¿Otra vez con ella?
¿Otra vez te vas con ella?
Carmen preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Jesús asintió, sin alzar la mirada. Se abrochó la chaqueta, comprobó los bolsillosllaves, móvil, cartera. Todo en su sitio. Podía marcharse.
Carmen esperó. Una palabra, al menos. Un perdona o un vuelvo enseguida. Pero Jesús simplemente abrió la puerta y salió. La cerradura sonó suave, discreta. Como si pidiera disculpas por el dueño de la casa.
Carmen se acercó a la ventana. El patio, abajo, apenas iluminado por los faroles del portal. Distinguió con facilidad la figura conocida. Jesús caminaba rápido, decidido; como quien sabe perfectamente adónde va. Con ella. Con Lucía. Con su hija, la pequeña Clara, de siete años.
Carmen apoyó la frente en el cristal frío.
Ella lo sabía. Desde el principio supo a lo que se exponía. Cuando se conocieron, Jesús aún seguía casado. Formalmente. Un sello en el DNI, piso compartido, una hija. Pero él ya no vivía con Lucíaalquilaba una habitación, sólo iba por Clara.
Me fue infiel, le contó Jesús. No pude perdonarla. Pedí el divorcio.
Y Carmen le creyó. Madre mía, qué fácil fue creerle. Porque quería, claro. Porque se había enamorado, con esa estupidez valiente de los diecisiete años. Citas en cafeterías, eternas llamadas, el primer beso bajo la lluvia, en la puerta de su edificio. Jesús la miraba como si fuese la única mujer en Madrid.
El divorcio. La boda. Nuevo piso, planes juntos, conversaciones sobre el futuro.
Y entonces empezó todo.
Primero eran llamadas. Jesús, tráele medicinas a Clara, está enferma. Jesús, se ha roto el grifo, no sé qué hacer. Jesús, la niña llora y quiere verte, ven ya.
Jesús acudía corriendo. Siempre.
Carmen intentaba comprender. Una hija es sagrada. La niña no tiene la culpa de que sus padres se hayan separado. Por supuesto, su padre debía estar presente, ayudar, implicarse.
A veces Jesús la escuchaba, intentaba poner límites con su exmujer.
Pero Lucía cambiaba de táctica.
No vengas el fin de semana, Clara no quiere verte.
No llames, la estás alterando.
Me ha preguntado por qué su padre nos dejó. No supe qué contestarle.
Y Jesús se derrumbaba. Siempre. Si alguna vez intentaba no ceder a una nueva urgencia, Lucía lo hundía. Y pronto Clara repetía palabras de su madre: Ya no nos quieres. Elegiste a otra señora. No quiero verte.
Una niña de siete años no podría inventar tal cosa.
Jesús regresaba tras esas conversaciones roto, culpable, los ojos apagados. Y en cuanto Lucía lo llamaba, él corría otra vez, con tal de no ver a su hija mirándolo como a un extraño.
Carmen lo comprendía. De verdad.
Pero ya no podía más.
La silueta de Jesús se perdió en la esquina del edificio. Carmen se despegó del cristal, se frotó la frentela piel le quedó marcada, rojiza. El piso vacío la ahogaba.
El reloj rozaba la medianoche cuando el llavín giró en la puerta.
Carmen estaba sentada en la cocina, frente a una taza de té que hacía horas se había enfriado. No la había tocadosólo observaba la película oscura que se formaba en la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cada ruido en el rellano.
Jesús entró en silencio, quitándose la chaqueta y colgándola. Caminaba despacio, con esa cautela de quien desea que nadie le note.
¿Qué ha pasado esta vez?
Carmen se sorprendió al oír su propia voz, tan tranquila. Había ensayado esa pregunta durante tres horas, y a medianoche sus emociones se habían consumido.
Jesús dudó un instante.
La caldera. Tuve que arreglarla.
Carmen alzó la mirada despacio. Él estaba en el umbral, sin decidirse a entrar, mirando hacia la ventana oscura.
No tienes ni idea de calderas.
Llamé a un técnico.
¿Y tenías que esperar allí? Carmen apartó la taza. ¿No podías llamarlo desde aquí? Por teléfono.
Jesús frunció el ceño, cruzando los brazos. El silencio se hizo denso y desagradable.
¿Aún la quieres?
Entonces sí la mirórápido, con rabia y tristeza.
¿Pero qué tonterías dices? Lo hago todo por mi hija. Por Clara. Qué pinta Lucía aquí.
Entró a la cocina, y Carmen instintivamente retrocedió, arrastrando la silla.
Sabías, cuando empezaste conmigo, que tendría que ir allí. Que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Vas a montar una escena cada vez que vaya con Clara?
Sintió cómo la garganta se le cerraba. Quiso contestar con firmeza, pero sólo logró que los ojos se le llenasen de lágrimas y la primera rodara por su mejilla.
Pensé se le cortó la voz. Pensé que al menos fingirías quererme. Que al menos lo aparentarías.
Carmen, ya basta
¡Estoy harta! El grito le salió sin querer, asustándola. ¡Harta de ser lo último! Ni segunda, ¡tercera! Después de tu ex, de sus caprichos, de las calderas rotas a medianoche.
Jesús golpeó el marco de la puerta con la palma.
¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no vaya?
¡Quiero que me elijas alguna vez! Carmen se puso de pie, la taza tambaleó y el té se derramó en la mesa. ¡Que digas no! Pero a ella, a Lucía.
Estoy harto de tus escenas.
Jesús se giró y agarró su chaqueta del perchero.
¿A dónde vas?
La puerta se cerró de golpe por toda respuesta.
Carmen permaneció de pie, el té goteando sobre el suelo de linóleo, el ruido retumbando en los oídos. Cogió el móvil y marcó su número. Tonos, uno tras otro. El abonado no responde.
Otra vez. Y otra.
Silencio.
Con lentitud se dejó caer de nuevo en la silla, apretando el teléfono contra el pecho. ¿Adónde habrá ido? ¿Con ella? ¿Otra vez a su lado? ¿O recorrerá las calles de Madrid, cabreado y dolido?
No lo sabía. Y esa incertidumbre la destrozaba.
La noche se hizo eterna.
Carmen se sentó en el borde de la cama, móvil en manola pantalla encendía y se apagaba. Volver a llamar, escuchar el tono, colgar. Escribirle: ¿Dónde estás?. Luego otro mensaje: Contesta, por favor. Y uno más: Tengo miedo. Enviar, y ver la solitaria palomita gris. No entregado. O si se entregaba, no leído. Qué más daba.
A las cuatro de la mañana, Carmen dejó de llorar. Ya no le quedaban lágrimas; sólo una extraña sensación de vacío. Se levantó, encendió la luz y abrió el armario.
Basta.
Había aguantado suficiente.
Localizó una maleta en lo alto del armario; polvorienta, con una etiqueta rota de algún viaje pasado. La lanzó sobre la cama y empezó a guardar cosas. Jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin ordenar, sin pensarsimplemente metía todo lo que alcanzaba. Si a él le daba igual, a ella también. Que vuelva al piso vacío. Que la busque, llame, escriba mensajes que ella no leerá.
Que lo sienta.
A las seis de la mañana, Carmen estaba ya en la entrada. Dos maletas, bolso al hombro, chaqueta mal abrochadaun lado más largo que otro. Miró el llavero en su mano; tenía que quitar su llave y dejarla sobre la mesa.
No podía.
Tiraba del aro, intentaba sacarla con la uña, no había forma; las manos le temblaban, las lágrimas pugnaban de nuevo.
¡Maldita sea!
El llavero cayó al suelo, tintando contra la baldosa. Carmen lo miró, luego se sentó sobre la maleta, se abrazó y lloró; fuerte, desconsolada, sollozando y jadeando como una niña que acaba de romper el jarrón favorito de su madre y cree que el mundo se termina.
No oyó cómo se abría la puerta.
Carmen
Jesús se arrodilló frente a ella, en el frío suelo del vestíbulo. Olía a humo y a calles mojadas.
Carmen, perdóname. Perdóname, por favor.
Ella alzó la cabeza. La cara empapada, hinchada, los ojos envueltos en rímel corrido. Jesús cogió sus manos con delicadeza.
He estado toda la noche con mi madre. Me puso las pilas sonrió torcido. Me hizo ver las cosas claras.
Carmen callaba, mirándolo sin saber si podía creerle.
Voy a llevar a Lucía a juicio. Pediré un régimen de visitas formal con Clara, por ley, como debe ser. No podrá manipularme, ni enfrentarme a mi hija.
Jesús apretó sus manos con fuerza.
Te elijo a ti, Carmen. ¿Me oyes? Eres mi familia.
En su pecho algo latió; una esperanza pequeña y testaruda, que trató de arrancar toda la noche.
¿De verdad?
De verdad.
Carmen cerró los ojos. Decidió creerle, al menos una última vez. Y, si no sale bien ya aprenderé a cuidarme.
Hoy sé que hay que ponerse siempre en primer lugar. Nadie va a elegirte si tú no lo haces primero.






