¿Así que ya está? ¿Has cogido tus cosas y te largas?
Carmen estaba plantada en el umbral de la habitación, los brazos en jarras y el rostro encendido por manchas rojas de puro cabreo. El batín le tiraba del cuerpo mientras hablaba, la voz áspera como lija.
¿Tú sabes lo que he hecho yo por ti? Te saqué de ese centro cuando tu madre se perdió como humo y la abuela faltó.
Sofía, sin girarse, seguía empujando a la fuerza unos vaqueros en su vieja mochila. La cremallera se atascaba y aquello le sacaba de quicio casi tanto como los gritos de su tía.
¿Te lo pedí acaso? respondió la chiquilla por lo bajo, logrando por fin cerrar la mochila. Me cogiste para darte el bombo con la familia, para que vieran lo santa que eres.
En plan: Mirad, Carmen es una heroína, se ha hecho cargo de una huérfana.
¡Cómo se te ocurre hablarme así! Carmen dio un paso en la habitación. ¡Y nosotros que íbamos a ir este puente con los amigos de campo, barbacoa y tranquilidad! ¿Y tú, qué montas? ¿Otra vez con tu cara larga? ¿Qué te pasa ahora?
No es que me pase, Carmen. Es que no tengo ganas de aguantar a tus… alegres amigos.
Mañana tengo examen, y quiero preparármelo.
¡Examen dice! las manos de Carmen casi tropezaron con la lámpara colgante. ¡Mírala, la cerebrito! Si no fuese por mí ahora estarías barriendo suelos en un centro y comiendo arroz blanco.
Yo me hice cargo de ti, delante del juez, ¡yo soy la responsable!
Sofía se giró en seco.
Pues renuncia, ahora mismo. Llama a Servicios Sociales y di: Llévensela, yo no puedo.
¿Qué pasa, te da miedo? ¿Se te cae la imagen?
¡Será posible! Carmen se quedó sin aire durante un instante, furiosa. ¿Ahora tú me pones condiciones?
¡Con gusto renuncio! Mañana mismo presento los papeles. ¡Estoy harta! Ni una gracias, solo chulería.
Haz lo que quieras. Vete a buscar a tu mamá, que ni se acuerda de ti en siete años.
¡A lo mejor la que renuncio soy yo! gritó Sofía. ¿Te figuras que esto es jauja para mí? Prefiero estar en un centro antes que aquí contigo.
Carmen se quedó helada, la boca abierta, patética. Por el pasillo se acercaban pasos pesados: era Víctor, el padre de Sofía, que había vuelto a casa tras salir de prisión aquel verano, viviendo allí de prestado, sin trabajo ni derechos sobre su hija.
¿Se puede saber por qué gritáis? preguntó, rascándose la barba mal afeitada. Los vecinos van a llamar a la policía.
¡Y tú cállate! le espetó Carmen. Vaya padre del año estás hecho: tu hija a punto de acabar en un centro y tú preocupado por los vecinos.
Sofía miró a su padre y sintió un vacío amargo.
Recordaba cómo, con tres años, se lo habían llevado unos hombres uniformados, cómo su madre entonces cerró la puerta para ir a por pan y no volvió en toda la semana, hasta que terminó por esfumarse completamente.
Todo empezó cuando sacaron a Sofía del hospital. Su madre, joven y siempre apurada, casi ni la miró.
Mamá, cuídala tú un ratito, que tengo que salir le decía a la abuela, y se iba corriendo a una cita.
La ausencia se prolongó trece años. La abuela, de otra época, ni consentía ni compraba tonterías, pero siempre sabía cuándo Sofía tenía hambre o cuándo le dolía la cabeza.
Cuando el padre desapareció y la madre fue detrás de una vida mejor, la abuela suspiraba y empezaba con los papeleos.
Mira, Sofía decía mientras le desenredaba el pelo. La gente a veces tarda en darse cuenta de lo que pierde. Hasta entonces, seguimos tú y yo juntas.
A los seis años, cuando tocó empezar el colegio, surgieron los primeros problemas. Su madre no volvía, y la abuela tuvo que lidiar con una maraña de trámites para quitarles la patria potestad.
Esto es durísimo le confesaba a una vecina mientras Sofía jugaba en el parque. Tener que renunciar a tu propia hija Pero si no formalizo los papeles, ni médicos ni colegio tendremos.
Sofía escuchaba. No podía odiar a su madre; ni sabía odiar. Era como un personaje de un cuento medio olvidado: algo lejano, irreconocible.
Terminó la primaria casi con todo sobresalientes. La abuela presumía del boletín, siempre a la vista. Pero luego
Al llegar el otoño, volvió Víctor de la cárcel. La abuela le dejó entrar, aunque Sofía sabía que nunca se llevaron bien. A los seis meses, la abuela se fue, después de una larga enfermedad, sola en una sala de hospital, donde a Sofía no la dejaban entrar.
La niña aguardó en una silla de plástico, el bolso con naranjas en las piernas, sin llegar a entregarlas.
Cuando salió el médico y asintió secamente, Sofía ni lloró. Aún no lo entendía.
Carmen, hermana de su padre, se ocupó del entierro. Se desvivía, lloraba a moco tendido, se arropaba el pañuelo, recibiendo condolencias como si le hubieran arrancado parte del alma.
Tranquila, no te vamos a dejar sola le susurraba a Sofía en el velatorio, llenándole el plato de tarta. Tu padre es un caso, yo soy tu sangre.
Pediremos la tutela temporal, te vienes a casa. El piso de la abuela, mejor cerrado, no se acumulen deudas.
Sofía no entendía que cerrar era alquilarlo a escondidas y quedarse el dinero. Solo quería que la dejaran en paz.
***
Lo que encontró en casa de Carmen estaba muy lejos de cualquier anuncio de familias felices.
Vivían en un piso de tres habitaciones, con un marido que apenas la soportaba. Sofía dormía en el sofá de la salita.
¿Has fregado los platos? asomaba Carmen, quitándose los guantes de goma.
Sí Sofía, sin apartar la vista del libro de historia.
¿Y la sartén? Te dije mil veces que lo grasiento hay que ponerlo en remojo.
Aquí no eres una invitada, Sofía. Somos familia, y aquí todos ayudan. Yo trabajo todo el día, tu padre de adorno en el sofá. ¡Aporta tú algo!
Y en efecto, Víctor casi siempre estaba tirado, inerte. No peleaba, no molestaba. Solo existía. Rara vez le dirigía una palabra a su hija:
¿Qué tal en el cole?
Bien.
Pues estudia, que el saber no ocupa lugar.
Y así acababa la charla.
Sofía notaba que le importaba tanto como su madre: nada. A él solo le inquietaban los euros que le pasara Carmen para tabaco y a qué hora ponían Equipo de investigación por la tele.
La tensión sumando meses. Carmen la culpaba por la comida, la ropa, por respirar.
¿Sabes lo que vale ahora zapato de adolescente? le soltaba a su amiga por teléfono. ¡Y le crecen los pies como a los gigantes! Lo que nos paga el Estado es una miseria, yo tengo que poner lo mío. ¿Y agradecida? ¡Nada! Solo me mira con cara de perro.
Sofía lo oía tras la puerta fina. Sabía que cobraba prestación por ella y que el piso de la abuela le forraba el bolsillo. Pero era imposible hablar: a la mínima, Carmen montaba el drama.
***
Todo estalló con el puente de mayo.
¡Te he dicho que venimos todos a la casa de los Jiménez! gritaba la tía. Hay que dar buena impresión, ponte el vestido azul.
No voy contestó Sofía, tranquila. Tengo que estudiar para el examen de mates. En marzo me pilló la gripe y voy mal.
¡Eso puede esperar! chilló la tía. Me estás dejando en ridículo. ¿Dónde está Sofía? preguntan todos. Piensan que te tenemos aquí malviviendo.
¿Y no es así? Sofía levantó la mirada. En seis meses solo unos playeros que me quedan grandes, “para cuando crezca”. ¿Y el dinero del piso de la abuela?
Carmen se puso blanca.
Pero cómo ese dinero está para tu futuro. ¿Tú qué pintas para reclamar?
Sofía se levantó de la silla.
No voy. Y ese vestido ridículo ni me entra. No me pienso poner nada.
Carmen perdió los papeles.
¡Haz la maleta! gritó, arrojándole la mochila a los pies. ¡Ahora mismo llamo a Servicios Sociales! A ver qué dices luego del piso.
Llama. Sofía iba guardando los cuadernos, metódica. Mejor allí que aquí oyéndote lamentar lo cara que les resulta mi vida.
Víctor salió al recibidor.
Ya vale, Carmen, ¿dónde va la niña a estas horas?
¡Cállate! ella se volvió. Otro parásito igual. Tu hija es igual de pavosa que la madre. Soberbia hasta para respirar.
Sofía se fue a la entrada. Realmente estaba decidida a marcharse. Lo tenía todo pensado.
Me voy anunció poniéndose la chaqueta.
¡Vete ya! aulló la tía, empujándola violentamente fuera y cerrando de un portazo.
No se dirigió al centro. Caminó, barrio arriba, hasta la casa de Doña Pilar, antigua compañera de la abuela y amiga de la familia.
Doña Pilar era estricta, de las que lo han visto todo en educación y recitaba leyes mejor que recetas.
¡Por Dios, Sofía! ¿Tú a estas horas sola? abrió la puerta, manteniendo la mantilla en los hombros.
Carmen me echó soltó sin rodeos. ¿Puedo quedarme? Mañana iré yo misma a servicios sociales.
Doña Pilar miró su rostro pálido, la mochila gastada, las zapatillas arrastradas.
Pasa, niña. Vamos a hablarlo con calma.
En la cocina, Sofía le relató todo: el piso, el dinero, el silencio de su padre mientras Carmen se cebaba con ella.
Doña Pilar escuchaba seria.
¿El piso lo alquila? preguntó. ¿Y la tutela?
Solo temporal. Siempre dice que la va a hacer fija, pero nunca firma.
Claro, porque con tutela fija le pueden pillar antes asintió Doña Pilar. Pero con la temporal, parece que hace un favor al Estado.
Escúchame, Sofía. Mañana no vamos a ninguna oficina. Iremos directas a ver a una exalumna mía que ahora trabaja en menores de la fiscalía.
Ese piso es tuyo, lo sé por testamento. Carmen te lo ha estado ocultando.
***
A mediodía, la tía llegó acelerada.
¡Devuelve a la niña! berreaba por todo el bloque. Sofía, sal ya, ¡que me he pasado! Que somos familia, hombre.
Doña Pilar abrió sin soltar la cadena.
Familia, dice. La fiscalía opina otra cosa, ¿sabes?
¿Fiscalía? Carmen se calló en seco.
La que va a investigar cómo alquilas la casa de una menor sin permiso de servicios sociales. Y cómo te has gastado su dinero en a saber qué.
Que no, si todo era para ella… Yo
Mejor cállate cortó Doña Pilar. Sofía no volverá contigo. Se viene conmigo. Y o echas a los inquilinos del piso o vas a tener un buen lío.
Fue Marga quien te dejó ese piso. ¡Tienes la poca vergüenza de aprovecharte de la huérfana!
Carmen aún gritó, amenazó, hasta intentó entrar por la fuerza, pero Sofía no la miró más.
***
Carmen perdió, en público, la tutela. Echaron a los inquilinos del piso de la abuela.
Víctor, asustado, se buscó un trabajo chapucero en otra ciudad y envió a Sofía un mensaje escueto:
Es lo mejor para todos.
A Doña Pilar no le concedieron la custodia por la edad, así que Sofía acabó en un centro de acogida y no le fue tan mal.
Doña Pilar la visitaba a menudo, allí hizo amigas, el ánimo le mejoró y los estudios tiraron para arriba. Por fin, Sofía respiraba tranquila.






