¿Cuándo fue la última vez que te miraste en el espejo? preguntó el marido. La esposa reaccionó de manera inesperada.
Álvaro apuraba el último sorbo de café en la mañana, mientras vigilaba a Clara de reojo. El pelo recogido con una goma, de esas infantiles, con dibujitos de gatitos.
Y, mira tú, a la vecina del cuarto Beatriz, de toda la vida no le faltaba nunca un detalle: siempre impecable, oliendo a colonia cara, el ascensor quedaba impregnado como si ella hubiese organizado allí una pasarela.
¿Sabes? dejó Álvaro el móvil a un lado, a veces pienso que vivimos como bueno, como vecinos.
Clara paró en seco, la bayeta congelada en su mano.
¿Y eso qué significa?
Nada especial. Solo ¿cuándo fue la última vez que te miraste en el espejo?
Ahí fue cuando ella lo miró de verdad. Un vistazo largo y serio. Y Álvaro notó ese escalofrío que avisa: aquí las cosas no marchan en el orden previsto.
¿Y tú, cuándo fue la última vez que me miraste tú? susurró Clara.
Silencio incómodo.
Clara, no exageres. Solo quiero decirte que una mujer debe estar siempre estupenda. Lo mínimo. Fíjate en Beatriz, y tiene tu misma edad.
Ahhh alargó Clara. Beatriz.
Algo en su tono hizo que Álvaro se pusiera en guardia. Como si de repente a ella le cayera encima una revelación fundamental.
Álvaro dijo al cabo de un rato, mira, me voy unos días a casa de mi madre. Voy a pensar en lo que has dicho.
Pues vale. Vivimos separados un tiempo, lo meditamos. Que conste que yo no te echo.
¿Sabes? colgó muy bien la bayeta, con toda la delicadeza del mundo. Quizá sí, debería mirarme al espejo.
Y se fue a hacer la maleta.
Álvaro se quedó en la cocina pensando: “Caramba, si esto era justo lo que quería”. Lo raro fue que no sentía alegría, sino un hueco incómodo como de piso recién deshabitado.
Tres días vivió Álvaro como si estuviera de vacaciones. Café sin prisas, noches de hacer lo que le daba la gana. Nadie le ponía series pastelosas ni dramas de amor y traiciones.
Libertad, esa que prometen los anuncios de cerveza. Libertad masculina de la de toda la vida.
Una tarde, Álvaro se cruzó con Beatriz frente al portal. Ella traía bolsas del Corte Inglés, tacones, vestido entallado.
¡Álvaro! sonrío de oreja a oreja. ¿Qué tal? Hace días que no veo a Clara.
Ahora está de relax en casa de su madre soltó Álvaro como quien cuenta que ha ido al dentista.
Ah, claro Beatriz asintió, comprensiva. A veces necesitamos tomarnos un respiro. Del día a día, del runrún doméstico.
Lo decía como si en su casa los platos se fregasen solos y la cena saliera disparada de la pared.
Beatriz, ¿te apetece un café algún día? le salió de golpe. De vecinos.
¿Por qué no? respondió ella, radiante. ¿Mañana por la tarde?
Toda la noche, Álvaro planificó el evento: ¿camisa? ¿Vaqueros o chinos? ¿Colonia? No pasarse.
A la mañana siguiente, sonó el teléfono.
¿Álvaro? voz desconocida. Soy Carmen Rodríguez, la madre de Clara.
El corazón se le fue a los pies.
Diga, Carmen
Clara me ha pedido que te diga que vendrá a por sus cosas el sábado, cuando tú no estés. Dejará las llaves en la portería.
¿Cómo que viene a por sus cosas?
¿Y qué esperabas? ahora la voz tenía el filo de cuchillo jamonero. Mi hija no va a pasarse la vida esperando a que tú decidas si la quieres como es o si te interesa buscar novedad.
Carmen, yo no he dicho nada de eso
Si has dicho bastante. Buenas tardes, Álvaro.
Colgó.
Álvaro se quedó allí, mirando el aparato, con cara de jueves. ¿Pero qué demonios? ¡Yo solo pedí espacio! ¡Tiempo para pensar!
Ya habían tomado decisiones sin él.
Por la tarde, el café con Beatriz fue extraño. Ella sonreía, contaba anécdotas del banco donde trabajaba, se reía de sus gracietas. Pero cuando intentó rozar su mano, Beatriz, sutil, la apartó.
Álvaro, entiéndelo dijo. No puedo. Sigues siendo un hombre casado.
Pero ahora estoy solo
Ahora. ¿Y mañana? Beatriz lo miró con esos ojos de ejecutiva que ven el informe completo.
Álvaro subió después solo a casa. El piso le recibió con un silencio y olor a colonia de soltero olvidado.
Sábado. Ha salido a posta: no quiere broncas, ni lágrimas, ni teatro. Que se lleve todo tranquila.
A las tres de la tarde, la curiosidad podía más que él. ¿Qué habrá cogido? ¿Todo? ¿Solo lo esencial? ¿Cómo iría vestida?
A las cuatro no aguantó más y volvió al edificio.
En la puerta, un coche con matrícula de Madrid. Al volante, un hombre de unos cuarenta, bien parecido, cazadora limpia. Ayudaba a alguien a meter cajas en el maletero.
Álvaro se sentó en el banco del portal, en modo espera.
Diez minutos después, apareció una mujer con vestido azul. Pelo recogido en un bonito pasador, nada de gomita de gatos. Maquillaje sencillo que le iluminaba los ojos.
Álvaro la miraba y no se lo creía. Era Clara. Su Clara. Solo que diferente.
Llevaba la última bolsa y el hombre fue corriendo a ayudarla, con mimo, como si fuese de cristal.
Entonces, Álvaro no se aguantó. Se levantó y se acercó al coche.
¡Clara!
Ella se volvió. Su rostro, tranquilo, bonito. Sin el cansancio perenne que él había dado por inevitable.
Hola, Álvaro.
¿Eres tú?
El del coche se tensó, pero Clara con un toque le tranquilizó todo bien.
Sí, soy yo dijo, como quien informa del tiempo. Solo que hace tiempo que tú no me ves.
Clara, espera. Aún podemos hablar.
¿De qué? ni enfado, solo rareza. Dijiste que la mujer debe estar guapísima. Así que tomé nota.
Pero ¡no era eso! el corazón de Álvaro hacía malabares.
¿Qué querías, Álvaro? ¿Que fuese guapa, pero solo para ti? ¿Divertida, pero solo en casa? ¿Querías que me quisiera a mí misma, pero no tanto como para marcharme de un marido que no me ve?
Palabras que calaban, cada una daba un giro dentro de él.
Sabes dijo Clara con suavidad, al final entendí que sí, había dejado de cuidarme. No por pereza. Sino porque aprendí a ser invisible. En mi propia casa. En mi propia vida.
Clara, no era mi intención
¡Claro que lo era! Querías a una mujer invisible, que lo hace todo y no molesta. Y cuando te aburre, te buscas una versión más llamativa.
El hombre del coche murmuró algo. Clara asintió.
Nos vamos, Álvaro. le explicó. Nos espera Javier.
¿Javier? se le fue la voz. ¿Quién es?
Alguien que sí me ve contestó. Nos conocimos en el gimnasio, el que abrió cerca de casa de mi madre. Fíjate, a los cuarenta y dos aprendí a hacer deporte.
Clara, no. Dame otra oportunidad. He sido un tonto.
Álvaro ella lo miró con ternura, ¿recuerdas la última vez que dijiste que era guapa?
Álvaro callaba. Ni idea.
¿Y cuándo preguntaste por cómo estoy?
Él lo entendió. No había perdido a Javier. Ni a Clara. Había perdido la pelea consigo mismo.
Javier arrancó el coche.
No estoy enfadada, Álvaro. De verdad. Me has enseñado algo importante: Si yo no me veo, nadie más me verá.
El coche se fue.
Álvaro en la puerta, viendo marchar su vida. No su esposa. Su vida. Quince años, que creyó que eran costumbre y resultaron ser felicidad.
Solo que nunca lo supo.
Seis meses después, Álvaro se encontró con Clara en el centro comercial. Por casualidad.
Ella seleccionaba café en grano y leía etiquetas. A su lado, una chica de unos veinte años.
Prueba este sugería. Papá dice que el arábica es mejor que el robusta.
¿Clara? se acercó Álvaro.
Ella sonrió, natural, relajada.
Hola, Álvaro. Mira, te presento: esta es Nuria, la hija de Javier. Nuria, aquí está Álvaro, mi exmarido.
Nuria asintió educada. Chica mona, estudiante seguramente. Miraba a Álvaro con curiosidad, sin maldad.
¿Qué tal? él preguntó.
Bien. ¿Y tú?
Voy tirando.
Silencio. Qué se dice a la exesposa, que ha evolucionado hacia una versión que parece de anuncio de café.
Junto a los estantes, Álvaro la contempló: con la piel tostada, blusa ligera, nuevo corte de pelo. Sobre todo feliz. Eso, feliz.
¿Y tú? dijo ella. ¿La vida sentimental?
Nada digno de mención Álvaro suspiró.
Clara lo examinó un segundo.
Sabes, Álvaro, buscas una mujer que sea tan guapa como Beatriz, tan dócil como yo era, lista pero no tanto para notar tus tonterías.
Nuria escuchaba con los ojos como platos.
Esa mujer no existe concluyó Clara, tranquila.
Clara, ¿nos vamos? interrumpió Nuria. Papá está fuera, en el coche.
Sí, claro. Clara cogió el café. Que tengas suerte, Álvaro.
Se fueron, y él se quedó allí entre los cafés, dándole vueltas. Clara tenía razón. Buscaba a una mujer imposible.
Por la noche, Álvaro se sentó a tomar su té en la cocina, pensando en Clara, en lo que era ahora. Y comprendió: a veces perder es la única vía para entender el valor de lo vivido.
La felicidad no está en encontrar una esposa conveniente. Está en aprender a mirar de verdad a la mujer que tienes al lado.







