Mi hermano siempre fue un chico reservado desde pequeño. Con los años, nada cambió. En el colegio, apenas hizo amigos, aunque Álvaro era un buen muchacho. Su carácter le impedía incluso acercarse a las chicas como era debido. En la universidad, en su grupo solo había muchachos. La chica que le gustaba terminó conociendo a otro porque Álvaro nunca se decidía. Aunque en su vida personal la suerte parecía darle la espalda, profesionalmente siempre le fue bien.
Al terminar la universidad, mi hermano encontró trabajo, se compró un piso en Madrid y comenzó a ayudar a la familia. Los años pasaban, y seguía sin encontrar una chica como él merecía. Incluso intenté presentarle a algunas amigas, pero fue inútil. Todas decían lo mismo: no tenían tema de conversación con Álvaro, por más buena persona que fuera. Pero un día apareció una chica que logró conquistarle de verdad. Nunca le vi tan radiante de felicidad.
Por mi parte, siempre he pensado que es mejor estar sola que salir con alguien como ella. Su nueva pareja trabaja como dependienta en un supermercado y tiene dos niños de un matrimonio anterior. Tampoco tiene estudios ni vivienda propia. No entiendo por qué mi hermano está con ella. El día que Álvaro la presentó en casa, mi madre casi se desmaya y, tras reponerse, le pidió a la invitada que se marchara. Me da pena mi hermano. Ha estado solo durante tanto tiempo y, cuando por fin encuentra a alguien, ella no está a su altura. Álvaro se niega a escuchar a nuestros padres. El amor es ciego. Ojalá pronto mi hermano recapacite, vea su error y la deje.
¿Cómo puedo convencerle yo?






