¡No pienso envejecer junto a una ruina! gruñó el marido.
¡Ya basta! Y Javier, de una palmada brusca, cerró la cómoda, haciendo temblar los frascos de colonia. Estoy harto de escuchar sobre dolores, pastillas y achaques. ¡Quiero vivir de verdad, no vegetando en este hospital sin paredes!
Cristina se quedó en el marco de la puerta de la alcoba, contemplando cómo su esposo metía sus escasas pertenencias en una maleta: treinta y dos años de vida juntos se reducían a una mochila y una bolsa con zapatillas. Aquel pensamiento punzó más que cualquier otra herida.
Javier… empezó ella con suavidad mi madre, después del ictus, no puede quedarse sola. ¿Lo entiendes?
¡Tu madre, tu problema! No pienso envejecer junto a una vieja destartalada repitió Javier, sin levantar la vista de la mochila. Tengo cincuenta y ocho, ¡no ochenta! ¡No quiero convertir la casa en una sala de cuidados intensivos!
Cristina se estremeció. Llevaba medio año escuchando las palabras juventud y vejez como piedras en el zapato. Javier empezó a teñirse las canas, compró una bici y una cazadora de cuero. Y después apareció Carmen: la vecina divorciada de treinta y cinco años del quinto.
¿Te vas con ella? Cristina ya sabía la respuesta, pero lo preguntó igual.
Javier se giró de golpe. En su mirada brilló un instante de vergüenza, enseguida recubierta de terquedad:
Sí, con ella. ¿Sabes por qué? Porque con ella se me olvida la edad. No cuenta mis canas ni me recuerda el corazón débil. Simplemente es libre. ¿Lo entiendes?
Libre. La palabra le dio directo en el alma. Cristina se miró en el espejo: las arrugas nuevas marcaban sus labios en aquel rostro cansado. Javier la llamaba su princesa, hace mucho ya…
Pronto tendrás sesenta, Javier susurró Cristina. ¿De verdad crees…?
¿Qué? se irguió él. ¿Que no merezco ser feliz? ¿Que no puedo empezar de nuevo? Mira, muchos a mi edad…
Corren detrás de amantes jóvenes murmuró ella, amarga. Sí, una estadística triste.
Javier agitó la mano con fastidio:
¡Otra vez! Siempre lo ensucias todo. Yo sólo quiero respirar a pleno pulmón, ¿vale?
Cerró la mochila con un ruido seco, casi como una sentencia.
Dale recuerdos de mi parte a tu madre masculló, sin mirar atrás. Que os vaya bien… A las dos titubeó, pero concluyó a las dos viejas amigas.
La puerta se cerró. Cristina se quedó sentada en la cama mirando al vacío. A las dos viejas amigas resonaba en su cabeza. Pero si sólo tenía cincuenta y tres. ¿Eso es viejo?
De la habitación de al lado llegó la voz temblorosa de su madre:
¿Cristinita? ¿Ha pasado algo?
Nada, mamá Cristina logró ponerse en pie . Javier ha salido. Por trabajo.
Le asqueaba mentir, pero no podía aún decirle la verdad a su madre de ochenta años. No necesitaba ahora que empezara a culparse del fracaso matrimonial de su hija.
Los días pasaron como una corriente gris. Cristina siguió con sus rutinas: cocinar, limpiar, cuidar de mamá. Pero la pregunta martilleaba: ¿cuándo surgió esa muralla entre ellos?
Recordaba a Carmen: energía y desparpajo, con sus vestidos coloridos y esa risa de cascabel. Cristina hasta le tuvo lástima: no era fácil criar sola a un niño.
Y después notó los ojos de Javier, cómo tardaba en salir de casa cuando Carmen paseaba el perro, cómo casualmente coincidía en el portal, cómo empezó a quedarse hasta tarde en el garaje.
Hija la voz de su madre la devolvió a la cocina. Llevas diez minutos lavando una sola taza. Siéntate conmigo.
Cristina giró la cabeza. De verdad, llevaba rato con la taza entre manos mirando por la ventana.
Acabo enseguida, mamá.
Cris la madre se sentó asida al respaldo sé perfectamente lo que pasa. No me mientas.
Mamá.
¿Te ha dejado, verdad? Se fue con esa del quinto.
Cristina asintió, sintiendo cómo ardían sus ojos.
Un mentecato sentenció la madre ¿Sabes lo que les pasa a los hombres cerca de los sesenta? Como si les poseyera el demonio; buscan su juventud donde jamás la hubo.
Mamá, por favor…
¿Por qué no? su madre soltó una carcajada inesperada. Tu padre igual, en sus cincuenta y dos, se volvió loco. Se creía que la vida le pasaba de largo.
Cristina la miró sorprendida:
¿Papá? Pero nunca me…
¿Para qué iba a contarlo? Al final volvió, dos meses después, pero yo ya no esperaba nada.
¿De verdad?
Así es guiñó la madre . En ese tiempo me apunté a bordado. Pero sobre todo me di cuenta de que, sin él, respiraba mejor. Más hueco en el aire, ¿sabes?
Quedó observando sus manos: manchadas, finas, aún hábiles.
Mira, Cristinita, los años no importan. Importa lo que hay en el corazón. He cumplido ochenta y cinco y aún llevo dentro a la niña que fui.
Cristina no pudo evitar sonreír. Era cierto: mamá, a pesar de los años, irradiaba una vitalidad singular. Por eso todos acudían a ella. Quizá por eso.
Lo de Javier siguió la madre no es huir de ti, sino de sí mismo. Cree que con alguien joven el tiempo se detiene.
¿Le disculpas? sintió la punzada del agravio.
Qué va se encogió de hombros. Me da pena, porque nunca encontrará lo que busca. Del tiempo nadie escapa, hija mía. Nos alcanza siempre.
Por la ventana se oía ahora una carcajada. Cristina miró: Javier y Carmen paseaban por el parque, él cargaba sus bolsas, ella gesticulaba alegre y él la contemplaba como un adolescente. El pecho de Cristina se apretó.
No te castigues la madre la apartó del cristal . Ven, tomemos un té. Tengo unos cortadillos de miel exquisitos.
Mamá, ¿cortadillos? la voz tembló al responder.
Él es un necio repitió la madre , pero es su camino. Busca el tuyo. ¿Sabes qué? Mañana vamos juntas al Retiro. Está precioso tras la restauración.
Cristina iba a replicar que no estaba para paseos, pero la convicción en la voz materna la silenció. ¿Y si tenía razón? ¿Y si había que volver a vivir?
El parque sorprendió. Reformado, tenía senderos nuevos, fuentes frescas, bancos cómodos. En el centro, un centro cultural dejaba escapar música.
Mira la madre se paró ante el cartel hay club de lectura, clases de baile, y… mira, yoga para mayores.
Mamá, por favor… Cristina frunció el ceño.
¿Por qué no? respondió traviesa. Todavía puedo dar guerra, ¿eh?
Y para demostrarlo, agitó el brazo con gracia, pero el bastón se deslizó y cayó con estrépito.
Ay… se sonrojó.
Permítame dijo una voz amable.
Un caballero elegante, maduro, recogió el bastón y se lo entregó con una leve reverencia.
Para usted.
Muchísimas gracias la madre bajó la mirada, colorada.
Luis Bermejo se presentó . Organizo aquí tertulias literarias. ¿Les interesan nuestras actividades?
Sólo paseábamos… empezó Cristina, pero la madre la interrumpió con decisión:
¡Por supuesto! Mi hija escribe unos versos preciosos. Hasta publicaron sus poemas en la universidad.
¡Mamá! protestó Cristina, colorada. Eso fue en otro siglo.
La poesía no caduca sonrió Luis Bermejo . Si quieren, pueden entrar ahora al encuentro. Estamos comentando nuevas obras.
Así entró Cristina en el círculo literario. Sin saber cómo, se vio envuelta. El olor a libros, las voces suaves, las miradas atentas… Allí nadie miraba el aspecto ni la edad. Allí se valoraban ideas y emociones.
Luego llegó la noche de poesía. Pequeña, íntima. Cristina temblaba como en los exámenes.
Leyó sus versos: sobre el amor, la pérdida, la certeza de que hay vida más allá del dolor. Cada línea era liberación y el renacer de su alma.
Al volver a casa, se cruzó con Javier. Venía de la casa de Carmen. Se detuvo, incómodo.
Cris, te veo estupenda.
Ella lo miró en silencio. Ya no dolía contemplarlo. Sólo sentía sosiego.
Gracias respondió serenamente. ¿Es todo?
No, escúchame dio un paso . Quiero explicarme… He entendido…
¿Que te has decepcionado? levantó la ceja. ¿Carmen no era tan perfecta?
Javier se encogió:
No es eso. Es joven, sí, guapa, sí, pero… dudó . No hay conversación.
¿Creías que a los treinta y cinco, una mujer iba a hablarte del cine clásico? rió Cristina. Eres ingenuo.
No me entiendes se frunció Javier. He hecho tonterías. Quizá…
No cortó ella. No hay quizá. Sabes, hasta te agradezco que te fueras.
¿Por?
Porque me obligaste a descubrir que la vida no es sólo cocina y limpieza.
Lo entiendo, Cris. Quiero volver, arreglarlo.
Apartó la mano, suave pero firme.
No, Javier. No quieres volver, porque el hogar ya no existe. La Cristina que cosía tus calcetines y callaba en las cenas ya no está. La que soy ahora no la conoces. Y quizá te asustaría.
¿Por qué?
Porque vive para sí.
En ese instante se acercó la madre, sin bastón, del brazo de Luis Bermejo.
Oh, Javier lo miró con frío desdén , ¿todavía por aquí?
Buenas tardes, señora Teresa masculló. Ya me voy.
Mejor asintió ella. Y la próxima vez que quieras huir de la edad, piensa que a lo mejor el problema está dentro, no fuera.
Javier tembló, como si le hubieran abofeteado. Dio media vuelta y salió deprisa.
¡Mamá! Cristina le reprochó.
¿Por qué no? se encogió de hombros ¿Por decir la verdad? Por cierto, Luis Bermejo quiere que ayude a organizar Cuentos de nuestra infancia para los nietos. ¡Me hace ilusión!
Teresa es una narradora nata sonrió Luis. Los niños disfrutarán de lo lindo.
Cristina supo entonces que en eso vivía la sabiduría: no pelear contra la edad, sino abrazarla como un regalo. Como una posibilidad de descubrirse.
Dos meses después Javier rompió con Carmen. Dicen que ella encontró un hombre aún más joven. Y poco después, llegó a Cristina un mensaje de Javier: corto, desordenado, lleno de arrepentimiento y peticiones de perdón. Ella no contestó.
¿Para qué? Ahora tenía vida propia. Dos veces por semana, tertulias literarias. Y, ¿sabes?, a sus cincuenta y tres se sentía más joven que nunca. Porque la juventud no es piel tersa: es el valor de ser uno mismo, siempre.






