Lina era mala. Muy mala, tanto que hasta daba pena lo mala que podía llegar a ser Lina. Todo el mundo intentaba hacérselo ver a la mujer: que era mala. Mala y, además, desgraciada. Por supuesto, no tiene marido, su hijo ya es mayor y vive por su cuenta. Lina está sola, a nadie le hace falta. Llegó el lunes al trabajo y todas presumían de cómo habían limpiado y ordenado durante el fin de semana. Unas cavando en la huerta del pueblo, otras haciendo mermelada. Y Lina callada, ¿y qué iba a decir? No tenía nada que contar: no tiene pareja, su hijo ya se ha hecho mayor, así que se muerde la lengua. Hoy pidió salir antes del trabajo, como todos saben que hace un par de veces al mes. Todas mueven la cabeza, reprobando, porque todas saben a dónde va: se va a ver a sus innumerables amantes. En el trabajo están convencidas de que Lina tiene un montón de amantes, porque, claro, es tan mala… Lina es mala, muy mala. Ellas, en cambio, todas buenas, todas casadas, llenas de faena, y Lina es la mala. —Lina —dice su madre—, ¿pero qué tienes, hija? —¿El qué, mamá? —Pues que no te has asentado, que podrías haberte buscado algún hombre, de verdad, hija. Todavía no es tarde para tener otro hijo, ahora todas tienen hijos después de los cuarenta. —Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre cualquiera? ¿Y para qué quiero otro hijo de un cualquiera? Madre, —responde Lina de verdad sorprendida—, ¿para qué? Ya tengo a mi hijo, con Lucho tengo más que suficiente… ¿Y el hombre ese, como tú dices, para qué lo quiero yo? ¿Para qué sirve? Si ya tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre— Lina, ¡espabila! ¡Óscar no es tu marido! —¿Cómo que no es mío? Claro que es mío, —ríe Lina—, cada semana me invita a salir, me trae regalos, me ayuda a irme de vacaciones, no me agobia, no me manda a limpiar la casa de su madre, no me obliga a lavar calcetines ni calzoncillos, no exige cena, no me llena de problemas, no se tira el día tumbado en el sofá. Una bendición. —Claro, una bendición, todo eso le toca a su pobre esposa. —¿Y tú quieres que todo eso me toque a mí? No, gracias. Tengo poco más de cuarenta años, he estado casada dos veces, te recuerdo, dos veces, y de tanta felicidad salí corriendo con las zapatillas volando. Mi primer marido, el padre de Lucho, si no te acuerdas, que por tu insistencia me casé con él nada más cumplir dieciocho porque era mayor, y supuestamente más sensato, que me quería, que era serio y tenía dinero, ¿a que sí, mamá? Cinco años, cinco años encerrada: no podía estudiar, ni salir con amigas, ni siquiera cuidar de Lucho, porque era joven y seguro que lo hacía mal; sólo debía trabajar para él y para su madre. A cambio, eso sí, estaba bien vestida. Y me sacaba de casa una vez al mes, como a una mascota, para presumir de esposa joven y responsable, no como esas muñecas de mis amigas. Eso sí, a él, de vez en cuando, le gustaban las muñecas… Y cuando me marché y pedí el divorcio, gracias a mi abuela, que me ayudó, él lo quería todo de vuelta, ¡hasta los calzoncillos! La segunda vez me casé por amor, estudiando y trabajando, ¿te acuerdas mama? De día estudiaba como una loca, intentando recuperar las oportunidades robadas, y de noche trabajaba, para no ser una carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cuándo te eché yo algo en cara? ¿Cuándo, hija, te he negado un plato de sopa o un trozo de pan a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… Pero no estás sola. Hay alguien más que temía que me colgara de tu cuello y me sentara ahí con mi hijo. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién va a ser? Y de mi hermano Nico, que en su vida no ha hecho nada y para qué, si está mamá… Tú con dos trabajos, corriendo a casa, luego a comprar que tus pajaritos están hambrientos, uno tirado en el sofá, otro al ordenador… Cocinabas, limpiabas, lavabas… Por eso, por amor, me casé de nuevo. Por interés ya había vivido. ¿Y qué cambió? Nada. Sólo me salieron más tareas, de Angelina pasé a ser Lina la que-todo-lo-debe. Él, tirado en el sofá; Lina, al trabajo, luego a por el niño, que es mío, ni se te ocurra cargar al hombre, que no es suyo, y aunque lo fuera, no es cosa de hombres, ellos llegan cansados. Corriendo por la compra, todo a cuestas, el niño, la compra, que yo no tenía coche. ¿Y para qué? El coche, normal, era para él, ¿va a ir al trabajo en tranvía? Todas las mujeres viven así, ¿qué es eso de estar cansada? ¿Y la cena quién la prepara? La hice, lo serví, lavé, planché, y venga, a complacer al marido, no vaya a ser que se quede sin su dosis de calor y cariño y se busque otra, el muy tesoro… ¿Que no hay dinero? Eso será porque falta para tu hijo, si fueras su madre legítima sería distinto, lo mismo hasta haría algo, pero como no, búscate a otro pardillo que os mantenga a ti y al crío. Lo siento, no diste con el correcto… ¿Que no doy dinero para arreglar el coche? ¿Y qué si es mío? Somos familia, ¿no? Encima me dice lo poco que hago para lo que gano comparado con él. Tú sí que tienes suerte… ¿Cómo que te vas? Venga ya, nadie te va a querer con un hijo, ja, ja, ja. Así que, mamá, me casé, estuve con un hombre que ganaba más que yo y con otro que ganaba menos. Nada cambia. A todos bien, menos a mí, mamá, yo era la infeliz. —Lina, hija, todas viven así, ¿qué esperas? —¡Que vivan! Yo no quiero, yo no soy así. —¿Qué hiciste el sábado? —Pues ahí tienes: Nico y María nos dejaron a los niños a mí y al abuelo; salí a pasear con ellos, hice tortitas, limpié un poco, lavé, acosté a los niños, di de cenar a papá, planché, y luego me acosté sobre la una. Y por la mañana los niños, temprano, otra vez a hacer tortitas y luego Nico y María volvieron, preparé un pollo, ensaladas, una pizza, cenamos, los despedí, recogí un poco, y a las once caí en el sofá y me dormí. Por la noche papá me despertó para mandarme a la cama… —Mamá, ¿recuerdas que no te peleabas por quedarte conmigo cuando era pequeña? Ni dejé al niño contigo para irme de fiesta… —Lina, tú eras muy madura, y estos, uf… —¿Quieres que te cuente cómo pasé el fin de semana pasado, mamá? El viernes me llamó Lucho: si podía quedarme con Timoteo, el gato de Marina, su novia, porque iban a la sierra. Claro que me lo quedé, ¿por qué no? Por la noche me dejaron el gato y una pizza riquísima. Me di un festín, me tumbé a ver series, porque no tengo que saltar de la cama el sábado temprano. Me levanté, di de comer al gato, me hice un café, quité el polvo, eché un par de cosas a lavar y te llamé, quería invitarte a un museo o simplemente a charlar. Contestó papá: tú estabas liada, con las manos en la masa. Me llamó parásita, que tú te dejas la piel entre los nietos y yo, como marquesa, de museos. Iba a ofenderme, pero luego se me pasó, ¿para qué? Si él siempre tiene razón. Fui al museo, había una exposición de tu pintor favorito, me acordé de cómo te gustaba antes. Luego fui a un café, paseé por las tiendas, volví a casa, el gato dormía. No salí más, seguí viendo series. El domingo dormí hasta las once con el gato, intenté llamarte para dar una vuelta en los barcos del río, pero respondió María, con la boca llena, que estabas ocupada, lavando platos o recogiendo la mesa. Por la tarde me llamó Óscar, me invitó a cenar y fui. ¿Por qué no? Soy libre, no le pregunto cómo va su matrimonio ni nada, no me agobia con sus problemas ni yo con los míos. Pasé una noche genial y el lunes fui al trabajo descansada. Mamá, he intentado salir con hombres solteros. Es lo peor. Se me pegan chavales buscando madre o divorciados dando pena, con hijos y exmujeres. ¿Por qué esa cara, mamá? El mundo ha cambiado. Uno hasta me dijo que yo estaría obligada a querer a sus hijos porque soy mujer y eso va en el lote, y que él mantendría a los suyos y a su ex, porque aunque sea insoportable es la madre, y que viviríamos de mi sueldo, porque el suyo lo reservaría para la pesca. A cambio, me traería pescado fresco. Cuando le pregunté si ayudaría con mi hijo, se ofendió y dijo que Lucho ya tiene a su padre. ¿Te parece justo? Pues a él sí, así que, adiós. Además de padre, Lucho también tiene a su madre, que soy yo. Y claro, me volví mala: mezquina, egoísta, calculadora, mala persona. Quería colgarle a un pobrecito mi hijo y vivir a cuerpo de reina… Por eso, mamá, tengo a Óscar. Sí, soy mala a vuestros ojos, pero no me da ninguna vergüenza vivir así. Lo que me duele es cómo vives tú. Por eso quiero sacarte de casa, aunque sea con una mentira como hoy, que os he dicho a ti y a papá que necesito ayuda. Mamá, yo estoy bien; ahora vamos a cuidarnos, a disfrutar juntas este rato, a hacer algo solo para ti y para mí, tu hija. —Estás loca, Lina, ¿y papá? —¿Y qué le pasa a papá, está enfermo? —No, pero… la comida… —No me digas que no tienes ya la comida hecha. —Sí, pero hay que calentarla y, bueno, Nico… —¡Mamá! Que me enfado, en serio… Ya sé que soy mala, déjame ser buena por una vez. Vamos a descansar, te lo pido de corazón… El lunes, en el trabajo, las mujeres vuelven a quejarse de lo agotador que es descansar. Y Lina sonríe con picardía. Todas saben que Lina es mala, camina con aires de baile y sonríe a algo secreto. Y claro, todas lo tienen claro: los pensamientos de Lina, por supuesto, son malos.

Diario de Angélica, lunes

Hoy me he permitido unos minutos de introspección, quizás porque el cielo sobre Madrid amenaza lluvia y la ciudad, como yo, parece retener el aliento.

Siempre he sabido que no encajaba. Muy mala, dicen. Mujer mala, casi digno de compasión, porque, a los ojos de todos, Angélica es la oveja negra. Me lo dejo caer mi madre, me lo hacen sentir las compañeras del trabajo, lo saben las vecinas que cruzan susurros al tender la colada y hasta lo percibe el frutero, que apenas me mira al cobrarme los plátanos.

Desde que Fernando, mi ex marido, se fue y Álvaro, mi hijo, se emancipó, soy solo Angélica, la mujer sin alianzas ni cachorros a su alrededor. Nadie parece contento con que me baste conmigo misma. En el despacho se enorgullecen las demás: que si fregaron la casa rural en Ávila, que si blanquearon sábanas, que si cocieron mermeladas de albaricoque en la cocina de la abuela en La Mancha. Yo, ni una palabra. ¿Qué podría aportar? Sin marido que delegue tareas, sin niños que me hagan desvelarme la noche entera, nada nuevo que contar.

Cuando pido salir antes dos veces al mes, las miradas son cuchillos. ¿A dónde irá Angélica? Todas lo insinúan: amantes y más amantes, qué escándalo. Nadie se cree que la cita sea con mi paz interior, no con otro hombre. Pobres, tan buenas esposas, tan llenas de vida doméstica. Yo, la mala, la que no cumple.

– Angélica, hija, ¿por qué eres así? suspira mi madre, bajando la voz como para no despertar del todo la desgracia.
– ¿Así cómo, mamá?
– Desarreglada, descolocada, desubicada. No podrías buscarte aunque fuera un hombrecillo, que todavía puedes tener otro niño, que ahora todas son madres a los cuarenta…

Me echo a reír. – Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre ahora? ¿Y otro hijo, para qué? Si Álvaro me da alegrías suficientes… Y de hombrescillos, como dices, me sobra con tener a Javier.

– ¡Angélica! Javier no es tu hombre, hija.
– ¿Cómo que no? Si cada semana tiene un detalle, me saca a cenar, me escucha sin juzgarme, me deja vivir, no me exige nada, ni me manda limpiar su piso ni calentarle la sopa. Ni tengo que plancharle calzoncillos ni discutir qué hay de cenar. Una bendición.
– Pero todo eso se lo carga su pobre mujer.
– ¿Y tú querrías cargarlo tú, mamá? Porque yo, después de dos matrimonios, aprendí que el paraíso conyugal estaba más en tu cabeza que en mi realidad.

Lo recuerdo bien: El primero, Andrés, me prometió madurez y respeto, justo cuando tú, mamá, me urgiste a casarme apenas cumplí dieciocho. Que si era mayor, que si me quería como a nadie, que su familia era de las que sacan pecho en Domingo de Ramos… Cinco años condenada a deber y sumisión. Sin poder estudiar, ni ver amigas, ni criar a Álvaro como yo quería. Pero, eso sí, bañada en oro. Me paseaba por el barrio como trofeo. Él, en cambio, con muñecas de carne y hueso de vez en cuando. Cuando por fin huí, hasta las bragas quiso de vuelta.

El segundo fue por amor. O eso creí. Estudiaba y trabajaba, madre, ¿recuerdas? De día, devorando libros tratando de recuperar los años, de noche fregando copas para no ser carga en tu casa…
– Angélica, ¿cómo puedes hablar así? ¿Te privó tu madre de pan, de sopa, de una cama caliente para ti y tu hijo?
– Tú, nunca, mamá. Pero papá, en aquel tiempo, parecía temer que yo me apropiese de tu esfuerzo. Él y mi hermano Ignacio, siempre instalados en su comodidad mientras tú hacías dos jornadas y yo me buscaba la vida para que no te cayeran más obligaciones.

De amor, poco me duró el segundo matrimonio. Acabé siendo Angélica-correcta, la que todo lo debe. Mi supuesto amado tumbado en el sofá y yo de casa al trabajo, corriendo a recoger a mi hijo, ocupándome sola, acarreando bolsas y mochilas, porque eso “no era cosa de hombres”. Y un coche, ¿para qué? Más necesario para él, claro. Que las mujeres siempre vivís cansadas, pero ¿quién va a hacer la cena?

Preparar, recoger, planchar, servir, sonreír Luego, complacer al marido cansado en el lecho, no sea que se busque otra en busca de diversión. ¿Dinero para el coche? No, gracias, que somos familia…. Que si gano más sin mover un dedo, que si a ti te ha tocado la lotería

Y si no gusta, pues tú verás quién te va a querer con un niño, Angélica.

Así aprendí, madre: fui esposa del que ganaba más y del que ganaba menos, y no hay gran diferencia cuando las únicas esclavas somos nosotras. Todos contentos menos yo.

– Angélica, así es la vida de todas.
– ¡Pues yo no quiero esa vida, mamá! No quiero.

¿Qué hiciste tú, mamá, el sábado?
¿Yo? Pues… vinieron Ignacio y María, nos dejaron a los gemelos: fui al parque, hice rosquillas, pasé la mopa, barí las alfombras, puse una lavadora, cenaron los niños, di de cenar a papá, planché un poco, y caí en la cama rendida más allá de medianoche

Mamá, nunca me demandaste que dejara a Álvaro contigo para irme a descansar. No como Ignacio y María.

Fuiste muy independiente, Angelita. Estos otros, bueno es distinto.

¿Y te cuento qué hice yo el pasado fin de semana? El viernes me llamó Álvaro: si podía cuidar a Titín, el gato de su novia Marina. Claro que sí. Vinieron a dejarme al minino y una pizza artesanal. Comí pizza viendo películas, porque no tenía que saltar de la cama el sábado temprano.

Por la mañana, alimenté a Titín, preparé café, quité el polvo, puse una lavadora pequeña y te llamé, mamá, para ir juntas al Prado o sentarnos a charlar. Cogió el teléfono papá, y me llamó holgazana: que tú sudando en la cocina y yo yendo de museos como una señora.

Quise enfadarme, pero ¿para qué? Papá siempre lleva la razón. Fui al museo. Había una exposición de Sorolla, tu pintor favorito. Luego un ratito en el café. De vuelta a casa, Titín dormía tan a gusto. No salí más. Maratón de series hasta quedarme dormida. El domingo, dormí con el gato hasta las once. Pensé en invitarte a un paseo en barco por el Manzanares, pero María cogió el fijo y, masticando algo, me dijo que estabas liada fregando platos.

Por la tarde, Javier me invitó a cenar fuera. Y fui, porque soy libre, porque no le pido cuentas de su matrimonio ni él me las pide a mí, porque nos regalamos compañía y nada más. Disfruté la noche, descansé, y el lunes entré serena a la oficina.

He intentado salir con solteros, de verdad. Es un horror. Solo consigo chavales en busca de una madre, o divorciados con varios hijos que me exigen amor filial universal, mientras su ex sigue siendo su prioridad económica por los niños, y su sueldo va en buena parte a su afición a la pesca… Pero a mi hijo, ni un euro: Para eso está el padre. ¿Justo? Sí, claro. Por eso acabé mandándoles a paseo yo también.

Supongo que para muchos soy egoísta, tacaña, retorcida, mala mujer. Pero no siento ninguna vergüenza por vivir como vivo. Me duele que seas tú, mamá, la que renuncia siempre a la vida propia. Por eso te saqué de casa hoy, mintiendo. Que, aunque todo en mi vida esté bien, busco que tu tiempo, al menos hoy, te pertenezca.

¡Angélica, pero y tu padre?
¿Papá está enfermo?
No, pero la comida
No me creo que no hayas dejado preparado un guiso.
Pero hay que calentarlo, y Ignacio
Mamá, déjame ser buena para variar. Vamos a cuidarnos tú y yo, anda. Te lo suplico

El lunes, allí estaban las compañeras otra vez, compitiendo por quién acabó más exhausta el finde “descansando”. Yo les sonreí con picardía y caminé por el pasillo como bailando. Todas lo saben: Angélica es mala. Mientras tanto, yo sonrío y pienso, en secreto, que quizás, solo quizás, soy la mujer más libre del edificio, aunque nadie lo entienda.

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Lina era mala. Muy mala, tanto que hasta daba pena lo mala que podía llegar a ser Lina. Todo el mundo intentaba hacérselo ver a la mujer: que era mala. Mala y, además, desgraciada. Por supuesto, no tiene marido, su hijo ya es mayor y vive por su cuenta. Lina está sola, a nadie le hace falta. Llegó el lunes al trabajo y todas presumían de cómo habían limpiado y ordenado durante el fin de semana. Unas cavando en la huerta del pueblo, otras haciendo mermelada. Y Lina callada, ¿y qué iba a decir? No tenía nada que contar: no tiene pareja, su hijo ya se ha hecho mayor, así que se muerde la lengua. Hoy pidió salir antes del trabajo, como todos saben que hace un par de veces al mes. Todas mueven la cabeza, reprobando, porque todas saben a dónde va: se va a ver a sus innumerables amantes. En el trabajo están convencidas de que Lina tiene un montón de amantes, porque, claro, es tan mala… Lina es mala, muy mala. Ellas, en cambio, todas buenas, todas casadas, llenas de faena, y Lina es la mala. —Lina —dice su madre—, ¿pero qué tienes, hija? —¿El qué, mamá? —Pues que no te has asentado, que podrías haberte buscado algún hombre, de verdad, hija. Todavía no es tarde para tener otro hijo, ahora todas tienen hijos después de los cuarenta. —Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre cualquiera? ¿Y para qué quiero otro hijo de un cualquiera? Madre, —responde Lina de verdad sorprendida—, ¿para qué? Ya tengo a mi hijo, con Lucho tengo más que suficiente… ¿Y el hombre ese, como tú dices, para qué lo quiero yo? ¿Para qué sirve? Si ya tengo a Óscar. —¡Lina! —exclama la madre— Lina, ¡espabila! ¡Óscar no es tu marido! —¿Cómo que no es mío? Claro que es mío, —ríe Lina—, cada semana me invita a salir, me trae regalos, me ayuda a irme de vacaciones, no me agobia, no me manda a limpiar la casa de su madre, no me obliga a lavar calcetines ni calzoncillos, no exige cena, no me llena de problemas, no se tira el día tumbado en el sofá. Una bendición. —Claro, una bendición, todo eso le toca a su pobre esposa. —¿Y tú quieres que todo eso me toque a mí? No, gracias. Tengo poco más de cuarenta años, he estado casada dos veces, te recuerdo, dos veces, y de tanta felicidad salí corriendo con las zapatillas volando. Mi primer marido, el padre de Lucho, si no te acuerdas, que por tu insistencia me casé con él nada más cumplir dieciocho porque era mayor, y supuestamente más sensato, que me quería, que era serio y tenía dinero, ¿a que sí, mamá? Cinco años, cinco años encerrada: no podía estudiar, ni salir con amigas, ni siquiera cuidar de Lucho, porque era joven y seguro que lo hacía mal; sólo debía trabajar para él y para su madre. A cambio, eso sí, estaba bien vestida. Y me sacaba de casa una vez al mes, como a una mascota, para presumir de esposa joven y responsable, no como esas muñecas de mis amigas. Eso sí, a él, de vez en cuando, le gustaban las muñecas… Y cuando me marché y pedí el divorcio, gracias a mi abuela, que me ayudó, él lo quería todo de vuelta, ¡hasta los calzoncillos! La segunda vez me casé por amor, estudiando y trabajando, ¿te acuerdas mama? De día estudiaba como una loca, intentando recuperar las oportunidades robadas, y de noche trabajaba, para no ser una carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cuándo te eché yo algo en cara? ¿Cuándo, hija, te he negado un plato de sopa o un trozo de pan a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… Pero no estás sola. Hay alguien más que temía que me colgara de tu cuello y me sentara ahí con mi hijo. —¿De quién hablas? —De papá, ¿de quién va a ser? Y de mi hermano Nico, que en su vida no ha hecho nada y para qué, si está mamá… Tú con dos trabajos, corriendo a casa, luego a comprar que tus pajaritos están hambrientos, uno tirado en el sofá, otro al ordenador… Cocinabas, limpiabas, lavabas… Por eso, por amor, me casé de nuevo. Por interés ya había vivido. ¿Y qué cambió? Nada. Sólo me salieron más tareas, de Angelina pasé a ser Lina la que-todo-lo-debe. Él, tirado en el sofá; Lina, al trabajo, luego a por el niño, que es mío, ni se te ocurra cargar al hombre, que no es suyo, y aunque lo fuera, no es cosa de hombres, ellos llegan cansados. Corriendo por la compra, todo a cuestas, el niño, la compra, que yo no tenía coche. ¿Y para qué? El coche, normal, era para él, ¿va a ir al trabajo en tranvía? Todas las mujeres viven así, ¿qué es eso de estar cansada? ¿Y la cena quién la prepara? La hice, lo serví, lavé, planché, y venga, a complacer al marido, no vaya a ser que se quede sin su dosis de calor y cariño y se busque otra, el muy tesoro… ¿Que no hay dinero? Eso será porque falta para tu hijo, si fueras su madre legítima sería distinto, lo mismo hasta haría algo, pero como no, búscate a otro pardillo que os mantenga a ti y al crío. Lo siento, no diste con el correcto… ¿Que no doy dinero para arreglar el coche? ¿Y qué si es mío? Somos familia, ¿no? Encima me dice lo poco que hago para lo que gano comparado con él. Tú sí que tienes suerte… ¿Cómo que te vas? Venga ya, nadie te va a querer con un hijo, ja, ja, ja. Así que, mamá, me casé, estuve con un hombre que ganaba más que yo y con otro que ganaba menos. Nada cambia. A todos bien, menos a mí, mamá, yo era la infeliz. —Lina, hija, todas viven así, ¿qué esperas? —¡Que vivan! Yo no quiero, yo no soy así. —¿Qué hiciste el sábado? —Pues ahí tienes: Nico y María nos dejaron a los niños a mí y al abuelo; salí a pasear con ellos, hice tortitas, limpié un poco, lavé, acosté a los niños, di de cenar a papá, planché, y luego me acosté sobre la una. Y por la mañana los niños, temprano, otra vez a hacer tortitas y luego Nico y María volvieron, preparé un pollo, ensaladas, una pizza, cenamos, los despedí, recogí un poco, y a las once caí en el sofá y me dormí. Por la noche papá me despertó para mandarme a la cama… —Mamá, ¿recuerdas que no te peleabas por quedarte conmigo cuando era pequeña? Ni dejé al niño contigo para irme de fiesta… —Lina, tú eras muy madura, y estos, uf… —¿Quieres que te cuente cómo pasé el fin de semana pasado, mamá? El viernes me llamó Lucho: si podía quedarme con Timoteo, el gato de Marina, su novia, porque iban a la sierra. Claro que me lo quedé, ¿por qué no? Por la noche me dejaron el gato y una pizza riquísima. Me di un festín, me tumbé a ver series, porque no tengo que saltar de la cama el sábado temprano. Me levanté, di de comer al gato, me hice un café, quité el polvo, eché un par de cosas a lavar y te llamé, quería invitarte a un museo o simplemente a charlar. Contestó papá: tú estabas liada, con las manos en la masa. Me llamó parásita, que tú te dejas la piel entre los nietos y yo, como marquesa, de museos. Iba a ofenderme, pero luego se me pasó, ¿para qué? Si él siempre tiene razón. Fui al museo, había una exposición de tu pintor favorito, me acordé de cómo te gustaba antes. Luego fui a un café, paseé por las tiendas, volví a casa, el gato dormía. No salí más, seguí viendo series. El domingo dormí hasta las once con el gato, intenté llamarte para dar una vuelta en los barcos del río, pero respondió María, con la boca llena, que estabas ocupada, lavando platos o recogiendo la mesa. Por la tarde me llamó Óscar, me invitó a cenar y fui. ¿Por qué no? Soy libre, no le pregunto cómo va su matrimonio ni nada, no me agobia con sus problemas ni yo con los míos. Pasé una noche genial y el lunes fui al trabajo descansada. Mamá, he intentado salir con hombres solteros. Es lo peor. Se me pegan chavales buscando madre o divorciados dando pena, con hijos y exmujeres. ¿Por qué esa cara, mamá? El mundo ha cambiado. Uno hasta me dijo que yo estaría obligada a querer a sus hijos porque soy mujer y eso va en el lote, y que él mantendría a los suyos y a su ex, porque aunque sea insoportable es la madre, y que viviríamos de mi sueldo, porque el suyo lo reservaría para la pesca. A cambio, me traería pescado fresco. Cuando le pregunté si ayudaría con mi hijo, se ofendió y dijo que Lucho ya tiene a su padre. ¿Te parece justo? Pues a él sí, así que, adiós. Además de padre, Lucho también tiene a su madre, que soy yo. Y claro, me volví mala: mezquina, egoísta, calculadora, mala persona. Quería colgarle a un pobrecito mi hijo y vivir a cuerpo de reina… Por eso, mamá, tengo a Óscar. Sí, soy mala a vuestros ojos, pero no me da ninguna vergüenza vivir así. Lo que me duele es cómo vives tú. Por eso quiero sacarte de casa, aunque sea con una mentira como hoy, que os he dicho a ti y a papá que necesito ayuda. Mamá, yo estoy bien; ahora vamos a cuidarnos, a disfrutar juntas este rato, a hacer algo solo para ti y para mí, tu hija. —Estás loca, Lina, ¿y papá? —¿Y qué le pasa a papá, está enfermo? —No, pero… la comida… —No me digas que no tienes ya la comida hecha. —Sí, pero hay que calentarla y, bueno, Nico… —¡Mamá! Que me enfado, en serio… Ya sé que soy mala, déjame ser buena por una vez. Vamos a descansar, te lo pido de corazón… El lunes, en el trabajo, las mujeres vuelven a quejarse de lo agotador que es descansar. Y Lina sonríe con picardía. Todas saben que Lina es mala, camina con aires de baile y sonríe a algo secreto. Y claro, todas lo tienen claro: los pensamientos de Lina, por supuesto, son malos.
Una tarde tras el divorcio Cuando Katia salió del juzgado, se sorprendió al notar que no sentía ni nervios ni desesperación como por la mañana; al contrario, pensamientos ajenos le venían a la cabeza: la extravagante melena de la jueza, el calor inusual para octubre, qué estaría haciendo ahora Sashita, ¿le estaría dando mucha guerra a la abuela? Sergio la alcanzó en la parada del autobús: —Bueno, por fin, todo ha terminado… ¿Y el pequeño? —Bien —respondió Katia, escueta. —Entonces me voy. Me esperan. “Te espera ella”, pensó Katia, pero, como antes, sin emoción alguna. Era como ese estado de shock en el que, tras una herida grave, uno no siente dolor. El dolor llegaría después… No esperó el autobús y se fue andando a la estación. Caminar por las calles conocidas la calmaba, le hacía sentir que no había pasado nada, que simplemente volvía a casa como siempre… Pero habría sido mejor tomar el microbús. Al acercarse a la estación, Katia vio cómo el familiar autobús rojo y blanco se alejaba despacio de la plataforma. Corrió, agitó la mano, pero el conductor no la vio o no quiso parar. “Vaya día”, se dijo. “¿Y ahora qué hago?” Llamó a casa, supo que Sashita se portaba bien y avisó que había perdido el autobús. Llegaría mañana por la mañana. “Todo lo demás lo cuento en casa”, respondió a la pregunta de su madre y colgó. *** —¡Katiuska, cuánto tiempo! —exclamó Nadia al abrir la puerta. Había cambiado mucho desde la última vez que se vieron: ahora era rubia y más delgada. La antigua compañera de clase parecía una modelo, sobre todo junto a la modestamente vestida Katia. —Nadia, ¿me dejas quedarme esta noche? —pidió la invitada—. Verás, acabo de divorciarme y encima he perdido el autobús. Soltó la noticia nada más entrar, para evitar las inevitables preguntas sobre Sergio y Sashita. Que preguntara por el pequeño, eso sí. Katia estaba orgullosa de su hijo: era el mejor, el más listo (como toda madre piensa de su criatura). —Pasa, no te quedes en la puerta —charloteaba Nadia, tomándola de la mano y llevándola con cuidado, como si estuviera enferma, al salón—. Ahora cenamos. —¿Y dónde está Máximo? —preguntó Katia. —De viaje. Mejor, así no nos molesta. Charlaremos hasta hartarnos, como en los viejos tiempos. ¿Cuánto hace que no nos vemos? —Más de un año, creo. Desde que me fui de baja maternal… —¿Y qué tal el pequeño? —Nadia ponía la mesa rápidamente. Sacó una botella de vino blanco: había que celebrar el reencuentro. Al principio la conversación no fluía. Recordaron los años de colegio, los compañeros, qué hacía cada uno ahora, pero evitaban temas personales. Quizá por el vino en ayunas, quizá por la oportunidad de hablar con alguien que no fuera familia, Katia sintió de pronto la necesidad de desahogarse. Apretando nerviosa una servilleta, contó a su amiga su triste historia, que hasta entonces no había compartido con nadie. *** Tras acabar el instituto, Katia no encontró trabajo de lo suyo. En su pueblo era imposible, en la capital, difícil. Una vecina le propuso ir a Madrid: allí siempre hacen falta manos y pagan mejor. Las chicas se colocaron de camareras en una pequeña cafetería. El trabajo era duro, pero los dueños pagaban bien. Al poco tiempo, ascendieron a Katia a encargada (su título universitario). Pero con la vivienda no tuvo suerte: nunca duraba mucho en ninguna habitación alquilada. Los caseros eran todos peculiares: una anciana medio loca, un tío que flirteaba descaradamente… Esto duró hasta que un compañero le propuso compartir un piso de dos habitaciones y dividir el alquiler. Tras pensarlo, Katia aceptó. Ella y Sergio eran buenos amigos, y por entonces Katia salía con otros. Pero sin darse cuenta, la amistad y la convivencia se convirtieron en romance. Alto, guapo, Sergio conquistó el corazón de Katia. Casi cada día le traía flores, le hacía regalos, viajaron juntos a la costa. Katia era feliz como nunca. Pero la felicidad duró poco. Tras unos meses de convivencia, Sergio cambió. Llegaba del trabajo callado, triste, y a sus preguntas respondía: “Tranquila, todo bien”. Pero Katia intuía que algo iba mal. Siguió preguntando hasta que Sergio confesó que se había enamorado de otra. —La amo tanto… no puedo vivir sin ella —se lamentaba. —¿Y yo? —Katia no podía creer lo que oía. —Eres maravillosa, pero te quiero de otra manera, como a una hermana. Katia, dime tú como mujer, ¿qué hago? —¡Vete al diablo! —gritó ella y se encerró en el baño para que no viera sus lágrimas. Pasaron días sin hablarse. Luego Sergio intentó reconciliarse. Resultó que la otra no le correspondía. Y Katia seguía ahí, buena, cariñosa, atenta. Ella perdonó, pero en el fondo quedó la inquietud. Dudaba: ¿seguir con Sergio y vivir siempre con miedo, o mejor sola? Todo se aclaró con el reconocimiento médico para el trabajo. Volvió nerviosa y confusa. —Sergio, tengo que decirte algo —dijo nada más entrar—. Vamos a tener un hijo… —Entonces, casémonos —respondió él, sencillo. *** La boda fue en su pueblo. Katia siguió trabajando en Madrid hasta la baja maternal. Para dar a luz volvió con sus padres. El parto fue duro, pero el pequeño fue la recompensa. Sergio pidió un mes de permiso y estuvo con ellos ayudando en todo. Pero el tiempo pasó y volvió a la capital. Al principio llamaba cada día, hablaban mucho, cada fin de semana visitaba a Katia y al niño. Luego empezó a ir menos, alegando el precio de los billetes. Las llamadas casi cesaron. Medio año después, en una visita, Sergio le dijo: —Tenemos que hablar a solas. Katia tenía al niño en brazos. El corazón le latía más rápido, como presintiendo algo malo. Y no se equivocaba. El horror de más de un año atrás se repetía palabra por palabra. —La amo tanto, no puedo vivir sin ella… —decía Sergio. Katia ya no preguntó: “¿Y yo?” Guardó silencio. Solo dijo: —¿Has pensado en tu hijo? Necesita a su padre. —No dejaré a Sashita. Es lo segundo más importante para mí. Después de ella. Y tú, en tercer lugar… —Mira, hasta medalla de bronce me llevo —sonrió Katia, amarga. Luego tuvo una crisis. Su madre, asustada, acudió al grito. Katia echaba a su marido de casa: —¡Vete con tu fulana! ¡Y no vuelvas por aquí! En la otra habitación, el niño despertó y rompió a llorar. En la puerta, Sergio preguntó: —¿Entonces pido el divorcio? —como si su consentimiento cambiara algo. *** Tras la segunda traición, Katia cayó en depresión. No recuerda si comía, dormía, caminaba como en una nube… Si no fuera por sus padres, su hermana y, sobre todo, por Sashita, quizá habría hecho una locura. Especialmente duro fue recibir la citación judicial. Ese mismo día fue al pueblo vecino a consultar a una adivina sobre qué hacer. ¿Dar el divorcio? Por ley podía negarse, el niño aún no tenía un año. La anciana echó las cartas y le dijo: “A tu marido lo ha embrujado una mujer. Puedo hacer que vuelva, pero no serás feliz. No es tu hombre. Si te traicionó una vez, lo hará otra vez.” —Y hoy nos han divorciado —concluyó Katia su relato—. Ahora no sé cómo seguir. ¿Cómo lo tomará Sashita? ¿Qué le diré cuando pregunte: ‘¿Dónde está mi papá?'” —¡Qué tonta eres, Katia! —Nadia se puso seria—. Deberías alegrarte de que eres joven, no le diste tus mejores años. Tienes salud, inteligencia, tus padres te apoyan… Y hombres, de esos hay para rato. —Fácil decirlo, tú tienes a Máximo y no se ha ido con otra… —No te lo creas, si lo hiciera, hasta le diría adiós con la mano. Últimamente viene borracho casi cada día, y empieza a discutir quién manda en casa… Ya me cansan sus reproches, y no tengo dónde ir. Mis padres lejos, la niña pequeña, sin trabajo… —¿Existen hombres decentes en este mundo? —soltó Katia. —¿Quién sabe? —Nadia se encogió de hombros y fue a la otra habitación a ver si la niña seguía dormida. Katia se quedó sentada, la cabeza entre las manos. Una gris y pesada desesperanza, como niebla otoñal, se arremolinaba en su corazón. *** Al día siguiente, al bajar del autobús, vio enseguida dos figuras queridas: su madre con Sashita en brazos. Al verla, el niño extendió los brazos y balbuceó alegremente. —¡Hola, pequeño! —lo abrazó, y él se aferró fuerte al cuello de su madre y empezó a jugar con su pelo. —Mira lo que te he traído —le dio un cochecito de juguete comprado en el quiosco de la estación—. Es de parte de papá (“Y Sergio ni una golosina le ha mandado”, pensó). —Ta-ta-ta —balbuceó Sashko, y a Katia se le saltaron las lágrimas. —¿Cómo estás, hija? —preguntó la madre, compasiva. —Todo bien —sonrió Katia—. “Tengo que ser fuerte. Aguantaré por ellos”, se repetía como un mantra. Y en voz alta dijo: —Vamos a casa, mamá. Qué ganas tenía de veros…