Recuerdo muy bien aquella visita de nuestros parientes, de hace ya tantos años. Llegaron a nuestro piso en Madrid cargados de regalos y viandas, y, tan solo después de sentarse, enseguida insinuaron que pusiéramos sobre la mesa todo lo que habían traído.
Por aquel entonces, las cosas no nos iban nada bien. Por supuesto, les habíamos avisado de nuestra situación antes de la visita: les expliqué con claridad que vivíamos con lo justo. No es que pasáramos hambre, pero nos manejábamos con modestia. Yo era ya una jubilada, y mi hijo tampoco sacaba mucho en su trabajo, por lo que cualquier visita suponía un gasto que no podíamos permitirnos.
Sin embargo, vinieron, y no llegaron con las manos vacías. Trajeron bastante comida y algunos detalles. Mi hijo, educadamente, les dio las gracias y guardamos rápidamente los regalos en la despensa. Repetí que la situación económica era precaria.
A la hora de la comida, la mesa no lucía espléndida, sino honesta: pan, un poco de mantequilla, algunas galletas y té. Mis parientes comieron sin decir palabra, pero sus caras largas lo decían todo. No me sentí culpable; desde antes sabían bien nuestra situación. Solo podíamos ofrecer lo poco que teníamos.
Por la noche, preparamos una cena sencilla: un caldo ligero, pan, un poco de queso fundido, unos bocadillos de fiambre y té para terminar. Es probable que esperasen algo más festivo, pues sus rostros seguían contrariados.
Fue entonces cuando una de mis primas, sin mucho disimulo, me pidió que sacásemos a la mesa esos productos que ellos mismos nos habían traído. Yo, sinceramente, no entendía. ¿Acaso esos regalos eran en realidad para ellos? Si así era, bien podrían haber dicho que los guardásemos en la nevera para su consumo.
La conversación se tornó tensa; discutieron durante largo rato y, al día siguiente, se marcharon temprano, visiblemente ofendidos. Si he de ser sincera, no me quitó el sueño su partida ni me importó dónde fueran a pasar la noche. Nunca me ha gustado recibir en casa a quienes solo piensan en sí mismos. Al menos, dejaron tras de sí algunos dulces, un poco de hígado, merengues y algo de fruta. Aquel improvisado botín nos sirvió de consuelo: por la noche, mi hijo y yo nos sentamos juntos a disfrutar un buen té y a saborear una deliciosa pasta, agradeciendo, en el fondo, que la casa volvería a estar solo para nosotros.







