¡Ya era hora de veros, familia!

¡Ya casi estamos! ¡En cinco minutos llegamos! ¡Ve despidiendo el polvo de tu felpudo! gritó la abuela por teléfono y colgó, triunfal.

Clara pasó la bayeta por la encimera por cuarta vez aquella hora y luego retrocedió unos pasos, escudriñando la cocina como si fuera la inspectora jefe del concurso de casas limpias de Madrid. Todo brillaba. La nevera, a punto de reventar de comida. En el horno, el pato asándose como si no hubiera un mañana, y en el alféizar, un jarrón reluciente con crisantemos blancos recién cortados que ya se creían los reyes del salón.

Treinta y ocho años, piso propio en pleno centro de Madrid, buen puesto en una multinacional. Clara Martínez lo había conseguido todo sola. Y ahora, justo antes de las fiestas, se preparaba para la invasión familiar.

El timbre de la puerta chilló justo a las cuatro en punto.

¡Clarita! ¡Mi nieta! La abuela Rosalía cruzó la puerta primera, lanzando una luminosa mirada de juicio a la entrada. Menos mal que por fin vamos a verte como Dios manda. Que si no, siempre ocupada, ocupada

Detrás se coló su madre, Marisa, acarreando dos maletas gigantescas. Luego apareció su tía Carmen, con bolsas de donde asomaban tarros misteriosos, y cerraba el desfile su primo Jorge, flaco, desaliñado y con la cazadora más arrugada de todo Chamberí.

Jorge se ha quedado sin trabajo, susurró tía Carmen en modo cotilla profesional. ¿Tú te puedes creer? Justo antes de Navidad lo han echado. Si es que no hay corazón

Jorge sonrió de medio lado y desapareció, arrastrando las bolsas hacia la habitación.

Cuidadito con los zapatos, que tengo parquet, Clara recogió el zapato mojado de alguien.
¡Mírala, parquet! Marisa agitó la mano con desdén. Bah, se seca.

La primera noche, la cosa fue de maravilla. La abuela alabó el pato con la pasión de una crítica gastronómica, tía Carmen despachó chismes de vecinas con entusiasmo, Marisa criticó el corte de pelo de Clara, pero sin mala leche. Jorge, sin decir ni mu, se apañó un plato para tres y se puso a mirar el móvil.

Qué bien que se está aquí suspiró la abuela, dejando el tenedor. ¿No te da miedo vivir sola en este piso tan grande?
Me encanta estar aquí, Clara sirvió té a todos.
Pues a mí no me lo parece Marisa movió la cabeza. Casi cuarenta y sola. Encantada, dice. Ya

Clara puso cara de paisaje y siguió a lo suyo.

Por la noche, entre historias de juventud de la abuela, canciones de tía Carmen y las sonrisas raras de Jorge, Clara se dio cuenta de cuánto había echado de menos esta caótica familia, a veces pegajosa, el olorcillo a ensaladilla rusa de mamá y las carcajadas de su abuela.

A la mañana siguiente, Clara preguntó con la mayor delicadeza:
Bueno, ¿os voy mirando billetes ya? ¿Para el cinco? ¿El seis?
¿Billetes? La abuela abrió los ojos como si hubiera visto un ovni. ¡Pero si acabamos de llegar! Estaremos al menos una semanita, ¿te da mucha pena?
No, claro que no, pero
Genial, Marisa dio una palmada. Carmen, trae tu receta, que le vas a enseñar a Clara a hacer croquetas como Dios manda.

La semanita se convirtió en dos.

El piso, orgullo de Clara, se transformó en la plaza mayor de la familia Martínez. Jorge ocupó el sofá y lo convirtió en reino de calcetines sudados y portátiles. Tía Carmen monopolizó la cocina, llenando la nevera con botes sospechosos. La abuela reorganizó el salón para que resulte más acogedor. Marisa hacía cada amanecer una ronda por los armarios, suspirando por la pésima organización del espacio.

Clara, ¿por qué se terminó el requesón? Marisa se asomó al abrir la nevera a las siete de la mañana.
Clara, aún con la taza de café y media dormida, parpadeó.
Jorge se zampó tres paquetes anoche.
¿Y ahora la abuela sin desayuno? Pásate por el súper.
Mamá, que llego tarde al trabajo.
El trabajo no se va a ir a ningún lado. La abuela necesita requesón, hija.

Así que Clara pasó por el supermercado, luego por la farmacia por las pastillas de la abuela, y de paso por Correos para recoger el paquete de tía Carmen. Si llegó a trabajar antes de mediodía fue de milagro, y de humor, ni hablamos.

Por la noche, caos total. La cocina irreconocible, pilas de cacharros sucios, toalla mojada en el suelo del baño y tía Carmen sentada en la cama de Clara, de charla por teléfono.
¿Te lo puedes creer, Zoraida? ¡Tiene un pisazo! Vive sola, como una señora ¿No podría buscarse un marido y tener chiquillos como todo el mundo?

Clara cerró la puerta sin ruido y se quedó apoyada en la pared un instante.

¿Vas a quedarte ahí como una estatua? Marisa pasó con la cena. He hecho la cena yo, mientras tú por ahí dando tumbos. Anda, pon la mesa.
Gracias, mamá.
Venga, que se enfría.

Durante la cena, tía Carmen se lució contando que la sobrina de la vecina, con veinticinco, ya tenía dos niños. Jorge rumiaba el pan con tanto volumen que parecía rumiar una idea.

Clarita, la abuela se limpió los labios con la servilleta, ¿por qué no echas una mano a Jorge con el trabajo? Tú tienes contactos.
¡Pero si soy de marketing y Jorge programador!
¿Y qué? Llama a alguien y que lo enchufen, hija, que es de la familia.
Sólo pido un sueldo decente, resopló Jorge. Por menos de dos mil quinientos euros ni hablamos.

Clara casi se atraganta con el té.

Pero si cobrabas mil en la anterior
Bah, la inflación.

Tía Carmen puso cara de tragedia:

¿Ves? Qué difícil lo tienen los jóvenes. Y tú aquí, viviendo sola como una reina, pensando solo en ti.

Clara se fue a fregar los platos, en silencio.

Por la noche, el insomnio la dejó mirando al techo, repasando mentalmente los greatest hits del drama familiar: Su quince cumpleaños, cuando mamá llenó el piso de parientes y ni un solo amigo suyo. La graduación, vestida con lo que debería ponerse una chica decente. Aquella primera oferta de trabajo que su abuela resumió en: Mover papeles, ¿eso es una carrera?

Y así, con los ojos cerrados y el sueño lejos, pensó: tres horas y a la oficina.

Esa tarde, volvió a casa aún más tarde por una reunión y un atasco kilométrico. Al abrir la puerta, se detuvo en seco. Sobre el suelo, pedazos de porcelana. La caja de la bisabuela, la que Antonia trajo de China en el 72, la única reliquia que quedaba de ella.

Jorge estaba al lado, escondiendo las manos.
Se ha caído sola, yo no he hecho nada.
¿Sola? Clara se puso de rodillas, intentando juntar los trozos. Dragones pequeñitos pintados a mano, ribete dorado Ahora ya sólo eran basura.
No te pongas así, Clara tía Carmen asomó desde la cocina. Si era una chorrada
Era lo único que me quedaba de mi abuela.
¿De la bisabuela? preguntó Marisa desde el fondo. Bah, si total Ya estaba vieja, hija. No te hagas disgustos.

Clara levantó la cabeza despacio.

¿No me haga disgustos?
Deja de montar el numerito Jorge rodó los ojos. Era un cacharro viejo. Te compras otro.
Algo crujió dentro de Clara.

¿Uno nuevo? se levantó, todavía con los trozos en las manos. Has roto el único recuerdo que tenía de mi abuela y me sueltas te compras otro.
Ay, ya está, el drama, tía Carmen cruzó los brazos. ¡Rosalía, ven, que esto parece Telecinco!

La abuela se asomó apoyándose en la muleta.

¿Qué pasa aquí? Clara, cuéntame.
Tres semanas lleváis aquí, abuela. Tres semanas, comiendo mi comida, usando mis cosas. Tres semanas sin escuchar ni un gracias. Ni uno.
¡Clara! Marisa palideció. ¿Cómo te atreves a hablar así a la abuela?
¿Y cómo os atrevéis vosotras a tratarme así? Todos los días: ¿Por qué no tienes marido?, ¿Por qué no tienes niños?, ¿Por qué trabajas tanto? ¡Todos los días!
¡Pero es por tu bien! tía Carmen alzó las manos. Nos preocupamos por ti.
¿Por mi bien? Clara tiró los trozos de porcelana al cubo de basura. ¿A esto llamáis amor? Jorge se zampó todo lo que tenía en la nevera, no ha fregado ni un vaso y encima destroza lo que más quería. Carmen, tú registras mi casa y vas contando por ahí que soy una solterona. Mamá, tú encuentras la manera de hacerme de menos cada mañana. ¿Y esto es amor?

Un silencio más espeso que el gazpacho casero inundó el salón.

¡Clara! reaccionó Marisa. Pide disculpas ahora mismo.

Clara soltó su mano.
No. Ya basta. Llevo treinta y ocho años disculpándome. Porque no soy como vosotras queríais. Porque no me casé a los veinte. Porque preferí trabajar. Porque conseguí este piso sin vuestros ahorros ni consejos. Se acabó.
Pues nos vamos tía Carmen hizo puchero. Jorge, recoge.
Sí, sí, marcharos. Y no volváis hasta que sepáis respetar mi casa y a mí.
Clari, ¿has perdido el juicio? Marisa palideció aún más. ¡Pero si somos familia!
¿Eso les da derecho a pisotearme?

Recoger maletas llevó dos horas. Suspiros dramáticos, portazos y un silencio tan espeso como el cocido de la abuela. Clara no se movió de la cocina; por dentro sólo quedaba vacío.

Algún día te acordarás de esto, dijo la abuela, saliendo por la puerta. Cuando estés sola en este piso, vieja y arrugada. Te acordarás de cómo echaste a la familia.

La puerta se cerró.

Clara se quedó sentada veinte minutos, como una estatua. Luego se levantó, se sirvió un té y salió al balcón.

Madrid bramaba abajo, indiferente y eterno.

Los días siguientes pasó como en una nube. Iba al trabajo, volvía, y el silencio la acompañaba. El piso, sin visitantes, parecía enorme y extrañamente tranquilo.

Al quinto día, Clara sacó una caja de pinturas del trastero. No dibujaba desde hacía diez años: primero por falta de tiempo, luego por vergüenza. El primer esbozo salió torpe. El segundo, algo mejor.

Al acabar la semana, en el caballete apareció un retrato de la otra abuela: joven, con los ojos de Clara, vestido de seda, y la caja de porcelana en las manos.

Su amiga Alba la que siempre está en los líos vino esa noche con vino y pizza cuando la llamó.
Tres semanas, Alba negaba con la cabeza mientras Clara contaba todo. Yo los habría echado el segundo día.
No podía. Es la familia.
Familia es quien te quiere; tú tuviste huéspedes, no familia.

Clara bebió en silencio.

Has hecho muy bien en plantarles cara, le dijo Alba, apretando su mano.

Otra semana después, Clara movió los muebles a su sitio, tiró los botes sospechosos de Carmen, estrenó sábanas nuevas y hasta logró dormir de verdad.

Marisa la llamó al final del invierno. La conversación fue breve y un poco tensa.

Nos pasamos de la raya, dijo, tras una pausa larga. Yo me pasé.
Sí, concedió Clara. Un poco.
Tú eres mi hija. Te quiero. No sé mostrarlo bien No te enfades, ¿vale?
Lo sé, mamá.

No fue perdón. Todavía no. Pero fue el principio. El principio de unas relaciones sanas, de verdad.

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