¡Y qué lista es mi hija! presumía Pilar a las vecinas en la plaza del barrio. ¡Ha sacado matrícula de honor en todos los exámenes este cuatrimestre! Y además, se busca la vida trabajando; no nos pide ni un céntimo.
Ay, te envidio, Pilar suspiraba la mujer del quinto, María. Los míos solo saben pedirme dinero. Y encima, de estudiar, nada de nada. Clara dice que cuando termine el instituto se va a casar, que el marido la mantenga. Y el chico… ¡en fin! María agitó la mano, harta de sus hijos. Pero tu Eva sí que es un ejemplo, será toda una mujer hecha a sí misma.
Sí, claro susurró por lo bajo Alejandro, quien se había apartado unos pasos de las cotillas. Ni ganas tenía de seguir ahí, pero su madre todavía no había terminado con la dichosa compra. Y como su padre estaba de viaje, le tocaba a él cargar con las bolsas. Si supieran a qué se dedica mi hermana en Madrid, ni la nombrarían. Y sobre todo, no presumirían de ella tanto…
¿Has dicho algo? frunció el ceño Pilar al ver a su hijo rezongando. Por lo visto, cinco minutos tampoco puede esperar. ¡Y eso que aún no le había contado a las vecinas todos los detalles!
Sí, mamá, lo he dicho. Es que mañana tengo que hacer una presentación y escribir una redacción. ¿Por qué no presumes en otro momento? contestó Alejandro, intentando mantener la calma.
Igual que tu padre, ¡de verdad! Que no dejáis hablar a nadie… Anda, vamos ya.
Alejandro se limitó a encogerse de hombros, notando el alivio en la cara de las vecinas. Ellas mismas querían escabullirse de Pilar cuando empezaba a hablar de Eva, como si fuera la perfección en persona y todos deben tomar ejemplo.
Solo que él sí sabía la verdad. Pero callaba. No quería preocupar a su madre…
***
¿Vive aquí Eva Rodríguez? El tono despectivo de la señora desconcertó a Pilar. A sumar, la presencia de dos hombres tras ella no ayudaba a tranquilizarla.
Mi hija vive ahora en Madrid, estudia en la universidad contestó Pilar, orgullosa. ¿Qué quieren de ella?
¿Universidad, dice? ¿Eva? ¿En serio? La visitante se permitió una carcajada. La echaron tras el primer semestre. No aprobó ni uno, ni falta que hacía, tampoco iba a clase, ella estaba más bien buscando novio.
¿Cómo se atreve a decir esas cosas de mi hija? ¡Le pongo una demanda, qué difamación! Pilar oyó ruidos en la vecindad y dudó, más callada. Si la invitaba a pasar a la casa, parecía reconocer que tal vez tenía razón. ¿Y si no la dejaba entrar? De todas formas, ¿quién impide que hable? A la gente le da igual si es cierto o no, con tal de soltar chismes…
Pase interrumpió Alejandro las dudas de su madre. Mejor dar la cara y no dar motivos a rumores. Mamá, déjales pasar.
¡Pero Alejandro!
Déjales pasar.
Alejandro, con dieciséis años, ahora mismo parecía el mayor. Y además, se le notaba muy serio, incluso algo tenso. Él acompañó a los visitantes al salón, con un gesto educado hacia el sofá. La señora sonrió y eligió el sillón más alejado. Los hombres se mantuvieron de pie, en silencio.
¡Alejandro! ¿Cómo les puedes dejar entrar, después de lo que han dicho de Eva?
Lo he oído todo, mamá. Por eso los he dejado pasar replicó Alejandro, ya casi sin paciencia. Mientras su padre estaba en Sevilla por negocios, él era el hombre de la casa. Tocaba llevar esto con calma e intentar que no se liara más de la cuenta.
¿Pero…?
Seguro que tú conoces mejor a tu hermanita ironizó la señora . Tal vez sabes dónde está ahora mismo, ¿me equivoco?
En Madrid, eso es verdad, ahí no engañó mamá. Lo que no está en ninguna residencia universitaria, sino en un piso de alquiler. Lo paga un hombre con quien vive Eva. Y no, no tengo la dirección. Pero lo que sí sé es que ese hombre es casado, tiene unos veinte años más que Eva y tres hijos ya mayores. Y, bueno, que anda sobrado de dinero.
¿Se llama por casualidad Gonzalo?
Déjame adivinar. ¿Eres su esposa? Alejandro sintió un nudo en el estómago. Su hermana sí que se había metido en un buen lío. Si venían a buscarla hasta aquí…
Gracias a Dios, no. Soy su hermana. Y ya estoy más que harta de las tonterías de Gonzalo contestó con frialdad. Gonzalo está casado con la hija de nuestro socio principal. Y claro, a ella no le hace ni pizca de gracia que su marido ande con otras chicas. Lo mismo y pide el divorcio.
Y eso, supongo, no se puede permitir, ¿verdad?
Ay, qué listo eres sonrió la señora por lo bajo. ¿Alguna idea de dónde se esconde tu simpática hermana?
Yo no, pero su amiga sí podría saberlo. Podría hablar con ella, pero antes quiero saber qué van a hacer ustedes. Solo tengo una hermana, ¿sabe?
Alejandro, ¿qué está pasando? ¿Quién es ese Gonzalo? ¿Qué pasa con ese piso de alquiler? ¿Qué le ha ocurrido a mi niña? Pilar estaba pálida, zarandea por lo que acababa de oír. Alejandro corrió al baño donde su madre guardaba la pastilla para la tensión.
¿Llamo a una ambulancia? preguntó la señora, con un conjunto de culpa.
Alejandro le hizo un gesto. Claro que la había llamado, de camino al baño. Doña Nina, la vecina, había dicho que venía en cinco minutos, estaría cerca.
Alejandro… ¿Cómo sabes todo esto? preguntó Pilar entre sollozos, sin querer creerlo. Su hija, la amante… ¿Cómo se sigue adelante con eso?
Cuando Eva vino por última vez, se le había roto el móvil, ¿te acuerdas? Usó mi portátil para hablar con su amiga y, bueno, se dejó la sesión abierta. Vi los mensajes y me quedé alucinado. Se lo pregunté en persona y no lo negó. Solo me pidió, por favor, que no te contara nada.
Alejandro sufría, porque en el fondo su madre era buena, muy buena, aunque siempre iba presumiendo de sus hijos y sus logros. A él también lo ponía colorado cada vez que sacaba a relucir sus medallas delante de la comunidad entera.
Un rato más tarde, con Pilar ya en la cama y vigilada por la doctora, Alejandro volvió al salón. Necesitaba saber qué harían con Eva.
Bueno, ¿y ahora qué quieren hacer?
Nada grave. Le daré algo de dinero y la presentaré a algunos amigos míos, solteros, eso sí. Si es lista, a lo mejor consigue casarse bien.
Está bien, ahora vuelvo suspiró Alejandro, anticipando una conversación de lo más incómoda. Eva tenía una amiga… de armas tomar. Tocaba improvisar. Aprovechó la excusa de felicitar por las notas. ¿No podría un hermano querer hacerle un regalo a su hermana, aunque viva lejos? Un mensajero sería la solución.
Tenga, aquí lo tiene le entregó la nota a la señora. Confío en que hará lo que ha dicho.
No te preocupes, así será.
Y ya saliendo de casa, la señora dijo en voz alta, para que los vecinos cotillas oyesen bien claro:
Perdone el susto, pero era la única forma de hablar tranquilas, sin tanto oído puesto. Espero que aquí no se malinterprete nada. De todas formas, si hace falta, le pido perdón a Eva en persona. Pero seguro que aquí la gente es discreta y buena, no se pondrán a murmurar.
Rumores hubo, claro, pero muy flojitos. Pilar los cortó rápido y pedía a todos que dejaran de hablar mal de la familia. Eso sí, dejó de presumir de su hija y casi ni salía de casa.
Alejandro habló con su padre y decidieron juntos cambiar de barrio. A Pilar le costaba la vida mirar a los vecinos a los ojos, después de tanto tiempo mintiendo sin saberlo.
Así que, un día soleado, la familia recogió y se mudó. Cuando las del bloque preguntaron, Alejandro les dijo que era para estar más cerca de Eva en Madrid, ya que allí hay mejores médicos y últimamente su madre no se encontraba bien.
Eva nunca más volvió por casa. Consiguió casarse bien y se olvidó de la familia completamente…






