Recuerdo aquellos tiempos, cuando mis amigos empezaban a comprar pisos en Madrid, gastando euros en reformas para convertirlos en auténticos hogares, y mientras tanto, mi esposa malgastaba todos nuestros ahorros, supuestamente con la idea de incrementar nuestro patrimonio.
Todos tenían esposas encantadoras, y a mí me había tocado en suerte una necia.
Aún me vienen a la memoria aquellas conversaciones llenas de presunción, en las que contaba a todo el mundo que, tras la boda, compraríamos nuestro propio piso sin dificultades, porque los invitados nos habrían regalado bastante dinero y nuestras familias nos echarían una mano. Pero en la realidad, sus padres solo se rieron de nosotros. Decían que, si ella había querido casarse con un agente inmobiliario sin futuro a los veinte años y sin estudios serios, que resolviésemos nosotros el asunto del piso. Yo mismo tuve que llevarla de vuelta a casa de mis padres.
La situación en casa no era nada fácil: mi hermano ya vivía allí con su novia embarazada, y estábamos todos bastante apretados. Mis padres nos insinuaban sutilmente que sería bueno que encontráramos un piso de alquiler, pero yo prefería ahorrar para poder pedir una hipoteca y comprar una casa más adelante. Mi mujer, Aurora, conocía perfectamente mis planes y decía que para ella también era importante mudarnos. ¿Y qué hizo finalmente? Pues se gastó todos nuestros ahorros en comprar acciones en la Bolsa.
¿Para qué? Para multiplicar nuestros ahorros, según ella.
Cuando se lo conté a mi madre, casi se desvaneció del disgusto. En cuanto a mí, se me partía el alma, viendo cómo el valor de esas acciones caía sin remedio y que para venderlas teníamos que esperar. Podíamos perder una parte del dinero, o bien correr el riesgo de quedarnos atados a la esperanza de que algún día subieran. Y así estábamos: mientras los amigos se asentaban con pisos y familias, lo único que teníamos nosotros eran unas acciones.
Aurora lloraba amargamente, arrepentida y sintiéndose engañada. Encima, les había pagado una buena suma a esas personas que decían enseñarla a invertir. Y yo no podía evitar pensar en el divorcio. El amor se me desmoronaba pensando en el dinero que tanto costó ganar, los años que pasamos ahorrando, y cómo todo se había esfumado en cuestión de días.
Si lo pienso bien, nuestro matrimonio estaba condenado desde el principio, y toda esta historia solo demuestra que he vivido en permanente desgracia, por haberme casado con una mujer tan insensata.







