Madrid
Llevaba ya más de tres años con Roberto, una relación feliz y basada en la confianza. Ya habíamos conocido a nuestras familias, planeando una boda que estaba cada vez más cerca. Todo parecía encajar tan bien que me imaginaba formando una familia junto a él y envejeciendo juntos en alguna casita en La Latina.
El día que regresó de un viaje de negocios no teníamos ningún plan especial, pero pensé en sorprenderle. Pedí el día libre en el trabajo, preparé una tarta de queso que le encanta y fui en coche hasta su piso, cerca del Retiro. Por suerte, tenía mis propias llaves, así que mientras él dormía, pude dejar todo preparado, incluso puse el café para acompañar el dulce.
Abrí la puerta de su dormitorio en silencio, y antes de dar siquiera un paso, casi tropecé con algo en el suelo. Estaba oscuro, así que encendí la linterna del móvil para ver qué era. Allí, desparramada por la alfombra, había un montón de ropa de mujer. Al avanzar unos pasos más, los vi abrazados: Roberto y otra mujer, completamente ajenos a mi presencia.
No quise montar una escena ni gritar. Salí del dormitorio tan callada como entré, dejé la tarta y las llaves sobre la mesa y salí del piso. Hacía frío fuera, no quería volver a casa de mis padres en Chamberí, así que fui al parque del Oeste y me senté en un banco, llorando en silencio. Al rato, se acercó un chico, se sentó a mi lado y, viendo mi estado, me preguntó si estaba bien. No me atreví a contarle sobre la traición, pero la conversación fluyó de manera natural. Sin saber cómo, acabamos en su casa, tomando un té y hablando hasta que amaneció.
Hoy, vivo con él y estamos planeando nuestra boda. A veces creo que fue el destino quien me llevó a ese banco aquella noche tan fría, porque en la vida nada ocurre porque sí.







