracias —dijo—. Feliz año. —Igualmente, —respondió. Miró el reloj. Once y veintiocho. A casa: quince minutos por la recta. Si no hay luces, ni fuegos, ni sorpresas. GPS: veintidós minutos. —Por supuesto —ironizó. La app pitó: “Zona de máxima demanda. ¡Obtenga hasta tres veces más ingresos!” Pulsó “Finalizar turno”. La app: “¿Seguro que desea salir? Zona de alta demanda.” Pulsó “Sí”. —Tarde —dijo en voz alta—. Pero por lo menos. El regreso a casa fue como un sueño. Coches pitando, gente cruzando donde da la gana, fuegos. En cada semáforo grupos con botella, algunos saludando, otros pidiendo que pare, otros sólo chillando. Miró el reloj. Once y treinta y cinco. Cuarenta. Cuarenta y cinco. Un bus paró delante para dejar pasar peatones. Otro semáforo, otra cola. La música en la radio cada vez más solemne, los presentadores deseaban a todos pasar la fiesta en familia. —Sí, sí, —refunfuñó—. Cuéntamelo. A las once y cincuenta entró en su calle. En el patio estallaban fuegos, niños chillando. Aparcó donde pudo, salió corriendo del coche. La escalera se hizo eterna. En cada rellano alguien con móvil, otros fumando, otros con bolsas. Subió al tercer piso jadeando. La puerta de casa entreabierta. Dentro, sonaba la voz del presidente en su discurso. Entró. Las luces colgaban del techo, la mesa puesta con ensaladas, ruso, bacalao, mandarinas. Su mujer sentada, brazos cruzados, su hijo en la ventana con el vaso de refresco. Se giraron hacia él. —Bueno —intentó sonreír—. Ya os dije que llegaría. El hijo miró el reloj de pared. Tres minutos para las doce. —Casi —dijo. La esposa se levantó, cogió una copa, la llenó de champán. —Anda —dijo—. Nos quedan dos minutos para fingir que somos una familia normal. Se acercó, cogió la copa. Las manos aún temblaban. En la tele, el presidente hablaba de las dificultades del año y de la familia. De la ayuda mutua. —Qué simbólico —ironizó su esposa. —¿Estás enfadada? —quiso saber. —Estoy cansada —contestó ella—. Es otra cosa. El hijo se acercó y le ofreció su vaso. —Vamos ya —dijo—. Enseguida dan las campanadas. Se agruparon junto a la mesa. La habitación olía a mandarinas y a comida frita. Desde el balcón llegaban gritos de “¡Feliz año!” Empezaron las campanadas. Él miraba a su mujer, a su hijo, sintiendo un nudo en la garganta. Quería decir mil cosas: explicarse, justificarse, prometer que todo cambiaría. Pero recordó el ruego de ella: no prometer lo que no puede cumplir. —Feliz año —dijo en voz baja, cuando acabó. —Feliz año —repitió ella. El hijo brindó con él. —Mira, papá —sonrió—. Al menos este año no estabas dentro del coche. Él esbozaba una sonrisa. —Progreso. Bebieron. El champán estaba tibio, pero ya no importaba. Tras los primeros brindis, la tele sonaba de fondo. Comían casi en silencio. Su mujer preguntaba a ratos al hijo por sus planes de vacaciones, respondía en monosílabos. Él sentía en el ambiente lo no dicho. En un momento, el hijo se levantó. —Vamos —le dijo al padre. —¿Adónde? —A la habitación. Enséñame tus aventuras de hoy. Se quedó descolocado. —¿Qué aventuras? —Llevas cámara en el coche —dijo el hijo—. Quiero ver cómo salvaste el mundo hoy. La mujer se rió, pero no replicó. Fueron al minúsculo despacho, a la vez trastero. Conectó la cámara al portátil. El hijo se sentó a su lado, con las piernas encogidas. —No hay nada especial —advirtió—. Lo de siempre. —¿Siempre? —repitió el hijo—. Embarazada, abuelo, niño perdido. Día de taxista, como por encargo. Sintió una punzada de culpa. Vieron las grabaciones. Apareció la embarazada, el marido corriendo. El hijo sonrió. —Soltaste un taco en la cámara —observó. —Era contra el atasco, no contra ellos —protestó. —El atasco no escucha. Después el chaval de la mochila mirando por la ventana. El hijo permaneció callado viéndolo. —¿Ese es? —dijo. —¿Quién? —El que viajaba solo. —Sí. —Me recuerda a mí en quinto. Sólo que mi mochila era de superhéroes. Sonrió. —Tú también ibas solo una vez —le recordó—. Aquel día no llegué a recogerte del taller porque tuve turno. Te las apañaste. El hijo frunció el ceño. —Ya. Mamá me llamó treinta veces. Pensé que el móvil le explotaba. —Yo también lo recuerdo —dijo él—. Todavía. Cambiaron la grabación. Ahora el abuelo, con su bolsa de la farmacia. El hijo observaba cómo subía al coche, se ajustaba el cinturón. —Se parece al abuelo —susurró. —Pensé lo mismo. —Cuando le ayudabas por la escalera tenías cara de… no sé… —¿De abuelo? —intentó bromear él. —De miedo de que le pasara algo —corrigió el hijo. No respondió. En la pantalla se le veía tenso, casi asustado. —¿Te arrepientes de haber hecho esos servicios?—preguntó el hijo. Reflexionó. Era más difícil de lo que sonaba. —Me arrepiento de no saber estar en dos sitios a la vez —admitió por fin—. De no haber encontrado manera de que no estuvierais esperando. Pero si hubiese dado a “rechazar” entonces… Me lo habría echado en cara siempre. —¿Y si me pasa algo a mí en ese rato?—replicó el hijo. Él se sobresaltó. —No pasó. —Pero pudo. Calló. También el hijo. —No sé… —dijo tras un rato—. No sé elegir para que todos estén bien. Tengo miedo de decir “no” al desconocido y sentirme peor. O decirte “no” a ti y sentirme igual. —¿Un mal padre? —le ayudó el hijo. —Más o menos. El hijo suspiró. —Papá —le dijo—. No eres un superhéroe. Relájate. Él se sorprendió. —¿Eso es bueno o malo? —Es la verdad. No tienes obligación de salvar a todos. Pero… —titubeó—. Pero me alegro de que no dejaste sola a esa niña. Ni al otro chaval, ni al abuelo. Sólo… la próxima vez podrías avisarnos honestamente si no llegarás. Así no estaríamos esperando como tontos a la puerta. Asintió. Duro de oír, pero cierto. —Me dan miedo esas cosas —confesó—. Como si avisar fuera admitir que soy mal padre. Prefiero creer que cambiaré el mundo y convenceros a vosotros. —Y luego no hacerlo —sumó su hijo. —Y luego no hacerlo —repitió. El hijo se recolocó. —Mira —dijo—. La próxima vez que veas que no llegas, avisa. O llama. Di: “No llegaré a las doce”. Yo me enfadaré, mamá también, pero prefiero eso y saberlo. Lo miró. Su hijo lo decía con naturalidad, sin grandes palabras. —Vale —dijo él—. Lo intentaré. —Ya es algo —aprobó el hijo. La mujer, desde la cocina: —¿Qué hacéis, veis una peli? Venid, que el roscón se enfría. El hijo se levantó. —Venga, superhéroe. Aún quedan cohetes fuera. Cerró el portátil. Se quedó un segundo ante la pantalla en negro. Revivió todos los rostros: la embarazada, el chico de mochila, el abuelo, Vika con su peluche, y dos más: su esposa y su hijo, ante las campanadas. Entendió que no habría equilibrio perfecto. Siempre alguien esperaría. Siempre alguien decepcionado. Siempre esa sensación de no dar a basto. Pero igual dejaba de mentirse y de prometer. Entró en la sala. Su mujer servía té y el roscón. Ella lo miró, cansada pero sin acritud. —Bueno, taxista —dijo—. Este año al menos has salido en la foto del brindis. —El año que viene intentaré estar antes —replicó. —No lo prometas —le recordó. —Haré lo posible —corrigió. El hijo resopló. —Eso ya es un progreso. Alguien disparó un cohete que hizo temblar los cristales. Los tres se asomaron a la ventana para ver luces en el cielo. Él les sintió cerca, oyó su aliento. En la cocina parpadeó un aviso de la “app”, pero no fue a mirar. Esa noche el turno estaba cerrado. Al menos, por esta única noche.
—¿Por qué no abres la puerta? —¡No quiero! Y no lo haré. Los invitados deben avisar antes de venir, y además, no deben rebuscar en los cajones, neveras ni armarios.