¡Hay que avisar con tiempo, que yo no he preparado nada! ¿Sabes cuánto cuesta recibir a invitados? gritaba mi suegra, Carmen Fernández.
Yo soy la nuera: normal y trabajadora, sin pensarme reina de nada. Mi marido y yo vivimos en nuestro piso de Madrid, que mantenemos solos entre la hipoteca, las facturas y jornadas eternas de trabajo.
Carmen vive en un pueblo de Toledo, allí también está mi cuñada, Pilar. Todo sería estupendo si no hubieran decidido que nuestro piso es su destino turístico de fin de semana. Al principio la cosa tenía su gracia:
Este sábado os hacemos una visita.
Sólo un rato, no os preocupéis.
Al fin y al cabo, somos familia.
Lo de sólo un rato se traducía en quedarse a dormir; os hacemos una visita significaba llegar con bolsas, cazuelas vacías y la mirada puesta en una gran comida.
Cada sábado era igual: después de mi trabajo corría por los supermercados, cocinaba, limpiaba, ponía la mesa, sonreía y después me tocaba fregar platos hasta medianoche y dejar todo impecable. Carmen se sentaba y soltaba perlas como:
¿Por qué no le pones maíz a la ensalada?
El cocido aquí no tiene nada de sustancia.
En mi pueblo esto no se hace así.
Y Pilar añadía:
Buf, estoy agotada del viaje.
¿No hay postre?
Y jamás escuchaba un gracias, ni un ¿te ayudo en algo? ni nada parecido.
Una vez ya no pude más y le dije a mi marido:
No soy la asistenta de tu familia. No pienso pasar cada fin de semana sirviéndoles.
Habrá que hacer algo me respondió.
Entonces me vino una idea a la cabeza.
El siguiente sábado, Carmen llama:
Este sábado vamos a Madrid.
Uy, nosotros tenemos planes el finde le contesté con toda tranquilidad.
¿Qué planes?
Cosas nuestras.
Y ¿sabes qué hicimos? Por primera vez, cambiamos las tornas. Cogimos el coche y nos plantamos en la casa de Carmen en Toledo. Mi marido y yo estábamos en su puerta, temprano, el sábado por la mañana. Carmen abrió la puerta y se quedó paralizada.
¿Pero esto qué es?
Venimos de visita. Sólo un rato.
¡Pero hay que avisar! ¡No tengo nada preparado! ¿Sabéis lo caro que es tener invitados en casa?
La miré a los ojos y le dije sin perder la calma:
¿Ves? Así paso yo todos los fines de semana.
¡¡Qué, me querías enseñar una lección!! ¡Qué descaro!
El griterío fue tal, que los vecinos salieron a mirar. Nos fuimos de allí enseguida.
Y, lo más curioso, desde aquel día ni una sola visita sin previo aviso, ni un os hacemos una visita, ni mis fines de semana atrapada en la cocina. A veces, para que te entiendan, basta con ponerles en tus zapatos.
Hoy escribo esto y me doy cuenta: en la vida hay que saber decir basta y defender tu tiempo y tu espacio. Cada uno merece respeto y, a veces, hace falta una pequeña lección para que lo vean claro.






