—¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo?— preguntó su marido. La reacción inesperada de su esposa Alejandro apuraba el café de la mañana y observaba a Marina de reojo. El pelo recogido con una goma, de esas… infantiles. Con gatitos de dibujos animados. Sin embargo, Cristina, la vecina del piso de al lado, siempre iba impecable, radiante. Con ese aroma tan especial a perfume caro que permanecía en el ascensor mucho después de que ella se marchara. —Sabes —dijo Alejandro, apartando el móvil—, a veces pienso que vivimos como… como vecinos. Marina se detuvo; la bayeta quedó suspendida en su mano. —¿Qué significa eso? —Nada especial. Sólo que, ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? Entonces ella lo miró. De verdad. Y Alejandro sintió que algo se torcía. —¿Y tú, cuándo fue la última vez que me miraste a mí? —preguntó Marina en voz baja. Se hizo un silencio incómodo. —Marina, no dramatices. Sólo digo que una mujer debe verse siempre espectacular. ¡Es lo básico! Fíjate en Cristina. Y tiene tu misma edad. —Ah, —dijo Marina arrastrando las letras—. Cristina… Algo en su tono hizo que Alejandro se pusiera alerta. Era como si de pronto hubiera comprendido algo esencial. —Ale, —dijo después de una pausa—, hagamos una cosa. Me voy un tiempo. A casa de mamá. Voy a reflexionar sobre lo que has dicho. —Vale… Vivamos separados, pensemos. Pero entiende que no te estoy echando. —Sabes —colgó la bayeta cuidadosamente— quizá sí que necesito mirarme en el espejo. Y empezó a preparar la maleta. Alejandro se quedó sentado en la cocina, pensando: “Esto era justo lo que quería”. Pero no se sentía feliz; más bien, vacío. Tres días vivió Alejandro como si estuviera de vacaciones. Café sin prisas por las mañanas, y por las noches hacía lo que le apetecía. Nadie ponía series románticas ni dramas de traición. Libertad, ¿entiendes? Libertad masculina tan esperada. Aquella tarde se cruzó con Cristina en el portal. Llevaba bolsas de “El Corte Inglés”, tacones, vestido entallado. —¡Alejandro! —le sonrió—, ¿qué tal? Hace tiempo que no veo a Marina. —Está con su madre. Descansando —mintió él. —Ah… —Cristina asintió comprensiva—. A veces las mujeres necesitamos un respiro. De la rutina, del día a día. Lo decía como si nunca hubiera vivido el día a día. Como si su piso se limpiara solo y la cena mágicamente apareciera en la mesa. —Cris, ¿te apetece un café algún día? —se le escapó a Alejandro. —Como vecinos. —Claro, ¿por qué no? —sonrió ella—. ¿Mañana por la tarde? Toda la noche Alejandro planeó el día siguiente. ¿Camisa? ¿Vaqueros o pantalón de vestir? ¿Colonia, sin pasarse? Y por la mañana, sonó el teléfono. —¿Ale? —voz desconocida— Soy Lucía, la madre de Marina. El corazón le dio un vuelco. —Dígame… —Marina me ha pedido que te comunique: va a recoger sus cosas el sábado, cuando tú no estés en casa. Dejará las llaves a la portera. —¿Cómo que recoge sus cosas? —¿Qué esperabas? —la voz de su suegra se endureció— Mi hija no va a estar toda la vida esperando a que te decidas si la quieres o no. —Lucía, no he dicho nada de eso… —Has dicho suficiente. Adiós, Alejandro. Y colgó. Alejandro se quedó en la cocina mirando el móvil. ¿Cómo podía ser? ¡Si no era ningún divorcio! Sólo pidió una pausa, tiempo para pensar. ¡Pero ellas ya lo habían decidido todo sin él! Por la tarde, el café con Cristina resultó extraño. Ella fue amable, contó cosas interesantes de su trabajo en el banco, se rio con sus bromas. Pero al intentar tomarle la mano, se apartó suavemente. —Alejandro, entiéndalo: no puedo. Usted está casado. —Pero ahora vivimos separados. —Ahora. ¿Y mañana? —Cristina lo miró con seriedad. La acompañó hasta el portal y subió solo. El piso le recibió con silencio y olor a vida solitaria. El sábado se fue de casa adrede; no quería escenas, explicaciones ni llanto. Que ella recogiera sus cosas en paz. Pero a las tres de la tarde, la curiosidad lo devoraba. ¿Qué se llevará? ¿Todo? ¿Sólo lo imprescindible? Y además, ¿cómo irá vestida? A las cuatro no aguantó y volvió. En la puerta estaba aparcado un coche con matrícula de su ciudad. Al volante un hombre de unos cuarenta, atractivo, con una buena cazadora. Ayudaba a alguien a cargar cajas. Alejandro se sentó en el banco y esperó. En diez minutos salió una mujer con vestido azul. Pelo oscuro recogido con una bonita pinza, nada de goma de gatitos. Un maquillaje ligero, realzando los ojos. Alejandro miraba sin creerlo. Era Marina. Su Marina. Pero otra. Llevaba la última bolsa, y el hombre enseguida se acercó, la ayudó a sentarse en el coche con mimo, como si fuera de cristal. Alejandro no pudo más. Se levantó y fue hasta el coche. —¡Marina! Ella se giró. Y él vio su rostro. Tranquilo y bonito. Sin esa expresión cansada de siempre. —Hola, Alejandro. —¿De verdad eres tú? El hombre tensó la mandíbula, pero Marina le tocó la mano como advirtiéndole que todo estaba bien. —Sí, —respondió—. Es sólo que llevabas tiempo sin mirarme. —Espera, ¿podemos hablar? —¿De qué? —no había enojo, sólo asombro—. Dijiste que una mujer debe verse espectacular. Pues te he hecho caso. —Pero yo no me refería a esto… —el corazón de Alejandro a punto de saltarle. —¿A qué te referías, entonces? —Marina ladeó la cabeza—. ¿A que debía estar guapa, pero sólo para ti? Ser interesante, pero sólo en casa. Aprender a quererme, pero no tanto como para marcharme de un marido que no me ve? Con cada palabra, Alejandro sentía cómo algo se le rompía por dentro. —¿Sabes? —prosiguió ella—, he dejado de cuidarme, sí. Pero no por pereza. Es que me acostumbré a ser invisible. En mi casa, en mi propia vida. —Marina, no quise… —Sí quisiste. Querías una esposa invisible, que hiciera todo, pero sin molestar. Y cuando te aburrieras, la cambiarías por el modelo más brillante. El hombre dijo algo en voz baja. Marina asintió. —Nos vamos —le dijo a Alejandro—. Vladimir espera. —¿Vladimir? —se le secó la boca—. ¿Quién es? —Alguien que sí me ve —respondió Marina—. Nos conocimos en el gimnasio, junto a casa de mamá. ¿Te imaginas? Con cuarenta y dos años, por primera vez fui a hacer deporte. —No, Marina, hagámoslo de nuevo. Yo fui un tonto, lo sé. —Alejandro —lo miró fijamente—, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que me dijiste que era guapa? Alejandro guardó silencio. No lo recordaba. —¿Y la última vez que preguntaste cómo estaba? En ese instante supo que había perdido. No contra Vladimir. Ni contra la vida. Contra sí mismo. Vladimir arrancó el coche. —No estoy enfadada contigo, de verdad —dijo Marina—. Me ayudaste a entender una cosa: si yo no me veo a mí misma, nadie lo hará. El coche se alejó. Alejandro se quedó en la puerta viendo alejarse su vida. No a su esposa: su vida. Quince años que consideró rutina y que, en realidad, eran felicidad. Sólo que nunca lo supo. Seis meses después, Alejandro se cruzó con Marina en un centro comercial. Por casualidad. Ella escogía café en grano, leía las etiquetas con atención. A su lado, una chica de unos veinte. —Elijamos este —decía ella—. Papá dice que el arábica es mejor. —¡Marina! —se acercó Alejandro. Marina se giró y sonrió, tranquila. —Hola, Alejandro. Te presento a Paula, la hija de Vladimir. Paula, él es mi ex marido. Paula asintió educada. Chica guapa, sería universitaria. Miraba a Alejandro con curiosidad, sin hostilidad. —¿Qué tal todo? —preguntó él. —Bien. ¿Y tú? —Normal. El silencio era incómodo. ¿Qué decir a una ex mujer que es otra persona? Alejandro la observaba. Morena, blusa ligera, corte nuevo de pelo. Feliz. De verdad, feliz. —Y tú, ¿cómo te va? —preguntó Marina. —Nada especial —suspiró él. Marina lo miró fijo. —Sabes, Alejandro, buscas a una mujer tan guapa como Cristina, pero sumisa como yo fui. Inteligente, pero no tanto para darse cuenta de que te fijas en otras. Paula escuchaba, ojos abiertos como platos. —Esa mujer no existe —prosiguió Marina serena. —¿Nos vamos, Marina? —intervino Paula—. Papá espera en el coche. —Sí, claro —Marina tomó el café—. Suerte, Alejandro. Se alejaron, y él se quedó entre los estantes. Pensando que tenía razón. De verdad, buscaba una mujer imposible. Por la noche, Alejandro se sentó en la cocina, se sirvió un té. Pensó en Marina, en lo mucho que había cambiado. Y en que a veces la pérdida es la única forma de comprender el valor de lo que tuviste. Quizás la felicidad no está en buscar una mujer “cómoda”. Sino en aprender a mirar a la que tienes al lado.

¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? pregunté a Julia, mi esposa. Ella reaccionó de una forma que no me esperaba.

Apuraba mi café mañanero en la cocina, mirando de reojo cómo Julia recogía el desayuno. Llevaba el pelo recogido con una goma, de esas infantiles, con dibujitos de gatitos. Era como estar casado con una versión olvidada de sí misma.

María, la vecina del tercero, siempre parecía tan viva, tan fresca. Cuando se metía en el ascensor, el perfume caro que llevaba llenaba el aire, y persistía incluso después de que ella se bajara.

Mira, Julia dejé el móvil sobre la mesa , a veces pienso que vivimos como… como si fuéramos simplemente vecinos.

Julia se quedó quieta, con la bayeta en la mano.

¿Y eso qué significa?

Nada especial contesté, intentando sonar casual. Sólo digo… ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo?

Ahí se giró y me miró fijo. Noté que algo, a mi pesar, cambiaba en el ambiente.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que me miraste tú? preguntó en voz baja.

Hubo un silencio incómodo.

Julia, no dramatices… Simplemente creo que una mujer tiene que verse siempre bien. Vamos, lo esencial. Fíjate en María: es de tu edad y parece otra cosa.

María… repitió Julia. Y su tono me alertó. Como si acabara de comprender algo esencial.

Javier me dijo tras una pausa , ¿sabes qué? Me voy unos días a casa de mi madre. Quiero pensar en lo que has dicho.

Por mí bien. Vivamos un tiempo separados, reflexionemos. Pero que conste, no te estoy echando.

Sabes colgó la bayeta cuidadosamente , igual sí que necesito mirarme al espejo.

Y se fue a hacer la maleta.

Me quedé en la cocina pensando: “Eso, al final, es lo que quería”. Pero no sentía alegría, sino un vacío sordo.

Durante tres días viví como si estuviera de vacaciones. Café tranquilo por las mañanas, y por la noche hacía lo que me daba la gana. Nadie ponía esas series cursis en la tele. Libertad, la añorada libertad masculina.

Por la tarde, al volver a casa, me crucé con María en la entrada. Llegaba con bolsas de El Corte Inglés, tacones, y un vestido que le quedaba perfecto.

¡Javier! se iluminó con una sonrisa . ¿Cómo vas? Hace días que no veo a Julia.

Está con su madre ahora. Descansando mentí.

Ahhh asintió con comprensión . A veces las mujeres necesitamos respirar. Salir de la rutina, del día a día.

Lo decía como si ella nunca hubiera pisado la rutina, como si en su casa nada se ensuciara y la cena apareciera por arte de magia.

María, ¿te apetece un café algún día? se me escapó. Por la vecindad.

Claro, mañana por la tarde sonrió.

Pasé la noche planeando: ¿Qué camisa? ¿Vaqueros o pantalón de vestir? El perfume, sin pasarse.

Por la mañana sonó el móvil.

¿Javier? voz desconocida. Soy Rosario, la madre de Julia.

Sentí un sobresalto.

Dígame.

Julia me ha pedido que te avise: el sábado va a recoger sus cosas cuando no estés. Dejará las llaves en portería.

¿Qué dice? ¿Que va a recoger sus cosas?

¿Qué esperabas? la voz de mi suegra era firme Mi hija no va a estar toda la vida esperando a que decidas si la quieres o no.

Rosario, yo no he dicho nada…

Has dicho bastante. Adiós, Javier.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono, aturdido. ¡Si yo no me había divorciado! Sólo quería una pausa, tiempo para pensar. Y resulta que decidieron sin mí.

La cita con María fue rara. Era simpática, contó historias interesantes sobre su trabajo en el banco, se reía con mis bromas. Pero cuando intenté cogerle la mano, se apartó con suavidad.

Javier, lo siento. No puedo. Eres un hombre casado.

Pero, ahora mismo vivimos separados.

Ahora. ¿Y mañana? me miró con seriedad.

La acompañé hasta el portal y subí a casa. Silencio total, con olor a soledad de hombre soltero.

Sábado. Me fui a propósito para evitar escenas, explicaciones, lágrimas. Que recoja sus cosas tranquila.

Pero a las tres no aguanté la curiosidad. ¿Qué se estaría llevando? ¿Todo? ¿Solo lo justo? Y, ¿cómo estaría?

A las cuatro me rendí y volví.

En la entrada estaba aparcado un coche con matrícula de Madrid. Al volante, un hombre de unos cuarenta, bien vestido. Ayudaba a cargar cajas.

Me senté en el banco y esperé.

Al rato salió Julia, con un vestido azul. El pelo recogido elegantemente, con un broche bonito. Un maquillaje ligero resaltaba sus ojos.

Me costaba creerlo. Era Julia. Mi Julia. Pero distinta.

Llevaba la última bolsa, y el hombre la ayudó con cuidado, como si fuera de cristal.

No pude contenerme. Me levanté y fui hacia el coche.

¡Julia!

Se giró y vi su rostro: tranquilo, sereno, guapa. Sin aquel cansancio perpetuo que yo daba por sentado.

Hola, Javier.

¿Pero eres tú?

El hombre vaciló, pero Julia le tranquilizó con una mano.

Sí, soy yo respondió. Solo que hace tiempo que no me mirabas.

Julia, espera. Podemos hablar.

¿De qué? no sonaba enfadada, solo sorprendida. Dijiste que una mujer debe verse espectacular. Y te he hecho caso.

¡Pero no me refería a esto! se me aceleró el corazón.

¿Y qué querías? Que fuera guapa pero sólo para ti. Que me cuidara pero que nunca me quisiera lo suficiente para irme. ¿Eso?

Escuchaba, y con cada frase me iba encogiendo por dentro.

Sabes siguió con voz suave , pensé que había dejado de cuidarme por pereza. Pero no, fue por hacerme invisible. En mi propia casa, en mi propia vida.

Julia, no era mi intención…

Sí que lo era. Buscabas una esposa invisible. Que hiciera todo pero no molestara. Cuando te aburrías, pensabas que podías cambiarla por una más vistosa.

El hombre murmuró algo. Julia asintió.

Tenemos que irnos dijo. Vladimir me espera.

¿Vladimir? se me hizo un nudo en la garganta. ¿Quién es?

Alguien que sí me ve contestó. Nos conocimos en el gimnasio. Abrieron uno nuevo cerca de casa de mi madre. Desde los cuarenta y dos, me puse a hacer deporte por primera vez en mi vida.

Julia, no por favor, probemos una vez más. Me he dado cuenta, fui un tonto.

Javier, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que me dijiste que era guapa?

No pude contestar. No lo recordaba.

¿Y cuándo preguntaste cómo me iba?

Me di cuenta de que había perdido. No ante Vladimir, ni las circunstancias. Ante mí mismo.

Vladimir arrancó el coche.

Javier, no estoy enfadada. Al contrario. Me ayudaste a ver algo importante: si no me veo yo a mí misma, nadie más lo hará.

Se alejaron.

Me quedé mirando cómo se iba mi vida. No mi esposa, mi vida: quince años que yo creía rutina y resulta que eran la felicidad, sin saberlo.

Medio año después me crucé a Julia por casualidad en el centro comercial.

Escogía café en grano muy concentrada en las etiquetas. Con ella estaba una chica de unos veinte años.

Prueba este le decía Julia , tu padre dice que la arábica es mejor que la robusta.

¿Julia? me acerqué.

Se giró y sonrió, relajada.

Hola, Javier. Te presento a Nerea, la hija de Vladimir. Nerea, él es Javier, mi ex marido.

Nerea saludó amable. Una chica guapa, universitaria quizás, me miraba con curiosidad pero sin prejuicios.

¿Qué tal? pregunté.

Bien. ¿Y tú?

Tuve tiempos mejores.

Un silencio incómodo. ¿Qué decirle a tu ex esposa, cuando se ha transformado?

La vi: piel bronceada, blusa ligera, pelo con corte nuevo. Feliz. Eso feliz.

¿Y tú? me preguntó ¿Cómo va tu vida personal?

Nada digno de mención suspiré.

Julia me miró con atención.

Javier, buscas una mujer tan guapa como María, tan sumisa como fui yo, y tan inteligente como para no notar que miras a otras.

Nerea abrió los ojos sorprendida.

Esa mujer no existe afirmó Julia, serena.

Julia, ¿nos vamos? intervino Nerea Papá nos espera en el coche.

Claro Julia tomó el paquete de café . Que te vaya bien, Javier.

Se fueron, y yo me quedé entre los estantes, sabiendo que tenía razón. Buscaba una mujer imposible.

Esa noche me preparé un té y me quedé pensando en Julia. En lo que se ha convertido. En que a veces perder es la única manera de entender lo valioso de lo que uno tenía.

Quizá la felicidad no está en buscar una esposa conveniente, sino en aprender a ver realmente ver a la mujer que tienes al lado.

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—¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo?— preguntó su marido. La reacción inesperada de su esposa Alejandro apuraba el café de la mañana y observaba a Marina de reojo. El pelo recogido con una goma, de esas… infantiles. Con gatitos de dibujos animados. Sin embargo, Cristina, la vecina del piso de al lado, siempre iba impecable, radiante. Con ese aroma tan especial a perfume caro que permanecía en el ascensor mucho después de que ella se marchara. —Sabes —dijo Alejandro, apartando el móvil—, a veces pienso que vivimos como… como vecinos. Marina se detuvo; la bayeta quedó suspendida en su mano. —¿Qué significa eso? —Nada especial. Sólo que, ¿cuándo fue la última vez que te miraste al espejo? Entonces ella lo miró. De verdad. Y Alejandro sintió que algo se torcía. —¿Y tú, cuándo fue la última vez que me miraste a mí? —preguntó Marina en voz baja. Se hizo un silencio incómodo. —Marina, no dramatices. Sólo digo que una mujer debe verse siempre espectacular. ¡Es lo básico! Fíjate en Cristina. Y tiene tu misma edad. —Ah, —dijo Marina arrastrando las letras—. Cristina… Algo en su tono hizo que Alejandro se pusiera alerta. Era como si de pronto hubiera comprendido algo esencial. —Ale, —dijo después de una pausa—, hagamos una cosa. Me voy un tiempo. A casa de mamá. Voy a reflexionar sobre lo que has dicho. —Vale… Vivamos separados, pensemos. Pero entiende que no te estoy echando. —Sabes —colgó la bayeta cuidadosamente— quizá sí que necesito mirarme en el espejo. Y empezó a preparar la maleta. Alejandro se quedó sentado en la cocina, pensando: “Esto era justo lo que quería”. Pero no se sentía feliz; más bien, vacío. Tres días vivió Alejandro como si estuviera de vacaciones. Café sin prisas por las mañanas, y por las noches hacía lo que le apetecía. Nadie ponía series románticas ni dramas de traición. Libertad, ¿entiendes? Libertad masculina tan esperada. Aquella tarde se cruzó con Cristina en el portal. Llevaba bolsas de “El Corte Inglés”, tacones, vestido entallado. —¡Alejandro! —le sonrió—, ¿qué tal? Hace tiempo que no veo a Marina. —Está con su madre. Descansando —mintió él. —Ah… —Cristina asintió comprensiva—. A veces las mujeres necesitamos un respiro. De la rutina, del día a día. Lo decía como si nunca hubiera vivido el día a día. Como si su piso se limpiara solo y la cena mágicamente apareciera en la mesa. —Cris, ¿te apetece un café algún día? —se le escapó a Alejandro. —Como vecinos. —Claro, ¿por qué no? —sonrió ella—. ¿Mañana por la tarde? Toda la noche Alejandro planeó el día siguiente. ¿Camisa? ¿Vaqueros o pantalón de vestir? ¿Colonia, sin pasarse? Y por la mañana, sonó el teléfono. —¿Ale? —voz desconocida— Soy Lucía, la madre de Marina. El corazón le dio un vuelco. —Dígame… —Marina me ha pedido que te comunique: va a recoger sus cosas el sábado, cuando tú no estés en casa. Dejará las llaves a la portera. —¿Cómo que recoge sus cosas? —¿Qué esperabas? —la voz de su suegra se endureció— Mi hija no va a estar toda la vida esperando a que te decidas si la quieres o no. —Lucía, no he dicho nada de eso… —Has dicho suficiente. Adiós, Alejandro. Y colgó. Alejandro se quedó en la cocina mirando el móvil. ¿Cómo podía ser? ¡Si no era ningún divorcio! Sólo pidió una pausa, tiempo para pensar. ¡Pero ellas ya lo habían decidido todo sin él! Por la tarde, el café con Cristina resultó extraño. Ella fue amable, contó cosas interesantes de su trabajo en el banco, se rio con sus bromas. Pero al intentar tomarle la mano, se apartó suavemente. —Alejandro, entiéndalo: no puedo. Usted está casado. —Pero ahora vivimos separados. —Ahora. ¿Y mañana? —Cristina lo miró con seriedad. La acompañó hasta el portal y subió solo. El piso le recibió con silencio y olor a vida solitaria. El sábado se fue de casa adrede; no quería escenas, explicaciones ni llanto. Que ella recogiera sus cosas en paz. Pero a las tres de la tarde, la curiosidad lo devoraba. ¿Qué se llevará? ¿Todo? ¿Sólo lo imprescindible? Y además, ¿cómo irá vestida? A las cuatro no aguantó y volvió. En la puerta estaba aparcado un coche con matrícula de su ciudad. Al volante un hombre de unos cuarenta, atractivo, con una buena cazadora. Ayudaba a alguien a cargar cajas. Alejandro se sentó en el banco y esperó. En diez minutos salió una mujer con vestido azul. Pelo oscuro recogido con una bonita pinza, nada de goma de gatitos. Un maquillaje ligero, realzando los ojos. Alejandro miraba sin creerlo. Era Marina. Su Marina. Pero otra. Llevaba la última bolsa, y el hombre enseguida se acercó, la ayudó a sentarse en el coche con mimo, como si fuera de cristal. Alejandro no pudo más. Se levantó y fue hasta el coche. —¡Marina! Ella se giró. Y él vio su rostro. Tranquilo y bonito. Sin esa expresión cansada de siempre. —Hola, Alejandro. —¿De verdad eres tú? El hombre tensó la mandíbula, pero Marina le tocó la mano como advirtiéndole que todo estaba bien. —Sí, —respondió—. Es sólo que llevabas tiempo sin mirarme. —Espera, ¿podemos hablar? —¿De qué? —no había enojo, sólo asombro—. Dijiste que una mujer debe verse espectacular. Pues te he hecho caso. —Pero yo no me refería a esto… —el corazón de Alejandro a punto de saltarle. —¿A qué te referías, entonces? —Marina ladeó la cabeza—. ¿A que debía estar guapa, pero sólo para ti? Ser interesante, pero sólo en casa. Aprender a quererme, pero no tanto como para marcharme de un marido que no me ve? Con cada palabra, Alejandro sentía cómo algo se le rompía por dentro. —¿Sabes? —prosiguió ella—, he dejado de cuidarme, sí. Pero no por pereza. Es que me acostumbré a ser invisible. En mi casa, en mi propia vida. —Marina, no quise… —Sí quisiste. Querías una esposa invisible, que hiciera todo, pero sin molestar. Y cuando te aburrieras, la cambiarías por el modelo más brillante. El hombre dijo algo en voz baja. Marina asintió. —Nos vamos —le dijo a Alejandro—. Vladimir espera. —¿Vladimir? —se le secó la boca—. ¿Quién es? —Alguien que sí me ve —respondió Marina—. Nos conocimos en el gimnasio, junto a casa de mamá. ¿Te imaginas? Con cuarenta y dos años, por primera vez fui a hacer deporte. —No, Marina, hagámoslo de nuevo. Yo fui un tonto, lo sé. —Alejandro —lo miró fijamente—, ¿recuerdas cuándo fue la última vez que me dijiste que era guapa? Alejandro guardó silencio. No lo recordaba. —¿Y la última vez que preguntaste cómo estaba? En ese instante supo que había perdido. No contra Vladimir. Ni contra la vida. Contra sí mismo. Vladimir arrancó el coche. —No estoy enfadada contigo, de verdad —dijo Marina—. Me ayudaste a entender una cosa: si yo no me veo a mí misma, nadie lo hará. El coche se alejó. Alejandro se quedó en la puerta viendo alejarse su vida. No a su esposa: su vida. Quince años que consideró rutina y que, en realidad, eran felicidad. Sólo que nunca lo supo. Seis meses después, Alejandro se cruzó con Marina en un centro comercial. Por casualidad. Ella escogía café en grano, leía las etiquetas con atención. A su lado, una chica de unos veinte. —Elijamos este —decía ella—. Papá dice que el arábica es mejor. —¡Marina! —se acercó Alejandro. Marina se giró y sonrió, tranquila. —Hola, Alejandro. Te presento a Paula, la hija de Vladimir. Paula, él es mi ex marido. Paula asintió educada. Chica guapa, sería universitaria. Miraba a Alejandro con curiosidad, sin hostilidad. —¿Qué tal todo? —preguntó él. —Bien. ¿Y tú? —Normal. El silencio era incómodo. ¿Qué decir a una ex mujer que es otra persona? Alejandro la observaba. Morena, blusa ligera, corte nuevo de pelo. Feliz. De verdad, feliz. —Y tú, ¿cómo te va? —preguntó Marina. —Nada especial —suspiró él. Marina lo miró fijo. —Sabes, Alejandro, buscas a una mujer tan guapa como Cristina, pero sumisa como yo fui. Inteligente, pero no tanto para darse cuenta de que te fijas en otras. Paula escuchaba, ojos abiertos como platos. —Esa mujer no existe —prosiguió Marina serena. —¿Nos vamos, Marina? —intervino Paula—. Papá espera en el coche. —Sí, claro —Marina tomó el café—. Suerte, Alejandro. Se alejaron, y él se quedó entre los estantes. Pensando que tenía razón. De verdad, buscaba una mujer imposible. Por la noche, Alejandro se sentó en la cocina, se sirvió un té. Pensó en Marina, en lo mucho que había cambiado. Y en que a veces la pérdida es la única forma de comprender el valor de lo que tuviste. Quizás la felicidad no está en buscar una mujer “cómoda”. Sino en aprender a mirar a la que tienes al lado.
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