Te cuento lo que le pasó a Don Víctor Martínez, un señor de Madrid, como si estuviéramos sentados en una terraza, porque estoy todavía tocado por su historia. Mira, aquel hombre salió al balcón del quinto piso de su piso antiguo, encendió un cigarrillo y se sentó en una banqueta baja. Sentía un nudo amargo en la garganta, intentaba tranquilizarse, pero las manos le temblaban de puro nervio. ¿Quién le iba a decir a él que un día no habría sitio para él en su propia casa?
¡Papá, no te lo tomes así! Lorena, la hija mayor de Víctor, salió disparada al balcón. Si no te pido gran cosa… Déjanos tu habitación y ya está. Si no quieres hacerlo por mí, piensa en tus nietos… Pronto van al cole y aún viven apretados en una sola habitación.
Lorena, no pienso irme a una residencia contestó Don Víctor, con la calma de quien sabe que la vida no siempre juega limpio. Si os falta espacio, id a casa de la madre de Miguel. Tiene tres habitaciones y vive sola. Tendréis cuarto propio tú y los niños.
¡Sabes que ni loca viviría con esa mujer! gritó la hija, dando un portazo en el balcón.
Don Víctor acarició a Rumba, la perrita vieja que él y su esposa habían recogido de cachorra, y se le saltaron las lágrimas al recordar a Carmen. La añoraba cada día desde que falleció hacía cinco años. La soledad le pesaba como una losa, aunque tenía familia cerca. Nunca pensó que su vejez sería así, rodeado de nietos y de hija pero sintiéndose un extraño en su propio hogar.
Lorena fue criada entre cariño y buenos valores o eso creían sus padres, pero parece que algo se les escapó La chica se volvió egoísta y un poco cruel, todo giraba en torno a ella.
Rumba se acurrucó junto a los pies de su dueño, sintiendo su tristeza. Estos animales son más sabios que muchos humanos.
¿Abuelo, es que no nos quieres? le preguntó de repente Nico, el nieto de ocho años, apareciendo en la puerta.
No digas tonterías, hijo ¿Quién te ha metido eso en la cabeza?
¿Por qué no te vas de casa? ¿Te da pena dejarnos tu habitación? ¿Por qué eres tan avaro? El niño lo miraba con cara enfadada, repitiendo lo que seguramente había escuchado de su madre.
Don Víctor quiso explicarle algo, pero al ver el tono, entendió que Lorena ya había envenenado al chiquillo.
Bueno. Me iré dijo el abuelo, más derrotado que nunca. Os dejo la habitación.
Ya no aguantaba más aquel ambiente. Sentía que en aquella casa todos le miraban mal, desde el yerno, que nunca le dirigía la palabra, hasta el nieto, al que le habían contado que su abuelo estaba robando espacio.
¿De verdad lo harás? entró Lorena toda contenta.
Sí murmuró, apenas con fuerza. Solo prométeme que cuidarás bien de Rumba. Me siento fatal por dejarla…
¡No te preocupes! La sacaremos mucho a pasear y vendremos a verte cada fin de semana con ella prometió la hija. Te he buscado la mejor residencia, te va a gustar.
A los dos días, Lorena llevó a Víctor a una residencia de ancianos en las afueras de Madrid. Ya había firmado el papeleo, esperando el momento de convencer al padre. Al llegar, la habitación apestaba a humedad y estaba llena de muebles viejos. Nada que ver con el sitio que ella le había prometido. Aquello era una residencia cualquiera, llena de gente triste y olvidada.
Se instaló y, con el alma por los suelos, se fue a caminar por el pequeño jardín. Se sentó en un banco, a punto de echarse a llorar.
¿Eres nuevo? le preguntó una señora mayor, sentándose junto a él, amable.
Sí… suspiró él.
Tranquilo, yo también lo pasé mal al principio. Me llamo Valentina.
Víctor se presentó él. ¿Tus hijos también te trajeron aquí?
No, mi sobrino. No tuve hijos, así que decidí dejarle mi piso, pero me salió el tiro por la culata… Se quedó la casa y acabé aquí. Al menos no me dejó tirada en la calle…
Se pasaron la tarde recordando sus años mozos y sus compañeros de vida, y al día siguiente salieron juntos a pasear tras el desayuno. Valentina le trajo un poco de alegría, y entre paseo y charla él evitaba la tristeza. Eso sí, la comida era incomible, apenas probaba bocado para mantener las fuerzas.
Don Víctor esperaba una llamada de Lorena, pensaba que tal vez se arrepentiría y lo llevaría de vuelta a casa, pero los días pasaban y nada. Llamó varias veces para preguntar por Rumba, nadie contestó.
Un día se cruzó con su vecino Sebastián Gálvez frente a la residencia. Sebastián lo vio y se quedó de piedra.
¡Pero bueno, Don Víctor! exclamó. ¿Tu hija me tiene diciendo a todos que te has ido al pueblo? Yo sabía que eso no era cierto. ¿Y tu perrita? No me digas que la echaste a la calle…
¿Qué dices, Sebastián? ¿Qué le ha pasado a Rumba?
Tranquilo, está en una protectora. Cuando vi que se quedaba sola en el portal, pregunté a Lorena y me contó que te habías ido y que vendería el piso, que la perra era muy vieja y nadie la quería. ¿Pero esto qué es? preguntó, viendo al hombre pálido.
Don Víctor le contó toda la verdad, le confesó que se arrepentía de todo y quería dar marcha atrás, aunque pensaba que ya era tarde. Lorena no solo le había excluido de su propia vida, también había abandonado a la perrita.
Solo quiero volver a casa, hijo susurró el anciano.
Menos mal que yo soy abogado dijo Sebastián. Llevo casos de mayores en problemas. ¿Todavía estás empadronado en tu piso?
Sí A menos que ella me haya quitado el padrón. Ya no sé qué esperar de mi hija.
Arréglate, te espero en el coche. Esto no puede quedarse así.
Víctor subió a por sus cosas, recogió lo mínimo y salió al encuentro de Valentina.
Valen, tengo que irme. Mi vecino dice que mi hija sacó a Rumba a la calle y va a vender mi piso. No sabes cómo me duele
¿Y yo qué hago ahora? murmuró Valentina, preocupada.
Prometo que, en cuanto lo arregle, vengo a por ti le dejó, tratando de sonreír.
¿De verdad lo dices? ¿A estas alturas para qué me quiere nadie?
No digas eso, mujer. Aguanta, volveré.
Cuando Víctor y Sebastián llegaron, la casa estaba cerrada y él no tenía llaves. Sebastián lo acogió en su piso y pronto supieron que Lorena se había ido a vivir con su suegra y había alquilado el piso. Gracias a Sebastián, Víctor logró defender su derecho a esa vivienda.
Te debo la vida le agradeció a su vecino. Pero no sé si podré seguir. Seguro que mi hija sigue buscando cómo echarme
Hay salida propuso Sebastián. Si vendes el piso y das la parte de Lorena, podemos buscarte una casita por algún pueblo de Segovia o Guadalajara. ¿Te parece buen plan?
¡Eso sería perfecto! contestó Víctor, con las primeras lágrimas de alegría en meses.
Al cabo de tres meses, Víctor se mudó a una casita con patio y huerto en un pueblo pequeño. Sebastián se encargó de todo, incluso le ayudó a traer a Rumba finalmente del refugio.
Pero antes tenemos que pasar por un sitio pidió Víctor.
Al llegar, vio a Valentina sentada en aquel banco del jardín de la residencia, mirando el horizonte con una expresión melancólica.
¡Valentina! la llamó. Rumba y yo venimos a buscarte. Tenemos casita en el pueblo, aire limpio, barbacoa y hasta río para pescar. ¿Te vienes?
¿Y cómo voy a ir? dudó la mujer.
Sólo tienes que levantarte del banco y venirte con nosotros rió Víctor. Vamos, aquí ya no pintamos nada.
¿Me darás diez minutos? sonrió Valentina, con lágrimas en los ojos.
¡Por supuesto, mujer!
Al final, contra todas las injusticias, ellos consiguieron su hueco en la vida. Comprobaron que aún hay gente buena en el mundo, y que, aunque abunden los egoístas, los generosos ganan la batalla. A base de empeño y coraje, Don Víctor y Valentina encontraron por fin paz, compañía y felicidad para sus últimos años.







