¿Pero esto qué es, Inés? Mira, pásate el dedo por encima. Esto no es polvo, es fieltro ya. Vamos, que aquí podrías plantar patatas, te lo digo de verdad la voz de Remedios, aguda y sentenciosa, atravesó el silencio del piso con la precisión de un cuchillo partiendo un melón bien maduro de verano en Castilla.
Inés suspiró fatigada, cerró el portátil y se levantó con lentitud de la mesa del comedor. El reloj marcaba las ocho y media, hacía apenas media hora que había vuelto de la oficina, con la cabeza zumbando de sacar adelante la auditoría trimestral. Ni por asomo le apetecía escuchar una lección sobre limpieza casera, pero Remedios, su suegra, era de esas mujeres que, como el viento del norte, no se pueden esquivar fácilmente. Plantada en mitad del salón, sujetaba un toro de cerámica de los que siempre ponen polvo y miraba a su nuera como si fuera una infanta caída en desgracia.
Señora Remedios, limpié el sábado. Tenemos las ventanas abiertas, el Paseo de la Castellana está muy cerca y el polvo vuela enseguida intentó justificarse Inés, aunque sabía que todo esfuerzo era en vano.
Ventanas abiertas tenemos todos, cielo, pero la porquería solo la tienen los que no tienen mano le replicó la suegra, limpiándose el dedo con una servilleta que sacó del bolso con gesto estudiado. Jorge llega del trabajo, muerto de hambre, y aquí no hay más que caos. Un hombre necesita hogar, necesitas orden, Inés. Y tú tienes dos tazas en el fregadero. ¡Pero dos! ¿Desde cuándo, desde esta mañana?
Íbamos con prisas respondió Inés, encendiendo la tetera para hacer té. Jorge se tomó el café, podía haber lavado la taza.
Remedios la siguió, arrastrando sus propias zapatillas (las traía de casa porque no podía usar las de visita) sobre el suelo flotante con un chirrido severo.
¡Un hombre no debe lavar la vajilla! Remedios agitó las manos, roja de indignación. Eso es tarea de mujer. Cuida el fuego del hogar, ¿te suena? Y tú, solo pensando en la carrera. Informes, números… Y tu marido, con camisas arrugadas. ¡Lo vi ayer cuando vino a por los tuppers! El cuello, fofo, la tela sin vida. Qué vergüenza, Inés. La gente pensará: Parece que Jorge no tiene esposa y es un pobre huérfano.
Inés sacó unas galletas pensando en no golpear la puerta del mueble. Por dentro bullía. Llevaban ya cinco años de matrimonio y la cantinela era la misma. Al principio trató de contentarla: almidonar, limpiar, cocidos y menús de tres platos. Pero su trabajo de contable jefe le quitaba tiempo y energía. Jorge no se quejaba. Le valían las croquetas del viernes y el polvo imperceptible si no alzabas la vista. Pero su madre, eso sí no lo toleraba.
En ese momento, la puerta de entrada tembló brevemente.
¡Ya estoy en casa! la voz alegre de Jorge resonó desde el recibidor.
¡Hijo mío! le cambió el rostro a Remedios de golpe. Pasé por aquí y os traigo empanada de atún, como a ti te gusta. Ya ves, Inés no tiene tiempo, siempre trabajando la pobre…
Jorge besó a su madre, besó a su mujer distraídamente y se desplomó en la silla.
Madre, esto sí que es vida. Muero de hambre. Inés, ¿tenemos cena?
Inés se quedó inmóvil con la tetera en la mano.
Acabo de llegar. Iba a hacer macarrones con carne, que ya estaba descongelada.
Remedios puso la mano en el pecho, horrorizada.
¿Macarrones? ¿Otra vez? Jorge, ¿tú oyes? Eso es comer a palo seco. Necesitas un buen caldo, cocido de verdad. Yo, a tu padre (que en paz descanse), le hacía cada día cocido, y jamás tuvo problemas de estómago. Pero aquí…
Frunció los labios mirando la hornilla vacía.
Madre, por favor, no empieces Jorge se pellizcó la ceja y engulló un trozo de empanada. Todo está bien, mamá. Inés ahora prepara algo.
¿Y cómo que no empiece? Remedios reemprendió, voz firme. Es por vuestro bien. Mírate, estás con mala cara, seguro que comes fatal y la casa hecha un desastre. Una mujer tiene que crear ambiente para que su marido quiera volver a casa. ¿Qué hay aquí? Polvo, platos sucios y macarrones. Esta no es casa de buena esposa, Jorge, ya lo dije antes de la boda…
¡Señora Remedios! Inés dejó la tetera sobre la encimera, con un golpetazo seco.
Todo se detuvo. Su suegra la miró sorprendida, no acostumbrada a esos tonos de voz en su nuera sumisa.
¿El qué, Inés? ¿No puedo decir la verdad? Una ya tiene experiencia. Sabe cómo se lleva una familia.
Inés recorrió la cocina con la mirada. Observó a su marido, cansado, masticando la empanada como si fuera invisible, a la suegra victoriosa, al bol de carne picada ya medio hecha agua. Entonces, como si una claridad helada le atravesara la cabeza, lo vio todo con nitidez nueva.
Tiene usted razón dijo despacio. Soy una pésima ama de casa. Horrible. No almidono camisas, no hago cocido todas las tardes, no quito el polvo el miércoles. Estoy trabajando, ganando euros para el coche nuevo con el que Jorge la llevará a su pueblo. Pero eso no vale de excusa.
Al menos lo reconoces Remedios se animó, creyendo haber vencido. Reconocer los errores es el primer paso para mejorar.
No, no pienso mejorar negó Inés. No tengo energía para esto. Pero sí tengo solución. Señora Remedios, si tanto le preocupa el bienestar doméstico de Jorge, si usted sabe mejor que nadie cómo se cuida de un hombre, y ahora que tiene su jubilación y todo el tiempo del mundo… le propongo encargarse del asunto.
¿Encargarme de qué? su suegra parpadeó, desconcertada.
De todo. Yo me retiro. A partir de hoy aquí solo duermo y pago mi parte de la hipoteca, pero la vida diaria, toda suya. Demuestre cómo se hace. Cocine a Jorge sus guisos, planche como en televisión, limpie el piso. Vive usted a dos paradas de aquí y tiene las llaves.
Jorge dejó de masticar, mirando a su esposa.
Inés, ¿estás bien?
¿Por qué no iba a estarlo? sonrió ella con dulzura desafiante. Mamá tiene razón. Tú mereces más de lo que yo puedo darte. Que ayude, pero de verdad. Un mes, sin interferencias mías. Si después de un mes prefieres este sistema, me apunto a las clases de protocolo doméstico. O dejo el trabajo.
Remedios titubeó por un momento. Acostumbrada a criticar, a meter su dedo en cada asunto, pero jamás pensó en cargar con el servicio de un hombre adulto y un piso de tres habitaciones. Su orgullo profesional de mujer modelo estaba en juego.
¡Y lo demostraré! alzó la barbilla. Aquí el Jorge va a comer como Dios manda. Pero ni se te ocurra estorbarme, ¿oído? La cocina será solo mía.
Toda suya Inés alzó los brazos como si dirigiera una zarzuela. No pienso acercarme a los fogones. Comeré fuera.
¡Trato hecho! remató Remedios, desafiante. Mañana vengo temprano. Aquí se va a acabar la vergüenza.
La noche flotó en un silencio denso y extraño. Jorge intentó hablar con Inés al acostarse, pero ella se volvió hacia la pared.
Duerme le susurró. Mañana empieza tu nueva vida resplandeciente, con cuellos almidonados.
Por la mañana, cuando ya Inés se había ido corriendo a la estación de Metro, Remedios, rígida como un general de infantería, desembarcó en el piso. Empezó con una limpieza a fondo: restregó las ventanas, lavó cortinas que para ella estaban grises aunque eran beige, vació los armarios de la cocina, recolocó grano y legumbres en filas.
Cuando Inés regresó, la casa era irreconocible. Olor a lejía y cebolla frita flotando en el aire. Remedios, roja y sudorosa dentro de un delantal, orquestaba la sinfonía de ollas y cazuelas. Jorge estaba rodeado de una densa nube de vapores: una fuente de cocido humeante, empanada recién hecha, ensalada rusa, y una bandeja de lomo.
Bueno, ya llegas, ejecutiva gruñó Remedios, sin mirarla. Lávate las manos y siéntate. Te sirvo un plato de cocido. De la receta secreta, con todo su compango.
Gracias, ya comí en la oficina se excusó Inés, marchándose a la habitación.
Allí la esperaba la sorpresa definitiva: todas sus pertenencias del armario reordenadas, la ropa interior, antes guardada en organizadores, ahora apilada por tonos como fichas de dominó. Sus cosas personales del tocador, guardadas en un cajón. El libro de cabecera, desaparecido.
Inés salió al salón.
¿Dónde está mi libro, señora Remedios? Lo tenía en la mesita.
¿Ese mamotreto? la suegra salió de la cocina secándose las manos. Lo he guardado en el armario. No hay que dejar trastos a la vista. La limpieza manda. Y por cierto, tenías un lío en el cajón que daba miedo. Ya te he puesto orden. Una mujer organizada, como en la farmacia.
Inés apretó la mandíbula. Su instinto chillaba. Pero recordó: Esto es un experimento. Aguanta.
Gracias por su esmero dijo forzadamente, encerrándose para cambiarse de ropa.
La primera semana se desbordó en abundancia culinaria. Jorge extasiado, comía como en casa de una abuela generosa. Remedios se presentaba después de comer, cocinaba, ordenaba, le tenía preparado el postre y le preguntaba por compañeros de oficina; se marchaba a las nueve, con el móvil lleno de tareas pendientes.
Inés, por su lado, descubrió que tenía tres horas libres cada noche: ni colas en el súper, ni darle vueltas a la sartén, ni recoger el lavavajillas (su suegra lavaba a mano, que las máquinas no friegan bien). Empezó clases de natación, leía novelas, paseaba por el Retiro.
A las dos semanas, el entusiasmo de Jorge comenzó a flaquear.
Inés susurró una noche, compartiendo el lado de la cama. ¿Cuánto más dura esto de mamá… a toda máquina?
Un mes, cariño. Así lo acordamos. ¿No estás encantado? Camisas perfectas, cocido.
Riquísimo, sí… Pero, uf, es asfixiante. Llego y quiero desconectar, ver la tele tranquilo… y ella a mi lado, hablándome de su tensión, de sus vecinas, o de los precios. Me exige atención, no me suelta. Come más, hijo, ¿Por qué no te acabas esto?, Déjame que te rasque la espalda. Me siento como si tuviera cinco años.
Pues es el precio del hogar perfecto rio Inés en la oscuridad. Nada de comidas secas.
Y otra cosa… Mis cosas, las recoloca todas. Ayer busqué mis calcetines de la suerte y ella los había tirado porque tenían una mancha. ¡Eran mis calcetines!
Díselo. Todo es por tu bien.
Ya lo dije, y se enfadó. Me dejo la salud y no se me valora.
En la tercera semana, fue Remedios la que se vino abajo. Los años y la carga feroz la pusieron en su sitio. Limpiar tres dormitorios, acarrear bolsas del mercado (en la plaza tienen mejores tomates que en ese súper vuestro), y guisar a diario resultó agotador a los sesenta y tantos.
Una tarde, Inés llegó y la encontró tumbada en el sofá con un paño frío en la frente. El olor a amoníaco flotaba en el salón. Jorge sentado a su lado, con aire de culpabilidad.
¿Qué ha pasado? preguntó Inés.
La tensión musitó Jorge. Mamá quiso hacer callos hoy, luego estuvo fregando de rodillas, porque la fregona solo extiende la mugre. Y mira…
Ay, Inés… susurró Remedios sin abrir los ojos. Tengo la espalda como un tablón, el corazón a mil.
Inés cogió el tensiómetro. Los valores eran altos pero no alarmantes. Era puro agotamiento.
Debería descansar esta semana, señora Remedios sentenció Inés. Así no se puede estar.
¿Y quién le da de comer a Jorge? la mujer quiso levantarse a la fuerza. ¡Va a quedarse desnutrido! Tú no… tú no lo harás.
No lo haré admitió Inés. Acuerdo es acuerdo.
¡Madre, olvídate de la comida! suplicó Jorge. Pedimos pizza, o hago yo unos huevos. ¡Tienes que cuidarte!
Pizza… Remedios arrugó la boca, pero le ganó el cansancio. Vale. Haced lo que queráis. Mañana vuelvo. Que tengo la masa del roscón en la nevera.
Pero al día siguiente no apareció. Llamó temprano diciendo que no se podía levantar, que la ciática la tenía presa.
Jorge suspiró con indisimulado alivio. Esa noche, pedido de sushi, copa de vino y una paz abrumadora en el salón.
Inés, hay que dejar el experimento ya, en serio murmuró Jorge, mojando el maki en soja. No aguanto más. Adoro a mamá, pero… solo en pequeñas dosis. Prefiero tus macarrones y la casa como esté, pero que nadie toque mis calzoncillos.
¿Y el hogar? ¿El cuello almidonado?
A la porra los cuellos. Me compro camisas antiarrugas, me da igual. Inés, tenías razón. Es un trabajazo brutal, y si encima curras fuera… No sé cómo lo hacías.
Ella sonrió. Era todo cuanto necesitaba escuchar.
Dos días después, Remedios reapareció, apoyada en su bastón y con paso dubitativo. Vio las cajas de pizza en el cubo, la taza en el fregadero y… guardó silencio.
Se sentó en la cocina, decaída.
Inés dijo cuando la nuera se acercó. Estos días, desde la cama, he pensado. Esto es duro, hija.
¿El qué, señora Remedios? inquirió Inés, sirviéndole té.
Todo. Limpiar este piso… qué barbaridad. Me deja la espalda rota. Y Jorge… no me había dado cuenta de cuánto ensucia. Se deja los calcetines tirados, las migas, va dejando todo por ahí. Le riño y encima me contesta.
Bueno, es hombre le recordó Inés, con ironía.
De acuerdo, pero todo tiene un límite Remedios se indignó inesperadamente. Soy su madre, no su criada. Hasta los pimientos rellenos me protestó; que si la carne, que si tal. Le digo pues cocínatelos tú, y va y me suelta: Mamá, deja de protestar. ¡Qué descaro!
A Inés se le escapó una risa. El ídolo del hijo perfecto se desmoronaba en el sueño breve de la vida doméstica: la madre devenida en asistenta.
Señora Remedios Inés le tomó la mano. Es usted una gran ama de casa, créame. Yo ni aspiro ni quiero hacerlo igual. Pero Jorge y yo tenemos nuestra manera. Trabajamos los dos, estamos cansados. A veces la casa está regular, y cenamos salchichas. Pero aquí somos felices. Cuando queramos cocido, vamos a su casa, ¿le parece bien?
La suegra meditó mirando sus manos, ásperas de lejía.
Vale asintió. Pero avísame antes, que tengo mi serie de la tarde y los geranios que regar… Además, quiero irme al balneario. Estoy agotada. Dile a Jorge que le dejo las camisas ya planchadas, están en el armario. Las próximas, ya se las apañará él. O que vaya arrugado, allá él. La salud es más importante.
Apuró el té, se levantó, se acomodó la rebeca.
Y por cierto, tu novela la he puesto de nuevo en la mesilla. No entiendo esos libros raros que lees, pero allá tú.
Cuando Jorge volvió esa noche, todo era calma. La casa no olía ni a lejía ni a cebolla; sólo a la colonia de Inés y a algo indefinible, casi onírico, como si nadie la hubiera habitado nunca. En la olla, hervían unas salchichas, y en el centro de la mesa, los guisantes verdes.
¿Ya se fue mamá? preguntó expectante.
Se fue asintió Inés. Ha renunciado, se acabó el experimento. Por agotamiento del jurado.
Jorge abrazó a su mujer con fuerza, su barbilla perdida en el cabello de ella.
Gracias susurró.
¿Por las salchichas?
Por tu sensatez. Por devolverme la calma. Te quiero. Incluso de ama de casa regular.
No soy mala sonrió Inés, devolviéndole el abrazo. Solo soy moderna. Y estas salchichas son de las buenas, extra.
Remedios, desde entonces, no dejó de opinar, como sólo una madre española puede hacer. Cuando pasaba el dedo por el mueble y encontraba polvo, solo ponía cara de drama. Si intentaba tocar la fibra de la mujer tradicional, Inés le soltaba: ¿Quiere quedarse a ayudarme varios días? Justo tengo un viaje de trabajo…. Y Remedios, de pronto, recordaba que tenía leche al fuego, la gata sin pienso o el capítulo de su telenovela. Y salía zumbando.
La paz regresó. El polvo, también. Pero no estorbaba a nadie. Al final, lo más importante es no estorbarse unos a otros en el vivir, ni en el soñar.







