¿Nos das las llaves de vuestra casa en el campo? Que nos vamos a vivir allí unos días, dijeron los amigos. Y los esposos aceptaron, sin pensar mucho en las consecuencias.
A Miguel se le puso mala la madre, así que él y su esposa Isabel decidieron quedarse en Madrid durante las fiestas de Año Nuevo. Recibieron el año nuevo tranquilos, en plan familiar y sin mucho alboroto. Sus amigos, Carmen y Alberto, se llevaron una pequeña decepción porque Miguel e Isabel les habían prometido pasar juntos el fin de año en la casa rural cerca de Segovia, pero ¿quién iba a prever que doña Mercedes iba a pillar la gripe justo en Nochevieja?
Aun así, Isabel sentía un poco de culpa por haberles dejado colgados. Por eso, cuando Carmen la llamó el dos de enero para contarle lo desastre que habían sido sus Navidades apiñados en un piso en Carabanchel, a Isabel le dio otro pinchazo de remordimiento.
Es que encima tuve que aguantar los berrinches de la suegra, chica. Se presentó el treinta y uno y suelta que el radiador no le funciona. Dice que no se va de nuestra casa hasta que el del mantenimiento arregle los tubos. Yo no puedo más. ¡Te juro que me divorcio de Alberto por culpa de su madre! despotricaba Carmen.
Jolín, lo siento. Nosotros con doña Mercedes nos llevamos bien aunque la pobrecilla con la gripe está imposible se lamentó Isabel. Si pudiera ayudarte, encantada.
Pues sí que puedes, Isa
¿Cómo?
Déjame las llaves de la casa de Segovia. Nos escapamos Alberto y yo, dejamos a mi suegra en casa y que se haga caldo con sus propias neuras.
Isabel se quedó pensando. Por un lado, le dolía ver a Carmen sufriendo, pero por otro ¿qué diría Miguel? Aunque la casa era de ambos, oficialmente la escritura estaba a nombre de él.
Yo no sé, Carmen. Tengo que preguntarle a mi marido.
Por supuesto, mujer. Pero te juro que vamos a tratar la casa mejor que los museos.
Aunque, lo mismo la carretera está tapada de nieve Es que no hemos llamado al del tractor dudó Isabel.
Nada, tranquila. Tenemos SUV. ¡Llegamos fijo!
El tema es que no revisamos el sistema hace tiempo. Igual sería mejor que alguien fuera antes por si acaso
Isa, que no somos unos críos, que Alberto ha estado arreglando calderas toda la vida. No vamos a romper nada, sino que incluso, si hace falta, arreglamos.
Carmen sonaba tan convincente, que Isabel pensó ¿y por qué no?. Le prometió llamar y se fue a comentar el plan con Miguel.
¿De verdad te parece buena idea?
Ni idea, Miguel. Pero Carmen y yo somos amigas de toda la vida. Si no fuera por tu madre, estaríamos con ellos allí pasándolo bien
Si pasa algo, no vamos a poder ir rápido. No es aquí al lado. Y no quiero dejar a mi madre sola.
Por eso te lo consulto. Quería decirles que no, pero de verdad que Carmen está desesperada con su suegra. Dice que la madre de Alberto es una cruz y su matrimonio está al límite.
Pensaron un poco más y, para qué negarlo, les pudo la compasión. Si ellos podían salvar el matrimonio de Carmen y Alberto con un gesto, ¿quiénes eran para decir que no?
Les damos las llaves. Que se arreglen solos. Y que no nos den la murga dijo Miguel.
Enseguida Carmen supo que Isabel le confiaba oro puro.
¡Gracias, Isa! Te llamo para contarte todo dijo, mientras ya se las veía bajando de Madrid.
El viaje a Segovia les llevó más de tres horas. El campo era precioso, tranquilo, puro rural de Castilla. Pero, como temían Miguel e Isabel, las nevadas de fiestas habían tapado el acceso y ni el SUV podía con tanta nieve. Carmen y Alberto tuvieron que llamar a los anfitriones.
¿Y ahora qué hacemos? preguntaban.
Volved. El tres de enero nadie os va a limpiar la carretera, que todos están de vacaciones.
Ni hablar, que ya hemos hecho medio Castilla en coche ¿No dijiste que Miguel conoce a uno del tractor en el pueblo?
Sí, el tal Manolo. Él limpia los caminos.
Pues llama, por favor, que nos saque del apuro.
Te paso el número cedió Isabel.
Media hora después Carmen volvió a llamar:
No coge el móvil. Que Miguel lo llame, seguro que ve número desconocido y pasa.
Ok, espera.
Isabel casi tuvo que rogarle a Miguel, pero al final Manolo prometió ir en una hora.
Miguel estuvo de los nervios todo ese rato. Carmen llamaba sin parar para preguntar cuánto faltaba, como si el tractor fuera AVE y él el jefe de la estación. Al final, Isabel estaba tan cansada de la situación que se sentía la mala de la película.
Por suerte, Manolo apareció y limpió la entrada. Pero claro, la puerta seguía cubierta y nadie quería palear. Así que Alberto se pringó, abrió una trocha, y lograron acceder.
Al entrar, los radiadores ni calentaban. Había que toquetear el sistema. Alberto, que presumía de saber de calderas, reconoció que ni idea de cómo funcionaba esa. Tocó volver a llamar a Miguel, que tuvo que estarle explicando por WhatsApp durante dos horas cómo funcionaba la reliquia.
Esto no lo he visto en mi vida debe de ser modelo del siglo pasado.
Pues lo importante es que tire, hombre saltó Miguel, ya con los nervios encima porque intuía que esto iba para largo.
Y así fue. Carmen llamaba por todo. Que dónde estaba la sartén, que si no había suficiente calor, que el ambientador de la casa olía raro. Cuando llegó la noche, Isabel y Miguel apagaron los móviles para dormir una vez en paz.
Al día siguiente, se encontraron decenas de llamadas perdidas. Algo había pasado.
¿Habrá ardido la casa? preguntó Miguel.
Ni idea Isabel, preocupada, llamó a Carmen.
¡Por fin! ¿Dónde os habéis metido?
Dormíamos
Ha habido un percance. La sauna olía a humo, ¡casi nos quemamos vivos!
Madre mía
Es que, ¿quién monta estufas así?
¿Qué le pasa?
Pues que no dijiste que tenía tapón la chimenea. Menos mal que Alberto, que tiene cabeza, lo vio a tiempo.
Perdón, es que no pensé que fuerais a usar la sauna nada más llegar. Y
¡Pero si estamos de visita! Pensamos aprovecharlo todo. Si la sauna está, se usa. Eso sí, llegar fue una odisea, la nieve nos tapaba hasta el tejado.
Usadla con salud balbuceó Isabel.
Encima no encontramos la barbacoa.
Se rompió la vieja.
¡Vamos, y ni avisáis! ¿Ahora dónde hacemos las costillas? remató Carmen.
No sé, Carmen. Bastante tengo con lo de mi suegra, con vosotros y el trabajo. La barbacoa solucionadla como podáis. Pero no me queméis la casa, porfa.
Colgó. Sinceramente, la actitud de Carmen empezaba a agobiarle.
¿Problemas nuevos? preguntó Miguel.
Ya ves.
Le contó la última. Miguel resopló.
Alberto vino conmigo en verano, sabe dónde va el tapón. No hay motivo para quejarse. La barbacoa tampoco, que no somos un chiringuito. Si quieren paella, tampoco les damos el paellero. Que vayan al pueblo, compren una desechable y ya.
Eso fue justo lo que Isabel le transmitió a Carmen.
Vale, Isa. Lo pillo. Nos vamos al pueblo, además ahora que está la carretera limpia gracias a nosotros
Para sorpresa de Isabel, después de eso Carmen dejó de llamar. Tal vez cayó en la cuenta de que su amiga estaba saturada de ejercer de anfitriona por WhatsApp.
Hace mucho que no dan señales. ¿Les habrá pasado algo? se preguntó Miguel.
Carmen no cogió el teléfono, pero mandó un mensaje: todo ok.
Así que Miguel e Isabel decidieron pasar página, confiar en sus amigos y disfrutar los días restantes en calma.
Al final de las fiestas, doña Mercedes ya estaba mejor.
¿Por qué no vas tú a Segovia a por las llaves? Así ves cómo han dejado todo sugirió Isabel.
Sí, mañana hago la rutita. Así miro la casa, la sauna todo.
Miguel se fue, Isabel se quedó con la suegra. Avisó a los amigos que Miguel iba para allá, pensando que la entrega sería normal. Se equivocó. Miguel volvió a Madrid cabreado, sin muchas ganas de hablar.
Carmen desveló el misterio al día siguiente, invitando a Isabel a merendar. Vivían en la calle de al lado.
¿La suegra te deja respirar? preguntó Isabel.
Por fin se fue a su piso, arreglaron los radiadores y todo contestó Carmen.
Fantástico. Paso en un rato.
No avisó a Miguel, que ni quería oír hablar de amigos. Isabel fue, porque quería saber el motivo.
Carmen lo soltó sin preámbulos:
Mira, aquí tienes le dijo, dando un papel.
¿Esto qué es?
Nuestra lista de gastos en vuestra casa rural.
Isabel la recorrió con la vista: pago al tractorista, pala eléctrica, barbacoa desechable, carbón, encendedor, rejilla, tres bombillas y aceites esenciales para la sauna.
Todo lo que compramos allí.
¿Y por qué me lo enseñas?
Pues porque los dejamos en la casa, podéis usarlos. Así que lo justo es que repartamos los gastos a medias.
Isabel la miró sin poder creerlo. ¿Estaba Carmen hablando en serio?
¿Es broma, no? se rio Isabel.
Nada de broma. Si tuvierais barbacoa, no habríamos gastado en una nueva ni en utensilios. Si tuvierais pala decente, no habríamos comprado una eléctrica. Manolo, claro, si hubiera limpiado antes, no hubiéramos perdido dos horas de gasolina. Y encima, ni champú en la sauna. Todo lo compré yo.
Carmen, creo que te has emocionado. Primero, esto no es un hotel. La pala y la barbacoa las comprasteis porque quisisteis, así que si queréis, llevároslas. Igual que los aceites y el carbón. La limpieza de la carretera la pagasteis por decisión propia; la próxima vez estará llena de nieve y lo normal es que no cueste nada, pero en fiestas, ya se sabe. Y lo de pagar la bombilla sí que lo hago, que eso sí es útil. Te paso tres euros ochenta por Bizum y otra cosa.
Se levantó y se fue sin decir nada más. Desde entonces, no respondió llamadas ni mensajes, y los esposos recogieron todas las cosas, se las enviaron por mensajero, y tan contentos.
Doña Mercedes estaba como nueva, y Miguel e Isabel volvieron a ir al campo los fines de semana. Carmen y Alberto, en cambio, perdieron esa ventaja. A raíz de aquello la amistad se fue al garete. Los generosos esposos ya no prestaban su casa a nadie, ni querían saber nada de los dramas ajenos. Lo hacían por ayudar ¿y el resultado? ¡Ingratos!, decía Carmen a Alberto, marcando una y otra vez el móvil de Isabel. La pala eléctrica ya no la quería, pero para devolverla hay que tener el ticket. Y el ticket, claro, seguía en la casa de los amigos.






