Oye, te tengo que contar lo que me pasó anoche, porque parece sacado de una peli madrileña. Pues mira, salía yo de casa con la bolsa del reciclaje y me sorprendía la calma tan rara en la escalera, sabes, ese silencio de edificio antiguo del centro de Madrid. Eran casi las once, la cocina estaba impregnada del olor del pato al horno, en el salón la guirnalda titilaba y solo el tele de fondo y el bol de mandarinas me hacían compañía. Mi marido se había ido a casa de su hermano, que le echaba una mano con una chapuza y me prometió volver para las campanadas, aunque yo ya sabía de sobra que llegaría medio dormido y con alguna copa de más. Mi hijo estaba por Malasaña con sus amigos, y no me apeteció ni insistirle en que viniera.
Bueno, pues le doy al ascensor y me recoloco la bufanda, ya sabes, señal de invierno en Madrid. Cuando se abren las puertas, me encuentro a Mario, el vecino del quinto, con dos bolsas que olían a mandarina y a pino recién comprado, como si acabara de subir de la Plaza Mayor.
¿Vas abajo? dice él, medio jadeando mientras me mira.
Sí, bajo al primero le contesto, y me aparto al rincón, porque llevamos más de diez años compartiendo rellano y apenas un hola en todo este tiempo. Solo sé que trabaja por turnos y tiene un perro, porque a veces lo oigo por las mañanas en las escaleras.
Arranca el ascensor pero de repente se para entre dos pisos. Las luces siguen encendidas, pero la cabina ni se mueve. Nos quedamos callados, atentos a esa quietud incómoda del ascensor parado.
Mario pulsa el botón del primero, nada. Pues nos hemos quedado atrapados dice sin perder la calma, y llama al conserje. Sí, edificio tal, ascensor parado entre tercero y segundo, dos personas dentro Vale, esperamos.
Cuelga y se gira hacia mí:
Dicen que entre veinte minutos y media hora informando como si hablase del tiempo.
Qué maravilla se me escapa, pensando en el pato y la casa vacía.
Yo igual, me muestra las bolsas vengo de recoger el pedido abajo, pensaba que era rápido.
Hay ese silencio incómodo y, sin querer, me quedo mirándole el rostro, tan de andar por casa, con las arruguitas y esa expresión cansada pero amable. Él parece algo cortado, aunque tiene temple.
¿Te esperan en casa, no? le comento, por romper el hielo.
El televisor, contesta entre risas y mi perra. Pero no sabe poner la mesa.
Al final yo también sonrío. Y le pregunto:
¿Y tú? ¿Mucha gente?
El tele y el pato, le confieso el marido con su hermano, el hijo con sus amigos. Yo pensaba trinchar la ensaladilla y brindar con cava cuando sonaran las campanadas.
No está nada mal me responde tras pensarlo al menos nadie discute por lo que ves en la tele.
Me sale la risa más fuerte de lo esperado, rebota entre las paredes del ascensor. De repente, Mario rompe la formalidad:
Soy Mario, por cierto, que después de tanta puerta cara a cara, es de locos no saberlo.
Me quedo pensando:
Lo sé, por los buzones lo he leído, pero nunca lo he dicho en voz alta. Yo soy Matilde.
He visto tu apellido en el felpudo asiente pero igual, nunca me ha salido presentarme en el portal.
Es curioso, comento con desconocidos en el mercado hablas con más soltura que con los vecinos de toda la vida.
Mario encaja el hombro en la pared y deja los paquetes en el suelo.
Porque los desconocidos se van, los vecinos se quedan dice y si el diálogo no fluye, te comes la incomodidad a diario.
No le faltaba razón, pensé. Le pregunté si solía estar mucho en casa.
Entre turnos aclara hoy noche, mañana día Hay semanas que sólo piso mi piso para dormir. La perra es la única que se alegra cuando consigo sacarla a pasear.
Te oigo por las mañanas subiendo la escalera, le admito rasca con las patas, me hace gracia.
Se piensa que se le va la vida si no llega la primera al parque se ríe.
Vuelvo a mirar el marcador que sigue en el 3. Le digo:
Es fuerte, tanto tiempo viviendo parejo y solo sé de ti lo del turno y la perra.
En una estación, arreglo coches me cuenta hoy allí también era fiesta, pero en vez de ensaladilla, tornillos y grasa. Esta mañana acabé el turno y me vine, pensaba que la noche sería tranquila.
Mira cómo termina abro los brazos.
Atrapado con la vecina con la que nunca pasé de un saludo remata.
Me sonrió, sintiendo una vergüenza más dulce que incómoda. Le pregunto:
¿Y tú, a qué te dedicas?
Soy contable, nada muy emocionante. Año cerrado, cuentas entregadas, puedo respirar hasta finales de enero.
Seguro que todos piensan que te apasionan los números, bromea.
Ellos me gustan menos de lo que parezco, le devuelvo la broma pero dan de comer.
Mario asiente, como si ya entendiese todo de mi vida. Me entra una inquietud rara: ese espacio, esa noche y esa compañía imprevista, como si alguien nos hubiera metido ahí para que por fin hablásemos.
¿Tienes miedo? me dice, viendo que agarro fuerte el bolso.
Un poco, le confieso tengo trauma de niña. Una vez me quedé encerrada en un ascensor sin luz, todo oscuro con una amiga. Desde entonces, cada vez que tiembla el ascensor me late el corazón.
Aquí hay luz me tranquiliza y si hace falta, puedo gritar un rato.
No tienes pinta de gritar mucho le medio sonrío.
Normalmente, ni de hablar me responde pero hoy es la excepción.
Se queda la conversación en pausa. Arriba se oye una puerta, voces lejanas. Ya queda como media hora para las campanadas.
¿Te va la Nochevieja? le pregunto por conversar.
Antes me gustaba. Cuando el crío era pequeño, el árbol, los petardos, los regalos. Pero se hizo mayor, se fue, mi mujer también Ahora es una noche que en la tele sale siempre el mismo paisaje.
Te entiendo contesto bajito antes mi casa era un jaleo. Venían los padres, amigos. Ahora mi madre está en otra ciudad, mi padre ya no está, los amigos cada cual anda en su familia. Me quedan las rutinas: ensaladilla, guirnalda la ilusión es la que falta.
Mario me mira con atención renovada.
Suena triste me dice serio.
Es honesto le corrijo pero sigo intentándolo cada año, como si dejar de poner la mesa y encender los luces fuese perder del todo la esperanza.
¿Testarudez? me pregunta.
Puede le admito ¿Tú tienes alguna costumbre que te quede?
Se lo piensa:
Siempre salgo a la terraza cuando dan las doce. Me gusta ver los fuegos artificiales de los vecinos, aunque por arriba alguno se queja de las chispas, y la perra se esconde. Pero yo salgo, pensando que algún día sobre esa terraza habrá alguien más a mi lado.
Me da en el pecho lo que dice, visualizo su silueta con abrigo, el brillo de los cielos de Madrid y el ruido del barrio.
Qué cosa le digo quizás estamos cada uno pegados a la misma pared, tú en tu terraza y yo en la mía con una copa, y sin saberlo.
Ya lo sabemos contesta con calma.
Le sonrío.
¿No has pensado nunca en llamar a mi puerta y decir: Vamos a tomar un té, que es Nochevieja?
Se ríe sin sorna.
Lo he pensado muchas veces, sobre todo cuando notaba que todo en tu casa estaba en silencio. Pero pensaba que me mirarías por la mirilla y te preguntarías ¿Qué querrá este ahora? y me echaba para atrás.
Yo no pensaría eso le respondo, sorprendida por el convencimiento en mi voz.
No sabías que era yo me recuerda ni si me llamaba Mario; nunca hablábamos de verdad.
Suspiro.
Yo a veces te oía rebuscar las llaves en la puerta, pensaba: Ahora se las doy yo y de paso le invito a un trozo de bizcocho. Pero me imaginaba que te ibas a extrañar y decir que no, y al final el bizcocho se lo comíamos mi marido y yo.
Qué curioso musita Mario invitaciones que nunca nos atrevimos a hacer, por ambas partes.
Sonreímos, pero con una pizca de nostalgia.
Igual somos demasiado educados le digo no queremos molestar.
O muy tímidos, añade hemos aprendido a no interferir en la vida de los demás.
De arriba llega un golpetazo metálico, como de alguien forzando algo.
Parece que hoy el destino ha decidido por nosotros dice mirando al techo después de tantos años, por fin nos atrapan juntos.
Me río bajito.
¿No parece escena de peli española de Nochevieja? le digo dos vecinos que nunca se hablaban, atrapados en el ascensor.
En la peli ya estaríamos contando las penas más íntimas apunta Mario.
Nosotros de momento solo hablamos de cuentas y perros le concedo.
Hace una pausa, y su voz casi susurra.
Lo más íntimo me lo guardo, pero sí te quería contar: este año te vi varias veces por la escalera y pensé que se te veía muy cansada. Quise preguntarte si estabas bien, pero no me atreví, por si pareciera que me metía donde no debía.
Bajo la mirada.
Sí que estaba agotada le reconozco el trabajo, la casa sentía que solo contaba euros y fregaba platos. Nadie preguntaba cómo estaba. Mi marido liado siempre, mi hijo en su mundo. Hasta dejé de ir al médico cuando me subió la tensión. Nadie me insistía con Vete a hacerte un chequeo.
¿Fuiste? me pregunta.
Al final sí, le digo nada grave, solo necesitaba descansar. Pero fácil decirlo, difícil hacerlo.
Me mira con una ternura que no esperaba.
Si alguna vez te apetece, me ofrece puedes decirle al vecino de la escalera que te duele la cabeza. Yo sé escuchar. No soy bueno aconsejando, pero oyendo sí.
Me emociono.
¿Y tú? ¿Alguien te dice que tienes cara de cansado?
Se ríe pero los ojos se ponen serios.
La perra. Se me planta delante cuando vuelvo de la estación y me mira como si supiera todo. Las personas menos. Los compañeros van a lo suyo. El hijo, está lejos, hablamos por WhatsApp, pero es diferente.
¿Qué edad tiene tu hijo? le pregunto.
Veintitrés dice vive su vida. Estoy contento por él, de verdad. Pero a veces escribe Papá, te llamo luego, y nunca lo hace, y yo me paseo por el piso sin saber qué hacer.
Te entiendo le repito el mío tampoco para; me esfuerzo por no sentirme mal. Me repito que es normal, que tiene que hacer su camino. Pero en noches como esta, sigo poniendo otro plato en la mesa por si acaso.
Nos quedamos los dos callados. Desde arriba se escucha:
¿Estáis vivos ahí abajo? ¡Ahora os saco!
¡Vivos! contesta Mario con voz fuerte ¡No corras, que estamos hablando!
Me entra la risa, ahora sí de verdad. Le digo:
Mira, propongo algo. Si salimos antes de las doce del ascensor, te vienes a mi casa a tomar algo. Hay pato, ensalada, mandarinas. No lo voy a comer sola.
Se le suben las cejas, incrédulo.
¿Seguro? me pregunta con esa cautela suya.
No del todo le digo sincera pero si no lo hago ahora, otro año entero pasaremos fingiendo en el rellano. Y no quiero eso.
Asiente, decidido.
Pues luego tú te vienes a mi casa me propone las vistas del balcón son mejores para ver los fuegos y mi perra estará encantada.
Trato hecho le concedo.
El ascensor cruje y se mueve; la puerta se abre apenas, luego se cierra otra vez.
Vamos abriendo a mano dice la voz de arriba no os preocupéis.
En un minuto, por fin, las puertas se abren y el portero asoma la cabeza con gorro:
Menudos protagonistas de esta Nochevieja. ¡Ya podéis salir!
Mario recoge las bolsas y me cede el paso.
¡Feliz año! nos dice el portero.
Igualmente contestamos casi juntos, y nos cruzamos una mirada cómplice.
En el pasillo, esa luz amarilla suave y el frío típico de edificio castizo nos reciben. Subimos las escaleras, cada uno con su compra, pero hablando ya como si lleváramos media vida en esto.
Tú a la derecha, yo a la izquierda comenta Mario en el rellano como en un tablero de ajedrez.
Sólo que las piezas llevan mucho sin moverse le contesto.
Abro mi puerta y el olor del pato asado y las cáscaras de mandarina me reconforta; la tele murmura lejos.
Voy a preparar la mesa le digo, girándome hacia él diez minutos y estoy lista. Ven sin llamar. Si no te apetece, tampoco pasa nada.
Observa su puerta, me observa a mí.
Si no aparezco, la perra me ha secuestrado. Pero lo veo poco probable.
Sonrío y entro, dejo la puerta entreabierta. Siento el pulso por las nubes. Preparo el pato, la ensalada, pongo dos copas en vez de una.
A las once cincuenta y cinco, escucho sus pasos en mi entrada. La puerta se abre despacio y asoma Mario:
¿Puedo pasar?
Tienes que pasar le digo, señalando la mesa.
Nos sentamos, brindamos sin grandes discursos, justo mientras el jefe de gobierno empieza a hablar en la tele y en la calle ya hay petardos.
Pues mira dice Mario, brindando creo que nunca un ascensor me ha dado una noche mejor.
Para mí tampoco hay avería más provechosa le concedo.
Salimos juntos a la terraza en el momento del conteo final. El aire frío nos da en la cara, los fuegos rugen sobre el barrio, y yo pienso que extraño la soledad habitual.
El año que viene, le propongo mirando las luces no esperemos a que falle el ascensor. Si te da la nostalgia, puedes golpear la pared.
Mejor llamo a la puerta me responde.
Vimos juntos los fuegos del barrio, y la Nochevieja se coló en nuestras vidas sin adornos ni grandes celebraciones, pero con la calidez de no estar solos. Esa noche, la ventana de mi terraza fue de verdad una ventana para compartirla entre dos.







