Cachorro Empieza a Ladrar en Plena Noche y el Ladrido se Hace Más Fuerte por la Mañana
Sobre las cuatro de la madrugada, un perro empezó a ladrar tras las viviendas de un barrio cualquiera de Salamanca. A las cinco, los ladridos subieron de volumen como si el animal quisiera avisar a todo el vecindario de su existencia (y de la fiesta nocturna que se traía él solo). Los vecinos comenzaron a despertarse entre bostezos y juramentos suaves al preparar el café y, a eso de las cinco y media, los primeros salían de casa camino del trabajo, preguntándose si ese desayuno iría condimentado con ladridos.
La primera en salir fue una pareja Juan y Carmen, matrimoniales desde los tiempos del cassette que, hastiados y con la curiosidad bastante más fuerte que el sueño, decidieron averiguar qué demonios causaba tal alboroto. Dieron una vuelta por las cocheras y ahí lo vieron: un pastor alemán de pinta seria, enfocado hacia las casas, ladrando como si quisiera hablar. Detrás del perro, el auténtico espectáculo: un hombre tirado en el suelo, como si la noche le hubiese jugado una mala pasada. El perro no paraba de ladrar, cada vez más nervioso, y ellos entendieron enseguida que el animal estaba pidiendo ayuda como quien pide un café doble en lunes.
Cuanto más cerca estaban, más fuerte ladraba el perro. Carmen, que siempre piensa con la cabeza fría (sobre todo antes del segundo sorbo de café), sugirió llamar a una ambulancia.
Los sanitarios llegaron a la velocidad de una bocina de feria y, nada más bajarse de la ambulancia, Carmen les avisó del pastor alemán. Pero, para sorpresa de todos, el perro enmudeció y se sentó junto a su dueño con una dignidad casi real, como diciendo: Hasta aquí llego, humanos. Ahora os toca a vosotros.
Los sanitarios, uno ojo al perro, otro a la víctima, se acercaron cautelosos. El hombre, joven, unos 35 años, sangraba abundantemente por el abdomen y necesitaba ayuda urgente. Aplicaron los primeros auxilios mientras el perroque en otra vida debió ser estatuano quitaba ojo.
Poco a poco, algún que otro vecino cotilla se fue asomando, pero nadie tuvo ganas de discutir con aquel perro.
Uno de los sanitarios fue a por una camilla. Subieron al hombre a la ambulancia, y con mucha diplomacia dejaron al pastor alemán fuera: se le miró, y el animal, fiel, corrió tras la ambulancia, a veces rezagándose, a veces casi alcanzando el parachoques trasero.
Al llegar al Hospital Universitario de Salamanca, la ambulancia paró en la puerta. El portero levantó la barrera y, en cuanto vio al perro, frunció el ceño.
Es el perro del herido explicó el conductor con voz de esto me pasa a menudo.
¿Y ahora qué hago yo con él? gruñó el portero, antes de soltar: ¡Quieto ahí! ¡Sienta! ¡Estate!
Y el pastor alemánque no parecía nuevo en esas lidesobedeció, sentándose ante la puerta como si esperara el autobús urbano. Vio cómo la ambulancia se iba y, tras una hora de espera digna de un santo, se tumbó junto al muro, sin molestar a nadie.
Al principio, los porteros le echaban un ojo de reojo. Pero al ver que se limitaba a vigilar, decidieron que tampoco iban a alterar la rutina más de lo imprescindible.
¿Y qué hacemos con el perro? preguntó uno.
Nada, deja que se quede. Si se cansa, se irá, y si no pues peor para él respondió el otro, filósofo de guardia.
¿Le damos de comer? ¿Un poco de chorizo de la máquina?
Si empiezas a darle comida, luego tienes lobo para toda la vida.
El perro sólo les miraba, tranquilo pero atento a cualquier movimiento.
Cuarenta minutos después, uno de los porteros volvió con novedades.
Ya han operado al hombre. Está en la UCI, pero estable. Le he traído algo de comer al animal.
Dejó un plato con una rodajita de chorizo y agua junto a un árbol. El perro lo miraba con desconfianza, como si sospechara que ahí dentro hubiera exámenes de matemáticas, pero no se movió. Al final, con la seguridad de quien nunca ha roto un plato (o sí, pero quiere disimular), bebió un sorbo de agua.
Una semana después, el dueño estaba ya en planta, mejorando poco a poco. Echaba de menos a su amigo, pero no tenía ni idea de dónde estaría.
Llevaban juntos desde que él salió del ejército por una herida que prefirió no recordar. Habían compartido de todo: guardias, caminatas, tardes aburridas y ahora, hospitales. Esperaba que su perro, tan listo, encontrara la manera de esperarlo.
Mientras tanto, el pastor alemán, ya conocido como Sultán por los porteros, seguía bajo el árbol, observando el portón como si esperara la segunda llegada del Mesías. Uno de los porteros, que ya se sentía medio dueño del animal, tuvo una idea y subió a planta.
Buenas tardes. ¿Usted es don Martín Valverde?
El mismo. ¿Qué ha pasado?
Mire, soy portero del hospital. Su perra sigue afuera aguardando. La hemos alimentado, pero no se aparta del sitio.
Martín sonrió, cerrando los ojos como quien revive un viejo recuerdo.
Es mía, sí, se llama Lidia. Sirvió conmigo en el ejército. No ha faltado nunca a ninguna guardia.
Ya nos hemos dado cuenta rio el portero, aliviado. ¿Quiere que le diga algo?
Martín cogió un pañuelo de papel, lo frotó por las manos y la cara y lo dejó en una bolsa.
Lléveselo a Lidia. Ella sabrá que sigo aquí.
El portero bajó y dejó la bolsa a la perra, que la olió un buen rato antes de llevársela bajo el árbol y tumbarse encima, guardando el tesoro como el dragón de la leyenda.
Durante el tiempo que siguió, Lidia continuó esperando. Y cuando Martín salió finalmente por la puerta del hospital, el reencuentro fue explosivo: saltos, lametones y hasta abanico de cola. Después de tanto juntos, ambos sabían que la espera mereció la pena.
Y ella, claro, esperó.





