— ¡Abuela Ala! — exclamó Matías. — ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?

¡Abuela Carmen! exclamó Mateo. ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo aquí en el pueblo?

Carmen Esteban se echó a llorar nada más ver el destrozo que le había hecho el valla. No era la primera vez que apuntalaba el vallado con tablones ni la última que se peleaba con los postes podridos, esperando juntar los euros suficientes de su modesta pensión antes de que la valla se viniese abajo. ¡Pero no pudo ser! La valla se desplomó.

Llevaba ya diez años lidiando sola con la casa, desde que su querido esposo, Pedro Andrade, se fue al otro barrio. Tenía unas manos de oro aquel hombre. Mientras vivía, Carmen no se preocupaba por nada: Pedro era un manitas, carpintero y ebanista, arreglador oficial de todo. Se autosuficiencian tanto que jamás tuvo que llamar a profesionales. En el pueblo le respetaban por su bondad y por eso de no saber estarse quieto. Vivieron juntos cuarenta años, solo les faltó un día para el aniversario redondo. La casa siempre pulcra, la huerta rebosando tomates y cebollas, el corral bien surtido, y todo gracias al trabajo en común.

El matrimonio tuvo un solo hijo: Isidro, su orgullo. De pequeño ya ayudaba, sin que nadie le pidiera nada. Cuando su madre volvía agotada de recoger aceitunas, Isidro ya había traído leña, llenado el cántaro de agua, encendido el fuego y dado de comer a las gallinas.

Pedro, al regresar del tajo, se acicalaba y salía al porche a fumar un poquito mientras Carmen preparaba la cena. Por la noche, todos cenaban juntos, compartiendo cotilleos y novedades del día. Era una familia feliz.

El tiempo, siempre traicionero, solo les dejó recuerdos. Isidro creció y decidió buscarse la vida en la gran ciudad, estudió, se casó con una chica de Madrid llamada Maribel. Se instalaron en la capital, y al principio Isidro visitaba a sus padres en vacaciones. Pero luego, Maribel le lió para irse de viaje al extranjero todos los años, y así fue. Pedro se enfadaba, sin entender aquella manía.

Pero, ¿de dónde se nos cansa tanto Isidrín? Eso seguro que es cosa de Maribel, que lo trae por la calle de la amargura. ¡Qué viajes ni qué narices!

El padre se ponía melancólico, la madre también. ¿Qué podían hacer? Vivir y esperar alguna postal del hijo. Pero un día Pedro cayó enfermo. No comía, se apagaba. Los médicos le recetaron de todo pero acabaron enviándole a casa a pasar el invierno. En primavera, cuando los ruiseñores cantaban, Pedro se fue al otro barrio.

Isidro vino al entierro, lloró como un niño, reprochándose el no haber estado más presente. Se quedó una semana en el pueblo y luego volvió a Madrid. Diez años después, solo tres cartas había escrito a su madre. Y Carmen, sola entre sus macetas de geranios, vendió la vaca y las ovejas a los vecinos.

¿Para qué quería animales? La pobre vaca se quedó al lado de la valla, escuchando cómo su antigua dueña lloraba desconsolada. Carmen se encerraba en la habitación del fondo, tapándose los oídos y llorando a moco tendido.

Sin las manos de un hombre, la casa empezó a abandonarse: el tejado se caía, las tablas del porche crujían y cuando llovía, el sótano parecía Venecia. La abuela Carmen hacía lo que podía. De la pensión guardaba algo para el albañil y a veces se apañaba sola, ella era de pueblo y sabía.

Así fue tirando, haciendo malabares con los euros, hasta que le vino otra desgracia: primero le falló la vista. Antes nunca había tenido problemas. Fue a la tienda y apenas distinguía los precios en los productos. Y a los meses ni la fachada del supermercado distinguía.

La enfermera del ambulatorio le visitó y le insistió en hacerse una operación.

Carmen Esteban, ¿quiere usted quedarse ciega? En la capital le hacen la operación y recupera la vista.

Pero la abuela, de operar, nada. Toda la vida escapando del bisturí. Un año después, casi había perdido la vista por completo. Pero tampoco le quitaba el sueño.

¿Para qué quiero yo ver? La tele ni la miro; solo pongo la radio y la señora del telediario me lo cuenta. Y la casa me la sé de memoria.

A veces sí se preocupaba, porque en el pueblo daban de vez en cuando problemas los pícaros que venían de fuera y saqueaban las casas vacías. A Carmen le daba cierta inseguridad no tener un buen perro para espantar a los malhechores con gruñidos y ladridos furiosos.

Le preguntó al cazador del pueblo, Simón:

¿No sabrás si el guardabosques tiene cachorros de mastín? Me vendría bien aunque fuese el más pequeño, yo lo crío…

Simón era un tipo curioso:

Abuela Carmen, ¿para qué quiere usted un mastín? Esos son para la sierra. Yo le puedo traer un pastor alemán de pura raza de Madrid.

Un pastor alemán debe ser carísimo…

No más que unos euros, abuela Carmen.

Pues tráelo, hijo.

Carmen contó su hucha y creyó que tenía suficiente para un buen perro. Pero Simón, que era más informal que un euro falso, lo iba dejando siempre para mañana. La abuela rezongaba por tanta palabra hueca, pero en el fondo le daba lástima. Simón era soltero, sin familia, solo casado con la botella de anís.

Simón era contemporáneo de Isidro, pero nunca quiso largarse del pueblo. Le agobiaba la ciudad, él tenía el alma de cazador. Se perdía días en el monte y fuera de temporada, se ganaba la vida haciendo chapuzas: huertas, carpintería, arreglar motores. Lo que sacaba de las abuelas lo gastaba corriendo en bebidas.

Después de sus farras, se iba al bosque, hinchado y con el dolor de cabeza, y a los pocos días volvía cargado de setas, moras, truchas y piñones. Las vendía por unos míseros euros y vuelta al anís. Siempre ayudaba a Carmen en las tareas por unas monedas. Ahora, con la valla caída, vuelve a pedirle ayuda.

El perro tendrá que esperar, ñaña Carmen murmuró entre resignada y filosófica. Hay que pagar a Simón por la valla, y no me llega el dinero.

Simón llegó cargado, y no solo de herramientas. En su mochila algo se movía. Sonriendo, llamó a Carmen.

Mire lo que le traigo… abrió la mochila.

Carmen tanteó y tocó una cabecita peluda.

Simón, ¿me has traído un cachorro de verdad?

El mejor de todos. Pastor alemán genuino, ñañita.

El cachorro chilló queriendo salir. Carmen se llevó las manos a la cabeza.

¡Pero si no me alcanza ni para la valla!

No lo voy a volver a llevar, Carmen replicó Simón, teatral. ¿Sabe cuánto me ha costado este perro?

¿Qué hacer? Tocó correr a la tienda, donde la dependienta le fió cinco botellas de aguardiente y agregó su nombre al cuaderno de deudas.

Simón acabó la valla por la tarde. Carmen le puso un buen plato caliente y llenó el vaso. El cazador, contento con la bebida, se dedicó a dar consejos: el perro debía comer dos veces al día y necesitaba una buena cadena porque iba a crecer enorme. Él sabía de perros.

Así aterrizó en casa el nuevo vecino peludo: Churro. Carmen le tomó cariño y él a ella, saltando y lamiendo cada vez que salía. Solo una cosa preocupaba: Churro creció como un ternero, pero nunca ladraba. A Carmen eso le disgustaba.

¡Ay, Simón! ¡Qué sinvergüenza! Me has colado un perro más inútil que una cesta sin fondo.

Pero, claro, no podía echar esa alma tan noble. ¿Para qué ladrar si los perros del barrio ni se atrevían a mirarlo? En tres meses ya le llegaba por la cintura.

Un día llegó Mateo, otro cazador, a comprar huevos, sal y cerillas, preparado para pasar el invierno en los montes. Al pasar delante de la casa de Carmen, se paró, viendo a Churro.

¡Abuela Carmen! gritó. ¡Pero quién le ha dado permiso para tener un lobo aquí!

Carmen, temblando, se llevó las manos al pecho.

¡Ay Virgen! ¡Qué ingenua soy…! Ese bribón de Simón me engañó, decía que era pastor alemán…

Mateo la miró serio.

Señora, hay que soltarlo en el monte. Si no, podemos tener un problema.

A Carmen se le escaparon lágrimas. Qué dolor separarse de Churro, tan buenazo; era un lobo, sí, pero noble y cariñoso. Pese a todo, últimamente tiraba de la cadena y quería escaparse. La gente le tenía miedo. No quedaba más remedio.

Mateo lo llevó al bosque. Churro movió la cola y desapareció entre los árboles. Nunca volvió.

Carmen lo extrañaba y maldecía a Simón. Aunque él también tenía remordimientos: solo había querido ayudar. Un día, andando por la sierra, Simón encontró huellas de oso y escuchó gemidos. Se iba a ir, no fuese que estuviera cerca la osa, pero el sonido no era de osezno. Apartó los matorrales y halló una madriguera, una loba muerta y unos cachorros, atacados por un oso seguramente. Solo uno sobrevivió, escondido.

Simón, compasivo, se lo llevó. Pensó que la abuela lo acogería, lo cuidaría, y cuando creciese, volvería solo al bosque, mientras él buscaba un perro auténtico para la abuela. Pero Mateo lo fastidió todo.

Simón estuvo unos días rondando la casa de Carmen, sin atreverse a entrar. En la calle hacía un frío de mil demonios. Carmen encendía la chimenea para no congelarse.

Una noche, llamaron a la puerta. Carmen, a tientas, abrió. Había un hombre en el umbral.

Buenas noches, abuela. ¿Me deja dormir aquí? Iba al pueblo de al lado y me he perdido.

¿Y cómo te llamas, hijo? Veo mal.

Borja.

Carmen frunció el ceño.

Que yo recuerde, en el pueblo no hay ningún Borja…

Yo soy de fuera, abuela. He comprado una casa aquí. Quería verla, pero el coche se me quedó atascado y vine andando. ¡Menuda ventisca!

¿La casa del difunto Daniel?

Justo esa asintió.

Carmen lo invitó a entrar y puso la tetera. No vio cómo aquel hombre escudriñaba el viejo aparador donde se guardan los ahorros y las joyas familiares.

Mientras ella se entretenía junto a la chimenea, el visitante empezó a rebuscar en el aparador. Carmen escuchó el chirrido.

¿Qué haces ahí, Borja?

¡Es la reforma del euro! Le ayudo a deshacerse del dinero viejo.

Carmen se puso rígida.

Mentira. No ha habido ninguna reforma. ¡¿Quién eres tú?!

Borja sacó un cuchillo y lo puso bajo el mentón de Carmen.

Calla, abuela. Suelta los billetes, el oro, la comida.

Carmen se congeló de miedo. Era un ladrón, prófugo quizás. Su suerte parecía echada…

Pero entonces, la puerta se abrió de golpe. Un lobo enorme entró y saltó sobre el asaltante. El tipo chilló, pero su bufanda le salvó de los mordiscos. Borja cogió el cuchillo y alcanzó al lobo en el hombro. Churro escabulló y el ladrón huyó.

En ese momento, Simón llegaba a disculparse. Vio a un hombre corriendo con cuchillo y blasfemando. Entró en casa y encontró a Churro sangrando. Simón comprendió todo y salió corriendo a buscar al policía local.

El ladrón fue detenido y condenado a unos añitos más.

Churro se convirtió en el héroe del pueblo. Todos le llevaban sobras y saludos. Ya no lo ataban, corría libre. Pero siempre volvía a casa de Carmen, con Simón después de las batidas.

Un día vieron un todoterreno negro delante de la casa. En el patio, cortando leña, estaba Isidro. Al reconocer a Simón, abrió los brazos.

Esa noche, todos juntos a la mesa, Carmen brillaba de felicidad. Isidro la convenció para ir a la ciudad a operarse, recuperar la vista.

Pues si hay que hacerlo… suspiró la abuela. En verano viene el nieto, y quiero verlo. Simón, cuida la casa y a Churro, ¿vale?

Simón asintió. Churro se tumbó junto a la chimenea, satisfecho. Su sitio estaba allí, entre amigos.

Si te ha gustado esta historia, ¡síguenos para más! Deja tus risas e impresiones en los comentarios, y dale me gusta si te ha alegrado el día.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 × 2 =

— ¡Abuela Ala! — exclamó Matías. — ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?
O mi madre, o nadie