¿Entonces no soy tu hijo? No lo entiendo, ¿por qué lo dijiste? – se sorprendió Anton

–¿Entonces no eres mi padre? No entiendo nada. ¿Por qué dijiste eso entonces? –Antonio estaba desconcertado.

Antonio llegó a casa en su coche. Al bajarse, cogió un paquete pequeño del asiento del acompañante, donde sonó un sonajero. Alzó la mirada hacia el cálido resplandor que se filtraba por la ventana del piso, prometiendo una velada acogedora, la sonrisa desdentada de su hijo y una cena deliciosa.

Nada más entrar, escuchó voces en la cocina: la de Elena y la de un hombre. «Habrá venido su padre de visita», pensó. Pero al asomarse, se encontró con un desconocido sentado a la mesa.

–Hola –le dijo Elena, desviando una mirada inquieta hacia el hombre.
Antonio aún esbozaba una sonrisa por inercia, pero esta se desvaneció rápidamente, dejando solo confusión.

–Buenas tardes –saludó, mientras observaba al extraño.

El hombre se levantó, pero el intento de erguirse por completo se vio frustrado por una silla que chocaba contra la nevera a su espalda. Quedó medio agachado, encorvado, lo que le daba un aire torpe y avergonzado.

–Hola, hijo –dijo al fin, con una sonrisa que resultó más triste que sincera.

–¿Qué hijo ni qué nada? –respondió Antonio, brusco–. ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

–Antonio, es tu padre –le reprochó Elena.

El hombre asintió un par de veces, escurriéndose de lado para salir de detrás de la mesa.

–Gracias por el té, Elenita. Será mejor que me vaya.

–Don Juan Manuel, pero ¿adónde va? –Antonio –Elena se giró hacia su marido–, ¿por qué no dices nada?

La noticia era tan inesperada que Antonio no supo cómo reaccionar. ¿Su padre? ¿De dónde salía? Nunca había estado, jamás. Su madre lo crió sola, y él sabía muy bien lo que eso le había costado. Ahora que él mismo tenía un hijo, no necesitaba ningún padre. La rabia crecía dentro de él como una bola de nieve.

–Que se vaya, no es mi padre –dio media vuelta y salió de la cocina.

–¡Antonio! –gritó Elena, y salió corriendo tras él.
El grito despertó a Mateo, que empezó a llorar. Elena apartó a su marido de un empujón y se inclinó sobre la cuna, cogiendo al niño, que se calmó al instante.

–Pero si es tu padre… –le reprochó a Antonio con la mirada.

En el recibidor se oyó el portazo.

–Ve a buscarlo. ¿Qué haces ahí parado? –le exigió.

–No tengo padre ni lo he tenido nunca –dijo Antonio tajante–. Y punto. Basta ya –salió al recibidor, pero regresó al momento.

–Mira lo que te ha traído papá –agitó el sonajero rojo brillante frente a Mateo, quien estiró sus manitas y sonrió. Antonio también le sonrió, y la rabia se apagó, dando paso a la ternura.

–Lávate las manos, ahora acuesto a Mateo y cenamos –dijo Elena, más calmada.

Cuando ella entró en la cocina, Antonio estaba sentado a la mesa, mirando fijamente la nevera.

–¿Qué has hecho? ¿Por qué le dijiste que no tenías padre? Podrías haberlo escuchado… –Elena dejó dos platos en la mesa y volvió hacia los fogones.

–No sé qué te habrá contado, pero no quiero verlo. Tenía menos años que Mateo cuando nos abandonó a mi madre y a mí. No hay excusa. Y deja el tema, que si no nos peleamos.
Elena guardó silencio.

Esa noche, Antonio permaneció boca arriba, mirando al techo blanquecino en la oscuridad, recordando…

***

–Mamá, ¿yo tengo papá? –preguntó Antonio camino del colegio.

–Claro. Todo el mundo tiene… o debería tener un padre –se corrigió su madre, pero Antonio no lo notó, apurándose con la siguiente pregunta.

–¿Y por qué no viene a buscarme nunca?

Su madre respondió sin dudar. Sabía que tarde o temprano le harían esa pregunta.

–Tu padre murió cuando eras muy pequeño. Fue un verdadero héroe –contestó.
–¿Cuántos años tenía yo? –insistió.

–Tres meses. Era marinero. Un día, en el mar, se desató una tormenta. Las olas eran gigantes, amenazando con hundir el barco. Un marinero cayó por la borda, y tu padre, sin pensarlo, se lanzó al agua para salvarlo. El capitán es el responsable de su tripulación.

Encontró al marinero en medio del oleaje y lo empujó hacia las manos que le tendían desde la cubierta. Pero otra ola lo arrastró. Se quedó en el mar para siempre.

–¿Tienes alguna foto suya? –Antonio estaba impresionado.

–Sí. Cuando lleguemos a casa, te la enseño.
No hizo más preguntas.

En casa, su madre sacó del armario una foto y se la entregó. En ella aparecía un hombre corpulento con una chaqueta negra y capucha de pelo marrón, sosteniendo un paquete con un lazo azul. Inclinándose sobre él, su rostro quedaba oculto. A su lado, su madre, joven y hermosa, con un ramo de flores, sonreía mirando a la cámara, es decir, a Antonio.

–No se le ve la cara –dijo decepcionado.

–No tengo otra –respondió con un suspiro.

Entonces entendió por qué no recibían postales, regalos ni felicitaciones. En quY aquella noche, mientras abrazaba a su pequeño Mateo antes de dormir, Antonio decidió que, aunque la vida a veces reparte historias difíciles de entender, lo importante era escribir las propias con amor, perdón y un poco de valentía.

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