¿Cómo que te vas? ¿Y ahora quién me va a ayudar? ¿Quién va a partir la leña en la casa del pueblo? parpadeó con indignación la tía Socorro.
Alberto contemplaba, apoyado en el alféizar de la ventana, su nuevo y casi desangelado piso en Valladolid.
Fuera, la nieve caía despacio, bailando bajo las farolas, envolviendo el capó de los coches y las ramas peladas de los plátanos en una especie de edredón blanco de dudoso confort.
El silencio era aterrador. Ni voces detrás de la pared, ni taconeos en el pasillo, ni ese chisporroteo invisible y permanente de tensión que saturaba siempre la casa de su tía.
Pegó un trago a su té frío. El traslado había sido exprés: un día para decidirse de verdad, otro para recoger lo poco que tenía y el último para llegar hasta ahí.
No arrastró gran cosa: el portátil, unos cuantos libros, ropa, fotos viejas de sus padres hechas incluso antes de que él existiera.
Todo eso descansaba ahora en dos bolsas y una caja de cartón, que parecían muebles improvisados sobre el suelo desnudo.
El móvil estaba tirado boca abajo. Había cambiado de número, aunque conservaba la tarjeta antigua la metió en el fondo de la mochila por si acaso, aunque aún no sabía para qué tipo de emergencia exacta.
Romper el lazo con la tía, su única pariente viva, fue lo más duro, y lo más necesario.
No era un berrinche infantil ni un calambrazo momentáneo de rebeldía: era puro instinto de supervivencia.
Los recuerdos lo devolvieron al salón de la tía Socorro: siempre recargado de muebles de roble y figuritas de Lladró, todo brillaba (o amenazaba romperse) y había que sacudirlo a diario.
Recordó su voz: una sinfonía chirriante perforando el aire «¿¡Otra vez con el móvil, Alberto!? Al menos podrías recoger la basura ¡Te lo he dicho tres veces hoy! ¡Y mírate! Siempre igual con esa sudadera, vas hecho un cuadro. Tienes ya veintisiete y pareces el hijo de la vecina la Chus, que sigue en la tuna y viviendo con su madre».
Había intentado razonar, discutir, incluso suplicar un poco de espacio, pero era como gritarle a un ladrillo: se tomaba cada palabra como una rebelión contra su pequeño ejército doméstico. No le corregía: le dinamitaba la autoestima con paciencia de relojero.
Una noche, después de una de esas charlas maratonianas que incluían su fracaso en acceder a Medicina («como quería tu madre»), sus relaciones de saldo y su miserable trabajo de redactor de contenidos, Alberto se encerró en el cuarto.
El corazón bailaba una sardana y le martilleaba todo. Se sentó en el suelo de linóleo frío, se tapó la cabeza y lo entendió: un poco más y acababa desquiciado.
Allí mismo decidió largarse. O huía, o acababa necesitándolo de verdad, un psicólogo.
La última conversación con la tía fue un monólogo de campeonato. Dejó un sobrecito con euros sobre la mesa cubría meses y picos, para que no hubiera teatrillo de reproches.
¿Eso qué es? miró el sobre, con cara de que acabara de encontrar un ratón muerto en la paella.
Que me voy, tía. A otra ciudad. Me han ofrecido otro curro.
En ese instante, los ojos de Socorro chisporrotearon entre el estupor y las ganas de lanzarle el almirez.
¿Que te vas? ¿A dónde? ¿Cómo que te vas? ¿Y quién va a limpiar el patio? ¿Y la leña de la casa del pueblo, quién la parte? ¿Tú te has vuelto loco?
Lo he pensado todo muy bien contestó Alberto, bajito pero firme. Necesito cambiar de aires.
¡Cambiar de aires! repitió ella, sarcástica. ¿Eso lo has leído en los foros esos del Internet, no? Nunca has sido independiente, sin mí te vas de cabeza al pozo. ¿Quién te recogió cuando palmó tu madre? ¿Quién te metió un plato en la mesa? ¿Y ahora tú te largas? ¡Desagradecido!
Aguantó el chaparrón de Socorro Fernández de la Cruz con la mirada en el suelo.
¿Me oyes, Alberto? ¡Estoy hablando contigo! le gritó, rozando el chillido pureta.
Te oigo dijo él, mirándola directamente, pero ya está decidido. Me voy mañana.
La tía se echó para atrás, teatral, como si su sobrino la hubiera abofeteado.
¡Pues lárgate! Venga, a tu maravillosa nueva vida. A ver lo que aguantas sin mí ¿Dónde habrás metido el dinero, eh, qué? ¿Todo en el billete ese de autobús? Eres un flojo, Alberto, un flojeras. Volverás, con el rabo entre las piernas. ¡Eso lo sé yo!
No replicó. Solo giró sobre sus talones y se encerró. Oyó los pucheros de la tía tras la puerta, pero no sintió nada de la pena o culpabilidad de otras veces: solo esa helada certeza de quien hace lo justo.
La mañana siguiente fue una coreografía de lo rápido y lo tacto: salió de casa de puntillas al alba, mientras Socorro roncaba. Así, mejor.
El taxi lo esperaba en la esquina. Metió los bártulos en el maletero y se acomodó atrás. No volvió a ver a su tía.
Ahora, repasando todo aquello, Alberto suspiró como un toro viejo. El golpe en la puerta lo devolvió al ahora.
Se le heló la sangre: imposible, aquí no le conocía ni el portero.
A paso de gato, se acercó y espiando por la mirilla vio a una señora mayor, envuelta en una bata acolchada, con cara de haber pegado 80 años de risas y siestas.
¿Quién es? preguntó, sin abrir del todo.
La vecina, hijo, del primero, Eulalia Benítez respondió con voz de culebrón. Perdona la molestia, el cartero me dejó tu recibo porque no estabas, y te lo traigo.
Alberto abrió despacito, con la cadena puesta. Ella le pasó el papel.
¡Gracias! respondió.
¿Eres nuevo en el bloque, no? ¿Cuánto llevas?
Un par de días, apenas dijo él.
Ya veo. Pues acomódate, aquí somos gente tranquila y el edificio es majete. Yo vivo en el cinco: si se te atasca el grifo o los de arriba montan una juerga, avísame. Tengo el teléfono de todos: del fontanero, del segurata, del que apaga el fuego y hasta del presidente de la comunidad sonrió y saludó con la mano. Dame tu móvil, anda, por si acaso.
Alberto dudó un segundo, porque socializar no entraba en sus planes, pero le dictó el número a Eulalia.
A los pocos minutos empezó a recibir whatsapps de la señora: primero eran memes ñoños, luego mensajes de buenos días, buenas tardes, buenas noches Después, invitaciones a tomar café, solicitudes de ayuda para colgar cortinas y listas varias.
Educadamente rechazó todos, pero doña Eulalia se puso tan insistente que al final no le quedó más remedio que bloquearla.
El cabreo de la vecina fue monumental: empezó a fastidiarle la existencia como solo una jubilada española con tiempo libre y agenda vecinal puede hacerlo.
Alberto, con resignación, asumió que hay que huir no sólo de la familia, sino también de algún que otro desconocido.
Aguantó como pudo un mes, y entonces más escarmentado que nunca, volvió a hacer maletas jurándose, esta vez sí, no entablar trato ni con el técnico del ascensor.







