Recuerdo como, al casarme con Ramón, sabía que venía con una hija de su primer matrimonio. Su exesposa, Margarita, había dejado a la niña hacía ya seis años; cogió sus cosas y se marchó a París con otro hombre, comenzando una vida nueva. Desde entonces, ha tenido otros dos hijos, apenas llama a su hija mayor un par de veces al mes por videollamada y sólo envía algún regalo por su cumpleaños. Veo cómo la niña echa de menos a su madre, cómo se queda mirando el móvil, esperando ese Ven a vivir conmigo. Pero ella jamás la ha invitado, jamás ha venido a verla. Simplemente ha borrado a su hija de su vida.
Al principio, la niña vivió con la abuela la madre de Ramón, pero pronto se cansó. No soportaba las rabietas, los problemas en el colegio, los dramas. Así que devolvió a la nieta a su padre. Ramón la trajo a casa, me miró con resignación y murmuró: Lucía va a quedarse con nosotros. Para siempre.
Juro que intenté ser buena madrastra. Le compré ropa, cocinaba los platos que le gustaban, la recogía del colegio, intentaba conversar. Quería ser su amiga. Pero se cerró por completo. Parecía construir un muro entre nosotras, sin intención de acercarse. No sólo me ignora, sino que se asegura de mostrar que, en su mundo, no quiere saber nada de mí.
Ya han pasado tres años. Ahora, Lucía tiene doce y sigue viviendo aquí, mandando como si la casa le perteneciera. Cada noche se queja a su padre: Tía Verónica me obligó a recoger mi habitación, Tía Verónica no me compró lo que quería. Y luego mi suegra llama para criticar, diciendo que no le presto suficiente atención y que, ya que estoy embarazada, debería aprender a ser madre. Pero ella misma no quiere cuidar de la nieta, ni siquiera una hora cuando tengo que ir al médico o al trabajo.
Esto me tiene agotada. Trabajo, cuido la casa, preparo la cena y ahora estoy esperando un hijo. Ramón, aunque no toma partido por su hija, me pide paciencia. Pero ya no puedo más. Lucía se ha convertido en una fuente de estrés. Es descuidada, maleducada, no agradece ni escucha y siempre está insatisfecha. No es mía, y dejo de fingirlo incluso ante mí misma.
A veces, por la noche, desde la cocina pienso: Si hubiera dicho que no quería que viniera… Si hubiera insistido… Pero ya es tarde. No puedo dejar a mi esposo nos espera un hijo. Y, por egoísta que suene, cada vez sueño con que su hija quiera volver con la abuela. Que diga: Prefiero vivir con mi abuela. No voy a pedirle que se quede. No quiero llorar.
Sólo deseo vivir en paz. Sin críticas, sin peleas por el espacio en esta casa. Quiero que mi hijo crezca rodeado de amor y armonía, no entre discusiones. Quizás sea esta la única forma de salvar mi familia y no perderme a mí misma por el camino.







