Diario de Angélica, lunes
Hoy me he permitido unos minutos de introspección, quizás porque el cielo sobre Madrid amenaza lluvia y la ciudad, como yo, parece retener el aliento.
Siempre he sabido que no encajaba. Muy mala, dicen. Mujer mala, casi digno de compasión, porque, a los ojos de todos, Angélica es la oveja negra. Me lo dejo caer mi madre, me lo hacen sentir las compañeras del trabajo, lo saben las vecinas que cruzan susurros al tender la colada y hasta lo percibe el frutero, que apenas me mira al cobrarme los plátanos.
Desde que Fernando, mi ex marido, se fue y Álvaro, mi hijo, se emancipó, soy solo Angélica, la mujer sin alianzas ni cachorros a su alrededor. Nadie parece contento con que me baste conmigo misma. En el despacho se enorgullecen las demás: que si fregaron la casa rural en Ávila, que si blanquearon sábanas, que si cocieron mermeladas de albaricoque en la cocina de la abuela en La Mancha. Yo, ni una palabra. ¿Qué podría aportar? Sin marido que delegue tareas, sin niños que me hagan desvelarme la noche entera, nada nuevo que contar.
Cuando pido salir antes dos veces al mes, las miradas son cuchillos. ¿A dónde irá Angélica? Todas lo insinúan: amantes y más amantes, qué escándalo. Nadie se cree que la cita sea con mi paz interior, no con otro hombre. Pobres, tan buenas esposas, tan llenas de vida doméstica. Yo, la mala, la que no cumple.
– Angélica, hija, ¿por qué eres así? suspira mi madre, bajando la voz como para no despertar del todo la desgracia.
– ¿Así cómo, mamá?
– Desarreglada, descolocada, desubicada. No podrías buscarte aunque fuera un hombrecillo, que todavía puedes tener otro niño, que ahora todas son madres a los cuarenta…
Me echo a reír. – Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre ahora? ¿Y otro hijo, para qué? Si Álvaro me da alegrías suficientes… Y de hombrescillos, como dices, me sobra con tener a Javier.
– ¡Angélica! Javier no es tu hombre, hija.
– ¿Cómo que no? Si cada semana tiene un detalle, me saca a cenar, me escucha sin juzgarme, me deja vivir, no me exige nada, ni me manda limpiar su piso ni calentarle la sopa. Ni tengo que plancharle calzoncillos ni discutir qué hay de cenar. Una bendición.
– Pero todo eso se lo carga su pobre mujer.
– ¿Y tú querrías cargarlo tú, mamá? Porque yo, después de dos matrimonios, aprendí que el paraíso conyugal estaba más en tu cabeza que en mi realidad.
Lo recuerdo bien: El primero, Andrés, me prometió madurez y respeto, justo cuando tú, mamá, me urgiste a casarme apenas cumplí dieciocho. Que si era mayor, que si me quería como a nadie, que su familia era de las que sacan pecho en Domingo de Ramos… Cinco años condenada a deber y sumisión. Sin poder estudiar, ni ver amigas, ni criar a Álvaro como yo quería. Pero, eso sí, bañada en oro. Me paseaba por el barrio como trofeo. Él, en cambio, con muñecas de carne y hueso de vez en cuando. Cuando por fin huí, hasta las bragas quiso de vuelta.
El segundo fue por amor. O eso creí. Estudiaba y trabajaba, madre, ¿recuerdas? De día, devorando libros tratando de recuperar los años, de noche fregando copas para no ser carga en tu casa…
– Angélica, ¿cómo puedes hablar así? ¿Te privó tu madre de pan, de sopa, de una cama caliente para ti y tu hijo?
– Tú, nunca, mamá. Pero papá, en aquel tiempo, parecía temer que yo me apropiese de tu esfuerzo. Él y mi hermano Ignacio, siempre instalados en su comodidad mientras tú hacías dos jornadas y yo me buscaba la vida para que no te cayeran más obligaciones.
De amor, poco me duró el segundo matrimonio. Acabé siendo Angélica-correcta, la que todo lo debe. Mi supuesto amado tumbado en el sofá y yo de casa al trabajo, corriendo a recoger a mi hijo, ocupándome sola, acarreando bolsas y mochilas, porque eso “no era cosa de hombres”. Y un coche, ¿para qué? Más necesario para él, claro. Que las mujeres siempre vivís cansadas, pero ¿quién va a hacer la cena?
Preparar, recoger, planchar, servir, sonreír Luego, complacer al marido cansado en el lecho, no sea que se busque otra en busca de diversión. ¿Dinero para el coche? No, gracias, que somos familia…. Que si gano más sin mover un dedo, que si a ti te ha tocado la lotería
Y si no gusta, pues tú verás quién te va a querer con un niño, Angélica.
Así aprendí, madre: fui esposa del que ganaba más y del que ganaba menos, y no hay gran diferencia cuando las únicas esclavas somos nosotras. Todos contentos menos yo.
– Angélica, así es la vida de todas.
– ¡Pues yo no quiero esa vida, mamá! No quiero.
¿Qué hiciste tú, mamá, el sábado?
¿Yo? Pues… vinieron Ignacio y María, nos dejaron a los gemelos: fui al parque, hice rosquillas, pasé la mopa, barí las alfombras, puse una lavadora, cenaron los niños, di de cenar a papá, planché un poco, y caí en la cama rendida más allá de medianoche
Mamá, nunca me demandaste que dejara a Álvaro contigo para irme a descansar. No como Ignacio y María.
Fuiste muy independiente, Angelita. Estos otros, bueno es distinto.
¿Y te cuento qué hice yo el pasado fin de semana? El viernes me llamó Álvaro: si podía cuidar a Titín, el gato de su novia Marina. Claro que sí. Vinieron a dejarme al minino y una pizza artesanal. Comí pizza viendo películas, porque no tenía que saltar de la cama el sábado temprano.
Por la mañana, alimenté a Titín, preparé café, quité el polvo, puse una lavadora pequeña y te llamé, mamá, para ir juntas al Prado o sentarnos a charlar. Cogió el teléfono papá, y me llamó holgazana: que tú sudando en la cocina y yo yendo de museos como una señora.
Quise enfadarme, pero ¿para qué? Papá siempre lleva la razón. Fui al museo. Había una exposición de Sorolla, tu pintor favorito. Luego un ratito en el café. De vuelta a casa, Titín dormía tan a gusto. No salí más. Maratón de series hasta quedarme dormida. El domingo, dormí con el gato hasta las once. Pensé en invitarte a un paseo en barco por el Manzanares, pero María cogió el fijo y, masticando algo, me dijo que estabas liada fregando platos.
Por la tarde, Javier me invitó a cenar fuera. Y fui, porque soy libre, porque no le pido cuentas de su matrimonio ni él me las pide a mí, porque nos regalamos compañía y nada más. Disfruté la noche, descansé, y el lunes entré serena a la oficina.
He intentado salir con solteros, de verdad. Es un horror. Solo consigo chavales en busca de una madre, o divorciados con varios hijos que me exigen amor filial universal, mientras su ex sigue siendo su prioridad económica por los niños, y su sueldo va en buena parte a su afición a la pesca… Pero a mi hijo, ni un euro: Para eso está el padre. ¿Justo? Sí, claro. Por eso acabé mandándoles a paseo yo también.
Supongo que para muchos soy egoísta, tacaña, retorcida, mala mujer. Pero no siento ninguna vergüenza por vivir como vivo. Me duele que seas tú, mamá, la que renuncia siempre a la vida propia. Por eso te saqué de casa hoy, mintiendo. Que, aunque todo en mi vida esté bien, busco que tu tiempo, al menos hoy, te pertenezca.
¡Angélica, pero y tu padre?
¿Papá está enfermo?
No, pero la comida
No me creo que no hayas dejado preparado un guiso.
Pero hay que calentarlo, y Ignacio
Mamá, déjame ser buena para variar. Vamos a cuidarnos tú y yo, anda. Te lo suplico
El lunes, allí estaban las compañeras otra vez, compitiendo por quién acabó más exhausta el finde “descansando”. Yo les sonreí con picardía y caminé por el pasillo como bailando. Todas lo saben: Angélica es mala. Mientras tanto, yo sonrío y pienso, en secreto, que quizás, solo quizás, soy la mujer más libre del edificio, aunque nadie lo entienda.







