Estoy perdida —¡Ana! ¿Qué te ha pasado en las manos? —se alarmó Nati. —No pasa nada —respondió Ana, tensa—. Mañana por la mañana voy al salón y me devolverán las uñas y la piel normal. —¿Cómo has conseguido dejarte las manos así? ¿Es que ahora te dedicas a excavar en canteras? —apoyó su amiga Lucía. —Solo ha sido una limpieza a fondo en un piso de soltero —respondió Ana, visiblemente molesta—. ¡Y no hagáis una tragedia de esto! —¿En serio? —se sorprendieron las amigas—. Y ¿desde cuándo llamas a tu casa piso de soltero? Siempre decías que era tu nidito… ¿Y por qué te has puesto tú a hacer esa limpieza? Para eso hay gente especializada… —En mi casa —respondió Ana con énfasis— está todo perfecto, ¡y siempre lo ha estado! —¿Es que ahora te dedicas a limpiar pisos ajenos? —Lucía se sobresaltó—. Ana, ¡somos amigas! Si tienes problemas de dinero, ¡dímelo! Siempre te apoyaría. —Tengo dinero —gruñó Ana— y el negocio marcha bien. —Anita, no entiendo nada de nada —se preocupó Nati—. ¿Por qué te has puesto a limpiar la casa de otro? ¿Y por qué tú sola? —¿Perdiste una apuesta? —supuso Lucía. —¡Ojalá hubiera perdido una apuesta! —desvió la mirada Ana, distraída—. La he liado, mejor habría perdido el negocio y tendría que ganarme la vida limpiando casas ajenas. Tal revelación dejó a las amigas completamente descolocadas. Mirando la pregunta muda en los ojos de sus amigas, Ana murmuró desagradada: —Me ha salido un hombre. Y de tal calibre, que mejor habría tenido piojos, ratones y chinches… En los ojos de sus amigas no había horror, sino pánico. —Ana, huye de él. Si dices eso, huye —susurró Nati. —No puedo —se retorció Ana—. ¡Y tampoco quiero! Quiero ir con él, ¡alejarme de él ni de broma! —¿Qué dices? —Lucía se echó hacia atrás—. ¿Ana, eres tú? ¡Si siempre has sido de acero! ¡Nadie podía doblarte! ¡Y ahora… un hombre! —¡Ya lo sé! —saltó Ana, furiosa—. ¡Lo sé todo! ¡Ni yo me reconozco! ¡Me enfadé, grité! Solo me faltó darme cabezazos contra la pared. Aunque, quizá deba probar… Lucía y Nati estaban perdidas. Alegaron, ante la propuesta de encontrarse con la pared, que no era buena idea. Y lo que más las preocupaba era ver cómo Ana se enfadaba consigo misma. —¿Y qué pasó con Stasi? —preguntó Nati, desubicada—. Os veíamos muy bien juntos… ¡Y él tan servicial y atento! —Te lo puedes quedar —le cortó Ana—. Para mí no sirve de nada. ¡Y lo comprobé! Nada que ver ni siquiera con alguien como Esteban… —¿Esteban? —Lucía puso cara de disgusto—. ¿Tan fácil? ¿Dejaste a Stanislao por uno que ni suena? ¡Pensaba que al menos sería un Gabriel! —¡Anda y vete tú con tu Gabriel! Y también te llevas a Rafael —bufó Ana—. ¡Yo tengo a Esteban! —¿Es rico? —preguntó Lucía. —No, —Ana negó con la cabeza. —¿Es guapo? —preguntó Nati. —Corriente —ana contestó. —¿Joven y fogoso? —Lucía, con escepticismo, preguntó por si acaso. —Cuarenta y un años —pronunció despacio Ana. —¿Y para qué lo quieres? —bromeó Lucía. —¡Sabe amar! —Ana dijo soñadora, con una sonrisa de felicidad. —¡Sabe amar tanto, que estoy dispuesta a darle todo! ¡Ahora mismo se lo doy todo! ¡El piso, la casa, los coches! ¡Hasta el negocio! ¡Con tal de que esté a mi lado, con tal de que sea mío! ¡Solo mío! —Estás fatal —negó Lucía con la cabeza. —¿Dónde lo conociste? —preguntó Nati. —En internet —sonrió Ana—. Buscaba aventura para una noche… Las mujeres hechas a los negocios rara vez se casan. Y no es por la familia, sino porque los hombres llevan mal el éxito de sus esposas. Bueno, si no viven directamente a costa de ella y su dinero. Ana eligió su camino desde el instituto. Le encantaba el trabajo con abalorios; al año ya hacía joyas para sus compañeras. Y claro, cobrando algo más que caramelos. Pero estudió economía, aunque las joyas (a estas alturas, ya no solo de abalorios) le daban ingresos. La carrera y los conocimientos la llevaron a crear un negocio propio. —¡No, nada de abalorios! —sonreía Ana—. ¡Joyas artesanales! Exclusividad, detalles personalizados… —De eso hay miles —le decían—. ¡Serás una más entre millones, y malviviendo! —¿Quién ha dicho que vaya a ser artesana? Eso es poca cosa, y no da para mucho. Puedes sobrevivir, pero no vivir como quieres. Ana empezó a reunir artesanos bajo su manto. Fue un trabajo titánico: publicidad, catálogos, clientes, negociaciones, contratos. Después puntos de venta. Y más publicidad, posicionando su tienda como élite para quienes realmente entienden. No era trabajo, era esfuerzo titánico. Pero a sus treinta y cinco años Ana era una empresaria de éxito: piso céntrico, chalet, garaje para seis coches (todos caros) y una cuenta bancaria generosa. Todo lo que deseaba, podía tenerlo con solo chasquear los dedos. Pero sitio para una familia, no había. Y Ana tampoco lo echaba en falta. Para salud, ánimo y energía, tenía sus “chicos”. Pagando ciertas sumas recibía amor y adoración mientras lo necesitaba. Y se iban cuando dejaba de sentir interés. Sobretodo, últimamente la acompañaba Stasi. Chico mono. Hasta sus amigas decían que lo conservaría a largo plazo. —Puede que hasta se case con él —soñaba Nati. —Y lo perdamos para siempre… —lamentaba Lucía, que también salía con él a veces. Nadie supo por qué Ana se metió en una app de citas rápidas. Se aburría aquella noche, quería distraerse. Cuando tienes siempre a Stasi, tan dulce, de vez en cuando te apetece algo con más sal. Pero su perfil enseguida recibió muchas propuestas de chicos como Stasi. Aburrido. Por eso, el “Buenas noches” de algún Esteban le llamó la atención. —¿Charlamos? —añadió él, sin esperar respuesta. Ana decidió divertirse hablando con ese Esteban, mientras revisaba su perfil y foto. Le surgió enseguida la indignación: —¿Y a dónde vas tú? ¿No ves que en mis fotos salgo con cochazos, yates, oro y diamantes? ¿Y tú? En un salón de abuela… ¡Y tu cara no sabe lo que es el cosmetólogo! Nada de nivel. Pero siguió la charla. De todo un poco. Tuvo que admitir que Esteban era culto y leído. —¿Por qué entonces no tiene dinero? Ana preguntó así. —¿Para qué? —respondió Esteban. Semejante respuesta la dejó perpleja. —¿Cómo que para qué? ¡Para vivir bien! —Yo tengo de todo —respondió Esteban—. No me falta nada. Un reloj de millón da la misma hora que uno de cinco mil. La charla siguió. Y solo paró cuando empezó a amanecer. —Tengo que ir a trabajar —escribió Ana. —¡Buen día! —contestó Esteban—. Yo tengo horario libre. Es más fácil para mí. Todo el día Ana estuvo ocupada, pero le venía a la memoria ese extraño interlocutor. Por la tarde rechazó la invitación a la inauguración de un nuevo restaurante; puso una excusa y se fue al sofá con el iPad, escribiéndole a Esteban: —¡Hola! ¿No te has olvidado de mí? —¡Hola! No tengo problemas de memoria. Y si olvido algo, lo disfruto mucho. Y otra noche casi sin dormir, charlando. Solo descansó dos horas antes del trabajo. Y al volver a casa corría a escribirle. Dos semanas de chats virtuales dejaron a Ana deseando conocer a Esteban en persona. Siempre decía directamente lo que deseaba, así que lo escribió. Él respondió: —Ven. Y le mandó la dirección. Ana se quedó helada. Tablet en una mano, la otra suspendida en el aire. Como cuando en una conversación te quedas sin palabras. —¿Cómo que ven? —preguntó incrédula, también por escrito. —Solo ven —contestó Esteban—. Dime si prefieres té o café. Y ¿los eclairs con crema te valen? ¿O hago unos filetes a la plancha? Si esto lo preguntara alguien conocido, sería normal. Pero para una primera cita, directamente en casa de un hombre, ¿de una mujer? ¿Sola? Claro que pensó contestar que nadie se pasa así de listo, pero el deseo de verle la ganó, prefirió ser delicada: —Pensaba en un restaurante o cafetería. —¡Uff, qué pereza! —respondió él. Y Ana recordó la diferencia social y económica. —¡Mira! Pago el taxi, la cena y lo que haga falta. Acostumbrada a pagar por sus “chicos”, escribió sin reparos. —Puedo pagarlo yo sin problema —respondió Esteban—. ¡Simplemente me da pereza! Vestirse, salir, volver… ¡Y el tiempo está fatal! Que no me apetece ir a ningún lado. ¿Quieres verme? Ven. Te he mandado la dirección. —¡Ni hablar! ¡No soporto estas impertinencias! —escribió Ana, lanzando el iPad; dos días sin tocarlo, sufriendo. Esperaba que Esteban le pidiese perdón, hiciera propuestas, ofreciera cualquier restaurante. Ana esperaba eso. Pero cuando por fin revisó la conversación, su último mensaje seguía allí. Él ni contestó. La indignación explotó como tetera olvidada al fuego. Ana se permitió varios improperios sobre Esteban. Bueno, varios… Dos horas estuvo despotricando. Cuando se calmó, admitió que echaba de menos hablar con él. Y el deseo de verlo no se apaciguó, si acaso creció. —Me ha pillado el muy canalla —masculló, cogiendo de nuevo el iPad. Podría haberse sentido ofendido por su último ataque. —¡Hola! —escribió Ana, temerosa. —Hola —respondió Esteban—. ¿Qué tal? Pregunta neutrísima, como si se hubieran despedido normal la última vez. —Bien —Ana contestó—. ¿Y si hoy nos vemos? ¿O sigues con pereza? Quería pincharle. —¡Ya lo sabías! —respondió Esteban y añadió un emoticono riendo—. Me da tanta pereza incluso ir por pan… Hago tortas en la sartén. —¿Y cuándo nos veremos si te da siempre pereza? —preguntó Ana. —¿Conduces? —preguntó él. —Sí, tengo coche. —¿Funciona? —Claro —Ana se extrañó. Tiene seis coches. Si uno falla, al taller o a vender. —Te mando la dirección por si la borraste —escribió él—. Ven. *** —¡Espera, espera! —Lucía interrumpió a Ana, tomándola de la mano—. ¿De verdad fuiste a casa de un desconocido? —Sí —Ana afirmó con entusiasmo. —¿No tenías miedo? —Nati se asombró—. ¿Y si fuera un criminal? —Llevé gas pimienta —contestó Ana—. No hizo falta. —¿Fuiste en serio a casa de un tío de internet? ¿Directo, en su casa? —Lucía no se tenía—. ¡Es lo más imprudente del mundo! —Fui —Ana asintió—. ¡Y no me arrepiento ni un segundo! Chicas, estoy perdida. Y después, cuando ya lo entendí todo, me lamenté por aquellos dos días que lo ignoré. Si hubiera ido antes, habría conocido la felicidad dos días antes. —¿Qué felicidad? —Lucía preguntó. —Esa, por la que daría todo en este mundo —contestó Ana, sincera. —¿Es broma? ¿Eso de la empresa y el patrimonio? —Lucía frunció el ceño. —Yo hasta pediría créditos por él. Y luego pagaría en canteras si hace falta —Ana respondió, mano en el corazón. Nati abrió la boca de puro asombro. —Sigue contando —exigió Lucía—. Así que fuiste a verle… —Fui…

¡He desaparecido!

¡Celia! ¿Pero qué te ha pasado en las manos? se horroriza Laura.

No es nada responde Celia, tensa. Mañana por la mañana voy al salón, me arreglan las uñas y la piel vuelve a la normalidad.

¿Cómo has podido dejarte las manos así? ¿Trabajas ahora en una cantera o qué? interviene con sorna Cristina.

Ha sido solo limpieza a fondo en el piso de un soltero contesta Celia, visiblemente molesta. Y no hagáis un drama de esto, no hace falta.

¿En serio? preguntan con sorpresa sus amigas. ¿Desde cuándo llamas tu piso de soltero? Siempre habías dicho que era tu refugio…

Y ¿por qué has decidido hacerlo tú misma? Que hay profesionales para eso…

En mi casa insiste Celia siempre ha estado todo bien. ¡Siempre!

¿Has empezado a limpiar pisos ajenos? se sobresalta Cristina. Celi, somos tus amigas. Si tienes problemas de dinero, dilo. Yo te echaría una mano siempre.

Tengo dinero gruñe Celia. Y el negocio va viento en popa.

Celia, de verdad que no entiendo nada se preocupa Laura. ¿Por qué limpiar en casa ajena? ¿Y tú sola?

¿Has perdido una apuesta? propone Cristina.

Ojalá hubiera sido una apuesta Celia desvía la mirada hacia la pared. He caído, chicas. He caído de tal forma, que hubiese preferido perder el negocio y tener que trabajar limpiando pisos ajenos para ganarme la vida.

La declaración deja a sus amigas mudas.

A la mirada inquisitiva de Laura y Cristina, Celia responde con fastidio:

Me ha salido un hombre. Y tal hombre, que hubiese preferido tener ratas, pulgas o chinches en casa.

En los ojos de sus amigas no hay horror, sino puro pánico.

Celia, vete de ahí. Si dices eso… ¡huye! susurra Laura.

No puedo se retuerce Celia. ¡Ni quiero! Lo que quiero es ir con él, y lejos de él… ni pensarlo.

¿Perdona? tiembla Cristina. ¿Te estoy escuchando bien? ¡Tú, que siempre has sido fuerte, inquebrantable! ¿¡Y ahora… por un hombre!?

¡Lo sé! exclama Celia. ¡Me reconozco! Me he enfadado, he gritado… ¡Que no me he dado de cabezazos contra la pared de milagro! Aunque… igual debería probar.

Laura y Cristina están totalmente desorientadas. Ni siquiera el chiste del cabezazo les arranca una sonrisa; solo les pesa ver a Celia enfadada consigo misma.

¿Y qué pasa con Juanito? pregunta Laura de repente. Hacía buen pareja contigo. Y era tan atento, servicial…

Si lo quieres, llévatelo lo despacha Celia. Para mí no sirve. ¡Y lo comprobé! añade sin pudor. Ni se le acerca siquiera al estilo de Pedro.

¿Pedro? Cristina frunce la nariz. ¿Así de fácil? ¿Has cambiado a Juan por un tal Pedro? Yo pensé que al menos sería Ángel…

Pues llévate tú a tu Ángel. ¡Y a Rafael también lo puedes llevar! espetó Celia, casi riéndose. Yo tengo a Pedro.

¿Es rico? pregunta Cristina.

No Celia niega con la cabeza.

¿Guapo? insiste Laura.

Normalito responde Celia.

¿Joven y fogoso? pregunta Cristina con escepticismo.

Cuarenta y un años responde Celia, separando las palabras.

¿Y qué le ves? pregunta Cristina, divertida.

Sabe amar dice Celia, soñadora, mientras su rostro se ilumina con una sonrisa de absoluta felicidad. Sabe querer como nadie. ¡Le daría todo lo que tengo!

¡Ahora mismo le daría todo! Piso, casa, coches… ¡Incluso el negocio! Si con eso se queda a mi lado, si con eso es mío, solo mío.

Estás loca niega Cristina.

¿Dónde lo has encontrado? pregunta Laura.

Por internet sonríe Celia. Buscaba una aventura para el sábado…

Las mujeres que se dedican al negocio pocas veces tienen pareja estable. No es cuestión de familia, sino de que los hombres llevan mal el éxito de la mujer.

A no ser que descaradamente vivan a costa de ella y su dinero.

Celia se eligió a sí misma desde el instituto. Empezó haciendo pulseras de abalorios, y en un año ya vendía bisutería a sus compañeras. Y cobraba en euros, nada de caramelos.

Aunque estudió economía, siguió haciendo joyas artesanales, y no solo de abalorios; eso acabó siendo su fuente de ingresos.

El conocimiento y la formación le llevaron a ver que podía ser un buen negocio.

No, no son abalorios Celia se ríe. ¡Joyas hechas a mano! Exclusivas. Y adaptadas al gusto de cada cliente.

Hay mil artesanas en eso le decían. Serás una más, viviendo como puedes.

¿Quién ha dicho que quiero ser artesana simplemente?

Eso era limitarse, no tenía futuro para crecer. Vivir, sí, pero no como ella soñaba. Celia empezó a unir artesanos bajo su marca.

El trabajo era inmenso: publicidad, catálogos, clientes, negociaciones, contratos. Luego los puntos de venta. Más publicidad para posicionar su tienda como exclusiva, para quienes realmente saben.

No era un trabajo, era una labor titánica, pero Celia, a sus treinta y cinco años, es una mujer de negocios exitosa, con todo y más.

Piso, chalet en la sierra, garaje para seis coches y coches de alta gama. Además de una cuenta bancaria bien saneada.

Cualquier capricho se lo podía permitir con un chasquido de dedos.

Solo no había sitio para la familia. Y Celia no lo echaba de menos. Para la salud, el ánimo y la productividad tenía chicos.

Por una suma, estaban dispuestos a querer, adorar y desaparecer cuando dejaba de interesarle.

En los últimos meses, el habitual era Juanito. Un chico simpático. Sus amigas creían que lo acabaría dejando para siempre a su lado.

Igual hasta se casa con él soñaba Laura.

Y lo perderemos como amigo lamentaba Cristina.

También Cristina tenía sus citas con Juanito alguna vez.

Nadie supo qué le dio a Celia por entrar en la app de citas rápidas una noche de aburrimiento. Quería variar el plan.

Cuando tienes siempre dulzura a tu lado, a veces apetece algo salado.

Pero al aparecer su perfil en activo, empezaron a llegar propuestas de chicos idénticos a Juanito. Aburrido.

Así que el Buenas noches de un tal Pedro le llamó la atención.

¿Charlamos? añadió sin esperar respuesta.

Celia decidió pasar el rato hablando con ese Pedro. Mientras tanto, leía su perfil y veía sus fotos.

De inmediato le vino al pensamiento:

¿Dónde vas tú? ¿No ves que yo salgo en yates, coches, oro y diamantes? ¿Y tú? En casa como la de mi abuela… ¡Y la cara, ni pisó un centro de estética en su vida!

Nada de su nivel.

Pero siguieron hablando, de todo. Al poco, Celia admite que Pedro es muy leído y culto.

¿Y por qué no eres rico? le preguntó, directa.

¿Para qué? respondió Pedro.

Esa respuesta la descolocó.

¿Cómo que para qué? replicó Celia. ¡Para vivir bien!

A mí no me falta nada responde él. No necesito más. Un reloj de diez mil euros da la misma hora que uno de cincuenta.

La conversación continúa. No paran hasta el amanecer.

Me tengo que ir a trabajar escribe Celia.

Buen viaje le contesta Pedro. Yo tengo horario libre, es más fácil.

Durante el día, Celia no piensa mucho en ese extraño interlocutor, pero de vez en cuando, le viene a la cabeza.

Por la tarde, rechaza asistir a la inauguración de un restaurante, invitación del dueño. Se excusa con trabajo urgente, pero se tira en el sofá con la tablet y escribe a Pedro:

¿Hola! ¿Te has olvidado de mí?

¡Hola! ¡No sufro de amnesia! Y si olvido algo, es que me da placer hacerlo.

Vuelven a escribir casi toda la noche. Celia duerme apenas dos horas antes del trabajo, pero solo quiere llegar a casa y charlar con Pedro.

Tras dos semanas de escribir por internet, Celia siente que necesita verlo en persona.

Como es directa, lo propone. La respuesta le deja helada:

Ven.

Le pasa el domicilio.

Celia se queda petrificada, la tablet en una mano y la otra en suspenso. Como si hablara y se quedara sin palabras.

¿Cómo que ven? dice en voz alta, aturdida.

Escribe lo mismo.

Simplemente, ven contesta Pedro. Pero dime si prefieres té o café, ¿y los eclairs con crema? ¿O hago un chuletón a la plancha?

Si fuera alguien conocido, sería normal. Pero ir directamente a casa de un hombre en la primera cita, ¿así?

Querría pensar que aquel tío se ha pasado de atrevido, pero el deseo de verlo puede más.

Yo pensaba en un café o un restaurante le escribe.

Buf, qué pereza le responde.

Entonces Celia recuerda la diferencia de posición social y económica.

Vale, yo te pago el taxi ida y vuelta, y la cena, y lo que haga falta.

Acostumbrada a chicos por cuenta propia, lo escribe sin pensar.

Pago yo todo si quiero le dice Pedro, pero de verdad, qué pereza salir, vestirse, ir, volver… Y además hace un día malo.

Resumiendo: qué pereza ir a ningún lado. Si quieres verme, ven tú. Te mandé la dirección.

¡Mira! ¡Que yo no aguanto esas groserías! escribe Celia y tira la tablet.

Dos días sin tocarla, se aguanta. Sabe que espera que Pedro se disculpe, le ruegue, le proponga cualquier restaurante elegante.

Celia espera todo eso, pero cuando abre el chat, su último mensaje sigue ahí y Pedro ni se molestó en responder.

Su indignación sube como un hervor. Durante dos horas echa pestes de Pedro.

Cuando por fin se calma, se da cuenta de que le falta hablar con él. Y las ganas de verlo crecen.

¡Me ha calado, el tío! refunfuña, vuelve a coger la tablet.

Él podría haberse molestado por su último mensaje.

¡Hola! escribe Celia y espera.

Hola responde Pedro. ¿Qué tal?

Pregunta neutral, como si la última vez hubieran acabado tan normal.

Bien contesta Celia. ¿Y hoy podríamos vernos? ¿O te da pereza de nuevo?

Se lo suelta, por si acaso.

Ya me conoces responde Pedro y manda un emoticono riendo. Da tanta pereza que ni por pan salgo, hago tortas en la sartén.

¿Y cuándo nos veremos si siempre te da pereza? pregunta Celia.

¿Tienes coche? él pregunta.

Claro, tengo coche.

¿Funciona?

Sí Celia duda.

Tiene seis coches. Si alguno falla, lo arregla o lo vende.

Te paso mi dirección de nuevo si la borraste escribe Pedro. Ven cuando quieras.

***

¡Espera! ¡Espera! interrumpe Cristina, agarrando la mano de Celia. ¿De verdad fuiste a casa de un desconocido?

Sí dice Celia y asiente con fuerza.

¿No te dio miedo? pregunta Laura, inquieta. ¿Y si es peligroso, un criminal…?

Me llevé el espray de defensa responde Celia. Pero no hizo falta.

¿Fuiste tal cual a casa de un hombre de internet? ¿Así, directamente? Cristina no lo acepta. ¡Es el colmo de la locura!

Fui asiente Celia. Y no me arrepiento ni un segundo.

Chicas, he desaparecido.

Cuando ya lo entendí todo, me reproché los dos días en los que estuve castigando a Pedro.

Si hubiera ido antes, habría disfrutado la felicidad durante dos días más.

¿Qué felicidad? pregunta Cristina.

La que lo daría todo por ella contesta Celia con total sinceridad.

¿De verdad? ¿Lo del negocio y la casa? Cristina frunce el ceño.

Por él me endeudo si hace falta. Y si toca, ¡me pongo a picar piedra! asegura Celia, mano en el pecho.

Laura se queda boquiabierta de sorpresa.

¡Cuéntanos más! ordena Cristina. Así que fuiste a verle…

Fui…

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Estoy perdida —¡Ana! ¿Qué te ha pasado en las manos? —se alarmó Nati. —No pasa nada —respondió Ana, tensa—. Mañana por la mañana voy al salón y me devolverán las uñas y la piel normal. —¿Cómo has conseguido dejarte las manos así? ¿Es que ahora te dedicas a excavar en canteras? —apoyó su amiga Lucía. —Solo ha sido una limpieza a fondo en un piso de soltero —respondió Ana, visiblemente molesta—. ¡Y no hagáis una tragedia de esto! —¿En serio? —se sorprendieron las amigas—. Y ¿desde cuándo llamas a tu casa piso de soltero? Siempre decías que era tu nidito… ¿Y por qué te has puesto tú a hacer esa limpieza? Para eso hay gente especializada… —En mi casa —respondió Ana con énfasis— está todo perfecto, ¡y siempre lo ha estado! —¿Es que ahora te dedicas a limpiar pisos ajenos? —Lucía se sobresaltó—. Ana, ¡somos amigas! Si tienes problemas de dinero, ¡dímelo! Siempre te apoyaría. —Tengo dinero —gruñó Ana— y el negocio marcha bien. —Anita, no entiendo nada de nada —se preocupó Nati—. ¿Por qué te has puesto a limpiar la casa de otro? ¿Y por qué tú sola? —¿Perdiste una apuesta? —supuso Lucía. —¡Ojalá hubiera perdido una apuesta! —desvió la mirada Ana, distraída—. La he liado, mejor habría perdido el negocio y tendría que ganarme la vida limpiando casas ajenas. Tal revelación dejó a las amigas completamente descolocadas. Mirando la pregunta muda en los ojos de sus amigas, Ana murmuró desagradada: —Me ha salido un hombre. Y de tal calibre, que mejor habría tenido piojos, ratones y chinches… En los ojos de sus amigas no había horror, sino pánico. —Ana, huye de él. Si dices eso, huye —susurró Nati. —No puedo —se retorció Ana—. ¡Y tampoco quiero! Quiero ir con él, ¡alejarme de él ni de broma! —¿Qué dices? —Lucía se echó hacia atrás—. ¿Ana, eres tú? ¡Si siempre has sido de acero! ¡Nadie podía doblarte! ¡Y ahora… un hombre! —¡Ya lo sé! —saltó Ana, furiosa—. ¡Lo sé todo! ¡Ni yo me reconozco! ¡Me enfadé, grité! Solo me faltó darme cabezazos contra la pared. Aunque, quizá deba probar… Lucía y Nati estaban perdidas. Alegaron, ante la propuesta de encontrarse con la pared, que no era buena idea. Y lo que más las preocupaba era ver cómo Ana se enfadaba consigo misma. —¿Y qué pasó con Stasi? —preguntó Nati, desubicada—. Os veíamos muy bien juntos… ¡Y él tan servicial y atento! —Te lo puedes quedar —le cortó Ana—. Para mí no sirve de nada. ¡Y lo comprobé! Nada que ver ni siquiera con alguien como Esteban… —¿Esteban? —Lucía puso cara de disgusto—. ¿Tan fácil? ¿Dejaste a Stanislao por uno que ni suena? ¡Pensaba que al menos sería un Gabriel! —¡Anda y vete tú con tu Gabriel! Y también te llevas a Rafael —bufó Ana—. ¡Yo tengo a Esteban! —¿Es rico? —preguntó Lucía. —No, —Ana negó con la cabeza. —¿Es guapo? —preguntó Nati. —Corriente —ana contestó. —¿Joven y fogoso? —Lucía, con escepticismo, preguntó por si acaso. —Cuarenta y un años —pronunció despacio Ana. —¿Y para qué lo quieres? —bromeó Lucía. —¡Sabe amar! —Ana dijo soñadora, con una sonrisa de felicidad. —¡Sabe amar tanto, que estoy dispuesta a darle todo! ¡Ahora mismo se lo doy todo! ¡El piso, la casa, los coches! ¡Hasta el negocio! ¡Con tal de que esté a mi lado, con tal de que sea mío! ¡Solo mío! —Estás fatal —negó Lucía con la cabeza. —¿Dónde lo conociste? —preguntó Nati. —En internet —sonrió Ana—. Buscaba aventura para una noche… Las mujeres hechas a los negocios rara vez se casan. Y no es por la familia, sino porque los hombres llevan mal el éxito de sus esposas. Bueno, si no viven directamente a costa de ella y su dinero. Ana eligió su camino desde el instituto. Le encantaba el trabajo con abalorios; al año ya hacía joyas para sus compañeras. Y claro, cobrando algo más que caramelos. Pero estudió economía, aunque las joyas (a estas alturas, ya no solo de abalorios) le daban ingresos. La carrera y los conocimientos la llevaron a crear un negocio propio. —¡No, nada de abalorios! —sonreía Ana—. ¡Joyas artesanales! Exclusividad, detalles personalizados… —De eso hay miles —le decían—. ¡Serás una más entre millones, y malviviendo! —¿Quién ha dicho que vaya a ser artesana? Eso es poca cosa, y no da para mucho. Puedes sobrevivir, pero no vivir como quieres. Ana empezó a reunir artesanos bajo su manto. Fue un trabajo titánico: publicidad, catálogos, clientes, negociaciones, contratos. Después puntos de venta. Y más publicidad, posicionando su tienda como élite para quienes realmente entienden. No era trabajo, era esfuerzo titánico. Pero a sus treinta y cinco años Ana era una empresaria de éxito: piso céntrico, chalet, garaje para seis coches (todos caros) y una cuenta bancaria generosa. Todo lo que deseaba, podía tenerlo con solo chasquear los dedos. Pero sitio para una familia, no había. Y Ana tampoco lo echaba en falta. Para salud, ánimo y energía, tenía sus “chicos”. Pagando ciertas sumas recibía amor y adoración mientras lo necesitaba. Y se iban cuando dejaba de sentir interés. Sobretodo, últimamente la acompañaba Stasi. Chico mono. Hasta sus amigas decían que lo conservaría a largo plazo. —Puede que hasta se case con él —soñaba Nati. —Y lo perdamos para siempre… —lamentaba Lucía, que también salía con él a veces. Nadie supo por qué Ana se metió en una app de citas rápidas. Se aburría aquella noche, quería distraerse. Cuando tienes siempre a Stasi, tan dulce, de vez en cuando te apetece algo con más sal. Pero su perfil enseguida recibió muchas propuestas de chicos como Stasi. Aburrido. Por eso, el “Buenas noches” de algún Esteban le llamó la atención. —¿Charlamos? —añadió él, sin esperar respuesta. Ana decidió divertirse hablando con ese Esteban, mientras revisaba su perfil y foto. Le surgió enseguida la indignación: —¿Y a dónde vas tú? ¿No ves que en mis fotos salgo con cochazos, yates, oro y diamantes? ¿Y tú? En un salón de abuela… ¡Y tu cara no sabe lo que es el cosmetólogo! Nada de nivel. Pero siguió la charla. De todo un poco. Tuvo que admitir que Esteban era culto y leído. —¿Por qué entonces no tiene dinero? Ana preguntó así. —¿Para qué? —respondió Esteban. Semejante respuesta la dejó perpleja. —¿Cómo que para qué? ¡Para vivir bien! —Yo tengo de todo —respondió Esteban—. No me falta nada. Un reloj de millón da la misma hora que uno de cinco mil. La charla siguió. Y solo paró cuando empezó a amanecer. —Tengo que ir a trabajar —escribió Ana. —¡Buen día! —contestó Esteban—. Yo tengo horario libre. Es más fácil para mí. Todo el día Ana estuvo ocupada, pero le venía a la memoria ese extraño interlocutor. Por la tarde rechazó la invitación a la inauguración de un nuevo restaurante; puso una excusa y se fue al sofá con el iPad, escribiéndole a Esteban: —¡Hola! ¿No te has olvidado de mí? —¡Hola! No tengo problemas de memoria. Y si olvido algo, lo disfruto mucho. Y otra noche casi sin dormir, charlando. Solo descansó dos horas antes del trabajo. Y al volver a casa corría a escribirle. Dos semanas de chats virtuales dejaron a Ana deseando conocer a Esteban en persona. Siempre decía directamente lo que deseaba, así que lo escribió. Él respondió: —Ven. Y le mandó la dirección. Ana se quedó helada. Tablet en una mano, la otra suspendida en el aire. Como cuando en una conversación te quedas sin palabras. —¿Cómo que ven? —preguntó incrédula, también por escrito. —Solo ven —contestó Esteban—. Dime si prefieres té o café. Y ¿los eclairs con crema te valen? ¿O hago unos filetes a la plancha? Si esto lo preguntara alguien conocido, sería normal. Pero para una primera cita, directamente en casa de un hombre, ¿de una mujer? ¿Sola? Claro que pensó contestar que nadie se pasa así de listo, pero el deseo de verle la ganó, prefirió ser delicada: —Pensaba en un restaurante o cafetería. —¡Uff, qué pereza! —respondió él. Y Ana recordó la diferencia social y económica. —¡Mira! Pago el taxi, la cena y lo que haga falta. Acostumbrada a pagar por sus “chicos”, escribió sin reparos. —Puedo pagarlo yo sin problema —respondió Esteban—. ¡Simplemente me da pereza! Vestirse, salir, volver… ¡Y el tiempo está fatal! Que no me apetece ir a ningún lado. ¿Quieres verme? Ven. Te he mandado la dirección. —¡Ni hablar! ¡No soporto estas impertinencias! —escribió Ana, lanzando el iPad; dos días sin tocarlo, sufriendo. Esperaba que Esteban le pidiese perdón, hiciera propuestas, ofreciera cualquier restaurante. Ana esperaba eso. Pero cuando por fin revisó la conversación, su último mensaje seguía allí. Él ni contestó. La indignación explotó como tetera olvidada al fuego. Ana se permitió varios improperios sobre Esteban. Bueno, varios… Dos horas estuvo despotricando. Cuando se calmó, admitió que echaba de menos hablar con él. Y el deseo de verlo no se apaciguó, si acaso creció. —Me ha pillado el muy canalla —masculló, cogiendo de nuevo el iPad. Podría haberse sentido ofendido por su último ataque. —¡Hola! —escribió Ana, temerosa. —Hola —respondió Esteban—. ¿Qué tal? Pregunta neutrísima, como si se hubieran despedido normal la última vez. —Bien —Ana contestó—. ¿Y si hoy nos vemos? ¿O sigues con pereza? Quería pincharle. —¡Ya lo sabías! —respondió Esteban y añadió un emoticono riendo—. Me da tanta pereza incluso ir por pan… Hago tortas en la sartén. —¿Y cuándo nos veremos si te da siempre pereza? —preguntó Ana. —¿Conduces? —preguntó él. —Sí, tengo coche. —¿Funciona? —Claro —Ana se extrañó. Tiene seis coches. Si uno falla, al taller o a vender. —Te mando la dirección por si la borraste —escribió él—. Ven. *** —¡Espera, espera! —Lucía interrumpió a Ana, tomándola de la mano—. ¿De verdad fuiste a casa de un desconocido? —Sí —Ana afirmó con entusiasmo. —¿No tenías miedo? —Nati se asombró—. ¿Y si fuera un criminal? —Llevé gas pimienta —contestó Ana—. No hizo falta. —¿Fuiste en serio a casa de un tío de internet? ¿Directo, en su casa? —Lucía no se tenía—. ¡Es lo más imprudente del mundo! —Fui —Ana asintió—. ¡Y no me arrepiento ni un segundo! Chicas, estoy perdida. Y después, cuando ya lo entendí todo, me lamenté por aquellos dos días que lo ignoré. Si hubiera ido antes, habría conocido la felicidad dos días antes. —¿Qué felicidad? —Lucía preguntó. —Esa, por la que daría todo en este mundo —contestó Ana, sincera. —¿Es broma? ¿Eso de la empresa y el patrimonio? —Lucía frunció el ceño. —Yo hasta pediría créditos por él. Y luego pagaría en canteras si hace falta —Ana respondió, mano en el corazón. Nati abrió la boca de puro asombro. —Sigue contando —exigió Lucía—. Así que fuiste a verle… —Fui…
Nicolás acudió a la llamada. Le abrieron la puerta un niño de unos diez años y una niña. —Mi madre llegará pronto, pase usted—dijo el niño—. El grifo de la cocina gotea.