Arrepentimiento y confesión de un antiguo pecado

Arrepentimiento y confesión de un viejo pecado
Isidro ya había despertado, desayunó y planeaba ir tranquilamente al garaje, pero lo detuvo una llamada al móvil. Era su hijo Esteban.
Dime, hijo.
Papá, Tomás está en el hospital. Le atropelló un coche cuando iba al colegio. Está grave; mi mujer y yo estamos aquí con él.
Ahora mismo voy respondió, colgó rápidamente, cogió las llaves del coche y salió del piso. Su mujer había salido antes al mercado.
Se sentó al volante y, mientras sacaba el coche del patio, no podía apartar de la cabeza el pensamiento:
Virgen Santa, pobre Tomás ¿Cuándo terminará esto? No es la primera desgracia que le ocurre Señor, ¿qué habrá hecho este crío de diez años para merecerlo?. Entonces, sintió un pinchazo en el corazón y una idea fugaz le atravesó la mente. ¿Y si mi nieto está pagando por mis pecados?
Toda la vida se arrepintió Isidro de lo que hizo de joven, pero ya no había manera de repararlo. De eso habían pasado veinticinco años o tal vez más. Intentó olvidar aquel día de mil formas, pero jamás lo logró.
Tomás tenía apenas tres meses cuando un gigantesco trozo de escayola cayó del techo sobre la cuna, por suerte rozando el colchón sin hacerle daño. Los vecinos de arriba habían inundado el piso y se desprendía el techo. No había tiempo para obras. Esteban vivía entonces con la familia de sus padres. Todos se llevaron un buen susto, pero se solucionó.
A los seis años, su madre colgaba la ropa en el balcón cuando Tomás tiró de la mesa y volcó la tetera. El agua hirviendo le cayó en la mano. La quemadura fue grave y estuvo días ingresado. Otra vez la suerte le libró, pero le quedó la cicatriz. Y ahora, de nuevo
En aquellos tiempos, Isidro, su mujer y el pequeño Esteban fueron al pueblo a ver a su madre. Circulando por la carretera de tierra, vio a un hombre caminar por el arcén con una bolsa. Al pasar, reconoció a un viejo amigo: Fernando. Isidro solía ir en moto hasta su pueblo para bailar en el casino.
¡Hombre, Fernando! ¿Vienes del tren? Sube, te acerco.
¡Hola, Isidro! Vengo de ver a mi hermano mayor, que vive en la provincia ¿Y tú, vienes con la familia a ver a tu madre?
Sí, a echarle una mano y ver cómo está.
El pueblo de Fernando estaba de camino; el de Isidro quedaba cinco kilómetros más allá. Le dejó frente a su casa:
Pásate por la tarde a casa de Alejandro; nos juntamos y recordamos los viejos tiempos
¡Venga, de acuerdo! aceptó Isidro.
Comieron con la madre y charlaron largo rato. Isidro rajó leña y la metió bajo el cobertizo. Mientras tanto, las mujeres y Esteban recogían fresas en el huerto.
Me voy a casa de Fernando avisó antes de marcharse.
Se juntaron los amigos con alegría. Alejandro llevaba años sin ver a Isidro y ya iba algo achispado. En el patio habían montado una mesa sencilla, con una botella, vasos y algo de picar. Revivieron mil anécdotas: cómo Isidro cruzaba el pueblo a toda velocidad en su moto para ir a bailar al casino, las gallinas saltando por el miedo y las abuelas gritando con el puño en alto.
Qué tiempos, Isidro, siempre fuiste arriesgado. ¡Cuántas de esas te salieron bien! ¿Te acuerdas de cuando chocaste contra aquel tronco y saliste volando?
Si iba despacio, ya era de noche, se justificaba él.
Bebieron sin medida, aunque Isidro iba a conducir. No temía nada, en el pueblo no había Guardia Civil de tráfico. Pronto avistó el anochecer, saludó y se despidió de todos, rumbo a casa.
Ya saliendo del pueblo, de repente un niño salió en bicicleta a la carretera. Isidro pisó el freno a fondo, pero fue tarde: el crío chocó contra el coche y voló a un lado. Atónito, Isidro bajó corriendo. El niño yacía inmóvil, sin vida aparente.
¡Dios mío, qué he hecho! Ahora me espera la cárcel por matar a un niño, y encima bebido se llevó las manos a la cabeza, horrorizado, sin saber qué hacer. Miró alrededor: no había nadie.
Nadie me ha visto Quizá
No había tiempo para pensar. Apartó al niño al borde del camino, se subió al coche y condujo de vuelta, directos al garaje, donde examinó la carrocería: por suerte, parecía no haber marcas. Pasó la noche en vela, sin confesarle nada a nadie. Al alba despertó a su mujer y le improvisó una excusa:
Cariño, debemos volver hoy mismo, dijo, el coche está averiado, llamo a un taxi de la ciudad. Tengo que ir urgente al trabajo.
Ella le miró extrañada, pero él insistió, decía que lo había olvidado, que debía cubrir a un compañero. Nunca contó lo sucedido. Pronto vendió el coche y lo dejó atrás. Pero nunca pudo olvidar aquella tarde. Trató de ahogarla en su memoria, pero jamás lo consiguió.
Después la vida cambió. Se dedicó a los negocios. Con el tiempo prosperó, olvidando casi el incidente. Hombre de éxito, centrado solo en su fortuna, creyó ser invulnerable a los remordimientos.
Quizá habría olvidado para siempre, convenciéndose de que él era la víctima. Pero ahora, cuando su nieto Tomás había sido atropellado, todo volvía. Recordaba cada infortunio anterior del chiquillo.
En el hospital le esperaban Esteban y la nuera, destrozados. Los médicos no daban buenas noticias; solo podían esperar. Isidro, desesperado y perdido, caminaba por los pasillos. Entonces se acercó a su hijo.
Déjame ir un momento, me urge algo. Estaré pendiente, hijo.
Esteban asintió, comprendiendo su estado.
Isidro puso rumbo al pueblo. Su madre, al verle entrar por el patio, levantó las manos asombrada. Vieja y cansada, barría el pasillo con su escoba de escobas viejas.
¡Isidro, qué sorpresa! No te esperaba, ¿ha pasado algo?
No, solo venía a verte, ayudarte en lo que haga falta.
Comieron, tomaron café, y mientras repasaban las historias de la aldea, Isidro le preguntó de pronto:
Mamá, ¿te acuerdas de que hace años atropellaron a un niño en la entrada del pueblo vecino? Un conocido intenta contactar con su familia, ¿sabes algo de ellos?
Uf, de eso ya ni me acuerdo. Qué cosas tienes, hijo. Decían que aquel sinvergüenza atropelló al chiquillo y huyó. Pero el niño sobrevivió; fue recogido por un vecino que lo llevó en su viejo SEAT al hospital. Era el nieto de Blasa, la pobre sola con su nieto porque sus padres perecieron en un incendio. ¿Por qué preguntas?
Así que vive, el niño sigue vivo retumbaban las palabras en su cabeza. ¡Debí ayudarles!
Ayudó a su madre, llenó la pila del pozo, acarreó leña a la cocina, y se despidió:
Me tengo que ir, mamá. Hasta pronto.
En la aldea vecina, preguntó y enseguida localizó la humilde casa donde vivía Blasa con su nieto Miguel. La anciana daba de comer a las gallinas. Isidro llamó suavemente a la verja.
Buenas tardes, Blasa; necesito hablar con usted.
Ella, de ojos vidriosos, le hizo pasar. Ante un café, Isidro le confesó todo, con la vergüenza ahogando cada palabra.
Blasa, cometí un gravísimo error con usted y con Miguel. Le suplico, por favor, que trate de entenderme y pueda perdonarme. Era joven, tenía a mi hijo pequeño, acababa de empezar mi vida Yo pensé que ese niño que no sobrevivió. Si hubiera sabido que vivía, nunca me habría marchado.
La anciana le miró, penetrante, con cierto reproche.
Ay, Isidro, en este mundo solo pensamos en nosotros. Imprudentes al volante ¿A dónde corréis siempre? Por suerte, los médicos salvaron al chaval.
Perdóneme, Blasa, se lo ruego. Lo he llevado dentro toda mi vida. Si pudiese remediarlo, cambiaría todo lo que hice.
Bueno, hijo, hace ya muchísimos años. Gracias a Dios, Miguel sobrevivió. Cada uno paga sus pecados ante el Señor. Si quieres, espera un poco; mi nieto está por llegar del trabajo. Quizá hablar con él te ayude a encontrar la paz.
Al poco entró Miguel, hoy un hombre fuerte y sano, que aún no tenía esposa.
Buenas, Miguel le saludó Isidro, que fue recibido con desconfianza.
Cuando Miguel entendió la razón de la visita, se cerró en un silencio severo. Isidro repitió todo, y le ofreció ayuda para construir una casa nueva, enterándose por Blasa de la necesidad.
Miguel quiere casarse, pero ¿a dónde traer a la novia? Aquí apenas cabemos le explicó Blasa. Por eso empezó a construir un nuevo hogar, pero aquí no se gana suficiente.
Miguel, con orgullo, rehusó la ayuda.
No le debemos nada. No la necesitamos. No le guardo rencor contestó seco.
Isidro regresó a casa aliviado: el muchacho había sobrevivido, aunque él arrastrara toda la vida la cobardía de haber huido.
Después de aquella visita, volvió varias veces al pueblo. Miguel fue suavizando su actitud; dejó de verle como enemigo. Y finalmente Isidro, sin decir nada, envió un camión de materiales; la casa crecía deprisa, financiada por él.
Esto es lo mínimo que puedo hacer comentaba Isidro en las meriendas; Miguel, poco a poco, empezó a darle las gracias sinceramente. Créeme, lo hago de corazón. Me alegro de cómo han cambiado las cosas.
En la boda de Miguel, Isidro fue invitado y obsequió a los recién casados con un sobre generoso.
De todo corazón, os deseo lo mejor dijo, mientras los demás se preguntaban quién era ese hombre. Miguel explicaba que era un amigo de su difunto padre.
También el nieto Tomás acabó saliendo adelante. Isidro, por fin, pudo respirar y sentirse en paz, viviendo una vida plena.
Gracias por leerme y por vuestro apoyo. ¡Suerte y mucha bondad a todos!

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Arrepentimiento y confesión de un antiguo pecado
Mis amigos llegaron con las manos vacías a una mesa repleta y yo cerré la puerta del frigorífico – Sergio, ¿de verdad crees que con tres kilos de lomo de cerdo será suficiente? La última vez arrasaron con todo, hasta empaparon la miga del pan en la salsa. Y Luchi, además, pidió un táper para “su perro”, pero luego presumió en Instagram de mi asado como si fuese su creación. Irene retorcía nerviosa el borde del paño de cocina, contemplando el campo de batalla en que se había convertido su cocina. Eran apenas las doce del mediodía y ya no sentía las piernas. Desde las seis estaba en pie: primero al mercado, para elegir la carne más fresca; luego al súper, por alcohol bueno y delicatessen; después, trocear, cocer, freír, preparar. Su marido, Sergio, pelaba patatas junto al fregadero con resignación creciente. – ¡Irene, es demasiado! – suspiró, viendo crecer la montaña de pieles. – Tres kilos para cuatro invitados y nosotros dos. ¡Medio kilo por cabeza! Van a reventar. Además, has preparado caviar, pescado, ensaladas hasta aburrir… Si no es una boda, es solo el estreno del piso, aunque sea con retraso. – No entiendes nada – bufó Irene, mezclando la salsa espesa al fuego. – Son nuestros viejos amigos: Susi y Nacho, Laura y Toni. Hace mil que no los vemos, vienen de otro barrio, me daría vergüenza una mesa pobre. Pensarían que nos hemos creído importantes por tener piso propio y nos hemos vuelto tacaños. Irene era así. Haber nacido en Castilla la convirtió en anfitriona de raza: de abuela que con cuatro cosas y un puchero alimentaba un regimiento. Para ella, recibir con poco era una falta de respeto imperdonable. Llevaba una semana planificando menús, buscando recetas, ahorrando de la nómina para comprar el brandy caro que le gustaba a Nacho y ese vino francés que prefería Susi. – Ojalá ellos también trajeran algo – murmuró Sergio. – Cuando fue el cumple de Toni llevamos un regalo caro, nuestro vino y hasta horneaste tú el pastel. ¿Y ellos? ¿Te acuerdas cuando les visitamos? Solo había infusiones del súper y galletas duras. – No seas rencoroso – le reprendió Irene. – Aquella época estaban fatal, con la hipoteca y las obras. Ahora les va bien: Nacho ha ascendido, Laura presume de abrigo nuevo… A lo mejor traen algo: una tarta, fruta… Yo no hice postre a propósito, ya le insinué a Susi que el dulce lo pusieran ellos. A las cinco la casa brillaba; la mesa, parecía el escaparate de una charcutería gourmet. En el centro, lengua en gelatina; a su alrededor, ensaladeras con ensaladilla rusa (de lengua y colas de río, ¡no de fiambre barato!); arenques bajo tapiz de remolacha, decorados con caviar; tablas de ahumados y embutidos caseros. En el horno, el codiciado lomo asado con patatas al estilo castizo y setas. En el frigorífico, aguardaban la Finlandia, el brandy caro y tres botellas de vino. Con el último aliento, Irene se puso su mejor vestido, se arregló y se sentó a esperar el timbre. – Estoy de los nervios – confesó a Sergio, que abotonaba la camisa. – La primera reunión en casa nueva… Quiero que todo salga perfecto. A las cinco en punto, sonó el timbre. Al abrir, entró el grupo en tromba: Susi con su abrigo de visón (costaba casi la reforma entera de Irene), Nacho luciendo cazadora de cuero, Laura maquillada de evento y Toni ya algo alegre. – ¡Viva los caseros nuevos! – gritó Susi entre risas y kilos de perfume dulzón. – ¡Enseñadnos el palacio! Todos se desnudaban, Susi entregaba chaquetas y abrigos a Sergio, que no daba abasto colgándolos. Irene, sonriente, revisó de reojo: en las manos de los cuatro… nada. Ni una bolsa, ni una caja de dulces, ni una botella, ni siquiera una triste tableta de chocolate. – ¿No habéis traído…? – empezó Irene, pero se calló. Igual lo dejaron en el coche, o en el bolso algo pequeño. – ¡Irene, has adelgazado un montón! – Laura le plantó un beso sin descalzarse y se adentró en el piso. – El piso es mono, aunque sencillo. ¿Papeles para pintar? Uy, parece una oficina. Mejor habríais puesto papel satinado. – Nos gusta el minimalismo – replicó Sergio. – Pero pasad al salón, ¡que está todo listo! Nada más ver la mesa, a Nacho le brillaron los ojos: – ¡Menuda orgía culinaria! – frotándose las manos. – Ya sabía yo que el menú iba a ser espectacular. Venimos en ayunas, reservando sitio para tu asado famoso. Se acomodaron. Irene fue a la cocina por los aperitivos calientes (champiñones gratinados) y una idea le rondaba: “¿Serán tan cutres como para felicitar solo con palabras? ¿O igual han traído un sobre con dinero y por eso vienen con las manos vacías?”. Al volver, el grupo ya atacaba las ensaladas, sin esperar brindis. – ¡Qué buena la ensaladilla! – masculló Toni. – Sergio, echa un trago, ¿qué esperamos? ¡Estoy seco! Sergio sirvió vodka a los hombres y vino a las mujeres. – Por la casa nueva – brindó Nacho. – Que viváis… medianamente bien. Que no se rajen las paredes y no os inunden los vecinos. ¡Salud! Tragó de un golpe, olisqueó la manga y ya pinchaba la trucha ahumada. – Oye, Irene… ¿por qué el vodka está del tiempo? ¡Se tiene que servir helado! – Salió de la nevera, Nacho – contestó Irene con voz tensa. – Está a cinco grados, como se debe. – Sí, claro… Frío, frío tiene que ser para que no pase… Bueno, da igual, cuela. Y ¿brandy tienes para después? – Sí – planteó Irene – pero… ¿no preferís comer primero? – ¡Lo uno no quita lo otro! – rió Toni. La merienda se encendía. La comida desaparecía de los platos a velocidad de récord. Comían como si vinieran del desierto. Eso sí, todo lo criticaban. – El arenque está seco – sentenció Susi mientras repetía por tercera vez. – ¿No has puesto suficiente mahonesa? ¿Estás ahorrando? – Es mahonesa casera, no tan grasa – justificó Irene. – Bah, ¡qué tontería! – zanjó Laura. – Mejor comprar el bote, más fácil y sabroso. Y el caviar, menudo grano: ¿es de salmón? Mejor el de esturión, que es más grande. Irene cruzó una mirada con Sergio: su marido, rojo, tensando el cubierto como si estuviera en guerra. – ¿Qué tal os va a vosotros? – cambió de tema Sergio. – Susi, tengo entendido que estuviste en Dubái… – ¡Ay, Dubái, qué sueño! – exclamó Susi con pose viajera. – Hotel cinco estrellas, todo incluido, langostas, champán… De allí me traje un bolso Louis Vuitton, original, ¡doscientos mil me costó! Nacho protestó, pero le dije: ¡la vida es para vivirla! – Las mujeres, gastonas – apuntó Nacho, sirviéndose brandy a placer. – Yo pronto me pillo coche nuevo, he ahorrado. Nosotros no gastamos en tonterías, como las obras… – ¿”Tonterías”? – no entendió Irene. – Que las paredes son solo eso – explicó Laura. Nosotros llevamos diez años igual, con las de la abuela. Pero viajamos cada año, compramos ropa de marca… Lo vuestro es cemento. ¡Vivís aburridos! – Hablando de comer… – interrumpió Toni, dejándose caer sobre el mantel sucia la servilleta. – Ayer fuimos a “La Tasquita” y, madre, qué menú. Caro, pero de categoría. No como aquí, picoteando. ¿Y el plato fuerte, para cuándo? ¡Esto es puro verdeo! Irene recogía platos sucios con las manos temblando de indignación. “Se han gastado un dineral en restaurantes y en unas vacaciones, y llegan aquí a pulirse todo… ¡y ni un mal detalle nos traen! Ni una planta, ni un dulce.” Se fue a la cocina, seguida por Susi, que entró en plan “te ayudo”, pero realmente quería cotillear a gusto. – Irene, menuda mesa, pero chica, se nota que estáis pelados. Este vino… regularcillo, lo bebo yo en el campo. Podías haberte estirado, ¿no? – Es vino francés, Susi, dos mil la botella – respondió Irene con los dientes apretados. – ¡Anda ya! Te timaron. Está agrio. Oye, ¿te sobró algo para mañana? Nacho y yo seguro estaremos resacosos e igual no cocinamos. Algún táper de carne, ensalada… Como has hecho para un regimiento, si no se pierde. Irene se detuvo con el plato en la mano, la miró fijamente. – ¿Quieres que te prepare la cena para llevar? – Claro, mujer, todo el mundo lo hace. ¡Así ahorramos! – soltó Susi. – Por cierto, ¿hay postre? Me muero por algo dulce. ¿Tienes tarta? – Dije que el postre os tocaba a vosotros – le recordó Irene, seca. – ¿Yo? ¡Ni hablar! Yo estoy a dieta, no compro dulces. Pensé que tú harías uno de esos tuyos, el “Milhojas” que bordas o una tarta decente. Venimos con las manos vacías, porque aquí no falta de nada. ¡Sois ricos ya, con piso propio! Irene devolvió el plato a la encimera. El golpe del porcelán sonó como un disparo. – ¿Así que creíais que aquí sobraba todo? ¿Que éramos ricos? – ¡Claro! Si pagáis hipoteca, hacéis obras… Aquí hay pasta. Nosotros aún ahorramos para veranear. Anda, saca la carne, los chicos se mueren de hambre. Irene, muda, recordó los préstamos para Susi, las mudanzas gratis para Nacho, la costumbre de llegar vacíos pero irse con los tuppers llenos, invitar una vez cada cinco años poniendo croquetas congeladas… Se acercó al horno, olisqueó el aire al romero y ajo; vio la tarta de frambuesas carísima en el frigo, un capricho para sorprender aunque acordasen lo del postre. Pero cerró el horno. Apagó el gas. Apretó la puerta del frigorífico. – No habrá carne – anunció, firme. – ¿Cómo? ¿Se quemó? – exclamó Susi. – No. Simplemente, no la habrá. Irene entró en el salón. Los hombres debatían política, Sergio con cara de funeral. – Queridos invitados – dijo Irene, su voz sonaba como una cuerda de guitarra en tensión – la fiesta se ha terminado. Todos enmudecieron. Nacho congeló el vaso en el aire. – Irene, ¿qué dices? Si ni siquiera nos has dado el asado. ¡Lo prometiste! – Lo prometí. Pero he cambiado de opinión. – ¡Pero si estamos hambrientos! ¡Los entrantes son para picar! ¡Saca la carne! – Ahí se queda. Y vosotros… cogéis vuestras cosas, os ponéis el abrigo y os vais a casa. O al restaurante ese tan caro. Allí os saciarán. – ¿Se te ha ido la olla? – chilló Toni. – Sergio, controla a tu mujer. ¡Esto es una falta de respeto a los invitados! Sergio se levantó despacio. Miró a su mujer, después al grupo. Vio el temblor de Irene, el brillo de las lágrimas. Y comprendió todo. – Irene no está borracha. Irene está cansada – replicó Sergio – Vinisteis aquí sin ni un mísero detalle, os habéis bebido mi brandy, habéis criticado la comida de mi mujer, tachado nuestro vino de malo, y de nuestra casa, una oficina. ¿Y ahora reclamáis carne? – ¡Pero era broma! – aulló Susi. – ¡Olvidamos traer el pastel, pero trajimos alegría! – ¿Alegría gratis, a nuestra costa? – preguntó Irene. – Se acabó, gracias. Yo pasé toda la mañana cocinando, gastando medio sueldo para haceros felices. Y vosotros no sois más que unos aprovechados. Viajáis a Dubái, pero os cuesta gastar unos euros en bombones para la anfitriona. – ¿Así que nos echas en cara la comida? ¡Pues ahogaos con ella! ¡Vámonos! ¡No vuelvo a pisar esta casa! ¡Avariciosos! – gritó Nacho. – Por favor – dijo Sergio abriendo la puerta – y no olvidéis vuestros táperes. Vacíos. Se marcharon con estruendo, Susi chillando que nunca volvería a ser amiga de Irene, que contaría a todos su “tacañería histérica”, Laura protestando por la noche “estropeada”, los chicos, maldiciendo. Cerrada la puerta, el silencio fue absoluto. Irene miraba el desastre de platos y manchas en el mantel. Sergio le rodeó los hombros. – ¿Estás bien? – preguntó quedo. – Me tiemblan las manos – respondió ella. – Sergio, ¿he sido tacaña? ¿Debería haber callado y servido la comida? Al fin y al cabo, eran invitados… – No, Irene. Has empezado a respetarte. Estoy orgulloso de ti. Hubiese hecho yo lo mismo. Ellos han cruzado la línea. Irene suspiró y se refugió en él. – ¿Y la carne? – preguntó Sergio con sorna al cabo de un rato – ¿de verdad está ahí? Porque huele que alimenta. Irene, por fin, se echó a reír de corazón. – Sí, Sergio. Y la tarta, también. Una enorme, con frutas. Se sentaron entre los platos sucios y apartaron lo indispensable. Irene sacó del horno la carne dorada, la tarta, y sirvió ese “vino ácido” que resultó ser un delicioso Burdeos. – Por nosotros – brindó Sergio. – Por que solo entren en nuestra casa quienes vengan con el corazón abierto, y no con la cuchara vacía. Cenaron el mejor asado de sus vidas, en el mejor silencio. Al rato, sonó el móvil de Irene. Susi escribía: “¡Vaya tía! Aquí estamos en el McDonald’s muertos de hambre por tu culpa. Perdona algo, ¿no te da vergüenza?”. Irene sonrió, pulsó “bloquear”, lo mismo con los cuatro contactos. La agenda se quedó en cuatro amigos menos. El aire, en su casa, ganó espacio. Y la nevera, nave llena de manjares, no guardaría ni una migaja para quien no la mereciese. Porque la verdadera amistad va en doble sentido, y a veces un frigorífico cerrado es la mejor forma de respetarse a uno mismo.