Mamá, te presento a Lucía, dijo Rodrigo, un poco colorado, trayendo a la chica a casa cuando ya era bastante tarde.
Buenas noches, respondió Carmen, mirando a la inesperada invitada con cierto fastidio. Qué buenas horas para presentar a alguien, ¿eh? Faltan veinte minutos para medianoche
Ya le dije a Rodrigo que era tardísimo, contestó Lucía rápidamente. Pero nada, ¡está más terco que una mula!
Buena jugada, pensó Carmen. Se justifica y encima le echa la culpa a él. Menuda pieza, esta chica.
Bueno, pasad, les indicó la madre, sin más, y se perdió por el pasillo hacia su dormitorio.
¿Qué más iba a hacer? No iba a poner a su único hijo en la calle en plena noche, y menos por culpa de una desconocida. Si querían convivir, que lo hicieran. Una madre está para proteger a su hijo y abrirle los ojos. Y eso, Carmen iba a hacerlo en cuanto tuviera ocasión. Estaba convencida de que Rodrigo echaría a Lucía de casa, tarde o temprano, y encima se quedaría tranquilo de haberse librado de ella.
Esa noche, no pegó ojo, dándole vueltas a todas las maneras de invitar a la intrusa a marcharse.
No es que le pareciera mal que Rodrigo se casara. El chaval tenía treinta años, estaba más que preparado para emparejarse.
¡Pero no con ella!
Para empezar, era claramente más joven. Eso para Carmen era sinónimo de inmadurez.
¿Qué clase de esposa sería, de madre, o de ama de casa?
Luego estaba su actitud: se planta en casa ajena a esas horas, ni pide disculpas. ¡Y encima pone a Rodrigo como culpable!
Y todavía se queda a dormir…
Será la primera vez, o lo tendrá por costumbre, pensaba.
Lo tercero y más sencillo: no le caía bien. Punto.
Por tanto, Rodrigo acabaría por ver lo mismo que ella.
¿Para qué prolongar lo inevitable?
Pero al final, ni siquiera haría falta su plan.
La propia Lucía le dio a Carmen razones de sobra para poner cada cosa en su sitio.
El primer aviso vino por la mañana.
Lucía entró al baño y, oye, no salió hasta casi una hora después.
Rodrigo, que tenía que ir a trabajar, daba vueltas como un león enjaulado, de los nervios.
Hijo, ¿qué pasa? preguntó Carmen con voz dulce, demasiado dulce. La chica se está arreglando para ti
¡Pero yo tengo que trabajar!
Pues llama a la puerta y dile que aquí no vive sola sugirió ella.
No puedo, murmuró Rodrigo. Hablamos luego. Y tú, mamá, ¿no llegas tarde?
Yo no. Ya estoy arreglada. He preparado unas magdalenas. Ven a desayunar.
¡Si ni me he lavado la cara!
No pasa nada, luego te lavas. Ahora aprovecha y come bien, que luego el día es largo.
Rodrigo se sentó a la mesa, resignado.
Y en ese momento, aparece Lucía saliendo del baño, el pelo envuelto en una toalla. Estaba guapísima, la verdad.
¡Por fin! suspiró Rodrigo, corriendo al baño deprisa. Se lavó en un pispás, se pasó la maquinilla a toda velocidad, engulló una magdalena pequeña y, ya casi con un pie fuera, gritó:
¡Hasta esta noche! Espero que os caigáis bien.
¡Rodrigo! llamó Lucía. ¡Hoy íbamos a por mis cosas, acuérdate!
Esta noche, luego lo vemos, ¡no te enfades! gritó desde la escalera.
Carmen se levantó, fue a la puerta, cerró tras su hijo y miró a Lucía de arriba abajo, sin rodeos:
¿No te da vergüenza?
No, respondió con una sonrisa. ¿Por qué tendría que tenerla?
¡Rodrigo llegará tarde por tu culpa!
Que no, seguro que al final coge un taxi. No se preocupe, de verdad.
De todas formas, recuerda: aquí no estás sola. Si quieres pasar una hora en el baño, madruga más. Menos mal que hoy no trabajo.
No volverá a pasar, contestó Lucía, muy tranquila. Disculpe.
Carmen se sintió descolocada. Esperaba bronca. Pero esto
Pues vale, refunfuñó y se fue directa al baño.
Lo primero que vio fue el tubo de pasta de dientes. Nuevo, abierto, cuando el otro aún tenía.
Lucía, ¿por qué has abierto una pasta nueva?
Esta me gusta más
Espero que el champú y tus cosas te las traigas tú, ¿eh?
Por supuesto, Doña Carmen
Y las toallas igual, ¿entendido?
Las traeré.
Por más que Carmen buscaba la pelea, Lucía no le daba pie. Asentía a todo, educada, como si fuera tomando nota de sus futuras obligaciones.
Cansada de ir con vueltas, Carmen fue al grano.
Dime, ¿tú a qué has venido aquí?
Rodrigo y yo nos queremos
¡Claro, cómo no vas a querer a un chico como él! Pero lo que no entiendo es qué le ve mi hijo a ti.
Nunca se lo he preguntado
¿Qué hacen tus padres?
Mi madre trabaja de costurera en un taller.
¿Y tu padre?
No lo conozco.
Ya criarse sin padre ¿Y así piensas ser buena esposa para mi hijo?
Lo intentaré
Intenta lo que quieras, bufó Carmen, pero no va a funcionar contigo, chica. Mi hijo no te quiere. Se piensa que te quiere, ¡pero yo le conozco! No se va a casar contigo. ¿Para qué? ¡Si ya lo tienes todo hecho!
Él me quiere, dijo Lucía, y la voz le tembló. Estoy segura.
Te equivocas. ¿Crees que eres la primera?
No lo creo Pero tampoco me importa.
¿No te importa? En una semana se cansa de ti. ¡Si ni estáis al mismo nivel! ¡Intelecto! ¿Te suena esa palabra?
Me suena. Solo que aquí no pega.
¿Y eso?
Tengo carrera universitaria.
¿Y? Mira, hija, mejor que te vuelvas a tu casa. Esto no es lo tuyo. Llevo toda la mañana diciéndotelo y no lo pillas.
Vale, me voy. Pero ¿y Rodrigo? ¿Qué le va a decir?
¡Eso no te incumbe! Vete y no vuelvas. Aquí no eres bienvenida.
Carmen hablaba y ni ella misma se entendía. Nunca había dicho nada parecido a nadie. Las palabras le salían afiladas, sin freno.
¿Y Lucía?
La joven la miraba y lo entendía casi todo.
Carmen tenía celos de su propio hijo. Apenas hacía un día que se conocían, y ya
Y aun así, por la tarde, cuando se fue apagando el sol sobre Madrid, Carmen sintió por primera vez el peso del silencio en aquel piso donde nunca resonaría la risa de un nieto.






