Yo sí sé mejor —Pero ¿qué está pasando…? —Dmitri se agachó agotado frente a su hija, contemplando las manchas rosadas de sus mejillas—. ¿Otra vez? La pequeña Sonia, de cuatro años, permanecía en medio del salón, paciente y con una seriedad inusual en una niña. Ya estaba acostumbrada a las revisiones, los rostros preocupados de sus padres, las interminables pomadas y pastillas. María se acercó y se sentó junto a su marido. Con delicadeza apartó un mechón de pelo de la cara de la niña. —Estos medicamentos no valen para nada. Es como si le diéramos agua. Y en el centro de salud… los médicos, ni médicos parecen. Ya es la tercera vez que nos cambian el tratamiento y no sirve de nada. Dmitri se levantó y se frotó el puente de la nariz. Fuera, el día amanecía tan gris como los anteriores. Se prepararon rápido —arropando a Sonia con su abrigo— y media hora después estaban en casa de su madre. Olga suspiraba, negaba con la cabeza, acariciando la espalda de su nieta. —Tan pequeña y ya con tantos fármacos… El cuerpo no lo puede soportar —sentó a Sonia en su regazo y la niña se acurrucó junto a la abuela—. Da pena verla. —Ojalá no tuviéramos que dárselos —María al borde del sofá, con las manos entrelazadas—. Pero la alergia no se va. Ya hemos quitado todo. Literalmente todo. Solo come los productos básicos y aún así… le salen ronchas. —¿Y qué dicen los médicos? —Nada concreto. No consiguen localizar la causa. Pruebas, análisis… y el resultado —María levantó la mano— es éste: en las mejillas. Olga suspiró y le arregló el cuello a Sonia. —Ojalá se le pase. Hay niños que mejoran, pero de momento, no hay consuelo. Dmitri miraba a su hija en silencio. Pequeña, delgaducha. Unos ojos atentos, enormes. La acarició y recordó su infancia: los bollos que robaba de la cocina los sábados, las golosinas, el dulce de su madre que comía a cucharadas. Pero su hija… verduras hervidas, carne hervida, agua. Ni fruta, ni dulces, ni comida normal de niño. Cuatro años, y una dieta más estricta que la de algunos enfermos. —Ya no sabemos qué más eliminar —susurró—. A este ritmo… no le queda nada en el plato. Volvieron en silencio. Sonia dormitaba en el asiento trasero y Dmitri la vigilaba a través del retrovisor. Dormía tranquila; al menos no se rascaba. —Ha llamado mamá —anunció María—. Quiere que llevemos a Sonia el próximo fin de semana. Ha comprado entradas para el teatro de marionetas. Le hace ilusión llevarla. —¿Al teatro? —Dmitri cambió de marcha—. Estupendo. Le vendrá bien distraerse. —Eso pienso yo. Un poco de evasión nunca está de más. …Sábado. Dmitri aparcó delante de la casa de su suegra y bajó a Sonia del coche. Somnolienta, se frotaba los ojos con los puñitos; la habían despertado muy temprano. La cogió en brazos y enseguida se hundió contra su cuello, ligera y cálida como un gorrión. Tatiana salió al porche con su bata de flores y lanzó los brazos como si estuviera viendo a una náufraga. —¡Ay mi niña, mi sol! —Tomó a Sonia y la abrazó contra su pecho—. Qué pálida, qué delgada. Las mejillas hundidas. La habéis destrozado con las dietas, pobresita. Dmitri metió las manos en los bolsillos, conteniendo la irritación. Siempre igual. —Es por su bien. No lo hacemos porque queremos, ya sabe. —¿Por su bien? —Tatiana frunció los labios, mirando a la nieta como si acabara de volver de un campo de concentración—. Solo piel y huesos. Necesita crecer, le estáis dejando sin comida. Entró en la casa con Sonia, sin mirar atrás, y la puerta se cerró suavemente. Dmitri se quedó en el porche. Algo le rozó en la conciencia, una intuición, algo que no lograba atrapar, como la niebla. Se frotó la frente, esperó un minuto y giró hacia el coche. Un fin de semana sin la niña: extraña, casi olvidada sensación. El sábado, él y María fueron al hipermercado, llenaron el carrito de provisiones. En casa, Dmitri estuvo arreglando el grifo del baño durante tres horas. María reorganizaba armarios, llenando bolsas para tirar ropa vieja. Rutina doméstica, pero la ausencia de la voz de Sonia hacía que el piso pareciera vacío, incompleto. Por la noche, pidieron pizza—la de mozzarella y albahaca, la que Sonia no podía probar. Abrieron un vino tinto, charlaron sin prisa—de trabajo, vacaciones, del eterno pendiente de las reformas. —Se está bien… —suspiró María y enseguida se mordió el labio—. O sea, bueno, tú ya me entiendes. Mucha calma. —Ya, te entiendo —Dmitri le puso la mano encima—. También echo de menos a la niña. Pero descansar nos hacía falta. El domingo al atardecer, Dmitri fue a buscar a su hija. El sol inundaba las calles de naranja, el hogar de su suegra parecía acogedor bajo los viejos manzanos. Salió del coche y empujó la verja—chirrió—y se detuvo de golpe. En el porche, Sonia estaba sentada. Junto a ella, Tatiana se inclinaba sobre la nieta con una felicidad absoluta en el rostro. En sus manos tenía un bollo grande, dorado y reluciente por el aceite. Y Sonia lo masticaba. Con las mejillas manchadas, migas en la barbilla y sus ojos radiantes y felices, como hacía mucho que no veía. Dmitri se quedó quieto, y de pronto una ola caliente, rabiosa, le subió desde el pecho. Dio tres zancadas, llegó junto a ellas y arrebató el bollo de las manos de su suegra. —¿¡Pero esto qué es!? Tatiana se estremeció entera y retrocedió, el rostro casi morado de vergüenza. —¡Solo es un trocito! ¡Nada, un bollito de nada! No pasa nada… Dmitri no escuchó. Tomó en brazos a Sonia —la niña estaba asustada, abrazada a su chaqueta— y la llevó al coche. La sentó, le abrochó el cinturón con los dedos temblorosos. Sonia le miraba con ojos grandes, a punto de llorar. —Todo está bien, cariño —le acarició el pelo, intentando sonar tranquilo—. Quédate aquí un instante. Papá ahora vuelve. Cerró la puerta y dirigió sus pasos de vuelta a la casa. Tatiana seguía en el porche, apretando su bata, el rostro manchado. —Dima, no lo entiendes… —¿¡No lo entiendo!? —Paró a dos pasos de ella y explotó—. ¡Medio año! ¡Medio año sin saber qué tenía mi hija! Pruebas, analíticas, test de alergia… ¿tienes idea de lo que costó? ¡La ansiedad, el insomnio!? Tatiana retrocedió, hacia la puerta. —Yo quería ayudar… —¿¡Ayudar!? —Dmitri se adelantó. —¡La hemos tenido a base de agua y pollo hervido! ¡Le hemos quitado TODO! ¿Y tú le das bollos fritos a escondidas?! —¡Estaba generándole inmunidad! —Tatiana se irguió—. Le daba un poco cada vez para que el cuerpo se acostumbrase. Otro poco y la alergia se habría ido, gracias a mí. Sé lo que hago, he criado a tres hijos. Dmitri la miraba sin reconocerla. Aquella mujer, la que soportaba por su esposa, ahora estaba envenenando a su hija. Creía saber más que los médicos. —Tres hijos —repitió, y Tatiana palideció—. ¿Y qué? Cada niño es diferente. Sonia no es tu hija. Es mía. Y no vuelves a verla. —¿¡Qué!? —Tatiana se aferró al pasamanos—. ¡No tienes derecho! —Sí lo tengo. Se volvió al coche, con los gritos tras él. No miró atrás. Arrancó. En el retrovisor vio a Tatiana agitando los brazos al otro lado de la verja. Al llegar, María le esperaba. Al verles, lo entendió todo de un vistazo. —¿Qué ha pasado? Dmitri lo explicó, breve y sin emoción—las emociones se habían desbordado allí, en la casa. María escuchaba, cada vez más tensa. Al finalizar, cogió el móvil. —Mamá. Sí, Dmitri me ha contado. ¿¡Cómo se te ocurre!? Dmitri llevó a Sonia al baño para limpiar las migas y lágrimas. Tras la puerta se oía la voz de María, fría y dura como nunca. Al final, solo: «Hasta que no sepamos qué tiene Sonia, no la ves». Pasaron dos meses… Las comidas en casa de Olga se habían vuelto tradición. Esa tarde, sobre la mesa había una tarta: bizcocho con crema y fresas. Y Sonia la comía, sola y feliz, embadurnada hasta las orejas. Sin una sola mancha en la cara. —Quién iba a pensar —Olga negaba con la cabeza—. Aceite de girasol. Qué alergia más rara. —El médico dijo que era uno entre mil —María sobre una rebanada de pan y mantequilla—. En cuanto dejamos el girasol y pasamos al aceite de oliva, en dos semanas la erupción desapareció. Dmitri contemplaba a su hija, no podía dejar de mirarla. Las mejillas rosadas, los ojos brillantes, crema en la nariz. Una niña feliz, comiendo por fin todo lo que le corresponde. Bizcochos, galletas, todo excepto lo que lleva aceite de girasol. Y era muchísimo más de lo que pensaban. Las relaciones con la suegra, heladas. Tatiana llamaba, pedía perdón, lloraba al teléfono. María hablaba corto y frío. Dmitri, ni respondía. Sonia se sirvió más tarta, y Olga acercó el plato. —Come, pequeña. Come y que te siente bien. Dmitri se recostó. Fuera llovía, pero en casa olía a bizcochos y la niña estaba mejor. Lo demás no importaba.

Mira, te voy a contar lo que nos pasó con la peque, que todavía tengo el cuerpo temblando solo de recordarlo…

Pues nada, otra vez. Volvió a salirle esas manchas rosas en las mejillas de Lucía y yo, agotado, ya no sabía qué pensar. Me arrodillé delante suya, mirándola, y ella, con sus cuatro añitos, se quedó seria, como si ya estuviese acostumbrada a tantas revisiones y a vernos con caras de preocupación. Los ungüentos, las pastillas… todo cada dos por tres.

Cristina se acercó y se agachó a mi lado, le apartó el pelo de la cara con esos dedos que parecen de porcelana. Estos medicamentos no sirven de nada, Juan, es como si le diésemos agua. Y los médicos del ambulatorio mira, han cambiado ya tres veces el tratamiento y seguimos igual. Me froté la nariz, intentando pensar con claridad. Fuera lloviznaba y el día tenía pinta de esos grises, como todos últimamente.

En cinco minutos estábamos rumbo al piso de mi madre, abrigando a Lucía con el abrigo más gordo y, al poco, ya sentados en el salón de doña Carmen. Mi madre suspiraba, movía la cabeza y acariciaba la espalda de la niña, que enseguida se acurrucó en su regazo, como siempre. Tan pequeña y ya tantos fármacos en el cuerpo No sé cómo aguantará, pobre. Pues no es cuestión de que queramos, respondió Cristina, tensando los dedos. La alergia sigue igual. Hemos quitado todo: sólo come los alimentos básicos y sigue con sarpullido. Y los médicos, ¿qué dicen? Nada concreto, que no logran aislar la causa. Hacemos pruebas, análisis, y mira nada, sólo esto: las mejillas llenas de ronchas.

Mi madre suspiró, arregló el cuello del abrigo de Lucía, Ojalá se le pase hay niños que de repente mejoran, pero por ahora no tenemos consuelo. Me quedé mirando a mi hija: tan menuda, con esos ojazos atentos. Le acaricié el pelo y me vinieron recuerdos de mi infancia: cómo robaba empanadillas recién hechas que mi madre preparaba los sábados, pidiendo caramelos, relamiéndome con su mermelada a cucharadas Pero mi Lucía sólo puede verduras hervidas, pollo cocido, agua. Ni frutas, ni dulces, ni comida normal de niños. Todo a base de dieta más estricta que la de un paciente de digestivo. Ya no sabemos qué más quitarle Ya estamos al mínimo, susurré.

De vuelta a casa ni hablamos. Lucía se durmió en el coche y yo todo el rato mirando en el retrovisor, rezando para que al menos no se estuviese rascando. Mi madre ha llamado, rompió el silencio Cristina. Querría llevar a Lucía el fin de semana que viene. Ha comprado entradas para el teatro de marionetas y le hace mucha ilusión llevársela. ¿Al teatro? Pues está bien, le vendrá bien distraerse. Eso pensé yo también, a ver si por lo menos desconecta.

El sábado, aparqué frente al portal de mi suegra. Saqué a Lucía del coche, la pobre con cara de sueño, frotándose los ojos. La subí en brazos y enseguida apoyó la cara en mi cuello, tan calentita y ligera como un gorrión. Mercedes apareció en bata de flores, con esas maneras tan suyas propias de haber criado a media familia. ¡Ay mi niña, mi sol! Qué blanquita, qué delgada. Esas dietas os la están dejando sin fuerzas, la vais a enfermar.

Me metí las manos en los bolsillos, intentando no saltar. Siempre igual Lo hacemos por su bien, ya lo sabes. No es porque queramos. ¿Por su bien? Si apenas tiene carne en los huesos. Una criatura necesita comer para crecer, no para pasar hambre. Cogió a Lucía y se la llevó dentro sin ni siquiera mirar atrás, cerrando la puerta con un clic suave. Me quedé un momento parado, algo dentro de mí quería decirme algo pero no lograba captarlo. Me froté la frente, escuchando el silencio del jardín y volví al coche.

El fin de semana sin niña era raro, casi desconocido. Con Cristina nos fuimos al supermercado grande, empujando el carrito por los pasillos, llenando la compra para los días que venían. Dediqué tres horas a arreglar el grifo del baño, que llevaba meses goteando, mientras ella ordenaba los armarios, haciendo limpieza general. Sin la voz de Lucía rebotando por la casa, todo era demasiado tranquilo, como si faltara algo.

Esa noche pedimos pizza la que le encanta a Lucía, con mozzarella y albahaca, que nunca puede probar. Destapamos una botella de Rioja y nos sentamos en la cocina a charlar, como hacía tiempo. Sobre el trabajo, vacaciones, el dichoso piso. Qué paz, dijo Cristina, mordiéndose el labio de repente. Bueno, me entiendes, no sé sólo que está todo tan calmado. Te entiendo, le puse la mano encima. Yo también la echo de menos, pero había que descansar un poco.

El domingo fui a por la niña por la tarde. El sol se despedía, pintando la calle de naranja. La casa de Mercedes al fondo, entre manzanos viejos, casi parecía acogedora en ese momento. Abrí la verja y me quedé medio parado: allí estaba Lucía sentadita en el porche con la abuela, completamente feliz. En las manos de Mercedes, una empanadilla de las grandes, dorada y brillante por el aceite. Y Lucía engulléndola con las mejillas llenas de migas y los ojitos tan felices que me partió el alma.

Me quedé un par de segundos sin hacer nada. Después sentí que algo ardiente me subía por dentro. Me acerqué rápido, y en tres zancadas le quité la empanadilla de las manos a Mercedes. ¿Pero qué es esto? Mercedes se sobresaltó, se puso roja hasta las orejas y empezó a mover las manos. ¡Si es solo un trocito! No pasa nada por una empanadilla Pero yo ni la escuchaba. Cogí a Lucía que al notarme tan enfadado se agarró a mi chaqueta y me la llevé al coche. La senté en el asiento infantil y abroché los cinturones, temblando de rabia. Lucía me miraba con los ojos redondos, intentando no llorar.

Tranquila, mi amor, le acaricié la cabeza, esforzándome por sonar calmado. Espera aquí un minuto, papá vuelve enseguida. Cerré la puerta y regresé al porche. Mercedes seguía allí, retorciendo la bata. Juan, no lo entiendes ¿Cómo que no entiendo? ¡Medio año llevamos sin saber qué tiene Lucía! Analíticas, pruebas, test de alergias ¿Sabes cuánto nos ha costado? ¿Cuántos nervios, cuántas noches sin dormir?

Mercedes retrocedió hacia la puerta. ¡Yo solo quería lo mejor! ¿Lo mejor? me encendí. ¡La hemos tenido a base de agua y pollo hervido! ¡Le hemos quitado todo y tú en secreto le das fritos? Le estaba educando el sistema inmune poco a poco. Un poquito sólo, para que el cuerpo aprenda. Si me dejas, verás cómo se le va. Sé lo que hago, he criado tres hijos.

La miré y no la reconocía. Esta mujer, a la que había aguantado tantos años por Cristina y por la paz familiar, estaba poniendo en riesgo a Lucía pensando que sabe más que los doctores. Tres hijos le susurré, y se le fue el color de la cara. Todos los niños son distintos. Lucía no es tu hija, es nuestra, y no vas a verla más. ¡Pero no puedes! gritó, agarrándose a la barandilla. Pues claro que puedo.

Me fui directo al coche, ignorando los gritos detrás. Arranqué. En el espejo vi a Mercedes saliendo tras de nosotros, agitándose las manos. Pisé el acelerador.

Cristina nos esperaba en el recibidor. Al ver mi cara y a Lucía, que casi lloraba, no hizo falta decir nada. ¿Qué ha pasado? Y se lo conté, sin adornos. Cristina iba endureciendo la expresión a cada palabra. Luego cogió el móvil. Mamá. Sí, Juan me lo ha dicho. ¿Cómo has podido? Me llevé a Lucía a la bañera, limpiando lágrimas y restos de empanadilla. De fondo se oía la voz de Cristina, dura como nunca la había escuchado. Al final llegó un: Hasta que no sepamos qué le da alergia a Lucía no la ves.

Pasaron dos meses

Los domingos en casa de mi madre ya son costumbre. Hoy el centro de la mesa era un bizcocho de nata y fresas. Y Lucía comía con cuchara, manchándose la nariz y las orejas. Ni rastro de manchas ni sarpullido. Quién lo iba a imaginar, suspiró mi madre. Aceite de girasol. Una alergia super extraña. El doctor dijo que sale en uno de cada mil, comentaba Cristina, untando mantequilla en el pan. En cuanto lo quitamos y pasamos al aceite de oliva, en dos semanas se le fue todo.

No me canso de mirar a Lucía: mejillas sonrosadas, ojos contentos, crema en la punta de la nariz. Una niña feliz que por fin puede comer pasteles, galletas, todo lo que no lleve girasol ¡y resulta que hay un montón! Con Mercedes las cosas siguen frías: llama, pide disculpas, llora al teléfono, pero Cristina le responde cortante y yo, directamente, ni le cojo.

Lucía alarga la cucharita para repetir bizcocho y mi madre le acerca el plato. Come, cariño. Come y disfruta.

Me reclino en la silla, escuchando la lluvia tras la ventana. La casa huele a repostería y está cálida. Mi hija está bien. Al final, eso es lo único que importa.

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Yo sí sé mejor —Pero ¿qué está pasando…? —Dmitri se agachó agotado frente a su hija, contemplando las manchas rosadas de sus mejillas—. ¿Otra vez? La pequeña Sonia, de cuatro años, permanecía en medio del salón, paciente y con una seriedad inusual en una niña. Ya estaba acostumbrada a las revisiones, los rostros preocupados de sus padres, las interminables pomadas y pastillas. María se acercó y se sentó junto a su marido. Con delicadeza apartó un mechón de pelo de la cara de la niña. —Estos medicamentos no valen para nada. Es como si le diéramos agua. Y en el centro de salud… los médicos, ni médicos parecen. Ya es la tercera vez que nos cambian el tratamiento y no sirve de nada. Dmitri se levantó y se frotó el puente de la nariz. Fuera, el día amanecía tan gris como los anteriores. Se prepararon rápido —arropando a Sonia con su abrigo— y media hora después estaban en casa de su madre. Olga suspiraba, negaba con la cabeza, acariciando la espalda de su nieta. —Tan pequeña y ya con tantos fármacos… El cuerpo no lo puede soportar —sentó a Sonia en su regazo y la niña se acurrucó junto a la abuela—. Da pena verla. —Ojalá no tuviéramos que dárselos —María al borde del sofá, con las manos entrelazadas—. Pero la alergia no se va. Ya hemos quitado todo. Literalmente todo. Solo come los productos básicos y aún así… le salen ronchas. —¿Y qué dicen los médicos? —Nada concreto. No consiguen localizar la causa. Pruebas, análisis… y el resultado —María levantó la mano— es éste: en las mejillas. Olga suspiró y le arregló el cuello a Sonia. —Ojalá se le pase. Hay niños que mejoran, pero de momento, no hay consuelo. Dmitri miraba a su hija en silencio. Pequeña, delgaducha. Unos ojos atentos, enormes. La acarició y recordó su infancia: los bollos que robaba de la cocina los sábados, las golosinas, el dulce de su madre que comía a cucharadas. Pero su hija… verduras hervidas, carne hervida, agua. Ni fruta, ni dulces, ni comida normal de niño. Cuatro años, y una dieta más estricta que la de algunos enfermos. —Ya no sabemos qué más eliminar —susurró—. A este ritmo… no le queda nada en el plato. Volvieron en silencio. Sonia dormitaba en el asiento trasero y Dmitri la vigilaba a través del retrovisor. Dormía tranquila; al menos no se rascaba. —Ha llamado mamá —anunció María—. Quiere que llevemos a Sonia el próximo fin de semana. Ha comprado entradas para el teatro de marionetas. Le hace ilusión llevarla. —¿Al teatro? —Dmitri cambió de marcha—. Estupendo. Le vendrá bien distraerse. —Eso pienso yo. Un poco de evasión nunca está de más. …Sábado. Dmitri aparcó delante de la casa de su suegra y bajó a Sonia del coche. Somnolienta, se frotaba los ojos con los puñitos; la habían despertado muy temprano. La cogió en brazos y enseguida se hundió contra su cuello, ligera y cálida como un gorrión. Tatiana salió al porche con su bata de flores y lanzó los brazos como si estuviera viendo a una náufraga. —¡Ay mi niña, mi sol! —Tomó a Sonia y la abrazó contra su pecho—. Qué pálida, qué delgada. Las mejillas hundidas. La habéis destrozado con las dietas, pobresita. Dmitri metió las manos en los bolsillos, conteniendo la irritación. Siempre igual. —Es por su bien. No lo hacemos porque queremos, ya sabe. —¿Por su bien? —Tatiana frunció los labios, mirando a la nieta como si acabara de volver de un campo de concentración—. Solo piel y huesos. Necesita crecer, le estáis dejando sin comida. Entró en la casa con Sonia, sin mirar atrás, y la puerta se cerró suavemente. Dmitri se quedó en el porche. Algo le rozó en la conciencia, una intuición, algo que no lograba atrapar, como la niebla. Se frotó la frente, esperó un minuto y giró hacia el coche. Un fin de semana sin la niña: extraña, casi olvidada sensación. El sábado, él y María fueron al hipermercado, llenaron el carrito de provisiones. En casa, Dmitri estuvo arreglando el grifo del baño durante tres horas. María reorganizaba armarios, llenando bolsas para tirar ropa vieja. Rutina doméstica, pero la ausencia de la voz de Sonia hacía que el piso pareciera vacío, incompleto. Por la noche, pidieron pizza—la de mozzarella y albahaca, la que Sonia no podía probar. Abrieron un vino tinto, charlaron sin prisa—de trabajo, vacaciones, del eterno pendiente de las reformas. —Se está bien… —suspiró María y enseguida se mordió el labio—. O sea, bueno, tú ya me entiendes. Mucha calma. —Ya, te entiendo —Dmitri le puso la mano encima—. También echo de menos a la niña. Pero descansar nos hacía falta. El domingo al atardecer, Dmitri fue a buscar a su hija. El sol inundaba las calles de naranja, el hogar de su suegra parecía acogedor bajo los viejos manzanos. Salió del coche y empujó la verja—chirrió—y se detuvo de golpe. En el porche, Sonia estaba sentada. Junto a ella, Tatiana se inclinaba sobre la nieta con una felicidad absoluta en el rostro. En sus manos tenía un bollo grande, dorado y reluciente por el aceite. Y Sonia lo masticaba. Con las mejillas manchadas, migas en la barbilla y sus ojos radiantes y felices, como hacía mucho que no veía. Dmitri se quedó quieto, y de pronto una ola caliente, rabiosa, le subió desde el pecho. Dio tres zancadas, llegó junto a ellas y arrebató el bollo de las manos de su suegra. —¿¡Pero esto qué es!? Tatiana se estremeció entera y retrocedió, el rostro casi morado de vergüenza. —¡Solo es un trocito! ¡Nada, un bollito de nada! No pasa nada… Dmitri no escuchó. Tomó en brazos a Sonia —la niña estaba asustada, abrazada a su chaqueta— y la llevó al coche. La sentó, le abrochó el cinturón con los dedos temblorosos. Sonia le miraba con ojos grandes, a punto de llorar. —Todo está bien, cariño —le acarició el pelo, intentando sonar tranquilo—. Quédate aquí un instante. Papá ahora vuelve. Cerró la puerta y dirigió sus pasos de vuelta a la casa. Tatiana seguía en el porche, apretando su bata, el rostro manchado. —Dima, no lo entiendes… —¿¡No lo entiendo!? —Paró a dos pasos de ella y explotó—. ¡Medio año! ¡Medio año sin saber qué tenía mi hija! Pruebas, analíticas, test de alergia… ¿tienes idea de lo que costó? ¡La ansiedad, el insomnio!? Tatiana retrocedió, hacia la puerta. —Yo quería ayudar… —¿¡Ayudar!? —Dmitri se adelantó. —¡La hemos tenido a base de agua y pollo hervido! ¡Le hemos quitado TODO! ¿Y tú le das bollos fritos a escondidas?! —¡Estaba generándole inmunidad! —Tatiana se irguió—. Le daba un poco cada vez para que el cuerpo se acostumbrase. Otro poco y la alergia se habría ido, gracias a mí. Sé lo que hago, he criado a tres hijos. Dmitri la miraba sin reconocerla. Aquella mujer, la que soportaba por su esposa, ahora estaba envenenando a su hija. Creía saber más que los médicos. —Tres hijos —repitió, y Tatiana palideció—. ¿Y qué? Cada niño es diferente. Sonia no es tu hija. Es mía. Y no vuelves a verla. —¿¡Qué!? —Tatiana se aferró al pasamanos—. ¡No tienes derecho! —Sí lo tengo. Se volvió al coche, con los gritos tras él. No miró atrás. Arrancó. En el retrovisor vio a Tatiana agitando los brazos al otro lado de la verja. Al llegar, María le esperaba. Al verles, lo entendió todo de un vistazo. —¿Qué ha pasado? Dmitri lo explicó, breve y sin emoción—las emociones se habían desbordado allí, en la casa. María escuchaba, cada vez más tensa. Al finalizar, cogió el móvil. —Mamá. Sí, Dmitri me ha contado. ¿¡Cómo se te ocurre!? Dmitri llevó a Sonia al baño para limpiar las migas y lágrimas. Tras la puerta se oía la voz de María, fría y dura como nunca. Al final, solo: «Hasta que no sepamos qué tiene Sonia, no la ves». Pasaron dos meses… Las comidas en casa de Olga se habían vuelto tradición. Esa tarde, sobre la mesa había una tarta: bizcocho con crema y fresas. Y Sonia la comía, sola y feliz, embadurnada hasta las orejas. Sin una sola mancha en la cara. —Quién iba a pensar —Olga negaba con la cabeza—. Aceite de girasol. Qué alergia más rara. —El médico dijo que era uno entre mil —María sobre una rebanada de pan y mantequilla—. En cuanto dejamos el girasol y pasamos al aceite de oliva, en dos semanas la erupción desapareció. Dmitri contemplaba a su hija, no podía dejar de mirarla. Las mejillas rosadas, los ojos brillantes, crema en la nariz. Una niña feliz, comiendo por fin todo lo que le corresponde. Bizcochos, galletas, todo excepto lo que lleva aceite de girasol. Y era muchísimo más de lo que pensaban. Las relaciones con la suegra, heladas. Tatiana llamaba, pedía perdón, lloraba al teléfono. María hablaba corto y frío. Dmitri, ni respondía. Sonia se sirvió más tarta, y Olga acercó el plato. —Come, pequeña. Come y que te siente bien. Dmitri se recostó. Fuera llovía, pero en casa olía a bizcochos y la niña estaba mejor. Lo demás no importaba.
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