Lina era mala. Muy mala, de verdad, hasta daba pena lo mala que era Lina. Todos intentaban hacerle ver a la mujer lo mala que era. Mala, y además desgraciada. Por supuesto, sin marido, con un hijo ya mayor que vive aparte. Lina sola, sin que nadie la necesite. Llega al trabajo un lunes, todas presumiendo de cómo lavaron y limpiaron durante el fin de semana. Unas en la casa del pueblo, otras haciendo mermelada. Y Lina calla, ¿qué va a decir? No tiene nada que contar: no tiene hombre, el hijo ya creció, y ella se calla como si nada. Hoy se pidió salir antes de trabajar, todo el mundo sabe que un par de veces al mes se va antes. Todas menean la cabeza con desaprobación, saben bien adónde va: a encontrarse con sus incontables amantes. En el trabajo todas están convencidas de que Lina tiene una legión de amantes, porque es mala. Lina es mala, muy mala. Ellas sí que son buenas, señoras casadas y atareadas, pero Lina es la mala. —Lina —dice la madre—, ¿por qué eres así? —¿Así cómo, mamá? —Descolocada. Podrías haberte buscado algún hombrecito, de verdad, hija. Todavía no es tarde para tener otro hijo, todas tienen ya después de los cuarenta. —¿Para qué quiero algún hombrecito, mamá? ¿Y otro hijo de un cualquiera? Explícamelo… Si ya tengo a mi hijo, con Alejito me sobra… ¿Y el hombrecito para qué? ¿Qué hago yo con él? Mira, tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre— ¡Óscar no es tu pareja! —¿Que no? ¡Por supuesto que lo es! —ríe Lina— Me invita a salir una vez por semana, me da regalos, me ayuda para irme de viaje, no me come la cabeza, no me manda a la casa del pueblo de su madre a limpiar las ventanas, no me exige lavar calzoncillos, no pide cena, no me carga con sus problemas, no abusa del sofá. Bendición. —¡Eso será bendición para ti, todo eso le toca a su pobre mujer! —¿Y tú quieres que eso me toque a mí? ¡No, gracias! Tengo poco más de cuarenta, he estado casada dos, te recuerdo, dos veces, y de tanta felicidad salí corriendo como alma que lleva el diablo. Mi primer marido, el padre de Alejito, que por cierto fue por tu insistencia; decías que el mayor, más maduro, más responsable, con dinero, que me quería… Cinco años, cinco años como en la cárcel: sin poder estudiar, ni salir con amigas, ni estar con mi hijo como quería: era joven para él, lo podía hacer mal todo, solo tenía que servirle a él y a su madre. Ah, pero eso sí, tenía oro… Y una vez al mes me sacaba como a una mascota para presumir de mujer joven y decente, nada que ver con esos adornos de los demás. Bueno, pero luego él sí se entretenía con sus adornos… Y cuando escapé y pedí el divorcio —gracias a mi abuela querida, que me ayudó—, lo quiso todo de vuelta, hasta los calzoncillos… La segunda vez me casé por amor, estaba estudiando y trabajando, ¿te acuerdas? Por el día estudiaba como loca, poniéndome al día, por las tardes trabajaba para no ser carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que alguna vez te negué pan o sopa a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… pero no eres la única… Está esa persona que temía que me subiera sobre tu chepa y me quedara ahí, con el niño y todo. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién iba a ser? Y de mi hermano, Nikito… Siempre en el sofá o delante del ordenador, y tú trabajando en dos sitios, corriendo a la compra, y cocinando, limpiando… Por eso, por amor, me casé otra vez, porque vivir sin amor ya lo hacía. ¿Y cambió algo? Nada. Más líos. De ser Lina-Angelina, pasé a ser Lina-todo-debe. El “amor” tumbado en el sofá, yo trabajando, luego a la guardería, mi hijo, no se puede cargar a un hombre ajeno, eso no es de hombres, los hombres se cansan… Después a la tienda, iba yo sola: niño, compra, sin coche, ¿para qué? El coche era para el marido, para ir a trabajar, que para eso están los tranvías, ¿no? Todas las mujeres viven así: ¿cansada? ¿Y la cena? Hacía la cena, ponía la mesa, daba de comer, lavaba, planchaba… y a complacer al marido, no fuera a ser que, si no recibe su ración de mimos, se largue con otra… ¿Faltan pelas? Eso es que faltan para tu propio hijo: si hubieras dado un heredero de los suyos, igual se hubiera movido. Si no, búscate otro tonto que te mantenga a ti y a tu cría. Perdón, pero no diste con el adecuado… ¿No vas a dar dinero para el arreglo del coche? Aunque sea mío, somos familia, ¿no? Comparas lo que tú ganas sin hacer nada con lo que yo gano… Suerte la tuya… ¿Te vas? Bah, ¿quién te va a querer, con hijo de por medio? Eso fue mi vida, mamá, casada con quien ganaba más que yo, casada con otro que ganaba menos. No cambia nada. A todos les va bien, menos a mí, mamá, solo yo sufría. —Lina, todos viven así, hija. —Que vivan como quieran, mamá, ¡yo no! —¿Qué hiciste el sábado? —Pues Nikita y Masha me dejaron a Olichka y Vanik, estuve con los críos, hice tortitas, pasé el polvo, aspiré, fregué, lavé ropa, di de cenar a tu padre, planché… Me acosté tardísimo. El domingo igual: me pidieron tortitas los niños, Nikita y Masha vinieron luego, asé un pollo, corté ensaladas, hice pizzas, cenaron, les despedí, recogí, caí rendida en el sofá. —Mamá, no recuerdo que quisieras tanto cuidar a Alejito. Nunca te dejé el niño y me fui corriendo a descansar. —Tú eras muy independiente, pero estos, ui… —¿Quieres que te cuente cómo pasé yo el finde pasado, mamá? El viernes me llamó Alejo, me preguntó si podía quedarme con Timo, que iban a la sierra con su novia. Claro que le dije que sí. Timo es el gato de Marina, la chica de Alejo —y, si no estuvieras tan ocupada con Nikito y los tuyos, quizá sabrías más de tu nieto mayor. Por la noche me trajeron el gato y una pizza. Comí pizza viendo series. ¡No tenía que saltar de la cama el sábado! Me levanté tranquila, di de comer al gato, hice café, pasé el polvo, puse la lavadora, y te llamé para invitarte a un museo o a charlar. Contestó papá: tú estabas con las manos mojadas. Me llamó vaga, que tú te matabas con los nietos mientras yo paseaba por museos… Me iba a enfadar, pero ¿pa’ qué? Papá siempre tiene razón. Fui al museo, había exposición de tu pintor favorito, me acordé de lo que te gustaba. Estuve en una cafetería, en tiendas, volví a casa, el gato dormía. No me apetecía salir, me tiré en el sofá con la serie. El domingo, dormí hasta tarde, quise invitarte a un paseo en barco, pero Masha cogió el teléfono y con la boca llena me dijo que estabas ocupada. Por la tarde me llamó Óscar, me invitó a cenar fuera, y fui, ¿por qué no? Soy libre, no le pregunto por su mujer, ni él a mí, no hablamos de problemas, lo pasamos bien. Probé salir con solteros, mamá. Un horror. Se pegan niños que buscan mamá o divorciados con camadas de hijos y exmujeres por mantener. El mundo ha cambiado, mamá. Uno me dijo que estaba obligada a aceptar a sus hijos porque soy mujer, que el amor a los críos viene de serie. Él seguiría pasando la pensión y manteniendo a la ex, que para eso es la madre. Lo que le sobrase, se lo gastaría en pescar. A cambio, me daría pescado rico. Le pregunté si ayudaría a mi hijo, y me soltó que Alejo ya tenía padre. ¿Justo? Pues para él sí. Así que le mandé a paseo. Por supuesto, soy mala, tacaña, interesada, egoísta. ¿Quería endosar mi hijo a un pobre hombre y vivir como una reina…? Por eso tengo a Óscar, mamá. Sí, para vosotras soy mala, pero no me da ninguna vergüenza la vida que llevo. Me duele y me da pena cómo vives tú, por eso intento sacarte de casa, como hoy, que te mentí diciendo que necesitaba ayuda. Mamá, yo estoy bien; ahora vamos a dedicarnos un rato a nosotras, a pasar tiempo útil, tú y yo. —¿Pero, y papá? —¿Le pasa algo a papá? —No, pero la comida… —No me creo que no tengas la comida hecha. —Hay que calentarla, y Nikita… —¡Mamá! No insistas, de verdad… Yo sé que soy “mala”, permíteme ser buena hoy, vamos a descansar… te lo pido… El lunes en el trabajo, las mujeres se compadecen de lo agotadas que están de tanto “descansar”. Y Lina sonríe con picardía, todos saben que Lina es mala, y se marcha bailando, sonriendo a un misterio solo suyo. Por supuesto, todos lo tienen claro: los pensamientos de Lina son, sin duda, muy malos.

Inés era mala. Muy mala, hasta daba penilla de lo mala que se decía que era Inés. Todos trataban de hacer entender a su madre, a sus compañeras, a quien quisiese escuchar, lo mala que era Inés. Mala, y además, desgraciada.

Por supuesto, ni marido tenía, y su hijo, ya hecho un hombre, vivía lejos, con vida propia. Inés estaba sola, sin ser necesaria para nadie. Recuerdo aquellos lunes, llegando al trabajo, cuando las compañeras presumían de lo mucho que habían limpiado, lavado y arreglado la casa el fin de semana. Unas se iban a la casa de campo, otras hacían mermelada casera. Inés callaba. ¿Y qué iba a decir? No tenía hombre, su hijo ya era mayor Así se quedaba en silencio, desplumando una servilleta entre los dedos.

Hoy se escabulló antes del trabajo. Todos sabían que, un par de veces al mes, salía antes. Movían la cabeza con desaprobación, lo daban por hecho: iba a verse con sus múltiples amantes. En la oficina estaban convencidas, Inés debía tener un ejército de amantes. Tenía sentido, siendo lo mala que era. Ellas, en cambio, se creían buenas, todas casadas y atareadas Pero Inés, mala.

Inés decía su madre, ¿pero hija, por qué eres así?
¿Así cómo, mamá?
Desarreglada, hija. Al menos podrías buscarte algún hombrecito, que no se te ha pasado el arroz todavía. Si hasta podrías tener otro niño, ahora que todas dan a luz pasados los cuarenta
¿Y para qué quiero yo un hombrecito, mamá? ¿Para tener otro hijo? Ya tengo a mi Enrique y me sobra contestaba Inés, de veras asombrada. ¿Un hombrecito para qué, para qué lo quiero? Si ya tengo a Felipe
¡Inés! exclamaba la madre, ¡Felipe no cuenta!

¿Cómo que no cuenta? se reía Inés. Que me invita a una cita cada semana, me hace regalos, me ayuda para algún viajecito, no me amarga la vida, no me manda a limpiar la casa de su madre ni a lavar calcetines, ni me exige cena ni me aburre con problemas, ni me ocupa el sofá.
Vamos, gloria bendita.

Sí, gloria…, y todo el trabajo para su pobre esposa.
¿Y querrías que me tocara a mí? Anda, mamá, tengo cuarenta y pocos le recordaba, ya me casé dos veces, dos, y de esa “felicidad” salí corriendo. El primer marido, padre de Enrique, si no lo recuerdas fue porque tú me empujaste a casarme con dieciocho, que si era mayor, más formal, con futuro, que me quería, que nos iría bien, ¡madre!
Cinco años de cautiverio, sin poder estudiar, sin amigas, ni preocuparme libremente por Enrique: que muy joven, que me equivocaría, solo pendiente de servirle a él y a su madre. Eso sí, bañada en oro, sí. Y me sacaba una vez al mes, como animalillo, para lucir a la esposa joven y seria, “bien distinta a esas muñecas tuyas”, que él sí frecuentaba. Cuando salí corriendo y quise el divorcio gracias a mi abuela, que en paz descanse, lo reclamó todo, hasta las bragas.

La segunda vez fue por amor, ¿recuerdas, mamá? Estudiaba y trabajaba como una loca para no ser una carga…
¡Inés! ¿Cuándo te he dicho yo nada por eso? ¿Te he negado pan o sopa a ti o al nieto?
Tú, no, mamá Pero no eres la única en casa. Ya sabes, mi padre temía que me aposentara en vuestro cuello Yo trabajaba duro, venías cansada y aún así a cuidar a mi hermano Pablo, que siempre estuvo tan cómodo; uno en el sofá, otro la consola mientras tú, a dos trabajos y siempre con prisas de aquí para allá.

Por eso me apresuré de nuevo, buscando amor y diferencia y, ¿qué cambió? Nada, solo más responsabilidades. Pasé de ser Inés la dulce, a Inés la de las obligaciones. Mi hombre tumbado en el sofá, yo trabajando y corriendo a la guardería, todo a cuestas que ni pensar en que cargara con mi hijo, que no era suyo. Y aunque lo hubiera sido, tampoco sería su misión. Al final, yo al supermercado, niño, bolsas, sin coche, ¿para qué? El coche era para él, ¡que no va a ir en autobús el hombre a trabajar! Y como todas, a cenar, limpiar, planchar, bañar al señor y si no, ay de mí si no se le atiende el ánimo Si falta dinero, es “para tu hijo”. Si fuera suyo, igual sí ayudaría, pero como no

Lo mismo si era quien más ganaba, que si ganaba menos. Da igual, siempre bien para todos, menos para mí…

Inés, hija, todas viven así, ¿qué esperabas…?
Que vivan como quieran, yo no lo quiero, mamá.

¿Que cómo pasaste el sábado, mamá?
Bueno Pablo y Laura nos dejaron a los niños, paseé con ellos, hice tortitas, barrí, fregué, lavé y planché; luego acosté a los pequeños, di de cenar a tu padre y a dormir, no fue nada especial. El domingo, más de lo mismo, y cuando por fin me tumbé, tu padre me despertó de madrugada para que me fuera a la cama.

Mamá, ¿recuerdas haberme tenido días y días a Enrique para irte por ahí? Nada, ¿verdad? Nunca te presioné ni te endosé mi hijo para irme de fiesta.
Tú es que siempre fuiste muy apañada, hija. Estos en fin.

¿Quieres saber cómo pasé yo el otro fin de semana, mamá? El viernes, Enrique llamó, preguntó si podía quedarme con Gorka el finde, que él quería irse a las montañas con su novia Marina, sí, la conocerías si no estuvieras tan ocupada con Pablo y su prole. Al rato me dejaron el gato, y para cenas trajeron pizza. Yo, feliz, cenando pizza y viendo series, sin pensar en despertar corriendo el sábado. Por la mañana, café, cuidar al gato, una lavadora, y te llamé, mamá, para invitarte al museo o a charlar. Cogió el teléfono papá, me llamó holgazana, que tú te matabas a trabajar y yo, de señora, de museos. Pensé en ofenderme, pero para qué Siempre ha tenido razón, papá.

Al final fui al museo, había exposición de tu pintor favorito, ¿te acuerdas cómo lo admirabas? Después, a un café, a una vuelta por las tiendas, y a casa cuidando al gato, que dormía tan tranquilo. El domingo dormimos hasta las once, pensé en invitarte a un paseo por el río, pero contestó Laura que estabas muy liada. Por la tarde, Felipe me invitó a cenar a un restaurante. Y fui, claro que fui, ¿por qué no? Soy libre, mamá, y nadie le pide cuentas a nadie; ni hablamos de su mujer ni de mis preocupaciones.

Al día siguiente, descansada, de vuelta al trabajo.

Intenté salir con hombres solteros, mamá. Es un desastre. Solo aparecen chicos buscando madre, o divorciados amargados, con hijos a cuestas. Un tal Iván me quiso convencer de que debía acoger y amar a sus niños “porque soy mujer”, además de mantener a la exmujer porque “madre de sus hijos”, y que viviríamos con mi sueldo, el suyo para la pesca, que es su hobby. A cambio, “caballas de Marbella” cada semana. ¿Ayudar con Enrique? “Pero si él tiene a su padre, que lo mantenga él”. Así de justo. Por eso lo mandé a paseo: Enrique, además de padre, tiene madre yo.

Y claro, me volví mala: interesada, calculadora, egoísta, y todos esos nombres que me ponen. Quería aprovecharme yo, dicen. Por eso, ahora tengo a Felipe. Sí, para ti y para los demás soy mala, pero no me avergüenzo en absoluto de vivir así. Lo que me da pena es cómo vives tú, por eso a veces te miento, mamá, y te saco de casa, como hoy, diciendo que necesito ayuda. Mamá, yo estoy bien, ahora vamos a dedicarnos tiempo a nosotras, a cuidarnos, a disfrutar, tú y yo, madre e hija.

Inés, hija, ¿y tu padre?
¿Qué le pasa a papá, está enfermo?
No, pero la comida…
No me lo creo, seguro que ya la tienes hecha.
Pero hay que calentarla y, además, Pablo
Mamá, me voy a enfadar de verdad Ya sé que soy mala, pero permíteme ser buena hoy, vamos a disfrutar, te lo pido

En el trabajo otra vez lunes, las mujeres compiten por ver quién ha descansado menos “descansando”. E Inés sonríe con picardía, camina ligera, como bailando. Todos saben que Inés es mala, y seguramente piensan que esa felicidad solo puede proceder de pensamientos igualmente malos…

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Lina era mala. Muy mala, de verdad, hasta daba pena lo mala que era Lina. Todos intentaban hacerle ver a la mujer lo mala que era. Mala, y además desgraciada. Por supuesto, sin marido, con un hijo ya mayor que vive aparte. Lina sola, sin que nadie la necesite. Llega al trabajo un lunes, todas presumiendo de cómo lavaron y limpiaron durante el fin de semana. Unas en la casa del pueblo, otras haciendo mermelada. Y Lina calla, ¿qué va a decir? No tiene nada que contar: no tiene hombre, el hijo ya creció, y ella se calla como si nada. Hoy se pidió salir antes de trabajar, todo el mundo sabe que un par de veces al mes se va antes. Todas menean la cabeza con desaprobación, saben bien adónde va: a encontrarse con sus incontables amantes. En el trabajo todas están convencidas de que Lina tiene una legión de amantes, porque es mala. Lina es mala, muy mala. Ellas sí que son buenas, señoras casadas y atareadas, pero Lina es la mala. —Lina —dice la madre—, ¿por qué eres así? —¿Así cómo, mamá? —Descolocada. Podrías haberte buscado algún hombrecito, de verdad, hija. Todavía no es tarde para tener otro hijo, todas tienen ya después de los cuarenta. —¿Para qué quiero algún hombrecito, mamá? ¿Y otro hijo de un cualquiera? Explícamelo… Si ya tengo a mi hijo, con Alejito me sobra… ¿Y el hombrecito para qué? ¿Qué hago yo con él? Mira, tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre— ¡Óscar no es tu pareja! —¿Que no? ¡Por supuesto que lo es! —ríe Lina— Me invita a salir una vez por semana, me da regalos, me ayuda para irme de viaje, no me come la cabeza, no me manda a la casa del pueblo de su madre a limpiar las ventanas, no me exige lavar calzoncillos, no pide cena, no me carga con sus problemas, no abusa del sofá. Bendición. —¡Eso será bendición para ti, todo eso le toca a su pobre mujer! —¿Y tú quieres que eso me toque a mí? ¡No, gracias! Tengo poco más de cuarenta, he estado casada dos, te recuerdo, dos veces, y de tanta felicidad salí corriendo como alma que lleva el diablo. Mi primer marido, el padre de Alejito, que por cierto fue por tu insistencia; decías que el mayor, más maduro, más responsable, con dinero, que me quería… Cinco años, cinco años como en la cárcel: sin poder estudiar, ni salir con amigas, ni estar con mi hijo como quería: era joven para él, lo podía hacer mal todo, solo tenía que servirle a él y a su madre. Ah, pero eso sí, tenía oro… Y una vez al mes me sacaba como a una mascota para presumir de mujer joven y decente, nada que ver con esos adornos de los demás. Bueno, pero luego él sí se entretenía con sus adornos… Y cuando escapé y pedí el divorcio —gracias a mi abuela querida, que me ayudó—, lo quiso todo de vuelta, hasta los calzoncillos… La segunda vez me casé por amor, estaba estudiando y trabajando, ¿te acuerdas? Por el día estudiaba como loca, poniéndome al día, por las tardes trabajaba para no ser carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que alguna vez te negué pan o sopa a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… pero no eres la única… Está esa persona que temía que me subiera sobre tu chepa y me quedara ahí, con el niño y todo. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién iba a ser? Y de mi hermano, Nikito… Siempre en el sofá o delante del ordenador, y tú trabajando en dos sitios, corriendo a la compra, y cocinando, limpiando… Por eso, por amor, me casé otra vez, porque vivir sin amor ya lo hacía. ¿Y cambió algo? Nada. Más líos. De ser Lina-Angelina, pasé a ser Lina-todo-debe. El “amor” tumbado en el sofá, yo trabajando, luego a la guardería, mi hijo, no se puede cargar a un hombre ajeno, eso no es de hombres, los hombres se cansan… Después a la tienda, iba yo sola: niño, compra, sin coche, ¿para qué? El coche era para el marido, para ir a trabajar, que para eso están los tranvías, ¿no? Todas las mujeres viven así: ¿cansada? ¿Y la cena? Hacía la cena, ponía la mesa, daba de comer, lavaba, planchaba… y a complacer al marido, no fuera a ser que, si no recibe su ración de mimos, se largue con otra… ¿Faltan pelas? Eso es que faltan para tu propio hijo: si hubieras dado un heredero de los suyos, igual se hubiera movido. Si no, búscate otro tonto que te mantenga a ti y a tu cría. Perdón, pero no diste con el adecuado… ¿No vas a dar dinero para el arreglo del coche? Aunque sea mío, somos familia, ¿no? Comparas lo que tú ganas sin hacer nada con lo que yo gano… Suerte la tuya… ¿Te vas? Bah, ¿quién te va a querer, con hijo de por medio? Eso fue mi vida, mamá, casada con quien ganaba más que yo, casada con otro que ganaba menos. No cambia nada. A todos les va bien, menos a mí, mamá, solo yo sufría. —Lina, todos viven así, hija. —Que vivan como quieran, mamá, ¡yo no! —¿Qué hiciste el sábado? —Pues Nikita y Masha me dejaron a Olichka y Vanik, estuve con los críos, hice tortitas, pasé el polvo, aspiré, fregué, lavé ropa, di de cenar a tu padre, planché… Me acosté tardísimo. El domingo igual: me pidieron tortitas los niños, Nikita y Masha vinieron luego, asé un pollo, corté ensaladas, hice pizzas, cenaron, les despedí, recogí, caí rendida en el sofá. —Mamá, no recuerdo que quisieras tanto cuidar a Alejito. Nunca te dejé el niño y me fui corriendo a descansar. —Tú eras muy independiente, pero estos, ui… —¿Quieres que te cuente cómo pasé yo el finde pasado, mamá? El viernes me llamó Alejo, me preguntó si podía quedarme con Timo, que iban a la sierra con su novia. Claro que le dije que sí. Timo es el gato de Marina, la chica de Alejo —y, si no estuvieras tan ocupada con Nikito y los tuyos, quizá sabrías más de tu nieto mayor. Por la noche me trajeron el gato y una pizza. Comí pizza viendo series. ¡No tenía que saltar de la cama el sábado! Me levanté tranquila, di de comer al gato, hice café, pasé el polvo, puse la lavadora, y te llamé para invitarte a un museo o a charlar. Contestó papá: tú estabas con las manos mojadas. Me llamó vaga, que tú te matabas con los nietos mientras yo paseaba por museos… Me iba a enfadar, pero ¿pa’ qué? Papá siempre tiene razón. Fui al museo, había exposición de tu pintor favorito, me acordé de lo que te gustaba. Estuve en una cafetería, en tiendas, volví a casa, el gato dormía. No me apetecía salir, me tiré en el sofá con la serie. El domingo, dormí hasta tarde, quise invitarte a un paseo en barco, pero Masha cogió el teléfono y con la boca llena me dijo que estabas ocupada. Por la tarde me llamó Óscar, me invitó a cenar fuera, y fui, ¿por qué no? Soy libre, no le pregunto por su mujer, ni él a mí, no hablamos de problemas, lo pasamos bien. Probé salir con solteros, mamá. Un horror. Se pegan niños que buscan mamá o divorciados con camadas de hijos y exmujeres por mantener. El mundo ha cambiado, mamá. Uno me dijo que estaba obligada a aceptar a sus hijos porque soy mujer, que el amor a los críos viene de serie. Él seguiría pasando la pensión y manteniendo a la ex, que para eso es la madre. Lo que le sobrase, se lo gastaría en pescar. A cambio, me daría pescado rico. Le pregunté si ayudaría a mi hijo, y me soltó que Alejo ya tenía padre. ¿Justo? Pues para él sí. Así que le mandé a paseo. Por supuesto, soy mala, tacaña, interesada, egoísta. ¿Quería endosar mi hijo a un pobre hombre y vivir como una reina…? Por eso tengo a Óscar, mamá. Sí, para vosotras soy mala, pero no me da ninguna vergüenza la vida que llevo. Me duele y me da pena cómo vives tú, por eso intento sacarte de casa, como hoy, que te mentí diciendo que necesitaba ayuda. Mamá, yo estoy bien; ahora vamos a dedicarnos un rato a nosotras, a pasar tiempo útil, tú y yo. —¿Pero, y papá? —¿Le pasa algo a papá? —No, pero la comida… —No me creo que no tengas la comida hecha. —Hay que calentarla, y Nikita… —¡Mamá! No insistas, de verdad… Yo sé que soy “mala”, permíteme ser buena hoy, vamos a descansar… te lo pido… El lunes en el trabajo, las mujeres se compadecen de lo agotadas que están de tanto “descansar”. Y Lina sonríe con picardía, todos saben que Lina es mala, y se marcha bailando, sonriendo a un misterio solo suyo. Por supuesto, todos lo tienen claro: los pensamientos de Lina son, sin duda, muy malos.
¡En casa que parece una pensión! — Entre familiares lejanos, apellidos imposibles y huéspedes eternos: la increíble convivencia de los parientes en nuestro chalé a las afueras de Madrid