Mamá
Javier se casa cuando tiene veinticuatro años. Su esposa, Carmen, tiene veintidós. Ella ha sido hija única y tardía de un profesor y una maestra. Nada más casarse, la pareja tiene dos niños seguidos, y poco después, una niña. La suegra, Doña Rosa María, se jubila y se vuelca en el cuidado de los nietos.
La relación entre Javier y su suegra siempre ha sido peculiar. Él solo la llama por su nombre completo: Rosa María Fernández, mientras que ella le responde con un usted frío y siempre emplea su nombre completo. Nunca han discutido abiertamente, pero la presencia de ella le resulta a Javier incómoda, casi gélida. Con todo, hay que reconocerle que Rosa María nunca ha buscado el conflicto, siempre le ha tratado con un respeto casi distante, y jamás se ha entrometido entre su hija y él, manteniéndose firme en la neutralidad.
Hace un mes, la empresa donde Javier trabaja quiebra y lo despiden. En la cena, Carmen suelta:
Con la pensión de mamá y mi sueldo no llegamos a fin de mes, Javi. Busca trabajo.
Claro, decirlo es fácil. Lleva treinta días de entrevistas y nada de nada.
De rabia, Javier le da una patada a una lata de cerveza vacía. Menos mal que la suegra, de momento, calla, pero le lanza unas miradas significativas.
Antes de casarse, Javier había escuchado sin querer una conversación entre su suegra y Carmen.
¿Estás segura de que es el hombre con el que quieres pasar la vida, Carmen?
¡Por supuesto, mamá!
No sé si eres consciente de lo que supone esto. Si tu padre viviera…
¡Mamá, basta! Nos queremos y todo irá bien.
¿Y si vienen los niños? ¿Crees que podrá mantenerlos?
¡Podrá, mamá!
Aún estás a tiempo de pensarlo, Carmen, de detenerlo. Su familia…
¡Mamá, le quiero!
Ojalá no te arrepientas…
Ahora Javier sonríe amargamente: El tiempo de arrepentirse ha llegado. La suegra tenía razón.
No le apetece regresar a casa. Tiene la sensación de que su esposa le consuela solo por cumplir, diciéndole: No pasa nada, mañana seguro que hay suerte, mientras su suegra suspira y le mira en silencio, juzgándole, y los niños le preguntan, sonriendo: ¿Papá, has encontrado trabajo?. Es insoportable vivirlo cada día.
Pasea por el paseo marítimo, se sienta en un banco del parque y, ya entrada la noche, decide ir a la casa de campo, donde la familia pasa los veranos. En la casa solo se ve una luz: la de la habitación de Rosa María. Sin hacer ruido, va por el jardín. La cortina se mueve y Javier, para no ser visto, se sienta de golpe sobre un tronco.
La suegra se asoma:
¿Dónde estará Javier que no llega? ¿Has llamado, Carmen?
Sí, mamá. No contesta. Seguro que anda por ahí, frustrado por no encontrar trabajo otra vez.
La respuesta de Rosa María es tajante y fría:
Carmen, no vuelvas a hablar así del padre de tus hijos.
Ay, mamá, no te pongas así. Pero es que parece que Javi se lo toma a la ligera y ni busca trabajo de verdad. Lleva un mes viviendo de mi sueldo.
Por primera vez en seis años, Javier escucha a su suegra dar un golpe en la mesa y elevar la voz:
¡No lo permito! ¡No consiento que hables así de tu marido! ¿Qué prometiste el día de tu boda? ¿No era apoyar, en la salud y la enfermedad, en la alegría y la tristeza?
Carmen murmura acelerada:
Mamá, perdona. Es que estoy agotada, de verdad. No te alteres, por favor, solo estoy cansada.
Anda, vete a dormir responde Rosa María con la mano.
Se apaga la luz. Rosa María da vueltas por la habitación, corre la cortina y, mirando hacia el cielo nocturno, se persigna y dice en voz baja:
Señor, Dios misericordioso, cuida y protege al padre de mis nietos, al marido de mi hija. No permitas que pierda la fe en sí mismo; ayúdale, Señor, a mi yerno querido.
Susurra la oración y se santigua, las lágrimas le caen por el rostro.
Javier siente un calor que crece en su pecho. Jamás nadie ha rezado por él, ni su propia madreaustera y entregada solo a su trabajo en el comité provincial, ni su padre, al que Javier apenas recuerda porque desapareció de su vida cuando él era un niño. Creció prácticamente en una guardería, después en el colegio y la comida de comedor escolar. Al entrar en la universidad enseguida empezó a trabajar: su madre nunca aceptó un vago en casa y daba por hecho que Javier debía buscarse la vida.
Ese calor le sigue llenando y sube hasta la garganta, traduciéndose en lágrimas contenidas. Recuerda cómo, cada mañana, su suegra era la primera en levantarse y horneaba empanadas que él adoraba, cocinaba cocidos deliciosos y sus croquetas eran insuperables. Rosa María cuidaba a los niños, mantenía la casa impecable, cultivaba el huerto, hacía mermeladas y preparaba conservas de pepinillos y col tan sabrosas que se volvían imprescindibles en la despensa.
¿Por qué nunca se interesó? ¿Por qué jamás agradeció nada? Tanto él como Carmen pensaban que las cosas eran así, que era lo normal, o tal vez solo Javier lo daba por hecho. Recuerda una vez, viendo en la televisión un documental sobre Australia, cómo Rosa María comentó en voz baja que siempre soñó con viajar a ese continente misterioso. Y él le bromeó diciendo que allí hacía demasiado calor y que una dama con armadura de hielo no pasaría la aduana
Javier permanece mucho tiempo sentado bajo la ventana, con la cabeza entre las manos.
Por la mañana, baja a desayunar con Carmen, mira la mesa: empanadas, mermelada, café, leche. Los niños sonríen con verdadera felicidad. Levanta la mirada y dice con dulzura:
Buenos días, mamá.
La suegra se sobresalta, pero después de un instante responde:
Buenos días, Javicho.
Dos semanas después, Javier encuentra trabajo y, al año siguiente, manda a Rosa María de viaje a Australia, a pesar de que ella pone toda la resistencia posible.







