Reeducación del marido
Estuvimos juntos, Carmen. En aquel último viaje a Valencia. Todo salió… tan absurdo.
Bebimos después de la presentación, y simplemente… no pude detenerme, Carmen…
¿Y me lo cuentas así, tan tranquilo? a Valentina se le quebró la voz de la impresión. ¿Me acabas de confesar una infidelidad, Miguel?
Ya no podía guardarlo más bajó la cabeza su marido. Carmen, perdóname, ¿vale? ¡Te juro que nunca más volverá a pasar! Lo he entendido todo
Carmen dejó la copa en la mesa con delicadeza. Su mundo acababa de venirse abajo
***
Aquel día empezó como cualquier otro: Carmen removía la papilla de su hijo pequeño mientras intentaba hacerle una trenza a la pequeña Lucía, de siete años.
¡Mamá, me haces daño! protestó Lucía moviendo la cabeza.
Perdona, cielo, voy con prisas. ¿Dónde está tu padre? ¡Va a llegar tarde!
Miguel salió del baño abotonándose la camisa. Carmen supo por su cara que estaba de mal humor.
¿Hay café? preguntó, sin mirarla.
En la cafetera. Sírvete tú, tengo las manos ocupadas.
Él se sirvió una taza y la bebió de pie, mirando por la ventana el patio gris, donde el portero barría las hojas sin muchas ganas.
Ni un beso en la mejilla, ni un ¿has dormido bien? hacía tiempo que apenas se interesaban el uno por el otro.
Carmen era contable en una gran empresa de distribución, y llevaba ya diez años casada.
Tenían un piso de tres habitaciones, aunque hipotecado, y un SUV recién comprado. Los niños gozaban de salud, la vida parecía en orden, pero…
Le faltaba el aire, le faltaba aquel marido suyo de antes que salía en pijama por un helado a las doce de la noche o la achuchaba hasta hacerle crujir las costillas.
A eso de las dos, su móvil vibró sobre la mesa.
¿Vamos esta noche a cenar fuera? Hace mucho que no salimos. Ya hablé con mi hermana Pilar se queda con los niños.
Carmen leyó el mensaje tres veces, incrédula. El corazón le dio un vuelco, como si volviera a tener veinte años.
Vaya… susurró. ¿Se habrá dado cuenta por fin?
El resto del día lo pasó flotando entre nubes. Salió del trabajo antes, fue a casa y eligió un vestido casi sin pensar.
Eligió uno azul marino, de seda, que realzaba su figura. Se maquilló más de lo habitual y se perfumó detrás de las orejas.
Se miró al espejo: veía a una mujer que aún quería gustarle a su marido.
En el restaurante había velas y música suave en vivo. Ella llegó y él ya estaba sentado, impecable, recién afeitado, con traje.
Se levantó al verla y por un instante a Carmen le pareció ver admiración en sus ojos. ¿O era lástima? No supo distinguirlo entonces.
Estás guapísima, Carmen dijo apartándole la silla.
Gracias. Me ha sorprendido tu invitación. ¿Pasa algo?
No, no pasa nada especial… Es sólo que me he dado cuenta de que ya ni hablamos. Parecemos simples compañeros de piso.
Tienes razón suspiró ella, dándole un sorbo al vino. El trabajo, los niños, la rutina maldita…
Exacto Miguel jugueteaba con el cuchillo. Siento que corro en una rueda y ya ni sé para qué.
Hablaron durante horas. Recordaron cómo se casaron, su primer piso alquilado con goteras, y lo felices que eran entonces.
Rieron al recordar la vez en que Miguel cambió por primera vez el pañal de la niña y casi se desmayó del susto.
La velada fue maravillosa. Carmen sentía cómo el hielo entre ellos se derretía.
Deberíamos hacer esto más a menudo, pensó. Todo irá a mejor. Simplemente estamos agotados…
¿Nos vamos a casa? propuso Miguel cuando trajeron la cuenta. Paro a comprar un poco de vino, y nos relajamos sin niños.
La casa, sin risas ni juguetes esparcidos, parecía enorme y extrañamente vacía.
Se acomodaron en la cocina. Miguel llenó las copas de vino. El ambiente era cálido y tranquilo, pero de pronto
Carmen, tenemos que cambiar algo de verdad empezó él.
Lo sé, Miguel. ¿Y si nos hacemos una escapada los dos? Quizá a Granada o a algún balneario. Necesitamos desconectar.
Sí, pero no es solo eso. No soy yo últimamente Hemos dejado de escucharnos.
Tú siempre con los niños. Yo, en el trabajo. Cuando llego, o duermes o estás enfadada.
Ya no hay conexión, ni siquiera emocional. Ya no nos entendemos con solo mirarnos.
Carmen se tensó:
¿A dónde vas? preguntó en voz baja.
A que he metido la pata.
Entonces él se lo soltó todo: lo de Valencia, la compañera y la infidelidad.
Ella solo me escuchaba, Carmen habló rápido, como temiendo que le cortase. Íbamos mucho juntos a trabajar fuera.
Siempre me preguntaba qué tal me iba, y de verdad lo decía preocupada.
No me justifico. Soy un imbécil, lo sé. Aguanté mucho, créeme.
Pero aquella noche… Bebimos en el hotel con el resto y luego nos quedamos solos
Carmen guardó silencio. Sentía como si una bomba le hubiera estallado en el pecho y los fragmentos le destrozasen por dentro.
Perdóname, si puedes continuó él. Me ha corroído la culpa estas dos semanas.
No podía decírtelo mirándote a la cara. No quiero perderos. Tú y los niños sois mi vida. Haré lo que sea.
Lo que sea… repitió Carmen, seca.
Sí. Ya he hablado con el jefe. He pedido el traslado a otro departamento, para no cruzarme con ella. Me ha dicho que en un mes estará hecho.
Ya he solicitado vacaciones. ¿Nos vamos? Mañana mismo saco billetes. Volver a empezar, solo tú y yo.
Miguel alargó la mano, intentando cubrir la de Carmen, pero ella la retiró.
¿Volver a empezar? esbozó una amarga sonrisa. ¿De qué hablas, Miguel? ¿Sabes lo que has hecho?
No solo me has engañado con otra… ¡me has destruido!
Yo, en el trabajo, feliz por tu mensaje, eligiendo vestido… Pensando que querías recuperar lo nuestro
¡Te quiero! casi gritó él. Por eso te lo cuento. No podía seguir mintiendo, Carmen.
Si me quisieras, no estarías con otra… Qué atenta tu compañera. Y yo, siempre enfadada, claro…
No es eso…, intentó justificarse Miguel.
Se acercó, quiso abrazarla por los hombros.
Carmen, por favor…
¡No me toques! le apartó. Me das asco.
Salió corriendo hacia el dormitorio, cerró la puerta con llave y cayó en la cama.
Lloró a mares. Miguel estuvo un rato susurrando y pidiendo perdón desde fuera, pero después se hizo el silencio. Carmen lo escuchó tumbarse en el sofá del salón.
***
Por la mañana salió a la cocina con la cara hinchada. Su marido seguía en el sofá, todavía con la ropa del día anterior. Había un café frío en la mesa.
No me fui esta noche sólo porque no tengo dónde dejar a los niños dijo fría.
Carmen
Calla. No quiero escucharte. Me da igual lo que sientas.
Lo entiendo.
Dijiste lo de las vacaciones. ¿Dónde pensabas ir?
En algún sitio tranquilo, para pasear y hablar
Vale miró por la ventana. Iremos. Pero ni pienses que allí todo volverá a ser como antes. Voy para saber si soy capaz de mirarte sin repulsión.
Miguel asintió, dispuesto a someterse a cualquier condición.
Esta misma tarde lo reservo todo.
Y otra cosa dijo sin mirarle. Quiero ver el justificante del traslado con el sello de la empresa. Y tu móvil desde ahora, sin clave.
Por supuesto. Lo que tú digas.
Le ofreció el móvil, pero Carmen negó con la cabeza.
Más tarde. Ahora dúchate. Tengo que aclarar mi cabeza antes de ir a buscar a los niños a casa de Pilar. No quiero que vean esto.
Cuando la puerta del baño se cerró, Carmen se desplomó en una silla. Quería marcharse, dejar a aquel hombre al que el día anterior aún amaba más que a su vida, pero no podía hacerlo. Al menos, no por los niños
***
Los días hasta el viaje se hicieron eternos. Solo hablaban lo estrictamente necesario.
¿Tienes los billetes?
Sí, para el sábado.
Recoge a Lucía del cole.
Claro.
Los niños notaban el ambiente: Lucía estaba callada cuando los dos estaban en la misma habitación y el pequeño se volvía más rebelde.
Mamá, ¿por qué papá duerme en el salón? preguntó una noche la niña, ya en la cama.
Carmen tragó saliva mientras le acomodaba la sábana.
Es que papá trabaja mucho, cariño. Y le duele la espalda del trabajo, está más cómodo en el sofá.
¿Os habéis enfadado?
Estamos cansados, pequeña. Pero vamos a ir al mar pronto, ¿recuerdas?
Lucía asintió, pero en sus ojitos quedaba la duda. Los niños lo perciben todo.
***
El viernes, un día antes de salir, Miguel llegó pronto a casa con un papel en la mano.
Toma lo dejó en la mesa. El justificante del traslado. A la vuelta, estaré en análisis. Nada de viajes. Y ella se queda en compras, en otro edificio.
Carmen comprobó el sello rápidamente.
Bien.
Carmen se quedó en la puerta de la cocina. Pienso cada minuto en lo ruin que he sido
Basta ya, Miguel. Tú hiciste tu elección en Valencia. Ahora, la decisión es mía: decidir si quiero seguir contigo o no.
No le confesó que la noche anterior, mientras él dormía en el sofá, ella miró de reojo el móvil de Miguel.
Le resultó repugnante, le temblaron las manos, pero tenía que hacerlo. No había borrado los últimos mensajes; los últimos eran de él:
Todo ha terminado. Fue un gran error. No me vuelvas a escribir ni a buscar.
Y su respuesta: Como quieras. Suerte.
¿Le alivió? No. Pero sentía que al menos en esto él era sincero: iba a cortar todo contacto.
***
La mañana del sábado amaneció con lluvia. Metieron las maletas en el coche en silencio.
Miguel exageraba la atención: le ofrecía la mano, revisaba ventanas, le trajo a Carmen su café favorito en la gasolinera. Eso dolía aún más.
En el aeropuerto, mientras los niños miraban los aviones por la cristalera, Miguel se sentó a su lado.
Ayer recordé nuestro primer viaje a la playa, ¿recuerdas en Cádiz, cuando el levante se llevó la tienda?
Carmen sonrió a pesar de sí misma.
Cómo no. Te pasaste la noche sujetándola y yo dormía metida en el chubasquero.
Aquella noche pensé que no había nadie mejor que tú. Y lo sigo pensando, Carmen. Solo me he perdido me he liado.
Nos hemos perdido los dos, Miguel por primera vez en la semana le sostuvo la mirada.
Él le cogió la mano. Esta vez ella no la apartó, pero tampoco le correspondió. Estaba tan confundida
Probablemente, le perdonaría. Sobre todo por no dañar a los niños con un divorcio.
Pero, antes de hacerlo, tenía que hacérselo pagar. Para que jamás volviera a mirar otra mujer.
Así, de vacaciones, la reeducación de su marido apenas comenzaba
La vida, pensó Carmen, nos pone a prueba justo cuando creemos que todo está bajo control. Perdonar es un acto valiente, pero recordar nos enseña que el respeto mutuo y la sinceridad son los cimientos de cualquier amor duradero.







