No te imaginas lo que me pasó hace unos años, aún lo recuerdo como si fuese ayer. Estaba con mi amiga Rosalía en el banco del parque, charlando y riendo como si nada. De repente, se nos acercó una chica cuya cara ya me sonaba del centro de día del barrio, esa residencia donde cuidan a chicos con diversidad funcional.
A ver, confesad, ¿quién de vosotras es Lucía? preguntó con esa mirada pícara y casi desafiante.
Soy yo, ¿por? respondí, sin entender nada.
Toma, Lucía. Es una carta de Álvaro. Sacó del bolsillo de su bata un sobre arrugado y me lo tendió.
¿De Álvaro? ¿Y él dónde está? me sorprendí.
Lo han trasladado al centro para adultos. Te esperaba como agua de mayo, Lucía, no dejaba de mirar por la ventana para ver si venías. Me dio la carta para que le revisara las faltas antes de dártela. No quería quedar mal contigo. Bueno, me voy, enseguida toca la comida. Trabajo de educadora aquí me dijo con cierto reproche antes de irse, suspirando.
Te juro que todo empezó por casualidadun verano teníamos dieciséis años, estábamos de vacaciones y éramos dos buscadoras de aventuras. Rosalía y yo nos colamos por pura travesura en los jardines de ese centro. Nos sentamos en un banco cómodo, y entre risas y bromas, aparecieron dos chicos a nuestro lado.
¡Hola, chicas! ¿Aburridas? ¿Nos presentamos? dijo uno, tendiéndome la mano. Álvaro.
Encantada, soy Lucía y mi amiga es Rosalía, ¿y tu amigo?
León murmuró el otro tímidamente.
Nos parecieron chicos raros, muy formales y muy correctos. Hasta que Álvaro, con aire serio, casi de padre, nos soltó:
¿Por qué lleváis faldas tan cortas? Y Rosalía, ese escote es muy atrevido.
¡Ay, chicos! Que no miréis lo que no debéis, que os vais a quedar bizcos de tanto mirar nos moríamos de risa.
No puedo evitarlo, Lucía, somos hombres. ¿Encima fumáis? siguió el prudente de Álvaro.
Claro que fumamos, pero sólo de vez en cuando le seguí yo la broma, muerta de risa.
Después nos dimos cuenta de que los dos tenían problemas al andar. Álvaro apenas podía moverse, y León cojeaba mucho.
¿Estáis aquí para tratamiento? pregunté.
Sí, tuve un accidente con la moto. León se tiró al agua desde una roca y cayó mal respondió Álvaro casi como si fuera una respuesta ensayada. Nos darán el alta pronto.
Nosotras les creímos sin sospechar nada. Ni Rosalía ni yo sabíamos que ellos vivían en ese centro desde que eran pequeños, que ahí era su hogar y su refugio. Cada uno inventaba historias distintas para explicar sus heridas: accidentes, peleas, caídas desafortunadas… Pero Ávaro y León eran inteligentes, muy leídos y con una madurez que nos sorprendía.
Empezamos a ir a verles cada semana, te lo prometo: por empatía y porque de verdad entre ellos aprendíamos mucho. Los chicos agradecían nuestra compañía, era aire fresco en su rutina cerrada. Álvaro me traía flores de la propia entrada del centro y León cada vez le regalaba a Rosalía una figura de papel, esas que hacía con tanto mimo y vergüenza.
Los cuatro en aquel banco, Álvaro siempre a mi lado, León de espaldas pero solo atento a Rosalía. Ella se ponía colorada, le encantaba ese chico tímido y dulce. Era una época tan bonita, tan de risas fáciles y conversaciones sin rumbo.
El verano, con su sol suave, pasó volando. Llegó el otoño lluvioso, el final de las vacaciones y el inicio del último curso de instituto. Los días se hicieron tan ajetreados que Ávaro y León quedaron en el olvido para nosotras.
Llegaron los exámenes, la selectividad, la fiesta de graduación Todo era nuevo, emocionante, una etapa más. Cuando acabó el curso, Rosalía y yo decidimos por impulso ir a visitar de nuevo el centro del barrio. Nos sentamos en nuestro banco, esperando escuchar pasos, ver a Álvaro con su ramo o a León con su origami. Dos horas estuvimos allí, pero nadie vino.
De repente, salió aquella educadora y me entregó la carta de Álvaro. No pude aguantar y la abrí enseguida. Te leo un trocito, que no me lo quito de la cabeza:
Mi querida Lucía: Eres mi flor perfumada, mi estrella lejana. Quizá no sepas que me enamoré de ti a primera vista. Pasar contigo esas tardes me daba vida. Llevo medio año mirando por la ventana esperando verte, pero no vienes. Sé que nuestros caminos van por separado, pero gracias a ti conocí el amor real. Recuerdo tu voz suave, tu sonrisa y tus manos. Qué vacío siento sin ti, Lucía. Ojalá te viera una vez más, pero ya no tengo fuerzas. León y yo cumplimos dieciocho; nos trasladarán a otro centro en primavera. Dudo que volvamos a vernos. Mi alma está rota, pero espero curarme de ti algún día. Adiós, mi niña bonita.
Firmado: Siempre tuyo, Álvaro.
Dentro había una flor seca. Me dio una pena tremenda, de veras. Me sentí fatal, como si de alguna manera hubiera jugado con sus sentimientos sin querer. Me vino a la cabeza aquella frase tan cierta: Somos responsables de lo que domesticamos.
Nunca imaginé lo profundas que eran las emociones de Álvaro. Yo nunca sentí nada fuerte por él, era más curiosidad y amistad. Puede que alguna vez le guiñase un ojo, le coqueteara, pero nunca imaginé que ese juego llegara tan lejos.
Ha pasado muchísimo tiempo. La carta se ha amarilleado, la flor ya es polvo. Pero recuerdo aquellas tardes inocentes, aquellas risas, aquellas historias exageradas de Álvaro, que nos hacían sentir tan vivas.
Y fíjate, la historia tiene final feliz por otro lado. Rosalía se volcó con León, entendió su vida y supo ver lo que nadie quería ver. Los padres de León lo dejaron por su rareza: nació con una pierna mucho más corta que la otra y eso fue demasiado para ellos. Rosalía estudió Magisterio y ahora trabaja en un centro para jóvenes con discapacidad, es la gran educadora y León su marido. Tienen dos hijos ya adultos.
Álvaro, según me contó León, vivió mucho tiempo solo. A los cuarenta su madre apareció, lo vio en el centro, y se rompió de dolor. Se lo llevó al pueblo y ahí se les perdió la pista.
Son historias que te marcan, y nunca olvidas el primer amor, aunque fuese imposible querer.







