Recuerdo bien aquella historia, sucedida al inicio de mi vida matrimonial, cuando mi esposo y yo acabábamos de casarnos en Madrid. Era una época llena de ilusiones, aunque pronto descubrí cosas insospechadas en la familia de mi marido, especialmente en el carácter de mi suegra, doña Rosario.
Recuerdo que en nuestro enlace, celebrado en una iglesia de Lavapiés, doña Rosario tenía el semblante tan serio y ceñudo que cualquiera habría pensado que estábamos en un funeral, no en una boda. Después, como aún éramos jóvenes y no teníamos nuestro propio piso, nos tocó vivir en su casa.
Al cruzar por primera vez el umbral de su hogar, me recibió con una sinceridad tan sobreactuada que pensé que realmente se alegraba por nuestra felicidad, atribuyendo su mala cara a algún achaque de salud, quizá. Sin embargo, detrás de aquel medio sonrisa dolorida, se escondía una especie de agresividad pasiva mezclada con bromas irónicas. Empezó a hacerme reproches de manera furtiva, como si intentara ponerme a prueba.
Por ejemplo, se levantaba de madrugada para fregar los platos que yo ya había limpiado la noche anterior. Recuerdo que una vez la sorprendí y, al preguntarle qué hacía, me respondió con aire inocente que sólo lavaba los platos sucios. Aquel comentario me hizo dudar, sintiendo que ponía en entredicho mi manera de hacer las cosas.
Durante mucho tiempo creí que aquellos reproches velados no eran sino consejos maternales, y sin malicia le conté mis inquietudes y hasta algunos problemas con mi marido.
Pero ocurrió que una buena amiga mía, Carmen, trabajaba como chófer ahí donde mi suegra era directora, y por las empleadas que se reunían en los descansos supo del cotilleo: mi suegra hablaba a sus espaldas de nuestra vida de pareja, diciendo que mi esposo era poco laborioso y que yo sólo lo quería por su piso. Es más, contaba que yo le era infiel y buscaba la casa de la madre para aprovecharme.
Fue entonces cuando comprendí que doña Rosario no era mi aliada, sino mi enemiga silenciosa.
La naturaleza le había dado una pasión extraordinaria por la limpieza: su casa, en pleno barrio de Salamanca, brillaba como un quirófano. Quería que mi esposo y yo siguiésemos aquel ritmo casi imposible. Nos esforzamos mucho, pero nunca estábamos a su altura.
Poco después, tuvo que irse dos semanas de viaje de negocios a Barcelona y nos dejó la orden estricta de mantener el piso impecable. Le horrorizaba cualquier pelusa sobre las alfombras y el más mínimo pelo en el baño. Por eso, cuando estaba cerca, mi esposo y yo vivíamos obsesionados por la limpieza.
Pero para aquellas dos semanas en que estaría fuera planeábamos relajarnos y limpiar sólo antes de su regreso. Mi suegra, astuta, nos dio una fecha incorrecta de retorno y pretendió aparecer antes de lo esperado con la intención de pillarnos desprevenidos y, de paso, traer consigo varias amigas a modo de testigos de mi supuesto desorden.
Sin embargo, Carmen, mi confidente, se enteró del plan y me avisó. Indignada, decidí prepararme para su visita y dejé la casa reluciente. El día de su llegada reuní todas mis energías y, junto con mi marido, limpiamos hasta el último rincón.
Doña Rosario apareció risueña, escoltada por sus amigas y hasta el chófer, con la llave en la mano y una pizca de malicia en la mirada. Entró en tropel, casi como una comitiva de la feria de San Isidro.
La sorpresa fue mayúscula: el piso estaba más limpio que nunca, relucía incluso más de lo que ella acostumbraba. Sus amigas la miraban y cuchicheaban por lo bajo, mientras yo, con tranquilidad, guardaba el aspirador y me secaba la frente con parsimonia, diciendo:
Pues claro que hay alfombras limpias, en esta casa todo está en orden.
La cara de mi suegra era un poema, frustrada y desencajada, revisaba cada rincón en vano. Yo apretaba los puños por dentro y me repetía: “No encontrarán nada, no, nada”.
Al final, el ridículo que hizo mi suegra fue tal que en su trabajo dejaron de escuchar sus chismes y muchos se pusieron de mi lado en nuestra disputa familiar. Le di una lección que no olvidó jamás. Y aunque ahora, diecisiete años después, los recuerdos se han vuelto borrosos, sé bien que doña Rosario aún no ha logrado olvidar aquella tarde en que las cosas cambiaron para siempre.







