— Ay, muchacha, en vano le saludas, ese no se casa contigo. Y si se casa, te va a dar más penas que alegrías. Cuando llegue el verano, vendrán las chicas bonitas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá los celos. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María, su madrina. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha la sabia voz de la experiencia? A Varía apenas cumplía los dieciséis cuando perdió a su madre. El padre había marchado hace siete años a buscarse la vida en la ciudad, y jamás regresó. Ni cartas, ni dinero. Casi todo el pueblo participó en el entierro y ayudó en lo que pudo. Tía María, su madrina, la visitaba a menudo y le recordaba lo que tenía que hacer. Cuando terminó la escuela, le buscaron un trabajo en la oficina de correos del pueblo vecino. Varía es una muchacha fuerte, como suele decirse: “de sangre y leche”. Su cara redonda y colorada, nariz chata, pero con unos ojos grises llenos de luz. Una trenza rubia y gruesa le cae hasta la cintura. El chico más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que había vuelto de la mili y no le faltaban pretendientas. Hasta las chicas de ciudad que llegan cada verano no le quitaban ojo. A él no le tocaba ser chófer en el pueblo; mejor habría sido actor en películas de Hollywood. No había sentado cabeza y no tenía prisa por buscarse novia. Fue tía María quien le pidió ayuda para arreglar la valla de Varía, ya que comenzaba a venirse abajo. Sin fuerza de hombre es difícil vivir en el pueblo. Varía se manejaba bien en el huerto, pero la casa le sobrepasaba. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Llegó, miró y empezó a mandar: “trae esto, ve allá, alcanza aquello.” Varía hacía sin rechistar todo lo que él pedía. Las mejillas se le ponían más coloradas aún y la trenza se movía inquieta por la espalda. Cuando él se cansaba, le servía un cocido fuerte y un té bien cargado. Ella, mientras, observaba cómo mordía el pan negro con sus dientes blancos y firmes. Nicolás tardó tres días en arreglar la valla y al cuarto apareció sin razón, de visita. Varía le dio la cena, charlaron, y él se quedó a dormir. Desde entonces empezó a visitar a menudo, siempre marchándose antes del amanecer. En el pueblo, imposible ocultar nada. — Ay, muchacha, en vano le saludas. Ese no se casa contigo. Y si se casa, te hará sufrir. Cuando llegue el verano vendrán las bellas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá la envidia. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María. Pero, ¿cuándo ha escuchado la juventud enamorada los consejos de la vejez sabia? Poco después se dio cuenta de que estaba embarazada. Al principio pensó que era una gripe o había comido algo malo. La debilidad y el mareo le invadían, hasta que de golpe entendió que llevaría en su vientre un hijo de Nicolás, el guapo. Pensó lo peor: quería deshacerse del niño, pues era demasiado pronto para ser madre. Pero luego pensó que sería mejor tenerlo, no estaría sola. Su madre la crió sola; ella también podría. Del padre tampoco había sacado mucho provecho, siempre estaba en el bar. Los vecinos hablarían, pero después se callarían. En primavera guardó el abrigo y todo el pueblo vio la barriga. Las mujeres murmuraban, diciendo que la chica tenía problemas. Nicolás pasó para saber qué haría ella. — Pues qué va a ser. Parirlo. No te preocupes, lo crío sola. Vive como vivías —le dijo, revolviéndose cerca del horno. Sus mejillas y sus ojos brillaban con el fuego. Nicolás la miró con admiración, pero se fue. Ella lo decidió todo por sí misma. Como el agua sobre el pato. El verano llegó y las chicas guapas de la ciudad aparecieron. Nicolás ya no pensaba en Varía. Y ella seguía con sus labores del huerto; tía María iba a ayudarle a escardar. Con la barriga era difícil inclinarse. Acarreaba medio cubo de agua del pozo. La barriga grande y las mujeres del pueblo le auguraban un “es un mozo de armas tomar.” — Lo que Dios quiera —bromeaba Varía. A mediados de septiembre despertó un día con un dolor fuerte, como si la barriga se partiera en dos. Pero el dolor pasó, y al rato volvió. Fue corriendo a ver a tía María, que enseguida entendió lo que pasaba. — ¿Ya? Siéntate, ahora vuelvo —y salió disparada de la casa. Corrió hasta la casa de Nicolás, donde tenía aparcada la camioneta. Los veraneantes ya se habían ido. Él, para colmo, estaba borracho de la noche anterior. Tía María le sacudió hasta despertarlo. Nicolás miraba confundido, sin saber qué pasaba ni a dónde debía ir. Cuando entendió, gritó: — ¡Son diez kilómetros hasta el hospital! Como vayamos a buscar al médico y volver, la chica ya ha dado a luz. ¡Vamos y listo! Prepárala. — Pero ¿cómo en la camioneta? La vas a sacudir toda; igual nace el niño en medio del camino —protestó la mujer. — Entonces vente con nosotros, por si acaso —tajó Nicolás. Los dos kilómetros de camino destrozado los pasó despacio, esquivando zanjas. Tía María iba sentada sobre un saco en la caja. Cuando llegaron al asfalto, aceleró el ritmo. Varía, en el asiento de al lado, se retorcía de dolor, apretaba los labios para no quejarse, abrazando la barriga. Nicolás se despejó del todo. Miraba de reojo a la muchacha; la mandíbula le temblaba, los nudillos se le ponían blancos aferrados al volante. Pensaba en lo suyo. Llegaron a tiempo. Dejaron a Varía en el hospital y volvieron. Tía María iba regañando a Nicolás todo el camino: — ¡Le has destrozado la vida a la chica! Sola, sin padres, todavía es una niña y tú solo le has traído preocupaciones. ¿Cómo va a criar sola a un hijo? La camioneta aún no había llegado al pueblo cuando Varía ya era madre de un niño grande y sano. Al día siguiente se lo trajeron para alimentarlo. No sabía cómo cogerlo, ni cómo ponerlo al pecho. Miraba con ojos asustados el rostro rojo y arrugado de su hijo. Apretó el labio y siguió las indicaciones. Pero de alegría el corazón le temblaba. Observaba, soplaba sobre la frente del niño donde los finos cabellos se le erizaban, y sentía una felicidad torpe. — ¿Vendrán a por ti? —preguntó serio el médico mayor antes del alta. Varía encogió los hombros y negó con la cabeza: — Lo dudo. El médico suspiró y se fue. La enfermera envolvió al niño con la manta del hospital, solo para llevarlos de vuelta a casa. Le ordenó que la devolviera. — Fede te llevará en la ambulancia hasta el pueblo. No irás en el autobús con el recién nacido —dijo, algo severa. Varía se lo agradeció. Caminaba por el pasillo del hospital, cabeza gacha, roja de vergüenza. Viajaba Varía en el coche, apretando al niño contra el pecho y pensando en cómo sería la vida a partir de ahora. La baja maternal era escasa, apenas para sobrevivir. Se compadecía de sí misma y del inocente niño. Miró la carita arrugada del bebé dormido, y el corazón se le llenó de ternura, apartando los malos pensamientos. De repente, el coche se detuvo. Varía miró preocupada a Fede, hombre de unos cincuenta años, más bien bajo. — ¿Qué pasa? — Lleva dos días lloviendo. Mira qué charcos, no puedo pasar ni rodear. Si me meto, me quedo atascado. Solo con camioneta o tractor se puede. — Lo siento. No queda lejos, dos kilómetros escasos. ¿Puedes llegar andando? —señaló la carretera, anegada como un lago interminable. El bebé dormía. Aunque iba sentada, ya estaba cansada de sostenerle. Era un auténtico mozo. ¿Cómo caminar así con el niño? Varía salió con cuidado, acomodó mejor al bebé y avanzó por el borde del gigantesco charco. Los pies se le hundían en el barro hasta el tobillo, temiendo resbalar. Las viejas botas chapoteaban. Ojalá hubiera ido al hospital con las de goma. Una de las botas se quedó en el barro. Se paró, pensó qué hacer; no podía sacarla con el niño en brazos. Siguió adelante con una sola bota. Cuando llegó al pueblo, ya oscurecía; los pies helados, pero sudaba de esfuerzo. Apenas pudo sorprenderse al ver luces en las ventanas. Subió por las escaleras secas y lisas. Los pies congelados, el cuerpo empapado en sudor. Abrió la puerta de casa y se quedó helada. Junto a la pared, una cuna, un cochecito, y en el coche cuna ropa bonita para el bebé. En la mesa, Nicolás, cabeza apoyada en los brazos, dormía. Quizá oyó algo, quizá la sintió; levantó la cabeza. Varía, colorada, despeinada, apenas se sostenía en la puerta con el niño en brazos. El vestido empapado, las piernas llenas de barro hasta la rodilla, solo una bota. Al ver que le faltaba una bota, corrió hacia ella y tomó al niño para acomodarlo en la cuna. Fue al horno, sacó una olla de agua caliente. La sentó, le ayudó a desvestirse, le lavó los pies. Mientras Varía se cambiaba tras el horno, ya había en la mesa patatas cocidas y una jarra de leche. El niño lloró entonces. Varía corrió, lo tomó y se sentó a la mesa para darle de comer, sin vergüenza alguna. — ¿Cómo le llamarás? —le preguntó Nicolás con voz ronca. — Sergio. ¿Te parece bien? —Levantó los ojos claros hacia él. En ellos había tanto dolor y amor que a Nicolás se le encogió el corazón. — Bonito nombre. Mañana iremos a registrarlo y a casarnos. — No es necesario… —dijo Varía, mirando cómo el bebé chupaba. — Mi hijo tiene que tener padre. Se acabó la vida de juerguista. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no le abandonaré. Varía asintió sin levantar la vista. Dos años después, tuvieron también una niña, a la que llamaron como la madre de Varía: Esperanza. No importa los errores que cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Esta es la historia que sucedió. Escríbenos en los comentarios qué te ha parecido. Deja tu “me gusta”.

Ay, muchacha, en vano te ilusionas con él, no se va a casar contigo. Y si acaso lo hace, terminarás sufriendo. Ya verás cuando llegue el verano y se llenen las calles de chicas de ciudad, ¿qué harás entonces? Te consumirás de celos. Ese no es el tipo de hombre que te conviene le repetía tía Carmen, madrina de Isabel. Pero, ¿acaso la juventud enamorada atiende a la sabiduría de los años?

Isabel apenas cumplía dieciséis cuando perdió a su madre. El padre se había marchado a Madrid en busca de trabajo siete años atrás y nunca volvió, ni cartas ni dinero.

Casi todos en el pueblo asistieron al funeral, ayudando como podían. La tía Carmen, su madrina, pasaba mucho por casa, recordándole las tareas y cómo arreglárselas. Cuando Isabel terminó el bachillerato, la colocaron en Correos en el pueblo vecino.

Isabel era de presencia fuerte, como se dice en Castilla: “sangre y leche”. De rostro redondo y sonrosado, nariz chata, pero unos ojos grises y luminosos. Su larga trenza rubia caía hasta la cintura.

El más guapo del pueblo era Diego. Desde que volvió de la mili, llevaba dos años como el soltero más solicitado. Ni las chicas de ciudad que llegaban a pasar las vacaciones le quitaban el ojo.

Diego, en vez de chofer, podía haber sido actor en los filmes de Madrid, decían. No tenía prisa por elegir esposa; prefería vivir de conquista en conquista.

Un día, tía Carmen fue a pedirle ayuda con la valla de Isabel, que amenazaba con caerse. Sin fuerza masculina, la vida en el pueblo es dura. Isabel podía con la huerta, pero la casa era más complicado.

Diego aceptó sin darle muchas vueltas. Observó el problema y empezó a dar órdenes: “tráeme esto, busca aquello, alcanza lo otro”. Isabel encontraba todo al momento, sin rechistar.

Las mejillas se le encendían más que nunca y la trenza danzaba tras su espalda. Cuando Diego se cansaba, Isabel le agasajaba con un buen cocido, pan de pueblo y té fuerte. Observaba cómo mordía el pan negro con esos dientes perfectos.

Tres días tardó Diego en arreglar la valla, y al cuarto regresó, ya sin motivo. Isabel le preparó la cena; de palabra en palabra, terminó quedándose a dormir. Luego empezó a ir a menudo, marchándose antes del alba para que nadie lo viera. Pero, en el pueblo, todo se sabe.

Muchacha, en vano insistes, él no se casará, y si lo hace, mucho sufrirás. Cuando lleguen las chicas de ciudad en verano, ¿qué harás? Los celos te consumirán. No es el hombre para ti le insistía tía Carmen.

Pero el corazón enamorado nunca escucha la voz de la experiencia.

Poco después, Isabel notó algo raro. Pensó que sería un resfriado o una mala digestión: debilidad, mareos. Pero pronto entendió, como un mazazo, que llevaba un hijo de Diego en su vientre.

Por momentos pensó en renunciar al embarazo; se veía joven, sin fuerzas para criar sola. Luego, pensó que sería mejor así, ya no estaría sola.

Su madre la había criado sin ayuda y ella también podría. El padre nunca sirvió de mucho, y de los chismes del pueblo, la gente hablaría y luego se calmaría.

Al llegar la primavera, Isabel dejó el abrigo y los vecinos notaron el vientre abultado. Todos meneaban la cabeza, murmurando lo que sucedía con la muchacha. Diego, dubitativo, fue a preguntar qué iba a hacer.

¿Qué otra cosa? Dar a luz. No te preocupes, crío sola al niño. Vive como quieras respondió, ocupándose cerca de la chimenea, con los reflejos del fuego iluminando sus mejillas y ojos.

Diego, cautivado por la escena, se fue. Ella ya había decidido. Fue, como dicen, “como agua sobre plumas de ganso”. Llegó el verano; las chicas de ciudad invadieron el pueblo y Diego apenas visitaba a Isabel.

Isabel seguía trabajando en la huerta, con tía Carmen ayudando en lo que podía. Con la barriga, agacharse era difícil, y sacar agua del pozo suponía un reto. El vientre era grande y las mujeres del pueblo pronosticaban un niño fuerte.

El que Dios quiera bromeaba Isabel.

En septiembre, Isabel despertó una mañana con un dolor agudo, como si el vientre se partiera. La molestia pasó, pero pronto volvió. Corrió a casa de tía Carmen, quien, con una mirada, lo entendió todo.

¿Ya está? No te muevas, vengo enseguida y corrió a casa de Diego.

La camioneta de Diego esperaba junto a su casa. Los veraneantes ya se habían ido. Pero Diego, casualmente, se había emborrachado la noche anterior.

Tía Carmen lo zarandeó hasta que reaccionó. Al entender lo que pasaba, gritó:

¡Si faltan diez kilómetros para el hospital! Para cuando vayamos por el médico y volvamos, habrá nacido el niño. La llevo ya, ¡rápido!

¿Pero en la camioneta? Vas a agitarla tanto que el niño va a salir volando resopló Carmen.

Entonces vienes conmigo, por si acaso sentenció Diego.

Recorrieron dos kilómetros por un camino destartalado. Sorteaban charcos y caían en pozos. Tía Carmen iba en la parte trasera, sobre un saco. Al llegar al asfalto, aceleraron.

Isabel aguantaba el dolor en el asiento, sujetándose la barriga y mordiéndose los labios. Diego de pronto estaba sobrio y tenso, apretando el volante, mirándola de reojo, sumido en sus pensamientos.

Llegaron a tiempo. Dejan a Isabel en el hospital y se marchan. Carmen reprendía a Diego todo el trayecto:

¿Por qué le arruinaste la vida a la chica? Sola, huérfana, apenas una niña, y ahora va a tener que criar sola a un bebé. ¿Cómo hará?

No habían vuelto al pueblo y ya Isabel era madre de un muchacho fuerte y sano. Por la mañana se lo trajeron para amamantar. No sabía cómo sostenerlo, ni cómo acercarlo al pecho.

Miraba el rostro arrugado y rojo de su hijo, mordiéndose los labios, siguiendo las instrucciones como podía.

Pero el corazón le temblaba de alegría. Observaba la frente cubierta de pelusa, y sonreía torpemente.

¿Vendrán a buscarte? le preguntó un médico mayor antes del alta.

Isabel encogió los hombros y negó con la cabeza.

El médico suspiró y se fue. La enfermera envolvió al bebé en una manta para el viaje de vuelta y recordó a Isabel que debía devolverla.

Te llevará Fermin en la ambulancia, no vas a ir tú sola con un niño en el autocar dijo, algo brusca.

Isabel agradeció. Caminó por el hospital cabizbaja, roja de vergüenza.

En el coche, sostenía a su hijo contra el pecho, preocupada por el futuro.

La ayuda del gobierno era ridícula, apenas euros para vivir. Lamentaba su suerte y la inocencia de su hijo. Pero al mirar el rostro dormido del bebé, el corazón se le inundaba de ternura y apartaba los pensamientos tristes.

De repente, el coche se detuvo. Isabel miró a Fermín, hombre de unos cincuenta.

¿Qué ocurre?

Han llovido dos días, mira cuántos charcos. Imposible pasar, me atascaría. Solo podríamos en tractor o camioneta.

Lo siento, quedan solo dos kilómetros, podrás caminar, ¿no? señaló la carretera cubierta por una enorme laguna.

El niño dormía en sus brazos, e Isabel, aun sentada, estaba agotada. Era un bebé fuerte, pero caminar así…

Salió con cuidado, acomodó al niño y siguió el borde del charco, hundiendo los pies en el barro hasta los tobillos, temiendo resbalar.

Los zapatos destartalados se llenaban de agua. Ojalá llevara botas. Uno de los zapatos se quedó atrapado, imposible sacarlo, así que siguió sólo con uno.

Al llegar al pueblo, ya anochecía, los pies insensibles por el frío. No tenía fuerzas ni para sorprenderse de ver luces encendidas en casa.

Subió los escalones de piedra, los pies congelados y sudando de la tensión. Abrió la puerta y se quedó parada.

Junto a la pared, había una cuna, un carrito de bebé con ropita doblada y, en la mesa, Diego dormía con la cabeza apoyada en los brazos.

Quizá sintió su presencia, pues levantó la cabeza. Isabel, desaliñada y colorada, se sostenía apenas en la puerta, con la falda empapada y piernas cubiertas de barro y sin un zapato.

Al ver que le faltaba un zapato, Diego acudió de inmediato, tomó al niño, lo acomodó en la cuna y fue a calentar agua.

Sentó a Isabel, la ayudó a lavarse y a cambiarse. Mientras ella se vestía tras la estufa, él ya tenía listas unas patatas cocidas y un jarro de leche sobre la mesa.

Entonces, el niño lloró. Isabel se apresuró, lo tomó en brazos y, sin pudor, comenzó a alimentarlo.

¿Cómo lo has llamado? preguntó Diego, con voz quebrada.

Alejandro. ¿Te parece bien? respondió, mirándolo con sus ojos claros.

Tenían en ellos tanta tristeza y amor, que el corazón de Diego se encogió.

Es bonito. Mañana vamos al registro y nos casamos.

No es necesario empezó Isabel, mirando al niño.

Un hijo mío tiene que tener padre. Se acabó la mala vida. No sé si seré buen marido, pero como padre no me aparto.

Isabel asintió, sin levantar la cabeza.

A los dos años tuvieron una niña, a la que llamaron Esperanza, como la madre de Isabel.

No importa los errores que cometas al comenzar, lo fundamental es que siempre puedes rectificar…

Así transcurrió esta historia. ¿Y vosotros, qué pensáis? ¿Habéis vivido algo parecido? La vida siempre da segundas oportunidades, si eres capaz de aceptarlas y aprender.

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— Ay, muchacha, en vano le saludas, ese no se casa contigo. Y si se casa, te va a dar más penas que alegrías. Cuando llegue el verano, vendrán las chicas bonitas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá los celos. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María, su madrina. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha la sabia voz de la experiencia? A Varía apenas cumplía los dieciséis cuando perdió a su madre. El padre había marchado hace siete años a buscarse la vida en la ciudad, y jamás regresó. Ni cartas, ni dinero. Casi todo el pueblo participó en el entierro y ayudó en lo que pudo. Tía María, su madrina, la visitaba a menudo y le recordaba lo que tenía que hacer. Cuando terminó la escuela, le buscaron un trabajo en la oficina de correos del pueblo vecino. Varía es una muchacha fuerte, como suele decirse: “de sangre y leche”. Su cara redonda y colorada, nariz chata, pero con unos ojos grises llenos de luz. Una trenza rubia y gruesa le cae hasta la cintura. El chico más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que había vuelto de la mili y no le faltaban pretendientas. Hasta las chicas de ciudad que llegan cada verano no le quitaban ojo. A él no le tocaba ser chófer en el pueblo; mejor habría sido actor en películas de Hollywood. No había sentado cabeza y no tenía prisa por buscarse novia. Fue tía María quien le pidió ayuda para arreglar la valla de Varía, ya que comenzaba a venirse abajo. Sin fuerza de hombre es difícil vivir en el pueblo. Varía se manejaba bien en el huerto, pero la casa le sobrepasaba. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Llegó, miró y empezó a mandar: “trae esto, ve allá, alcanza aquello.” Varía hacía sin rechistar todo lo que él pedía. Las mejillas se le ponían más coloradas aún y la trenza se movía inquieta por la espalda. Cuando él se cansaba, le servía un cocido fuerte y un té bien cargado. Ella, mientras, observaba cómo mordía el pan negro con sus dientes blancos y firmes. Nicolás tardó tres días en arreglar la valla y al cuarto apareció sin razón, de visita. Varía le dio la cena, charlaron, y él se quedó a dormir. Desde entonces empezó a visitar a menudo, siempre marchándose antes del amanecer. En el pueblo, imposible ocultar nada. — Ay, muchacha, en vano le saludas. Ese no se casa contigo. Y si se casa, te hará sufrir. Cuando llegue el verano vendrán las bellas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá la envidia. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María. Pero, ¿cuándo ha escuchado la juventud enamorada los consejos de la vejez sabia? Poco después se dio cuenta de que estaba embarazada. Al principio pensó que era una gripe o había comido algo malo. La debilidad y el mareo le invadían, hasta que de golpe entendió que llevaría en su vientre un hijo de Nicolás, el guapo. Pensó lo peor: quería deshacerse del niño, pues era demasiado pronto para ser madre. Pero luego pensó que sería mejor tenerlo, no estaría sola. Su madre la crió sola; ella también podría. Del padre tampoco había sacado mucho provecho, siempre estaba en el bar. Los vecinos hablarían, pero después se callarían. En primavera guardó el abrigo y todo el pueblo vio la barriga. Las mujeres murmuraban, diciendo que la chica tenía problemas. Nicolás pasó para saber qué haría ella. — Pues qué va a ser. Parirlo. No te preocupes, lo crío sola. Vive como vivías —le dijo, revolviéndose cerca del horno. Sus mejillas y sus ojos brillaban con el fuego. Nicolás la miró con admiración, pero se fue. Ella lo decidió todo por sí misma. Como el agua sobre el pato. El verano llegó y las chicas guapas de la ciudad aparecieron. Nicolás ya no pensaba en Varía. Y ella seguía con sus labores del huerto; tía María iba a ayudarle a escardar. Con la barriga era difícil inclinarse. Acarreaba medio cubo de agua del pozo. La barriga grande y las mujeres del pueblo le auguraban un “es un mozo de armas tomar.” — Lo que Dios quiera —bromeaba Varía. A mediados de septiembre despertó un día con un dolor fuerte, como si la barriga se partiera en dos. Pero el dolor pasó, y al rato volvió. Fue corriendo a ver a tía María, que enseguida entendió lo que pasaba. — ¿Ya? Siéntate, ahora vuelvo —y salió disparada de la casa. Corrió hasta la casa de Nicolás, donde tenía aparcada la camioneta. Los veraneantes ya se habían ido. Él, para colmo, estaba borracho de la noche anterior. Tía María le sacudió hasta despertarlo. Nicolás miraba confundido, sin saber qué pasaba ni a dónde debía ir. Cuando entendió, gritó: — ¡Son diez kilómetros hasta el hospital! Como vayamos a buscar al médico y volver, la chica ya ha dado a luz. ¡Vamos y listo! Prepárala. — Pero ¿cómo en la camioneta? La vas a sacudir toda; igual nace el niño en medio del camino —protestó la mujer. — Entonces vente con nosotros, por si acaso —tajó Nicolás. Los dos kilómetros de camino destrozado los pasó despacio, esquivando zanjas. Tía María iba sentada sobre un saco en la caja. Cuando llegaron al asfalto, aceleró el ritmo. Varía, en el asiento de al lado, se retorcía de dolor, apretaba los labios para no quejarse, abrazando la barriga. Nicolás se despejó del todo. Miraba de reojo a la muchacha; la mandíbula le temblaba, los nudillos se le ponían blancos aferrados al volante. Pensaba en lo suyo. Llegaron a tiempo. Dejaron a Varía en el hospital y volvieron. Tía María iba regañando a Nicolás todo el camino: — ¡Le has destrozado la vida a la chica! Sola, sin padres, todavía es una niña y tú solo le has traído preocupaciones. ¿Cómo va a criar sola a un hijo? La camioneta aún no había llegado al pueblo cuando Varía ya era madre de un niño grande y sano. Al día siguiente se lo trajeron para alimentarlo. No sabía cómo cogerlo, ni cómo ponerlo al pecho. Miraba con ojos asustados el rostro rojo y arrugado de su hijo. Apretó el labio y siguió las indicaciones. Pero de alegría el corazón le temblaba. Observaba, soplaba sobre la frente del niño donde los finos cabellos se le erizaban, y sentía una felicidad torpe. — ¿Vendrán a por ti? —preguntó serio el médico mayor antes del alta. Varía encogió los hombros y negó con la cabeza: — Lo dudo. El médico suspiró y se fue. La enfermera envolvió al niño con la manta del hospital, solo para llevarlos de vuelta a casa. Le ordenó que la devolviera. — Fede te llevará en la ambulancia hasta el pueblo. No irás en el autobús con el recién nacido —dijo, algo severa. Varía se lo agradeció. Caminaba por el pasillo del hospital, cabeza gacha, roja de vergüenza. Viajaba Varía en el coche, apretando al niño contra el pecho y pensando en cómo sería la vida a partir de ahora. La baja maternal era escasa, apenas para sobrevivir. Se compadecía de sí misma y del inocente niño. Miró la carita arrugada del bebé dormido, y el corazón se le llenó de ternura, apartando los malos pensamientos. De repente, el coche se detuvo. Varía miró preocupada a Fede, hombre de unos cincuenta años, más bien bajo. — ¿Qué pasa? — Lleva dos días lloviendo. Mira qué charcos, no puedo pasar ni rodear. Si me meto, me quedo atascado. Solo con camioneta o tractor se puede. — Lo siento. No queda lejos, dos kilómetros escasos. ¿Puedes llegar andando? —señaló la carretera, anegada como un lago interminable. El bebé dormía. Aunque iba sentada, ya estaba cansada de sostenerle. Era un auténtico mozo. ¿Cómo caminar así con el niño? Varía salió con cuidado, acomodó mejor al bebé y avanzó por el borde del gigantesco charco. Los pies se le hundían en el barro hasta el tobillo, temiendo resbalar. Las viejas botas chapoteaban. Ojalá hubiera ido al hospital con las de goma. Una de las botas se quedó en el barro. Se paró, pensó qué hacer; no podía sacarla con el niño en brazos. Siguió adelante con una sola bota. Cuando llegó al pueblo, ya oscurecía; los pies helados, pero sudaba de esfuerzo. Apenas pudo sorprenderse al ver luces en las ventanas. Subió por las escaleras secas y lisas. Los pies congelados, el cuerpo empapado en sudor. Abrió la puerta de casa y se quedó helada. Junto a la pared, una cuna, un cochecito, y en el coche cuna ropa bonita para el bebé. En la mesa, Nicolás, cabeza apoyada en los brazos, dormía. Quizá oyó algo, quizá la sintió; levantó la cabeza. Varía, colorada, despeinada, apenas se sostenía en la puerta con el niño en brazos. El vestido empapado, las piernas llenas de barro hasta la rodilla, solo una bota. Al ver que le faltaba una bota, corrió hacia ella y tomó al niño para acomodarlo en la cuna. Fue al horno, sacó una olla de agua caliente. La sentó, le ayudó a desvestirse, le lavó los pies. Mientras Varía se cambiaba tras el horno, ya había en la mesa patatas cocidas y una jarra de leche. El niño lloró entonces. Varía corrió, lo tomó y se sentó a la mesa para darle de comer, sin vergüenza alguna. — ¿Cómo le llamarás? —le preguntó Nicolás con voz ronca. — Sergio. ¿Te parece bien? —Levantó los ojos claros hacia él. En ellos había tanto dolor y amor que a Nicolás se le encogió el corazón. — Bonito nombre. Mañana iremos a registrarlo y a casarnos. — No es necesario… —dijo Varía, mirando cómo el bebé chupaba. — Mi hijo tiene que tener padre. Se acabó la vida de juerguista. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no le abandonaré. Varía asintió sin levantar la vista. Dos años después, tuvieron también una niña, a la que llamaron como la madre de Varía: Esperanza. No importa los errores que cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Esta es la historia que sucedió. Escríbenos en los comentarios qué te ha parecido. Deja tu “me gusta”.
¿Entonces no soy tu hijo? No lo entiendo, ¿por qué lo dijiste? – se sorprendió Anton