Mírate, Marta, cómo te has puesto, ya no eres ni atractiva ni delgada. La voz de Álvaro, su marido, retumbó en el comedor. Había dicho esas palabras igual que quien señala un hecho cualquiera. Sin rabia, sin pasión. Sin cariño. Y en ese instante, ni siquiera la cuchara que ella tenía en la mano cayó con sonido: sólo se dejó caer suavemente sobre el mantel, junto con sus palabras.
La suegra, Carmen, se quedó con la taza suspendida. La hermana de Álvaro, Lucía, bajó la vista a su plato, tensa. Sus hijos Diego, doce años, y Fátima, ocho detuvieron el mordisco en la boca.
Marta alzó la vista. Álvaro estaba frente a ella, frío e indiferente, un gesto de aburrimiento cruzándole la cara. La camisa blanca, la misma que Marta había planchado la víspera mientras él veía el partido del Real Madrid, marcaba sus hombros rectos. Esta mañana, lo había visto largo rato frente al espejo, vigilando la línea del cuello, apretando el abdomen. Él tenía cuarenta y dos. Ella, treinta y ocho.
Álvaro, no digas esas cosas intentó Carmen, la suegra, con voz dolida.
Mamá, sólo digo la verdad. Ella se ha abandonado. Álvaro alzó la mano para no escuchar rechazos.
Sin rabia. Con indiferencia.
Marta se levantó, sin aspavientos, sin gritar. Cogió la chaqueta gris y vieja, se puso las zapatillas, y salió al recibidor.
¿A dónde vas? gritó Álvaro desde el salón.
Marta no respondió. Cerró la puerta tras de sí y salió al rellano. El ascensor se tomó su tiempo, como siempre en la finca de la calle Alcalá. Marta miraba su reflejo en el cristal, borroso y pálido. Sí, había engordado. Después de tener a Diego nunca volvió a su peso. Después Fátima. Y luego luego la rutina, la casa, la contabilidad en la fábrica, los niños, la suegra instalada con ellos desde el ictus.
El aire de Madrid a principios de noviembre era frío y húmedo. El reloj marcaba casi las ocho. Marta caminó calles abajo, sin rumbo, por la Gran Vía, entre las sombras de los comercios donde compraba pan cada día, la farmacia de Carmen, el colegio de los pequeños.
Pensaba en la frase. No la soltó Álvaro en medio de una bronca, sino como quien habla del tráfico o del tiempo. La familia comía la tortilla de Carmen, la ensalada de Lucía, los niños charlaban de exámenes. Y de repente: esa frase, cruel y muda.
Marta se sentó en la parada del autobús, sin intención de subir. Miró el móvil. Tres llamadas perdidas de Álvaro, un mensaje de Lucía: Marta, no lo dice de mala fe. Está cansado. Vuelve.
Él está cansado.
Marta miró sus manos. Uñas cortas sin esmalte, piel reseca, una grieta en el índice. Diez años atrás sus manos iban de la manicura a los vestidos, al gimnasio. ¿Cuándo empezó a dejarse? No fue de golpe. Primero fue el embarazo, el agotamiento. Después la maternidad y la falta de sueño. Después el trabajo, porque la nómina apenas alcanzaba y Álvaro decía que no podía solo. Después Carmen, la suegra. Y después, Marta dejó de ser ella. Se ahogó en la rutina.
Un coche pasó levantando agua de una alcantarilla: ni siquiera se sobresaltó. Siguió caminando, sin destino. Tal vez al centro, quizá hasta el paseo del Prado.
A los veinte minutos llegó a un centro comercial luminoso, bullicioso, con escaparates brillantes. Marta entró. El ambiente era cálido, la música, el olor a café y perfume la envolvían. Gente con bolsas, risas y charlas. Se detuvo ante la vitrina de una tienda de ropa. Un vestido azul, sencillo pero elegante. ¿Cuál sería su talla ahora? ¿Cuarenta y seis? ¿Cuarenta y ocho?
¿Te ayudo en algo, guapa? dijo una dependienta asomando la cabeza.
No, gracias, Marta siguió caminando.
Subió al tercer piso por las escaleras mecánicas. En la zona de restauración pidió un café y se sentó a observar. Una pareja joven, tomados de la mano, él le susurra algo y ella ríe. Dos mujeres con peinados impecables y uñas perfectas charlan animadas, se ríen.
¿Y Marta? ¿Cuándo fue la última vez que rió de verdad? No una sonrisa amable ni una risa de televisión, sino de las que llegan al alma.
El teléfono vibró. Álvaro: ¿Piensas volver? Los niños te necesitan, tienen deberes.
Marta comenzó a escribir: Ayúdales tú. Borró. Reescribió: Ahora vuelvo. Y lo envió.
Terminó el café y salió. En la calle hacía más frío. Sacó los guantes holgados, remendados en el pulgar. Tiró hacia la parada.
Al llegar a casa, el silencio era total. Carmen dormía. Lucía había marchado. Los niños, cada uno en su habitación. Álvaro en el sofá, con el móvil. Levantó la vista apenas.
¿Ya has acabado de pasear?
Sí.
Hay cena en la nevera, si te apetece.
Marta fue a la cocina. Sacó la fuente de tortilla, la metió en el microondas. Miró la bandeja girar.
Mamá, ¿me ayudas con mates? Fátima asomó la cabeza.
Sí, cielo.
Sentadas a la mesa, Marta repasaba ejercicios con su hija, pero sus pensamientos iban lejos; recordaba la expresión de Álvaro en la cena: ni amor, ni enfado. Sólo vacío, como si ella fuese un mueble más.
Cuando Fátima se fue a la cama, Marta cruzó al salón.
Oye, dijo, Sobre lo de esta noche
¿Qué pasa? sin despegarse del móvil.
Lo que dijiste delante de todos.
Bah, la verdad sin más. Te has descuidado, y lo dije.
Delante de los niños, de tu madre.
¿Y qué? ¿Ellos no lo ven?
Marta se sentó en el borde del sofá, buscándole la mirada.
¿Por qué me tratas así, Álvaro?
¿Así cómo? levantó los ojos por fin. Te dije que te apuntes al gimnasio, que te cuides. Es lo que haría cualquiera.
Me has humillado.
¿Humillar? Marta, sólo te he dicho la verdad. Si te lo tomas así, es cosa tuya.
Marta se levantó, fue a la habitación y se tumbó, en su lado de la cama, el que da a la pared, porque Álvaro prefería el lado exterior. Cerró los ojos.
A la mañana siguiente, todo volvió a empezar: el desayuno, los niños al colegio, el trabajo. En su despacho de la fábrica, entre facturas, Marta se esforzaba por concentrarse. Entró su compañera, Natalia, con una pila de documentos.
¿Qué te pasa, Marta? Estás apagada hoy.
Nada, estoy bien.
No me engañes. Algo te ha ocurrido.
Marta dudó, pero la confesión se abrió paso:
Mi marido dijo anoche, delante de todos, que estoy gorda y fea.
Natalia chascó la lengua.
¡Madre mía! ¿Y tú qué hiciste?
Nada. ¿Qué iba a hacer?
Pues mandarle a freír churros, por ejemplo
Dos niños, su madre en casa, la hipoteca No puedo.
Lo entiendo, pero aguantar eso Natalia dudó. Quizá lo dijo para motivarte.
¿Motivarme? Marta soltó una carcajada amarga. Sí, claro, motivarme.
Todo el día fue borroso. Falló en los cálculos y la jefa, doña Teresa, le llamó la atención.
Al recoger a los niños del colegio, Marta fue a casa de su madre, en Chamberí, en un piso pequeño y antiguo.
¡Martita, cielo! Justo he hecho una tarta de queso, pasa. Los niños corrieron al salón y Marta entró a la cocina. Su madre, Mercedes, le sirvió té y pastel.
Estás pálida. ¿Qué te pasa?
Marta le contó todo. La cena, las palabras de Álvaro, el vacío. Su madre escuchaba, negando con la cabeza.
Nunca me gustó Álvaro para ti, hija. Ya en la boda
No, mamá, ahora no
Bueno. ¿Qué piensas hacer?
No lo sé.
Venid los tres conmigo. Hay sitio.
Tu casa tiene dos cuartos. Somos cuatro.
Ya nos apañaríamos.
Marta negó. Imaginó a los niños cambiando de vida, Diego preguntando por su padre. No podía.
No puedo.
¿Entonces?
No sé, de verdad.
Regresaron tarde. Álvaro estaba en la cocina, con el portátil. Levantó la vista.
¿Dónde estabais?
En casa de mi madre.
Avisarás la próxima vez.
Sí, Marta se encogió de hombros y cruzó al baño.
La ducha fue larga, hirviendo. Marta sentía cómo el agua arrastraba pedazos de sí misma, de lo que un día fue esperanza.
Se miró en el espejo. Sí, había ganado peso, tenía arrugas, el pelo apagado. ¿Eso la hacía menos valiosa? ¿Merecía escuchar esas palabras?
Recordó los años de juventud, los vestidos, los halagos de Álvaro, los restaurantes. Hasta que fue esposa, madre, enfermera de su suegra, invisible como mujer.
Se acostó. Álvaro entró después, ni un beso, ni un buenas noches. Simplemente se giró hacia la pared.
Y Marta supo que algo debía cambiar, que su vida tenía que dar un giro.
Dos semanas después recibió una oferta de trabajo. Una empresa logística de la Castellana buscaba responsable financiera. El sueldo era un cincuenta por ciento más alto. Oficina moderna, cristales, cafés expresso. Marta no lo dudó.
La entrevista fue fácil. La directora, Clara Jiménez, una mujer elegante de cuarenta y tantos, revisó su currículum:
Buen perfil. ¿Cuándo podrías incorporarte?
En dos semanas.
En su primer día, Marta se puso su único vestido negro decente, se maquilló y arregló el pelo. Álvaro ni lo notó, enfrascado en las noticias del móvil.
El edificio olía a pintura y aire acondicionado. Marta tenía mesa junto a la ventana. Su nuevo jefe, Sergio López, un hombre amable de gafas y sonrisa tranquila, le recibió:
Marta, bienvenida. Pregúntame lo que necesites.
Los primeros días fueron de adaptación. Pero le gustaba sentirse Marta, profesional, no la mujer de Álvaro, no la madre de Diego y Fátima.
Sergio era atento, explicaba todo, acompañaba. A veces se quedaban hasta tarde preparando informes, y empezaron a hablar, primero de trabajo, luego de sus vidas.
¿Tienes hijos?
Dos. Doce y ocho años.
Yo también, un hijo, diecisiete años, vive con su madre.
¿Divorciado hace mucho?
Cuatro años. Las cosas cambian.
Marta no preguntó más, pero algo despertó. Interés, curiosidad, sentir que le veía como mujer.
Pasó un mes, luego otro. Marta se acostumbraba al ritmo, salía pronto, volvía tarde, y Álvaro no protestaba, contento por el dinero. Carmen gruñía por los niños, pero Marta empezaba a respirar.
Se apuntó al gimnasio cerca de la oficina. Tres tardes por semana, dolor, cansancio pero poco a poco, se notaba: dos kilos menos, tres, cinco.
Sergio lo notó.
Te veo distinta. Más luminosa.
Marta sonrió.
Gracias.
Un viernes, Sergio propuso ir a cenar para celebrar el cierre de trimestre.
Hay una vinoteca cerca. ¿Te apetece?
Marta quiso negarse, decir que debía ir a casa, pero aceptó.
El local era íntimo, luz suave. Charlaban de trabajo, de sueños. Él contó cosas de su hijo, ella de los suyos, de los deseos de Diego y Fátima.
¿Y tu marido?
Marta dudó, giró la copa entre los dedos.
Vivimos juntos, pero estamos solos. ¿Me entiendes?
Sí.
Al salir, ya de noche, Sergio la acompañó al coche. Se miraron. Marta supo lo que estaba a punto de pasar y no lo evitó.
El beso fue tímido, respetuoso. Marta respondió. Por primera vez en años se sintió deseada, mujer, viva.
El romance empezó de manera discreta. Quedadas tras el trabajo, algún sábado. Iban a cafeterías, paseaban junto al Manzanares, escapadas al campo. Sergio no exigía, sólo escuchaba. Le miraba como nadie en mucho tiempo.
Marta adelgazaba y cambiaba. Se compró ropa nueva, tintó el pelo, se maquillaba por gusto. Los compañeros la felicitaban. En casa, nadie lo notó.
Una noche, Álvaro preguntó:
¿De qué vas tan arreglada?
Me he comprado un vestido nuevo.
¿Para qué? ¿Te sobra el dinero?
Y ella ya supo: a él le daba igual. No la veía. Era invisible.
Todo estalló un día. Álvaro tomó su móvil, diciendo que el suyo estaba sin batería. Leyó los mensajes con Sergio. Cuando Marta llegó, él la esperaba en el salón, móvil en mano.
¿Quién es Sergio?
Mi jefe.
Y tú con él…
Sí.
Silencio. Álvaro la miraba como desconocida.
¡¿Cómo has podido?!
¿Y tú? respondió Marta tranquila. ¿Cómo pudiste humillarme, tratarme como esclava?
¡Eres mi esposa!
No. Eres sólo el hombre con quien comparto piso.
Marta fue al dormitorio, empezó a hacer la maleta para ella y los niños. Álvaro miraba desde la puerta.
¿Vas en serio?
Completamente.
¡No puedes largarte así!
Sí, puedo.
Llamó a Sergio. Explicó lo sucedido. Él apareció media hora después. Ayudó con las maletas. Álvaro gritaba desde el rellano, pero Marta no se giró.
En el coche, los niños callaban, asustados. Marta los miró.
Tranquilos, vamos a estar bien. Os lo prometo.
El piso de Sergio era grande y luminoso. Les ofreció una habitación a los niños, a Marta sólo compañía y respeto.
Los primeros días fueron duros. Diego, resentido. Fátima, llorosa. Pero fueron adaptándose.
Y Marta, por primera vez en años, se sintió feliz. Una mañana, miró su reflejo: había perdido peso, estrenaba corte de pelo y sonrisa. Su imagen le devolvía la alegría: cinco kilos menos, nueva vida, nueva esperanza.







