Mi exnuera apareció en la cena de Navidad y todos nos quedamos sin palabras.

31 de diciembre, Diario.

Sigo sin saber cómo exactamente acabamos viviendo este tipo de escenas en mi familia. Todavía puedo escuchar el timbre que sonó a las 20:47, justo cuando ya teníamos todas las copas servidas y los villancicos repartidos por la casa. Habíamos terminado de preparar las uvas y la cazuela de lentejas estaba a punto de romper a hervir cuando, de repente, el sonido del portero automático nos hizo sobresaltar a todos.

Mi madre dejó caer el cucharón en la olla, salpicando hasta el mandil. Mi padre, que tarareaba “Los peces en el río”, se quedó con la radio a medio apagar. Yo, que justo acababa de llevarme un polvorón a la boca, estuve a punto de atragantarme.

¿Falta alguien por llegar? preguntó mi madre, repasando mentalmente la lista de invitados una vez más.

Mi hermano Luis levantó la mirada desde el sofá, donde construía una torre de piezas de madera junto a su hija de cuatro años, Carmen. Vi cómo se le iba el color de la cara casi de golpe.

No puede ser musitó él, casi sin voz.

Pero sí que podía ser. Porque cuando abrimos la puerta del portal, allí estaba Marta mi ex cuñada desde hacía seis meses, con una tarta de Santiago en una mano y una botella de vino rioja en la otra.

¡Familia! exclamó con esa sonrisa suya que siempre desarma. ¡Feliz Año Nuevo!

Se hizo un silencio tan espeso que se podía cortar con el cuchillo del jamón ibérico.

Marta balbuceé buscando las palabras. Pero… ¿no habíais?

¿Que ya no estoy con Luis? interrumpió, entrando tan campante como si nada. Bueno, claro, pero me separé de ÉL, no de vosotras. ¿O acaso celebramos el Año Nuevo con Luis? No, ¿verdad? Lo celebramos con la familia, eso es lo que cuenta.

Mi madre bendita mediadora profesional reaccionó la primera.

Hija, no le falta razón.

¡Mamá! protestó Luis.

¡Tía Marta! gritó Carmen y se lanzó en sus brazos.

Y en ese instante supimos que no había escapatoria.

La cena fue, con diferencia, la más surrealista y a la vez más natural de mi vida. Marta se sentó en su sitio habitual, ayudó a servir el cordero y, cuando le pasó la sal a Luis con una naturalidad pasmosa, todos nos quedamos boquiabiertos.

¿Te sirvo un poco más de ensaladilla? le ofreció a mi hermano.

Sí, gracias respondió él, completamente descolocado.

¿Sigues roncando tanto como siempre?

Marta, por favor

Pues tu próxima novia debería saberlo. Es fundamental.

¡Que no tengo novia!

Ah, entonces no hay prisa, ¿no?

Mientras tanto, mi padre me dio una patada disimulada por debajo de la mesa para no estallar de risa. Mi madre, fingiendo sumo interés en su copa de vino, hacía como si la cosa no fuera con ella.

El broche de oro llegó cuando saltó el momento de los regalos. Marta había traído detalles para todos. Incluso para Luis, a quien le regaló un libro sobre meditación y gestión de la ira.

A veces te obsesionas demasiado con lo del reciclaje le dijo con cariño mientras él abría el paquete apretando la mandíbula.

Pero lo que desarmó a todo el mundo fue cuando Carmen, agotada, se quedó dormida en el sofá, con la cabeza en el regazo de su madre y sus pies sobre las piernas de su padre. Marta y Luis cruzaron una mirada de esas que sólo pueden darse dos personas que han compartido mucho.

Si sigues siendo familia susurró mi madre, posando su mano sobre la de Marta. Da igual si hay divorcio o no.

Mientras fregábamos los platos después de la cena, no pude evitar pensar que mi familia estaba completamente chiflada pero era, sin duda, la mía.

Luis entró en la cocina, cargando a Carmen ya dormida rumbo al coche.

Te acerco a casa le dijo a Marta, con resignación y una media sonrisa.

¡Todo un caballero! ¿Ves por qué me casé contigo?

¿Ves por qué nos divorciamos?

Pero los dos sonrieron. ¿Cómo seguirá esto en el año que empieza? Sólo esta familia nuestra lo sabe.

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