Abandonó a su familia de forma inesperada y sin avisar: se decidió por el divorcio a espaldas de su esposa

La familia se había disuelto tan de repente y sin previo aviso, como si las paredes se hubieran evaporado. Se fue Gregorio sin un adiós, sin un gesto ni carta, dejando el eco de los pasos antiguos en el pasillo entumecido de sombras. Volviendo a casa, como cualquier tarde cualquiera, y al entrar, Marina sólo encontró la percha tambaleándose sin su abrigo y los armarios vacíos, con el aire bailando dentro de ellos. Vagó por el piso, extraña y desorientada, como si el tiempo ahí dentro fuera viscoso y las cosas hubieran aprendido a flotar despacio. Desconcertada ante la huida del marido, sin la menor señal anticipada, Marina no sabía si debía llorar o reír. Se cambió tranquila, puso a calentar una sopa que olía a recuerdos y la sorbía contemplando el vapor, esbozando una sonrisilla amarga ante el vacío. Ajá, Gregorio Si resulta que nunca te conocí. Vaya esposa ejemplar, ni punto en boca, pensaba mientras frotaba los platos, con el agua arrastrando pasado.
Casi treinta años llevaban los Paredes juntos. Su único hijo, Andrés, creció, se casó y se marchó a Barcelona. Andresito se ha ido, la casa se ha quedado muda; como a Gregorio le dé la ventolera, a ver dónde acabas, suspiraba su antigua amiga Ascensión, la muy dramática. Marina se reía sin prisa: ¡Ay, Sen, siempre tan exagerada! ¿Te angustias? No sabía que no te conocía, Ascensión.
Te ríes en vano, musitaba Ascensión, Conozco cien historias iguales: hijos fuera, maridos con alas y la esposa sola, invisible. Marina volvía a reír: Eres como de niñas, Sen, siempre viendo el peligro en el fondo del vaso. Si no siguiéramos compartiendo café todas las tardes, ni te soportaría.
Desde que Andrés emigró, la pareja pasó a compartirse enteros. Iban al cine, paseaban por El Retiro, escapaban a la sierra con los amigos para asar cordero y contar anécdotas. La paz se deslizó por fin por las rendijas y fue dulce, cálida, fluyendo mansa. A sus cincuenta y tres años, Gregorio, y apenas unos menos, Marina, tenían la vida por delante: para viajar, envejecer juntos, visitar a su hijo, soñar con nietos.
No sé yo por qué Andrés y Lucía no se animan con los críos, solía decir Ascensión, que nunca soltaba la crítica, cuando los Paredes regresaban de Barcelona y Marina se jactaba del buen vivir de los recién casados. Ay, Sen, si tú no ves la luz ni aunque te la pongan en la nariz, resoplaba ella.
¿Y qué quieres, que me calle? ¿Tres años casados y aún a solas?, insistía Ascensión. Es distinto, Sen, son jóvenes y quieren descubrirse el mundo y a sí mismos. Ahora la maternidad es otra cosa suspiraba Marina.
Al año y medio, llegaron mellizos, Mateo y Ariadna, y el tiempo volvió a abrirse como una granada madura. Los pequeños respiraban salud y alegría; las videollamadas eran el pan de cada tarde, mostrando bebés con manoplas de colores. Cuando cumplieron ocho meses y las mejillas rosadas ya no cabían en la pantalla, Marina y Gregorio volaron a conocer a los tesoros, fundiéndose en abrazos de abuelos por primera vez.
Son una locura, ¡tan guapos!, se derretía Marina enseñando las fotos a Ascensión. Mira a Ariadna, es el retrato de Andrés, y Mateo, igual que Lucía
¿Parecidos? ¡Bah!, refunfuñaba Ascensión, aún son bolitas, ya se verá cuando caminen y hablen.
¡Menuda eres! Si no quieres ver, no mires, zanjaba Marina mientras apilaba las fotos, guardándolas en el cajón viejo, esperando ponerlas en álbum como se hacía antes. Porque Marina era de coleccionar imágenes en papel: de miles de archivos digitales seleccionaba y mandaba imprimir las mejores para tocar recuerdos con los dedos.
Ascensión se decía felizmente independiente. Tenía amantes sobre todo casados, según ella misma explicaba. El casado sólo busca un poco de atención, no da problemas ni exige nada, lo justo para sentirse querida, afirmaba con ironía.
Vivía en el piso pequeño que heredó de su abuela, con balcón sobre la boca de metro. Escapó de la casa paterna en cuanto pudo, proclamando: ¡Quiero vivir a mi aire! Se tiñó el pelo de rojo fuego, se pintó los labios y estrenó unos tacones que relucían, esperando amantes como quien espera una aparición. Ven a ayudarme a mudarme, Marina, así de paso te enseño a mis chicos. Te vas a sorprender.
En aquella mudanza conoció Marina a Gregorio, y antes del otoño se casó con él. ¡Vaya tela! Del primero que aparece, ¡y derechita al altar!, soltó Ascensión al recibir la invitación. Sin comparar, ni pensártelo Eres de lo más sosa, Marina, no puedo contigo. Pero Marina estaba convencida de su amor, sentía que era de esas certezas que duran una vida.
Lo fue durante muchos años Hasta de pronto aquello.
Ascensión, hola, llamaba Marina con voz de niebla. Gregorio se ha ido. Completamente. Se llevó las cosas, ni una nota, ni una palabra y móvil apagado.
¿Hace mucho que no te vas de vacaciones?, preguntó, de pronto, Ascensión.
¿Vacaciones?, Marina apenas comprendía, pero qué vacaciones ni qué nada, Sen, ¡Gregorio se esfumó! ¿De dónde sacas lo de las vacaciones ahora?
Haz la maleta, Marí, nos vamos a Granada. Allí vive mi tía, ¿te acuerdas?.
Marina miró el techo, escuchó el zumbido del nevera y asintió: Pues mira, tienes razón, vámonos.
Y Granada, en mitad de sus colinas y noches de guitarras, era un abrazo imposible de olvidar. La tía de Ascensión, la elegante Pilar, se había casado con un granadino de ojos centelleantes y se había instalado en el Albaicín. De allí, cuatro hijos fueron llenando la casa de risas y fiestas. Los hijos crecieron, se casaron, llegaron nietos, la familia se multiplicó en voces y canciones. A este tumulto de alegría arribaron Marina y Ascensión, buscando olvido y consuelo.
Fue tan acertada aquella escapada improvisada que en apenas unas jornadas, el dolor de Marina se fue secando bajo el sol de la terraza; dejó de atormentarse por lo que no tenía explicación.
Todo es claro como el agua, pensaba ella mirando la Alhambra desde el patio y llenándose de los aromas de la cocina, Se enamoró de otra y no tuvo agallas de decirlo. La vida es eso, sin más.
¡Bebe zumo!, ordenaba Ascensión, ofreciéndole un vaso de zumo de granada, dulzón y rojo. ¿Qué pasa con esa cara, Marí?, preguntó ella, estudiando su rostro bajo la luz tamizada.
¿Qué le pasa? Marina bebía, notando el frescor.
Te veo el rostro como alisado, más niña. Como si el tiempo hubiera dado la vuelta, murmuró Ascensión.
En la ciudad de la luna y las cuestas infinitas, Marina conoció a David, que pasó visitando a los primos de Pilar. Todos se sentaron bajo la parra, alrededor de una mesa terca y larga, bebiendo vino denso y comiendo queso y frutas. Se escucharon habaneras y coplas, y los días se derretían en calor de agosto. Marina respondía a las sonrisas de David y dejaba que sus miradas se entrelazaran en el aire cálido. Era su igual de edad, alto y esbelto, con un cabello de plata majestuoso. Aquella noche, el universo parecía agitarse en su sopor, y el instante quedó fluyendo para siempre en la memoria de Marina.
Gracias, Sen, susurró Marina, pegando su boca al oído de su amiga sin otra pregunta, mientras las dos se apretaban las manos, flotando en la extrañeza de un sueño donde todo se puede y nada duele.

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Abandonó a su familia de forma inesperada y sin avisar: se decidió por el divorcio a espaldas de su esposa
La semana pasada, mi padre Arturo, de 87 años, estuvo a punto de provocar un auténtico caos en el supermercado.