Ay, muchacha, en vano te ilusionas con él, no se va a casar contigo. Y si acaso lo hace, terminarás sufriendo. Ya verás cuando llegue el verano y se llenen las calles de chicas de ciudad, ¿qué harás entonces? Te consumirás de celos. Ese no es el tipo de hombre que te conviene le repetía tía Carmen, madrina de Isabel. Pero, ¿acaso la juventud enamorada atiende a la sabiduría de los años?
Isabel apenas cumplía dieciséis cuando perdió a su madre. El padre se había marchado a Madrid en busca de trabajo siete años atrás y nunca volvió, ni cartas ni dinero.
Casi todos en el pueblo asistieron al funeral, ayudando como podían. La tía Carmen, su madrina, pasaba mucho por casa, recordándole las tareas y cómo arreglárselas. Cuando Isabel terminó el bachillerato, la colocaron en Correos en el pueblo vecino.
Isabel era de presencia fuerte, como se dice en Castilla: “sangre y leche”. De rostro redondo y sonrosado, nariz chata, pero unos ojos grises y luminosos. Su larga trenza rubia caía hasta la cintura.
El más guapo del pueblo era Diego. Desde que volvió de la mili, llevaba dos años como el soltero más solicitado. Ni las chicas de ciudad que llegaban a pasar las vacaciones le quitaban el ojo.
Diego, en vez de chofer, podía haber sido actor en los filmes de Madrid, decían. No tenía prisa por elegir esposa; prefería vivir de conquista en conquista.
Un día, tía Carmen fue a pedirle ayuda con la valla de Isabel, que amenazaba con caerse. Sin fuerza masculina, la vida en el pueblo es dura. Isabel podía con la huerta, pero la casa era más complicado.
Diego aceptó sin darle muchas vueltas. Observó el problema y empezó a dar órdenes: “tráeme esto, busca aquello, alcanza lo otro”. Isabel encontraba todo al momento, sin rechistar.
Las mejillas se le encendían más que nunca y la trenza danzaba tras su espalda. Cuando Diego se cansaba, Isabel le agasajaba con un buen cocido, pan de pueblo y té fuerte. Observaba cómo mordía el pan negro con esos dientes perfectos.
Tres días tardó Diego en arreglar la valla, y al cuarto regresó, ya sin motivo. Isabel le preparó la cena; de palabra en palabra, terminó quedándose a dormir. Luego empezó a ir a menudo, marchándose antes del alba para que nadie lo viera. Pero, en el pueblo, todo se sabe.
Muchacha, en vano insistes, él no se casará, y si lo hace, mucho sufrirás. Cuando lleguen las chicas de ciudad en verano, ¿qué harás? Los celos te consumirán. No es el hombre para ti le insistía tía Carmen.
Pero el corazón enamorado nunca escucha la voz de la experiencia.
Poco después, Isabel notó algo raro. Pensó que sería un resfriado o una mala digestión: debilidad, mareos. Pero pronto entendió, como un mazazo, que llevaba un hijo de Diego en su vientre.
Por momentos pensó en renunciar al embarazo; se veía joven, sin fuerzas para criar sola. Luego, pensó que sería mejor así, ya no estaría sola.
Su madre la había criado sin ayuda y ella también podría. El padre nunca sirvió de mucho, y de los chismes del pueblo, la gente hablaría y luego se calmaría.
Al llegar la primavera, Isabel dejó el abrigo y los vecinos notaron el vientre abultado. Todos meneaban la cabeza, murmurando lo que sucedía con la muchacha. Diego, dubitativo, fue a preguntar qué iba a hacer.
¿Qué otra cosa? Dar a luz. No te preocupes, crío sola al niño. Vive como quieras respondió, ocupándose cerca de la chimenea, con los reflejos del fuego iluminando sus mejillas y ojos.
Diego, cautivado por la escena, se fue. Ella ya había decidido. Fue, como dicen, “como agua sobre plumas de ganso”. Llegó el verano; las chicas de ciudad invadieron el pueblo y Diego apenas visitaba a Isabel.
Isabel seguía trabajando en la huerta, con tía Carmen ayudando en lo que podía. Con la barriga, agacharse era difícil, y sacar agua del pozo suponía un reto. El vientre era grande y las mujeres del pueblo pronosticaban un niño fuerte.
El que Dios quiera bromeaba Isabel.
En septiembre, Isabel despertó una mañana con un dolor agudo, como si el vientre se partiera. La molestia pasó, pero pronto volvió. Corrió a casa de tía Carmen, quien, con una mirada, lo entendió todo.
¿Ya está? No te muevas, vengo enseguida y corrió a casa de Diego.
La camioneta de Diego esperaba junto a su casa. Los veraneantes ya se habían ido. Pero Diego, casualmente, se había emborrachado la noche anterior.
Tía Carmen lo zarandeó hasta que reaccionó. Al entender lo que pasaba, gritó:
¡Si faltan diez kilómetros para el hospital! Para cuando vayamos por el médico y volvamos, habrá nacido el niño. La llevo ya, ¡rápido!
¿Pero en la camioneta? Vas a agitarla tanto que el niño va a salir volando resopló Carmen.
Entonces vienes conmigo, por si acaso sentenció Diego.
Recorrieron dos kilómetros por un camino destartalado. Sorteaban charcos y caían en pozos. Tía Carmen iba en la parte trasera, sobre un saco. Al llegar al asfalto, aceleraron.
Isabel aguantaba el dolor en el asiento, sujetándose la barriga y mordiéndose los labios. Diego de pronto estaba sobrio y tenso, apretando el volante, mirándola de reojo, sumido en sus pensamientos.
Llegaron a tiempo. Dejan a Isabel en el hospital y se marchan. Carmen reprendía a Diego todo el trayecto:
¿Por qué le arruinaste la vida a la chica? Sola, huérfana, apenas una niña, y ahora va a tener que criar sola a un bebé. ¿Cómo hará?
No habían vuelto al pueblo y ya Isabel era madre de un muchacho fuerte y sano. Por la mañana se lo trajeron para amamantar. No sabía cómo sostenerlo, ni cómo acercarlo al pecho.
Miraba el rostro arrugado y rojo de su hijo, mordiéndose los labios, siguiendo las instrucciones como podía.
Pero el corazón le temblaba de alegría. Observaba la frente cubierta de pelusa, y sonreía torpemente.
¿Vendrán a buscarte? le preguntó un médico mayor antes del alta.
Isabel encogió los hombros y negó con la cabeza.
El médico suspiró y se fue. La enfermera envolvió al bebé en una manta para el viaje de vuelta y recordó a Isabel que debía devolverla.
Te llevará Fermin en la ambulancia, no vas a ir tú sola con un niño en el autocar dijo, algo brusca.
Isabel agradeció. Caminó por el hospital cabizbaja, roja de vergüenza.
En el coche, sostenía a su hijo contra el pecho, preocupada por el futuro.
La ayuda del gobierno era ridícula, apenas euros para vivir. Lamentaba su suerte y la inocencia de su hijo. Pero al mirar el rostro dormido del bebé, el corazón se le inundaba de ternura y apartaba los pensamientos tristes.
De repente, el coche se detuvo. Isabel miró a Fermín, hombre de unos cincuenta.
¿Qué ocurre?
Han llovido dos días, mira cuántos charcos. Imposible pasar, me atascaría. Solo podríamos en tractor o camioneta.
Lo siento, quedan solo dos kilómetros, podrás caminar, ¿no? señaló la carretera cubierta por una enorme laguna.
El niño dormía en sus brazos, e Isabel, aun sentada, estaba agotada. Era un bebé fuerte, pero caminar así…
Salió con cuidado, acomodó al niño y siguió el borde del charco, hundiendo los pies en el barro hasta los tobillos, temiendo resbalar.
Los zapatos destartalados se llenaban de agua. Ojalá llevara botas. Uno de los zapatos se quedó atrapado, imposible sacarlo, así que siguió sólo con uno.
Al llegar al pueblo, ya anochecía, los pies insensibles por el frío. No tenía fuerzas ni para sorprenderse de ver luces encendidas en casa.
Subió los escalones de piedra, los pies congelados y sudando de la tensión. Abrió la puerta y se quedó parada.
Junto a la pared, había una cuna, un carrito de bebé con ropita doblada y, en la mesa, Diego dormía con la cabeza apoyada en los brazos.
Quizá sintió su presencia, pues levantó la cabeza. Isabel, desaliñada y colorada, se sostenía apenas en la puerta, con la falda empapada y piernas cubiertas de barro y sin un zapato.
Al ver que le faltaba un zapato, Diego acudió de inmediato, tomó al niño, lo acomodó en la cuna y fue a calentar agua.
Sentó a Isabel, la ayudó a lavarse y a cambiarse. Mientras ella se vestía tras la estufa, él ya tenía listas unas patatas cocidas y un jarro de leche sobre la mesa.
Entonces, el niño lloró. Isabel se apresuró, lo tomó en brazos y, sin pudor, comenzó a alimentarlo.
¿Cómo lo has llamado? preguntó Diego, con voz quebrada.
Alejandro. ¿Te parece bien? respondió, mirándolo con sus ojos claros.
Tenían en ellos tanta tristeza y amor, que el corazón de Diego se encogió.
Es bonito. Mañana vamos al registro y nos casamos.
No es necesario empezó Isabel, mirando al niño.
Un hijo mío tiene que tener padre. Se acabó la mala vida. No sé si seré buen marido, pero como padre no me aparto.
Isabel asintió, sin levantar la cabeza.
A los dos años tuvieron una niña, a la que llamaron Esperanza, como la madre de Isabel.
No importa los errores que cometas al comenzar, lo fundamental es que siempre puedes rectificar…
Así transcurrió esta historia. ¿Y vosotros, qué pensáis? ¿Habéis vivido algo parecido? La vida siempre da segundas oportunidades, si eres capaz de aceptarlas y aprender.







