Diario de Carmen Jiménez Un regalo tardío
El autobús arrancó de golpe y tuve que agarrarme con ambas manos a la barra, notando bajo los dedos el plástico áspero y algo hundido. La bolsa de la compra chocó contra mis rodillas; las manzanas rodaron sorda y pesadamente dentro. Yo estaba ya cerca de la puerta, contando las paradas que quedaban hasta la mía.
En el oído susurraban los cascos; mi nieta, Lucía, me había insistido: «Abuela, déjalos puestos, ¿y si te llamo?». El móvil pesaba en el bolsillo exterior del bolso, como si fuera una piedra. Aun así, volví a comprobar que la cremallera estuviera bien cerrada.
Me imaginaba entrando en casa, dejando la compra sobre el taburete en la entrada, cambiándome de zapatos, colgando mi abrigo y doblando bien la bufanda en la estantería. Luego, ordenar los alimentos: la zanahoria con las verduras, el pollo bien refrigerado, el pan en la panera. Sacaría la olla y llenaría agua, hasta quizás cubrir la palma de la mano.
El teléfono vibró sobre la mesa. Me limpié las manos con el paño y lo acerqué.
Sí, David, contesté, inclinándome hacia la pantalla como si así pudiera escuchar mejor a mi hijo.
Hola mamá, ¿cómo estás? Su voz, siempre con prisa; se oía gente de fondo.
Bien, cocinando sopa. ¿Vas a venir hoy?
Sí, pasaré en dos horas. Escucha, mamá, en el cole de Lucía nos vuelven a pedir para arreglar su clase. ¿Tú podrías? Dudó. Como la última vez.
Ya buscaba mi cuaderno gris, donde anoto gastos y tengo los recibos bien guardados.
¿Cuánto necesitas? pregunté.
A ver si pueden ser ciento ochenta euros. Entre todos colaboramos, pero ya sabessuspiró, ahora todo cuesta.
Lo sé, hijo. Te los doy.
Gracias, mamá. Eres un tesoro. Esta noche te recojo la comida, y la sopa de siempre.
Al colgar, el agua ya hervía. Eché el pollo, un poco de sal, laurel. Me senté a la mesa, abrí el cuaderno. En la casilla pensión la cifra bien escrita con boli azul. Debajo: luz, farmacia, nietos, imprevistos.
Escribí colegio y la cantidad, pensándolo un segundo. Los números bajaban, menos de lo que quisiera, pero no era el fin del mundo. «Vamos tirando», pensé, cerrando el cuaderno.
En la nevera tenía puesto un imán con un calendario pequeño; debajo, un anuncio: Casa de Cultura. Abonos para la temporada: música clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados. El imán me lo trajo Pili, la vecina, junto con una torta en mi cumpleaños.
Había leído la frase muchas veces, mientras esperaba que hirviera la tetera. Hoy otra vez me atrapó abonos. Recordé cómo, antes de casarme, iba con mi amiga a la Filarmónica. Las entradas apenas costaban, pero había que hacer cola, pasar frío, reírse. Llevaba el pelo largo, lo recogía en un moño, me ponía el vestido bueno y los únicos zapatos de tacón.
Ahora imaginé ese salón, el escenario tan lejos de mi vida. Los nietos me llevan de vez en cuando a funciones infantiles: risas, globos, ruido de palmas. Pero esto es distinto. Aquí apenas sabía qué conciertos daban, ni quién iría.
Quité el imán, miré el reverso: teléfono y web. Yo, de internet, nada. El número sí me decía algo. Volví a colocar el imán, pero la idea no desapareció.
«Qué bobada», me dije. «Mejor reservar para una chaqueta buena a Lucía. Crece a cada rato y todo caro».
Me acerqué a la cocina, bajé el fuego. De regreso, busqué el antiguo sobre donde guardo lo por si acaso. Los billetes apartados durante meses, más bien pocos, pero en caso de apuro servirían para reparar la lavadora o pagar otro análisis médico.
Conté despacio. En la mente se repetía la oferta del imán.
Por la tarde llegó David, colgó su abrigo en la silla, sacó los tuppers de la bolsa.
¡Ay, cocido! exclamó contento. ¿Has comido?
Sí, hijo. Sírvete tú. El dinero lo tengo listo, saqué el sobre y aparté los ciento ochenta euros.
Deberías apuntar cuánto te queda dijo tomando los billetes. No vaya a ser que luego te falte.
Siempre apunto. Todo en orden conmigo.
La contable de la familia, sonrió. Por cierto, ¿puedes quedarte el sábado con los niños? Marta y yo queremos ir de compras, y no tenemos con quién dejarlos.
Claro, ¿qué voy a tener yo que hacer?
Me contó cosas del trabajo, del jefe, de nuevas normas. Al irse, ya en la entrada, preguntó:
¿Tú al menos te compras algo para ti? Todo para los nietos y nosotros.
A mí no me falta nada dije. No necesito más.
Bueno, haz lo que veas. Paso en la semana.
Cuando se fue, la casa volvió al silencio. Lave la vajilla, limpié la mesa. De nuevo miré el imán. Sonaba en mi cabeza su pregunta: ¿No compras nada para ti?.
Por la mañana, ya despierta, estuve un rato tumbada, mirando el techo. Lucía en el cole, Daniel en instituto, David en el banco. Nadie vendría hasta tarde. Sería un día libre, aunque lleno de pequeños recados: regar las plantas, limpiar el suelo, ordenar periódicos viejos.
Me levanté, hice algunos ejercicios como me recordó el doctor: estiré los brazos, moví el cuello, respiré hondo. Puse el agua al fuego y preparé el té. Mientras esperaba, volví a despegar el imán, lo leí una vez más.
Casa de Cultura. Abonos
Cogí el teléfono y marqué el número que venía en letras diminutas. El corazón me latía un poco más rápido. Sonaron timbres cortos; luego, una voz de mujer:
Casa de Cultura, taquilla, dígame.
Hola, llamo por los abonos sentí la boca seca.
Sí, ¿para qué ciclo desea?
No sé bien. ¿Qué hay?
La mujer con paciencia enumeró: orquesta sinfónica, música de cámara, noches de romance, infantiles
Para jubilados hay rebaja añadió. Pero el abono sigue valiendo. Cuatro conciertos.
¿Y si son entradas sueltas? pregunté.
Más caro. El abono compensa.
Pensé en mi cuaderno y el sobre. Pregunté el precio; la cantidad cayó sobre mí como un peso. Podía pagarlo, sí, pero quedaba mucho menos para emergencias.
Piénselo dijo ella. Los abonos se agotan pronto.
Gracias, y colgué.
El té ya hervía. Serví el agua, me senté y abrí el cuaderno. En una hoja en blanco escribí Abono, al lado la cifra, luego Cuatro conciertos.
«¿A cuánto toca al mes?» calculé. No era tanto si dejaba de gastar en dulces, si me cortaba yo misma el pelo. Pasaron por mi mente las caras de mis nietos. Daniel lleva tiempo pidiendo un juego de Lego, Lucía quiere zapatillas de baile. David y Marta agobiados con la hipoteca.
Y mi deseo, que de pronto parecía vergonzoso, como si fuera a hacer algo indebido.
Cerré el cuaderno, indecisa. Limpié el suelo, ordené la ropa, la colgué en el radiador, pero no me quitaba de la cabeza el salón y la música.
Después de comer, sonó el telefonillo. Era Pili, la vecina, con un bote de pepinillos.
Toma, que no me caben dijo, entrando. ¿Qué tal?
Aquí estoy, sonreí. Pensando
Dudé. Me daba vergüenza hablar.
¿Pensando en qué? se sentó, ya sacaba el ganchillo.
En el concierto, confesé. Los abonos se venden aquí, y yo iba de joven a la Filarmónica ahora quiero volver, pero son caros.
Pili arqueó las cejas.
¿Y por qué me preguntas? Si tú eres quien va a ir. Hazlo si te apetece.
Es que el dinero empecé.
El dinero siempre, movió la mano. Toda tu vida ayudando: a tu hijo, a los nietos, a todo el mundo. ¿Y tú qué? Siempre con la misma bufanda, el mismo abrigo por una vez, date ese gusto.
No es la primera vez protesté. Antes también iba.
Antes era otra cosa, y tú lo sabes. Ahora te lo puedes permitir, y no les vas a pedir a ellos para esto. Es tuyo.
Igual me llaman loca dije en voz baja. Que sería mejor para los críos.
Pues no les digas encogió los hombros. Dices que fuiste al centro médico. O mejor: no tienes que esconderte. No eres una niña.
Eso de no eres una niña me pinchó. Sentí una mezcla de tristeza y vergüenza.
Al médico sí voy. Pero da miedo. No alcanzo bien, escaleras, mi corazón
Hay ascensor, mujer. Y vas a estar sentada, no corriendo. Yo fui al teatro el mes pasado, y aquí estoy. Me dolieron los pies, pero valió la pena.
Charlamos un poco sobre los precios de las medicinas. Cuando se fue, cogí el teléfono y marqué de nuevo a la taquilla. Apenas llevaban tres timbres cuando solté:
Quiero el abono para las noches de romance.
Me dijeron que debía ir en persona, con DNI. Apunté la dirección y el horario, lo pegué con el imán a la nevera. Me latía el corazón como al subir rápido la cuesta.
Por la tarde llamó Marta.
Carmen, ¿podrás venir el sábado? Queremos ir a la tienda de electrodomésticos, hay rebajas.
Claro, sin problema.
Mil gracias, te llevaremos algo ¿quizá té, unos paños?
No hace falta nada, hija, dije. Otra vez.
Al colgar, miré el papel pegado a la nevera. La taquilla hasta las seis. Mejor ir con tiempo.
Esa noche me soñé en un auditorio: butacas rojas, luces suaves, gente bien arreglada. Yo estaba sentada en medio, agarrando el programa y sin atreverme a moverme por si molestaba.
Al despertar, sentí ese peso en el pecho. «¿Por qué me metí en esto? Qué complicaciones».
Pero la nota seguía en la nevera. Tras desayunar, saqué del armario mi abrigo bueno, lo sacudí, revisando con nervios los botones. Elegí una bufanda calentita, los zapatos cómodos. En el bolso: el DNI, cartera, gafas, pastillas para la tensión y agua.
Antes de salir me senté un minuto en el taburete, atenta a mí misma. Sin mareo, ni temblores. «Bueno, puedo», me dije, cerrando la puerta.
Hasta la parada no había mucha distancia, pero fui despacio, contando pasos. El autobús vino rápido. Dentro, alguien joven me cedió el asiento. Le di las gracias y me senté junto a la ventana, el bolso bien sujeto.
La Casa de Cultura estaba a dos paradas del centro. Un edificio alto, columnas, carteles de colores. A la entrada, dos señoras conversaban animadas. Dentro, olor a madera vieja y algún dulce saliendo del bar.
La taquilla a la derecha; detrás del cristal, la señora de voz amable. Pasé el DNI, le dije el ciclo elegido.
Tenemos descuento para jubilados repitió. Ha tenido suerte, quedan buenos sitios en medio.
Me enseñó el plano, muchos cuadritos. Yo apenas entendía, pero asentí.
Al decir la cantidad, la mano me tembló. Saqué el dinero, conté despacio. Por un instante, quise echarme atrás, irme otro día. Pero la cola detrás se movía y alguien tosió. Sin mirar, dejé los billetes.
Aquí tiene el abono me entregó una tarjeta preciosa, con fechas. El primer concierto es dentro de dos semanas. Venga con tiempo.
La tarjeta era bonita; en portada una foto del escenario, dentro los títulos bien escritos. La guardé en el bolso, entre el DNI y mi libreta de recetas, que nunca falta.
Al salir, las piernas flojas. Me senté en el banco, bebí agua. Dos chicos fumaban cerca, hablaban de música que no entiendo. Presté atención como quien escucha otro idioma.
«Ya está», pensé. «Ya lo compré. Sin vuelta atrás».
Dos semanas se me pasaron entre cosas de diario. Los nietos enfermaron, cocí compota, vigilé termómetros. David trajo comida, llevó tuppers. Varias veces casi le conté lo del abono, pero cambiaba de tema a última hora.
El día del primer concierto, me levanté temprano; tenía esa inquietud en el estómago, como antes de un examen. Dejé la cena lista, llamé a David.
Esta noche no estaré en casa le dije. Si necesitáis algo, mejor avisad antes.
¿Dónde vas? Se sorprendió.
Vacilé. Mentir no quería, contarlo tampoco al final dije:
A la Casa de Cultura. Hay un concierto.
Silencio.
¿Concierto? ¿Y para qué? ¿No será mucho jaleo, juventud, ruido?
No es discoteca respondí. Son noches de romance.
¿Quién te ha invitado?
Nadie dije. Lo compré yo.
Otra pausa.
Mamá ¿En serio? Ahora que todo está ajustado ese dinero podrías bueno, tú ya sabes.
Sí, sé le interrumpí. Pero son mis ahorros.
Me salió la voz firme, incluso para mí. Apreté la mano, preparada por si se enfadaba.
Bueno, está bien. Son tuyos. Pero luego no te quejes. Y abrígate, cuidado con el frío. Y ya verás en tu edad
Con mi edad se puede ir a escuchar música sentada le corté. No estoy escalando ninguna montaña.
Él suspiró, más suave.
Vale. Llama cuando vuelvas, que no me preocupe.
Te llamaré prometí.
Tras la llamada, estuve un rato mirando el abono. Temblaban las manos. Sentía que había hecho algo valiente, casi indecente. Pero ya no quería retroceder.
Al atardecer me puse el vestido azul, el de cuello redondo, medias nuevas y los zapatos más cómodos. Me peiné con calma, domando las canas.
Fuera, anochecía. Los escaparates brillaban, en la parada un grupo apretado. Sujeté el bolso, bien guardado el abono y mi pañuelo.
El autobús iba lleno. Alguien me pisó, pidió disculpas. Yo, agarrada a la barra, conté las paradas. Al anunciar la mía, avancé como pude sin molestar.
A la entrada de la Casa de Cultura había gente de toda edad. Parejas mayores, señoras de mediana edad, algunos chicos jóvenes. Me tranquilizó ver que no era de las más mayores.
En guardarropa dejé el abrigo; me dieron la ficha y me quedé unos segundos sin saber qué hacer. Seguí la flecha hacia el auditorio, agarrándome al pasamanos.
Dentro, medio a oscuras, pequeñas luces sobre cada fila. Una señora comprobaba las entradas.
Su asiento es el nueve, fila seis consultó mi abono. Pase por allí.
Fui disculpándome entre butacas hasta encontrar mi silla. Me senté con cuidado, el bolso en las rodillas. El corazón latía fuerte, pero era ya expectación.
A mi alrededor, conversaciones, programas en mano. Yo también abrí el mío, repasé los nombres. Al pie reconocí un compositor de canciones de mi juventud, radio y tardes de domingo.
Se apagaron las luces. Salió la presentadora, dio la bienvenida. Yo escuchaba menos las palabras que el ambiente: el estar allí, no en mi cocina.
Sonaron los primeros acordes y me recorrió un escalofrío. La voz de la cantante era profunda, cálida, cercana. Las letras, de amor, despedida, caminos, me eran familiares. Recordé otros auditorios, otras ciudades, otros años y una mano junto a la mía que hace mucho no está.
Los ojos se me humedecieron, pero no lloré. Sólo escuché, agarrando fuerte mi bolso. Poco a poco, mi cuerpo se relajó, respiré mejor. La música llenaba todo, y en ese sonido mi vida dejó de sentirse sólo rutina y ahorros.
En el descanso, salí a estirar las piernas. La gente charlaba, algunos tomaban un pastel o té en vasos de plástico. Me compré una onza de chocolate, rara vez lo hago.
Está rico, comenté en voz baja.
Junto a mí, otra señora delgada, cabello gris, traje claro.
Bonito concierto, ¿verdad? dijo, sonriendo.
Sí, asentí. Hacía mucho que no venía.
Yo igual rió. Siempre nietos o el pueblo. Hoy pensé que si no era ahora
Hablamos de la programación, la soprano. Tocó el timbre, volvimos a la sala.
La segunda parte fue rápida. Ya no pensaba en el dinero, ni en la cuenta. Sólo escuchaba. Al terminar, largos aplausos. Yo también aplaudí hasta que me dolían las manos.
Fuera, el aire fresco; me dolían las piernas, pero tenía ese calorcito dentro. No alegría, sino algo como que sí hice algo especial, aunque pequeño.
Ya en casa, llamé a David.
Ya estoy en casa. Todo bien.
¿Qué tal? ¿Mucho frío?
No, estuvo bien.
Él calló, luego dijo:
Bueno, si tú estás contenta. Pero que no sea habitual, que hay que ahorrar para el piso.
Lo sé contesté, pero ya tengo el abono. Me quedan tres conciertos.
¿Tres? se sorprendió. Pues si ya está pagado, vete. Pero cuidado, ¿vale?
Colgué, guardé el abrigo. Me serví un té, me senté delante del abono, un poco arrugado. Repasé las fechas, las pasé al calendario, las rodeé con boli.
La semana siguiente, David me volvió a pedir ayuda con gastos escolares. Abrí el cuaderno, miré las cifras.
Sólo puedo darte la mitad, hijo. Lo demás lo necesito.
¿Para qué? preguntó casi sin pensar.
Le miré a la cara, cansada, sus ojeras.
Para mí respondí tranquila. También tengo mis cosas.
Iba a replicar, pero se encogió de hombros.
Bueno, mamá. Vale.
Esa noche, sola, saqué el álbum viejo de fotos. En una, yo, joven, vestido blanco, delante de la Filarmónica en Valencia. En las manos el programa, sonrisa tímida.
Me quedé mirando largo rato, intentando encajar ese rostro con el que se refleja en el espejo. Guardé el álbum.
En la nevera, al lado del imán, pegué otra nota: Próximo concierto día 15. Abajo: Salir temprano.
Mi vida siguió igual. Por las mañanas cocino, lavo ropa, voy al centro de salud, cuido a los nietos. David sigue pidiendo ayuda, y yo ayudo cuando puedo. Pero dentro de mí, sé que tengo mis propios planes, mis pequeños ratos, y ya no necesito excusas.
A veces, al pasar por la nevera, rozo la nota con los dedos. Y cada vez siento esa certeza terca y serena: todavía estoy viva, y todavía tengo derecho a querer cosas.
Una tarde, leyendo el diario, vi un anuncio de talleres de inglés para jubilados, en la biblioteca municipal. Gratis, pero hay que inscribirse con tiempo.
Arranqué el anuncio, lo dejé junto al abono. Me preparé el té y pensé si no sería demasiado ambicioso.
«Primero, los conciertos», decidí. «Luego veremos».
Guardé el recorte en mi libreta, pero el pensamiento de aprender algo nuevo ya no me parecía imposible. Antes de acostarme, me quedé mirando por la ventana: las farolas encendidas, el patio, un chaval con cascos, otro botando un balón.
Me apoyé en el alféizar, sentí dentro esa paz tranquila. La vida sigue. Hay tareas, hay necesidades. Pero entre ellas hay sitio para cuatro noches en el salón y, quizás, para unas palabras nuevas en inglés.
Apagué la luz, me acosté, arropé despacio. Mañana será día de mercado, de llamadas, de puchero pero hay un pequeño círculo en el calendario que lo cambia todo, aunque nadie más lo sepa.







