Escúchame, te voy a contar una historia que me ha tocado el corazón.
A Lucía le contaban en el orfanato cómo la encontraron: envuelta en una mantita de franela de bebé, la dejaron en la puerta del hospital de Valladolid. Tenía unos pocos días de vida, limpia, bien cuidada, aunque envuelta en pañales algo viejos. Dentro de la mantita, había una nota escrita con letra temblorosa que decía: Perdóname, hija.
A Lucía siempre se le saltaban las lágrimas cada vez que lo recordaba. Un día incluso pidió que le enseñaran aquella nota que guardaban en su expediente; se emocionó tanto que hasta olió el papel, pensando que podría quedarle el olor de su madre.
Luego de aquel día en que la recién nacida fue hallada, le esperó el mismo camino de otros niños abandonados: la casa cuna, luego el hogar de menores, más tarde el internado para huérfanos.
Cómo le dolía escuchar historias de otros compañeros que encontraban una familia y le invadía esa envidia grande cuando, de casualidad, era la madre biológica la que llegaba a por su hijo. Por las noches, lloraba en su almohada; no era la única, claro, pero allí cada uno tragaba su tristeza en silencio porque no era costumbre mostrar tus emociones.
Cada vez que conseguía dormir, tenía el mismo sueño: una mujer dulce que le acariciaba el pelo y le susurraba al oído: Hija, mi sangre y mi vida. El sueño era tan vívido que al despertar se sentía ligera como una pluma, convencida de que, donde estuviese, su madre se acordaba de ella y que algún día se volverían a encontrar.
Doña Benita, una de las cuidadoras, ya mayor, tenía una debilidad especial por Lucía. Una tarde, hablando en voz baja, le propuso: Lucía, ¿y si escribimos una carta al periódico? Igual tu madre la lee y te encuentra. Los ojos de Lucía se iluminaron y, de pura emoción, se abrazó fuerte a Benita. Las dos escribieron juntas el texto y, al día siguiente, la mujer llevó la carta a la redacción antes de irse a casa.
La publicaron bien grande, con una foto de Lucía y el título que llegó al corazón de cualquiera: ¡Búscame, mamá!.
A partir de ese momento empezaron a llegar visitas al internado en Salamanca. Algunos simplemente traían regalos, otros querían adoptar a Lucía, pero ella, de ninguna manera, aceptaba. Esperaba a su madre.
Su madre, Carmen Valdés, vivía en un pueblecito perdido de Castilla. No tenía familia. De amistades, tampoco muchas, que en el pueblo la vida es dura y cada cual bastante tiene con lo suyo. Su casa era sencilla, pero siempre limpia y cálida, aunque nadie sabía cuántas noches había pasado sin dormir, llorando por su hija. Recordaba como la suya, la madre de Carmen, le insistió para dejar a la niña en el hospital: No vas a poder, hija; yo estoy enferma y tu padre… ya sabes, con la bebida. Si la llevas a casa, nos echa a las dos. Así, a lo mejor la cría una buena familia.
Carmen, a la que todos llamaban Carmenchu, intentó resistirse, pero no había salida. Estudiaba un ciclo formativo, vivía de la beca y no podía ni pagarse la comida. El padre desapareció antes incluso de enterarse de que estaba embarazada, y la familia de él nunca la quiso. En la residencia de estudiantes no la aceptaron con el bebé. Dos amigas suyas, que vivían de alquiler, la acogieron unos días, pero un vecino alertó a la casera por los lloros de niña y la echaron a la calle.
Desesperada, Carmen escribió aquella nota en un banco del parque del hospital, envolvió bien a la niña y la dejó dormida en la entrada. Al irse, no pudo más que pararse tras la verja, esperando de lejos a que alguien la recogiera, y luego se marchó llorando, sin rumbo.
Siempre pensó que podría recuperar a su hija: que terminaría de estudiar, encontraría trabajo y la buscaría. Nunca se le ocurrió pensar que pudieran adoptarla. Soñaba con ella, también; la veía en sueños y le repetía, como un mantra: Hija, mi sangre y mi vida.
Pasaron los años y siempre, por un motivo o por otro, la búsqueda de Lucía se iba aplazando. Primero, el trabajo no llegó, y cuando sí, la destinaron lejos de su pueblo. Para entonces, ya no tenía padres: su madre falleció enferma y su padre, después de un incendio que él mismo causó al quedarse dormido tras una noche bebiendo, tampoco estaba.
Con sus ahorros, compró una humilde casita en otro pueblo de Zamora por unos pocos euros y empezó a trabajar como cartera.
Un día, mientras clasificaba el correo, se le cayó el periódico de la provincia. Se abrió directamente en la página en que había una foto de su hija grande y el titular: ¡Búscame, mamá!. Carmen reconoció a Lucía al instante; era su viva imagen.
Las piernas le temblaban. Logró apoyarse en la pared y su compañera le tuvo que ayudar. Aquel día no pudo ni trabajar. En la oficina fueron comprensivos y le dieron unos días libres por motivos familiares, así que pudo preparar el viaje a Salamanca, donde estaba el internado.
El autobús ya había pasado, pero tuvo la suerte de que un hombre la acercara en coche al enterarse de la historia. Carmen llegó con el corazón en un puño. En la verja, varios niños la miraban curiosos, y Lucía no estaba entre ellos; la llamaron después a la dirección. En cuanto entró, la reconoció enseguida: era la mujer de sus sueños.
¡Mamá!
¡Hija mía! Y se abrazaron, llorando las dos.
Carmen no dejó de pedirle perdón, pero Lucía, cuando escuchó toda la historia, la tranquilizó: Mamá, no te culpo, no había otra salida.
Pasaron los años. Lucía creció, se casó, formó una familia feliz con su marido, su hijo. Y Carmen, siempre a su lado, ayudando con el pequeño, sintió que al fin recuperaba el tiempo perdido y, aunque nunca dejó de pensar en el error cometido, aprendió a dejar el pasado atrás. Lucía, por su parte, nunca perdió la gratitud ni siquiera ante las dificultades, y decía que todo tiene un precio, incluso la felicidad.
Las dos pagaron el suyo con creces. ¿Y qué quedaba después? Pues eso, disfrutar y ser felices.
Ahora Lucía, ya mujer hecha y derecha, lo recuerda todo, no juzga a su madre a la que ya perdió y agradece haberla tenido a su lado durante tantos años. Porque, al final, eso es lo más importante.







