¡Solo a través de la prueba de ADN! No queremos a nadie ajeno en nuestra familia, declaró mi suegra

–Solo mediante prueba de ADN. Aquí no queremos hijos ajenos– sentenció con voz profunda la suegra.

–¡Todo por apenas cien mil euros! –se burló Manuela–. ¡Pues vaya barato que valoras la liberación de tu hijo! ¿Será que puedes juntar doscientos mil si hace falta?

–Si hace falta, los consigo –gruñó Rosario–. Entonces, ¿qué? ¿Estás de acuerdo? Si todo es cuestión de dinero…

–Rosario, dime, ¿esto lo pensaste mucho antes de venir con semejante propuesta?– inquirió Manuela, ladeando la cabeza, mientras sombras extrañas parecían jugar con los bordes de la mesa–. Deja de lado el dinero un momento, háblame como mujer.

–No empecemos con sermones– Rosario apareció con cara larga y arrugada, como si el tiempo se doblara sobre sí mismo–. Nadie es santo. Y tú, con tantos hijos, deberías entender que una madre…

–¿Así que simplemente quieres comprarme? ¿O comprar a mi pobre Inés? ¿Os imagináis que somos tan pobres que unas monedas van a limpiar de repente lo sucio y poner la vida bonita como una acuarela colgada en la Gran Vía?

¿Y lo de tu Jaime, que a mi Inés le prometió las lunas de Madrid, la dejó encinta y ahora…?

No sé ni cómo expresarlo. ¡Que si se esconde tras un seto o bajo las faldas de mamá, esperando que alguien recoja el desastre tras sus idas y venidas!

–Manuela, hablemos claro– exhaló Rosario con la voz apagada, el reloj de la pared marcando ritmos a destiempo–. Mi Jaime tiene solo dieciocho años. ¿Familia? ¿Niño? ¿A dónde va con esa carga?

Tiene que estudiar, encontrar trabajo ¿Cómo va a lograr algo en la vida si le atan con la soga invisible de la familia y los pañales?

–¿Y antes no lo pensó tu Jaime, cuando trepó a la ventana de mi Inés como un Romeo despistado?– Manuela se rió, las risas retorcidas caían al suelo como monedas viejas–. Ahora le toca aprender cómo es la vida adulta, la de verdad.

Si hizo una criatura, que la cuide. Y si no, que se prepare: hay jueces, hay pensión alimenticia…

La cara de Rosario era ya un cuadro cubista, perpleja.

–¡Cierra la boca, que te va a entrar una cigüeña!– rió Manuela.– Si me ves de sol a sol dando vueltas, no creas que no sé lo que pasa

–No vengo aquí a hacer guerra, es para solucionar esto a buenas– Rosario apretaba los dientes y los euros en la mano, temblando–. Y estoy dispuesta a pagar por las molestias.

–¿Y por qué pagas, dime?– replicó Manuela. –¿Por lo que tu Jaime ha hecho? ¿Por huir de mi hija? ¿Por el aborto que pretendes que ella haga? ¿O es el primer pago de la pensión para cuando nazca el bebé?

El listado dejó helada a Rosario; la última opción era la peor. En cualquier momento podrían arrastrar a Jaime a los tribunales

–No me confundas– advirtió Rosario con dedo amenazante–. Te ofrezco dinero, euros contantes, para zanjar el asunto y nunca más hablar. Haz lo que quieras: abortar, tenerlo tú, dejarlo al Estado

Pero mi Jaime no puede verse salpicado. Si falta dinero, tú di cuánto; yo lo saco, aunque pida un préstamo a mi marido.

–¡Vete al diablo, Rosario!– respondió Manuela, serena, la dignidad brillando como baldosines de azulejo azul–. Mujer decente no me dejan decirte adónde, pero entiendes a qué me refiero

Y si vienes con estas ofertas, está claro que la decencia la olvidaste en otra vida.

Así que ya sabes por dónde largarte, y cuánto rato, y lo hondo que debes guardar esos euros que traes.

–¡Vamos a arreglar esto como personas! –se revolvió Rosario.

–¡Con Dios! –sentenció Manuela mientras acariciaba distraída las trenzas de la hija–. O suelto al perro, que anda hambriento.

Nunca quedó claro si Rosario logró salvar a su hijo de la tormenta, pero, de momento, Manuela no permitiría a Inés acercarse al muchacho. Y con eso, Jaime dispondría del tiempo suficiente para recomponerse y seguir estudiando.

Si Manuela cambiaba de opinión para entonces, Jaime ya se habría perdido entre las calles de Salamanca, donde las historias se mezclan en las piedras y nadie encuentra a nadie en cien años.

Rosario debió contenerse para no tirarle de las trenzas a Manuela:

–¡Mira tú, la orgullosa! Rechazando el dinero como si fuera veneno ¡Y yo aquí, intentando hacer las cosas bien!

¿Que va a soltar al perro? Pues será por bestia… ¡Con gente así, ni a comer migas al mismo campo!

Pero Rosario aún no sabía que aquello era sólo el comienzo.

En realidad, todo había empezado antes.

Los padres rara vez se enteran a tiempo de los problemas de sus hijos; casi siempre llegan tarde, y sólo queda rezar que no sea demasiado tarde para encontrar un remedio entre los fragmentos de la realidad.

El rumor llegó como lo traen las urracas en la ventana, con ecos de patio y voces cortadas. Jaime había dejado embarazada a Inés, y el corazón de Rosario saltó del pecho.

–¿Mi Jaimito, fijándose en Inés? Si es que…– Rosario estuvo a punto de decir algo feo, pero giró la frase a tiempo– que es de familia numerosa, nada vamos a ganar ahí. Mi hijo no se va a fijar nunca en ella

–Que yo solo te cuento lo que escuché, eh– contestó la vieja Severina–. Pregunta a cualquiera en el pueblo, todos lo saben, menos tú.

Mientras Severina reía, Rosario se esfumó tras las cortinas. Ni marido, ni hijo estaban; seguramente andaban por el campo recogiendo setas.

Rosario debía hacer las faenas, pero las manos se le caían a cachos, y la cabeza, una jaula de grillos: la noticia rondaba, imposible de deshacer.

–¿A dónde vamos a ir? ¿Y para qué? ¿Y por quién? ¿Para qué cargas, para qué líos?

Estrujándose los sesos toda la tarde, Rosario estaba al borde de lanzarse por la ventana. Cuando llegó Jaime, lo acribilló a preguntas:

–¿A dónde te da por irte? ¿No hay chicas decentes en todo el pueblo?

No tuvo más remedio que confesar. Su plan era aguantar hasta el final de las vacaciones y luego escapar, matricularse de nuevo por la Córdoba universitaria, donde nadie pudiera alcanzarlo.

Pero de su madre, nadie escapa.

Jaime lloró, suplicando compasión, aludiendo a su poca suerte con las chicas. Guapo no era, listo tampoco destacaba, ni siquiera cuerpo tenía; apenas una cara triste y algún lunar mal colocado.

Pero los años, y la hormona, rugían en la sangre más musicalmente que todas las guitarras de Almodóvar. Los amigos se burlaban: así acabará como un monje en el Valle de los Caídos.

–¡Pero Inés aceptó!–

–Inés aceptaría hasta el demonio vestido con chistera!–exclamó Rosario subiendo el tono–. Tiene diecinueve años y los pretendientes la rehúyen, como si llevara peste porcina.

Nadie quiere meterse con una familia tan pobre, el marido enfermo, un montón de críos en la casa

El que se queda con ella, carga con la familia entera el resto de su vida.

–¡Pero mamá, es buena, es cariñosa!–sollozó Jaime.

–¿Y no te inquieta que sea tan fea? ¿Es que?

Jaime, rojo, bajó la cabeza.

–¡Válgame Dios, qué cruz! — Rosario se llevó la mano al pecho.

–Sólo ha pasado un par de vecessusurró Jaime.

–¡Y ya no hace falta que pase más!protestó Rosario–. ¡La barriga se hace presente y tendrás que ir a la universidad con un bebé a cuestas! ¡Te caerán encima todas las pensiones!

–¿Y si no es mío? –aventuró Jaime.

–Ojalá–suspiró Rosario–, pero ¿quién más va a fijarse en ella? Si no cierra el trato, sólo con una prueba de ADN. Aquí, hijos ajenos, no.

–Aunque juró serme fielbalbuceó Jaime.

–Reza porque te haya mentidogruñó Rosario, abriendo la caja de ahorros–. ¡Lorenzo!

Era ya cosa del padre de Jaime, así que él escapó a otra habitación.

–¡Lorenzo, estamos a dos velas!–gritó Rosario.

–En el depósito, tranquila. Falta una semana. ¿Lo has olvidado?

–¡Olvidar! Si lo que me van a olvidar son las neuronas– Rosario cayó en la butaca, la caja en el regazo–. ¿Has oído lo de Jaimito?

–Vaya, qué rápido crecen estos chicos– rio Lorenzo–. ¿Habrá boda?

–¿Te has vuelto loco? ¡Ni pensarlo!, ¡con quién!– Rosario casi se atragantó–. ¡Habrá que negociar el rescate! ¿Crees que cien mil bastan?

–¿Y yo qué sé?–respondió encogiéndose de hombros–. Manuela anda tan apurada que le haría ilusión hasta una moneda de dos euros.

–Con dos euros no arreglas esto. negó Rosario, calculando billetes y ahorros–. Hay doscientos mil. Pujo primero con cien, si pide más, doy doscientos. Y si todo falla, en una semana habrá quinientos.

Rosario asintió, satisfecha.

–¿Voy contigo?preguntó Lorenzo.

–Si hubieras vigilado al niño, no tendríamos que andar pagando rescates– le espetó Rosario–. ¡Me basto sola!

***

Manuela nunca dio respuesta clara, e Inés ni preguntó, menos aún decidió.

Así, Jaime pasó el resto del verano sin sobresaltos y partió a la residencia de estudiantes en Salamanca, donde le prohibieron volver antes del próximo verano.

Con el protagonista lejos, el pueblo se dedicó a hablar de Inés, embarazada y luego madre, y también de Manuela.

–No pudo ni sacarle pensión a Jaime, y ahora, todos a comer sardinas y pan duro– decían las vecinas.

Manuela respondía, altiva:

–¡No nos arrastraremos ante nadie! ¡Salimos adelante, que para rogar limosna nunca fuimos!

Al final de junio Jaime reapareció en el pueblo, pero sus padres, cautos como zorros, lo encerraron en casa: ya mismo haría las pruebas y se iría a la ciudad. Nada de rondar por las calles, la universidad le esperaba.

Pero falló tan estrepitosamente los exámenes que ni pagando lo admitieron.

–Lorenzo, habla con el del cuartel y arregla una prórroga–exigía Rosario–. Si se va a la mili, olvida todo, y quizás el año que viene aprueba.

No lograron nada. Por insistir, Lorenzo acabó con un par de costillas magulladas y quince días en el calabozo.

A la vuelta explicó cómo obtener la exención:

–Debe casarse con Inés, reconocer al niño y, mientras el niño tenga menos de tres años, se retrasa el servicio. Si luego viene otro, más prórroga, y así hasta que se pase el plazo.

–¡Te han dejado sin juicio!protestó Rosario–. ¡No le deseo esa familia ni a mi peor enemigo!

–Entonces, irá a la mili–replicó Lorenzo.

Rosario prefería todo menos eso. Pero las opciones se desvanecían.

–Habrá que ir a pedirle clemencia–se resignó Rosario–. Lorenzo, coge la caja, quizá acepte…

–¿Después de echarte y de todo lo que ha oído de nosotros en el pueblo?–rió Lorenzo–. Igual, mejor dejar que se olvide en el cuartel.

–¡Nos arrastraremos si hace falta! ¡Lo suplicaremos!– añadió Rosario.

–Dudo que acepte, Marga. Ni aunque le reces a la Virgen de la Almudena. Mejor esconder a Jaime en el campo, que vuelva cuando cumpla veintisiete.

–¡Coge la caja, y anda!–mandó Rosario, mientras la tarde caía sobre el pueblo, y las chimeneas parecían desdibularse en el horizonte como si nunca hubiese existido nada salvo humo, miedo y sueños rotos.

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