Mi suegra ha decidido mudarse a mi piso y cederle el suyo a su hija: el dilema de compartir mi hogar en España con la familia política

Mi suegra decidió venirse a vivir a mi piso y darle el suyo a mi hija.

Mi marido creció en una familia numerosa, lo típico de aquí: abuela, primos, algún tío que aparece solo en Navidades… Mi suegra tuvo hijos hasta que, por fin, nació su adorada hija. Una estrategia peculiar, pero bueno, yo no soy nadie para juzgar. Vida familiar, ya se sabe.

Cuando me casé, pensaba que había tenido suerte. Sergio parecía un hombre responsable, valiente y con las ideas claras. Sabía lo que significa familia según los cánones españoles, pero eso sí, ni plantearse separarse de su madre y de su hermana pequeña. A su madre los hijos varones le daban un poco igual, pero por el bienestar de su hija era capaz de cruzar media España en alpargatas.

Marina tenía 10 años cuando la conocí. Al principio, ni fu ni fa, pero cinco años más tarde, madre mía. No quería estudiar, se juntaba con chicos menos recomendables que el bocadillo de calamares de la estación de Atocha, y encima mi marido tenía que solucionar todos sus líos. Mi cuñada podía llamar a Sergio a las tres de la mañana porque se le había pinchado una rueda y, claro, había que ir.

Tenía la esperanza de que Marina madurase de una vez, se casase y, con suerte, nos dejase en paz. ¡Pues no! Cuando por fin se casó, mi suegra se las ingenió para que sus hijos pagasen la boda entre todos, porque ella, pobrecita, ni un euro. El yerno tampoco es que estuviese para tirar cohetes; cobraba un sueldo que ni para pipas, así que los recién casados se fueron a vivir con la suegra.

Y claro, llegó el primer niño, luego otro… Mi suegra se planteó que compartir piso eterno no era vida (ni para ella), así que tuvo una idea brillante: ella se mudaba con nosotros y le dejaba su piso a su hija. Pero a ver, una cosa: el piso lo compré yo con mis ahorros y Sergio ni puso un céntimo. Y lo mejor de todo es que a él le parece estupendo. Mi madre te va a ayudar dice con una sonrisa digna de un anuncio de dentífrico.

Tenemos un piso de dos habitaciones. Y oye, yo no estoy dispuesta a ceder mi espacio ni mi higiene mental. Mi suegra está convencida de que es nuestro deber acogerla porque mi marido es el hijo mayor y, ya se sabe, en esta tierra eso implica cargar con todos los males ancestrales de la familia.

Yo le quiero, divorciarme no entra en mis planes. Pero, por favor, ¿cómo le hago ver la luz al final del túnel? ¿Cómo le explico que vivir con su madre es como una penitencia de Semana Santa, pero sin torrijas de premio? Por favor, que alguien me recomiende un remedio infalible (y no me digáis que me apunte a yoga, que ya lo he probado).

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¿Ya es otro? Galina ni siquiera pensó en lo que diría la gente”, cuchicheaban los vecinos al ver a un hombre en el patio de la viuda.