El gato dormía con mi mujer: celos, travesuras, guerra de platos de pescado y un héroe felino en el Madrid de la vida cotidiana – una historia de supervivencia, risas y amor verdadero en familia

El gato dormía con mi esposa. Se acomodaba dándole la espalda y me empujaba a mí con las cuatro patas, como si su misión vital fuera expulsarme de la cama. Y por la mañana me miraba con ese descaro burlón de quien sabe que es el rey de la casa. Yo refunfuñaba, pero la lucha era desigual. Es nuestro tesorito, decían. Nuestro rayito de sol, nuestro amor. Mi esposa se reía, sin piedad, y yo ahí, sufriendo, sin ninguna gracia para mí.

Para la criatura, siempre se freía una buena merluza: después de quitarle las espinas con una precisión de cirujano, le montaba una montañita ordenada y crujiente de piel, justo al lado de los jugosos trocitos todavía humeantes. Todo en su platito de porcelana.

El gato, un maese gris de siete vidas y doble moral, ponía una mueca torcida como diciendo: “Mírate, pringado, aquí el consentido y el jefe de la casa soy yo”. Lo que me tocaba, del pescado, eran los desechos que ni él quería, así que el gato organizaba conmigo un tormento cotidiano. Yo también intentaba mi venganza: a veces lo apartaba sigilosamente de la mesa, otras lo tiraba del sofá. En fin, teníamos una guerra fría y doméstica.

Y luego, claro, estaban las minas antipersona que el felino meticuloso dejaba dentro de mis zapatillas y zapatos. Mi esposa, muerta de risa, solo decía:
Tampoco hace falta meterse con él.
Y le hacía caricias a su sol de cuatro patas. El gato me miraba de arriba abajo, con esa superioridad imposible de disimular. Yo sólo podía suspirar. ¿Qué iba a hacer? Mujer solo tengo una y en esto no hay negociación. Así que aguantaba.

Pero aquella mañana…
Aquella misma mañana, preparándome para ir a trabajar, escuché el grito desesperado de mi esposa desde el recibidor. Fui corriendo y me encontré un espectáculo digno de película: seis kilos de pelo erizado, uñas afiladas y cabreo cósmico se lanzaban sobre mi mujer como si fuera un toro enfrentando el capote.
Al verme, la bestia saltó a mi pecho y, de un empujón, me lanzó al suelo como quien tira una alfombra. Me levanté de un brinco, agarré una silla como si fuera un escudo de gladiador, tiré de la mano de mi esposa y corrimos juntos al dormitorio. El peludo, al saltar, chocó con la pata de la silla y dio un alarido de indignación. Pero eso no lo detuvo. Siguió atacando hasta que conseguimos cerrar la puerta.

Dentro, mientras escuchábamos sus bufidos tras la puerta, empezamos a echarnos alcohol y yodo sobre las heridas de guerra. De pie, mi esposa llamó al trabajo, explicando que nuestro gato se había vuelto loco y nos había convertido en un colador y que tendría que ir al hospital en lugar de a la oficina. Luego llamé yo y repetí las mismas frases, palabra por palabra, como un loro de oficina.

Y entonces
Entonces la tierra tembló, el suelo vibró y la casa dio un susto que ni en las películas. En la cocina los cristales reventaron, y el ventanal del baño se agrietó como si fuera papel de fumar. Dejé caer el teléfono del susto. Todo quedó en un silencio brutal.

Nos olvidamos del gato temporalmente y salimos disparados a la cocina para mirar por la ventana.
Una enorme fosa había aparecido delante del portal. Por los alrededores, trozos de coche volando por los aires. Era la furgoneta de nuestro vecino, que trabajaba con gas y llevaba el maletero lleno de bombonas. Aparentemente, aquello voló por los aires. Los coches de la zona, volcados y retorcidos, parecían tortugas panza arriba. A lo lejos, los pitidos de la policía y ambulancias. Un caos de campeonato.

Atónitos, mi esposa y yo giramos a la vez hacia el gato.
Allí estaba, hecho un ovillo en la esquina, apretando con la otra pata delantera rota contra el pecho y sollozando bajito con dignidad de gato dignísimo.

Mi mujer soltó un grito y corrió a levantarlo y abrazarlo, como si fuera un bebé. Yo saqué apresurado las llaves del coche y bajamos por las escaleras a toda velocidad, saltándonos el ascensor y escalón tras escalón. Los siete pisos bajamos sin una sola palabra.

Que me perdonen los vecinos afectados por el petardazo, pero nosotros teníamos nuestro propio herido grave.

Por suerte, nuestro coche estaba detrás del edificio y se había salvado del caos. Entramos y fuimos directos al veterinario de confianza. Yo sentía, literalmente, gatos arañándome el alma, justo cuando la radio, para rematar la jugada, ponía una canción tristona de Michel Legrand.

En poco más de una hora, salimos del veterinario: mi esposa llevaba en brazos su tesorito, y él él iba enseñando a todo el mundo su pata vendada con aires de mártir. Al saber lo que había pasado, la gente se levantaba de la sala de espera y le acariciaban como si fuera un héroe nacional.

Vuelta en casa, mi mujer, como ritual irrenunciable, le preparó su merluza. Le quitó las espinas y le apiló la piel crujiente en montañita. A mí, como siempre, me tocó lo que sobró.

El gato, renqueando sobre tres patas, llegó a su plato, me miró haciendo un esfuerzo sobrehumano por poner su cara de desprecio, pero el dolor le pudo. Solo acertó a poner cara de ay, mamá.

Yo, muy ocupado en mis reflexiones existenciales, acabé por acercarme a su platito y deposité en él mi parte del pescado, ya sin espinas.

El gato se quedó mirándome como si hubiera visto un milagro. Levantó su pata vendada y maulló, bajito y con el ceño fruncido, como preguntando: “¿Hoy también me quieres tú?”.
Lo abracé, lo subí en brazos y le susurré:
A lo mejor soy un desgraciado, pero si tengo esta esposa y este gato, soy el desgraciado más feliz de España. Y lo besé en el hocico.

El gato ronroneó y me dio un cabezazo cariñoso en la mejilla. Lo devolví al suelo, y él, cojeando pero valiente, empezó a comer su merluza. Mi mujer y yo, abrazados, lo mirábamos con una sonrisa boba.

Desde aquel día, el gato duerme sólo conmigo. Me mira a los ojos y yo le pido a Dios una única cosa:
Que me deje muchos años más para verlos a los dos a mi lado.
No quiero nada más.
Palabra de honor.
Porque eso, eso sí que es la felicidad de verdad.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

17 + 15 =

El gato dormía con mi mujer: celos, travesuras, guerra de platos de pescado y un héroe felino en el Madrid de la vida cotidiana – una historia de supervivencia, risas y amor verdadero en familia
¡Sin Dinero! ¡Todo Ya Se Ha Gastado en los Hijos de Mi Amiga!