Quizá quiere recuperarme. Ahora me manda a nuestra hija cada fin de semana.

Tal vez quiere que volvamos. Ahora, cada fin de semana me llega mi hija, empaquetada como quien manda un paquete urgente por Correos.

Estuve viviendo con mi exmujer cerca de nueve años, de los cuales solo los últimos cuatro fueron oficialmente de marido y mujer. Nos conocimos en la universidad allá en Madrid; seis meses bastaron de noviazgo para ofrecerle compartir piso y vida. La propuesta oficial de matrimonio tardó en llegar, porque mi querida Amparo tiene más genio que el toro de Osborne.

No firmamos papeles hasta que, tras sesudas conversaciones, decidimos que era hora de pensar en niños. Yo, ingenuamente, esperaba que la maternidad le suavizara el carácter, que se volviera más dulce que la leche merengada. Creía que su gran sueño era pasar toda la vida a mi lado. Qué iluso.

La realidad me atropelló como la Gran Vía un sábado por la noche. Tras el nacimiento de nuestra hija, Carlota, Amparo se puso aún más insoportable. Le daba igual que yo fuera el único que traía perras a casa; me llamaba cada dos por tres al trabajo, con urgencias del calibre no puedo sola con la niña o esto no puede esperar más.

En nuestra casa el dinero faltaba más que las lluvias en agosto, pero ella emperrada en que yo pasara todas las noches sentadito a su lado, cuando podía perfectamente buscarme un curro extra para que todos respiráramos mejor.

Cuando Carlota cumplió dos añitos, Amparo hizo su primer intento de fuga. Mientras yo trabajaba, preparó el petate y se fue directita a casa de sus padres en Salamanca. Recuperarla fue una odisea digna de Don Quijote, pero lo logré. Vivimos juntos un añito más, hasta que Carlota empezó el colegio; ahí Amparo me dijo olé tus ganas, pero me divorcio.

Tardé un año en levantar cabeza porque en mi familia, la boda se celebra una vez y es para siempre. Al principio me hice el devoto, nada de mujeres para mí, pero claro, el instinto puede más que la voluntad del abuelo. Reemprendí las citas, de las clásicas de sábado por la tarde.

La cosa iba viento en popa, hasta que mi ex se coscó de que yo buscaba compañera para toda la vida. En ese momento comenzó la maniobra: cada fin de semana, Carlota y yo, inseparables. Amparo sabe bien que entre semana no piso ni los bares, así que está claro que lo hace aposta. Antes bastaba con pasarme a ver a Carlota tras el curro, pero ahora o me la quedo sábado y domingo entero o no la veo en absoluto.

No sé a santo de qué Amparo me complica la vida para buscarme otra mujer. Si fue ella quien pidió el divorcio ¿Será que ahora le ha entrado la morriña? Yo ya no siento nada por ella, y aunque nos une nuestra hija, preferiría encontrarme una compañera con la que pueda compartir algo más que la custodia del fin de semana.

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