Mi tía vino de visita con su hija y su yerno, trajeron carne y un vino caro, pero mi madre los echó por la puerta.
Mi madre proviene de una familia numerosa. Tenía seis hermanos, pero ahora solo quedan tres. Ella y una de mis tías viven en el mismo pueblo. Trabajan durante el verano y, en invierno, sobreviven de lo que han conseguido ahorrar en la temporada. Tanto nosotras como ellas, por supuesto, tenemos nuestro propio huerto que cultivamos juntos.
La otra hermana de mi madre vive en la ciudad. Tiene un piso grande y una casa cerca de un lago. Su marido es director de una empresa de construcción. Claro, no siempre han vivido así. Antes vivieron en el pueblo y tanto mi madre como mi tía siempre les ayudaron en todo lo que podían. Pero, cuando las cosas les fueron bien, se olvidaron de nosotras.
Un día, mi madre se enteró por casualidad de que su hermana había casado a su hija. Al principio se sorprendió, pero luego fingió que lo sabía, pues le daba vergüenza con la gente. A quién no le daría vergüenza que su propia hermana no la invite a la boda de su sobrina.
Mi madre llegó a casa y se lo contó todo a su hermana. Mi tía también se quedó impactada, se sintió igualmente herida. Decidieron llamarla para felicitarla y removerle así un poco la conciencia. Sin embargo, su respuesta fue un gracias muy seco y colgó el teléfono.
No obstante, algo debió removerle por dentro y decidió presentarse en nuestra casa. Por desgracia, mi madre seguía muy dolida y decidió echarla a ella y a su familia. Les dijo que, si les daba vergüenza invitarnos al restaurante porque éramos de pueblo y ellos se creían de otra clase, tampoco debían venir a nuestra casa.
El marido de mi tía llegó a decir abiertamente que sí, que les daba vergüenza y que, si íbamos al restaurante, todo olería a jamón. Eso le hizo mucho daño a mi madre, les echó de casa y les dijo que no quería volver a verlos nunca más. La otra tía, por supuesto, apoyó a mi madre y añadió que tampoco quería saber nada más de ellos.







