Crecí en una familia numerosa: dos hijos y dos hijas. Soy el mayor. No recuerdo mucho de mi infancia, pero nunca tuvimos una casa propia; vivíamos en el hogar de mi abuela en un pueblo de Castilla, y mi padre siempre soñaba con construir una casa para nosotros. Sin embargo, no había tiempo ni dinero suficiente para hacerlo, y mis padres tuvieron que trabajar duro para que nunca faltase comida en casa.
Ahora todos somos adultos. Mi hermano y yo estamos casados y vivimos en nuestro pueblo, mi hermana mayor se casó con un extranjero y se mudó con él, y mi hermana pequeña también está casada y tiene un niño.
Cuando la familia se reúne en casa de mis padres, mi padre nos mira y comenta: Vaya, somos tantos, aquí ya no cabemos todos; si tuviéramos una casa grande, podríamos estar juntos. Cuando mi padre se jubiló y por fin tuvo tiempo, decidió perseguir su viejo sueño. Mi hermano, mi cuñado y yo le ayudamos. Fue duro, pero lo hacíamos por nuestro padre. Lamentablemente, él no pudo ver terminado el fruto de tantos esfuerzos.
Siempre nos reíamos preguntándole a quién le dejaría el resultado de nuestro trabajo, porque éramos muchos. Mi padre sonreía y decía: La casa será para quien más la necesite. Han pasado muchos años desde aquel día. Ahora soy abuelo; mi madre ya falleció hace tiempo. Y la casa sigue vacía. Cada uno tiene su propio hogar, su familia y sus hijos.
Solo quedan recuerdos y el calor del pasado en el corazón. Voy a terminar la casa y pasaré tiempo aquí con mi familia cada día, aunque sólo sea para mantener viva la memoria.







