Convertida en sirvienta: La historia de Alejandra, quien a los sesenta y tres años decidió casarse, sorprendiendo a su hijo y nuera con la noticia. Ellos dudaban si era correcto cambiar radicalmente su vida a esa edad y la advertían sobre los riesgos de casarse con Julián, a quien apenas conocía. Alejandra se instaló en el piso amplio de su nuevo esposo, conviviendo con su hija política y nieta, asumiendo cada vez más tareas domésticas y labores en el chalet familiar. Pronto, su rol cambió de esposa a sirvienta y la familia comenzó a tomar su ayuda por sentada. Cuando intentó poner límites y exigir sus derechos, su marido le recordó que debía cumplir con sus obligaciones y ella decidió marcharse, llevando su maleta y el regalo para su nieta, preguntando si su hijo y nuera la aceptarían de vuelta en el hogar donde siempre fue madre, abuela y suegra, pero nunca sirvienta.

Me convertí en sirvienta

Cuando Carmen decidió casarse, su hijo y su nuera se quedaron en shock ante la noticia y no sabían cómo reaccionar correctamente.

¿Estáis seguros de que queréis cambiar vuestra vida tan radicalmente a esta edad? preguntó Lucía, mirando a su marido.
Mamá, ¿pero hace falta hacer cosas tan drásticas? se alteró Víctor. Entiendo que has estado sola muchos años y que tu vida giró en torno a educarme, pero ahora casarte me parece una locura.
Es que sois jóvenes, por eso pensáis así contestó tranquilamente Carmen. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo le queda. Tengo todo el derecho a vivir lo que queda junto al hombre que amo.
Entonces, ¿por qué no esperáis para casaros? insistía Víctor, queriendo que su madre entrara en razón. Apenas llevas unos meses con ese Jesús y ya estás dispuesta a cambiarlo todo.
En nuestra edad hay que aprovechar, no perder el tiempo reflexionaba Carmen. ¿Qué más necesito saber? Es dos años mayor que yo, vive con su hija y su familia en un piso grande en Madrid, tiene buena pensión, y posee una casita en el campo.
¿Y dónde vais a vivir? no comprendía Víctor. Aquí vivimos juntos y no hay sitio para nadie más.
Nada de agobios, Jesús no quiere nuestro espacio, así que yo me iré a vivir con él explicaba Carmen. El piso es amplio, con su hija me entiendo bien, todos somos adultos, así que no hay motivos para conflictos.
Víctor estaba preocupado, Lucía le intentaba convencer para aceptar la decisión de su madre.
¿Y si somos un poco egoístas? reflexionaba Lucía. Desde luego, nos viene bien que tu madre nos ayude, que se ocupe tanto de Claudia. Pero tiene derecho a rehacer su vida. Si puede, no deberíamos impedírselo.
Ya, pero ¿por qué casarse? se quejaba Víctor. Lo que faltaba, una boda y ella de blanco
Son de otra generación, seguro que así se sienten más tranquilos y seguros razonaba Lucía.
Finalmente, Carmen se casó con Jesús, a quien había conocido accidentalmente en la plaza Mayor, y pronto se mudó a su piso. Al principio todo iba bien, la familia la aceptó, el marido era amable, y Carmen creyó que al fin, en el otoño de su vida, había encontrado la felicidad y podía disfrutar de cada día. Pero pronto salieron a la luz las consecuencias de vivir en una familia nueva.

¿Podrías preparar un guiso para cenar? preguntó Teresa, la hija. Yo haría algo, pero el trabajo me tiene saturada y no me da tiempo a nada. Tú tienes mucho más tiempo libre.
Carmen entendió la indirecta y empezó a encargarse de cocinar, junto con comprar la comida, limpiar el piso, lavar la ropa y hasta ir al campo.
Ahora que estamos casados, la casa del campo es de los dos dijo Jesús entonces. Teresa y Javier no pueden ir, la nieta es pequeña, así que lo haremos tú y yo.
A Carmen no le importaba, le gustaba ser parte de una familia grande y unida, donde todo se basaba en el apoyo mutuo. Con su primer marido no conoció esa dicha: era vago y astuto, y se marchó cuando Víctor cumplió diez, desde entonces no supieron nada más de él. Habían pasado veinte años y nunca supieron qué fue de él. Ahora todo parecía por fin adecuado; los quehaceres no pesaban y el cansancio no le molestaba.

Mamá, ¿qué pintas tú trabajando en el campo? le comentaba Víctor. Cada vez que vuelves parece que te sube la tensión, ¿de verdad lo quieres?
Claro que sí, además me gusta hacerlo se defendía Carmen. Cuando cosechemos con Jesús, habrá fruta y verdura para todos, también para vosotros.
Víctor dudaba de todo aquello: en meses nadie los había invitado a conocerles. Ellos mismos habían invitado una vez a Jesús, este prometió ir, pero siempre tenía algún compromiso, nunca venía, así que dejaron de insistir. Asumieron que la nueva familia no deseaba tener mucho trato. Solo pedían que la madre fuera feliz.

Al principio fue así y Carmen encontraba cierto placer en ocuparse de las cosas. Pero cada vez eran más y empezaban a agobiarla. Jesús, nada más llegar al campo, se quejaba de la espalda y del corazón; la mujer atenta lo acostaba para descansar y luego ella sola cargaba ramas, barría las hojas y tiraba restos en el pozo.

¿Otra vez cocido? se quejaba Javier, el yerno. Lo comimos ayer, pensé que hoy habría otra cosa.
No he tenido tiempo de preparar nada más, ni de ir a la compra se excusaba Carmen. He estado lavando y colgando todas las cortinas; acabé mareada y me tumbé un rato.
Lo entiendo, pero no me gusta el cocido apartaba el plato el yerno.
Mañana Carmen nos prepara un festín, seguro agregaba Jesús.
Y de verdad, al día siguiente Carmen se pasaba en la cocina todo el día, para que en media hora todo estuviera devorado. Luego limpiaba, y así cada día. Ahora la hija y el yerno parecían molestos por cualquier cosa, y Jesús siempre apoyaba a su familia dejando mal a su esposa.
Yo también me canso y no entiendo por qué tengo que hacerlo todo sola protestó por fin.
Eres mi esposa, por eso tienes que mantener la casa en orden contestaba Jesús.
Como tu esposa tengo no solo deberes, también derechos Carmen rompió a llorar.
Después se tranquilizaba y volvía a atender a todos, buscando agradar y mantener la armonía. Pero un día explotó y se desanimó del todo. Teresa y Javier iban a visitar a unos amigos y querían dejar a su hija con Carmen.
Que la niña se quede con su abuelo o que vaya con vosotros, porque hoy voy a la fiesta de cumpleaños de mi nieta dijo la mujer.
¿Por qué tenemos que adaptarnos todos a tus planes? se enfadó Teresa.
No tenéis que hacerlo, pero yo tampoco os debo nada Carmen recordó. Mi nieta cumple años, os lo avisé el martes. Nadie ha hecho caso y encima queréis que yo me quede en casa.
Así no vamos bien, de verdad Jesús enrojeció de rabia. Teresa tenía su plan y ahora se fastidia. Tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana.
Tampoco pasa nada si vamos ahora los tres o si te quedas tú con tu nieta hasta que regrese respondió Carmen decidida.
Ya sabía yo que esto de casarte no iba a salir bien soltó con amargura Teresa. Cocina sin gracia, la casa nunca está limpia y solo piensa en ella.
¿De verdad piensas eso después de todo lo que he hecho aquí? preguntó Carmen a Jesús. Dímelo claro: ¿me querías como esposa o como asistenta para cuidaros a todos?
Ahora exageras y quieres que yo quede como el malo parpadeaba nervioso Jesús. No armes escándalo por tonterías.
Solo quiero una respuesta, nada más insistía Carmen.
Si piensas así, haz lo que creas, pero aquí ese comportamiento no es aceptable decía Jesús, orgulloso.
En tal caso, me despido anunció Carmen, y empezó a recoger sus cosas.
¿Me aceptaréis de vuelta, aunque sea una abuela fracasada? preguntó mientras arrastraba la maleta y el regalo. Me casé y he vuelto, ya no quiero más, no me preguntéis nada, solo decidme: ¿me aceptáis?
Por supuesto fueron corriendo Víctor y Lucía. Tu cuarto te espera y estamos felices de que vuelvas.
¿Y por qué estaríais alegres? buscó escuchar las palabras que anhelaba.
¿Por qué otra razón se alegran los que se quieren? se sorprendió Lucía.
En ese momento Carmen supo que no era una sirvienta. Sí, ayudaba en casa y cuidaba de Claudia, pero nunca habían abusado ni pretendieron aprovecharse de ella. Allí era madre, abuela, suegra y parte de la familia, nunca criadas. Volvió para quedarse, pidió el divorcio y decidió no pensar en lo vivido.

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Convertida en sirvienta: La historia de Alejandra, quien a los sesenta y tres años decidió casarse, sorprendiendo a su hijo y nuera con la noticia. Ellos dudaban si era correcto cambiar radicalmente su vida a esa edad y la advertían sobre los riesgos de casarse con Julián, a quien apenas conocía. Alejandra se instaló en el piso amplio de su nuevo esposo, conviviendo con su hija política y nieta, asumiendo cada vez más tareas domésticas y labores en el chalet familiar. Pronto, su rol cambió de esposa a sirvienta y la familia comenzó a tomar su ayuda por sentada. Cuando intentó poner límites y exigir sus derechos, su marido le recordó que debía cumplir con sus obligaciones y ella decidió marcharse, llevando su maleta y el regalo para su nieta, preguntando si su hijo y nuera la aceptarían de vuelta en el hogar donde siempre fue madre, abuela y suegra, pero nunca sirvienta.
Mi hermano estuvo solo durante tanto tiempo y, cuando por fin encontró a una chica, resultó que no estaba a su altura.