En un autobús interurbano, una joven y un señor mayor comparten viaje: ella sostiene en sus rodillas a un travieso cachorro sin nombre; él lleva en sus manos un deslumbrante ramo de flores que no pasa desapercibido

Verás, el otro día en el autobús de línea de Madrid a un pueblito de la Sierra coincidieron junto dos personas muy distintas: una chica joven, que se llamaba Inés, y un señor mayor, don Mateo García. Inés llevaba sobre las piernas un cachorro inquietísimo, que no paraba de moverse y mordisquearlo todo. El hombre sujetaba un ramo de flores tan grande y llamativo, con claveles, lirios y rosas, que todos los que subían al autobús se quedaban mirando.

El trayecto apenas duraba media hora, pero Inés ya no sabía qué hacer con aquel revoltoso: el perrito estaba empeñado en jugar, intentaba morder todo lo que encontraba y ya le había dejado la rebeca de lana hecha un desastre.

Además, se notaba a la legua que la joven no era su dueña: no sabía bien cómo dirigirse al cachorro, lo mismo le regañaba que le suplicaba que se estuviera quieto, cambiando el tono a cada momento, y por supuesto ni una vez le llamó por un nombre.

El señor mayor, sentado a su lado, lo miraba todo con una sonrisa amable. Hasta que el cachorro empezó a gimotear y algunos pasajeros se giraron molestos, entonces don Mateo le susurró:

¿Te puedo echar una mano?

Inés le miró con esos ojos de no saber qué hacer, y él le sonrió con mucha ternura:

Se nota que no tienes mucha experiencia con bichillos así Hazme un favor, sujétame el ramo.

Le pasó su impresionante ramo, y cogió en brazos al perrito, que de inmediato se quedó tranquilo y empezó a olfatear a su nuevo conocido.

En casa tengo un gato, por eso me está investigando le explicó don Mateo. Por cierto, me llamo Mateo García.

Yo soy Inés, mucho gusto Y él bueno, es solo un cachorro, no tiene nombre. Lo dejaron en la puerta de mi portal. Mis padres se niegan en redondo a que lo quede, y yo intenté que algún vecino lo adoptara, pero solo me regañan por darle de comer a un perro que no es nuestro

Don Mateo escuchaba con atención, acariciando suavemente las orejillas del perrito, que se quedó hecho un ovillo en su regazo, como si ese fuera su sitio natural.

¿Y ahora, a dónde lo llevas? le preguntó con voz suave.

A casa de mi abuela, en un pueblo de Guadalajara. Ya tiene dos perros, pero igual consigo convencerla para que le dé una oportunidad O sino, seguro que conoce a alguien. ¿Y usted, con ese ramo tan bonito, a dónde va? Perdón si soy demasiado curiosa.

Don Mateo le sonrió, con la serenidad de quien ya ha vivido mucho:

Son las flores favoritas de mi mujer. Hoy es una fecha especial

Parecía querer decir algo más, pero justo el conductor anunció parada en una estación pequeñita.

El cachorro se puso nervioso otra vez, y don Mateo propuso:

Si quieres, lo saco fuera a desahogarse un rato. Hay un prado estupendo ahí delante. ¿Te vienes, o prefieres esperar dentro?

Mejor me quedo aquí le respondió Inés.

Desde la ventanilla, lo vio saltar por la hierba con el perrito, riéndose de verdad, casi como si fuera un chaval. El ramo, perfumando a ella las manos, le parecía salido de otro mundo.

Es más mayor que mis padres pensaba Inés. Pero no recuerdo haberlos visto nunca reír así. Ni tener un ramo de flores tan bonito en casa ¿Por qué será?

Ya estamos aquí dijo don Mateo al volver, con el semblante rejuvenecido. Tu cachorro es un fenómeno, no se le agota la energía. Le he buscado un palo para que juegue en el trayecto. ¿Te queda mucho viaje?

Hasta el final, todavía casi una hora ¿Y usted?

Yo me bajo en un par de paradas.

Siguieron el trayecto en silencio un rato; Inés olía las flores, y don Mateo mecía al perrito, que mordisqueaba su palo, feliz.

Entonces él se giró, mirándola con una mezcla de esperanza y nerviosismo, y le propuso:

Oye, Inés Veo que te encantan las flores. ¿Y si hacemos un intercambio? Tú te llevas el ramo y yo adopto al cachorro. En el pueblo no le espera nadie, y nosotros ya nos hemos entendido.

A Inés le dio apuro: quería que el cachorro estuviera en buenas manos, y las de don Mateo lo eran, no cabía duda. Pero ese ramo le parecía algo prohibido, demasiado hermoso, quizá demasiado íntimo.

¿Y su mujer? le susurró, casi con culpa. Hoy es su aniversario

Él soltó un suspiro, con ese tono triste pero dulce:

No te preocupes, hija. Estoy seguro de que lo comprendería. No se enfadaría por estas cosas.

¿Y le parecerá bien otra mascota?

Al contrario: le encantaría que tuviera compañía. Y hasta sé ya cómo voy a llamar al chico Ramo. En recuerdo de hoy.

Cuando arrancó otra vez el bus, Inés, sentada junto a la ventanilla, apretaba el gran ramo contra el pecho, mirando cómo don Mateo bajaba con el perrito guardado en su chaqueta y una sonrisa nueva en la cara.

Solo cuando le vio desaparecer tras la verja de hierro del antiguo cementerio, Inés comprendió, de verdad, para quién era ese ramo.

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En un autobús interurbano, una joven y un señor mayor comparten viaje: ella sostiene en sus rodillas a un travieso cachorro sin nombre; él lleva en sus manos un deslumbrante ramo de flores que no pasa desapercibido
¡Estoy harto, me voy! ¡Ya está bien, hasta aquí hemos llegado!